Editorial: El último velo sobre el Everest

Viaje al techo del mundo

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El techo del mundo se antoja tan distante como la Vía Láctea desde el Campo Base Avanzado, donde más de 200 personas acampan sobre una superficie de medio kilómetro de morrena. La codiciada cumbre es el pico más lejano a la derecha, apenas visible por detrás de la depresión nevada del Collado Norte.

El techo del mundo se antoja tan distante como la Vía Láctea desde el Campo Base Avanzado, donde más de 200 personas acampan sobre una superficie de medio kilómetro de morrena. La codiciada cumbre es el pico más lejano a la derecha, apenas visible por detrás de la depresión nevada del Collado Norte.

Foto: Renan Ozturk

Si fuese posible analizar el ADN de una organización como National Geographic del mismo modo que el de cualquier organismo viviente, su código genético estaría cuajado de montañas.

La exploración y ascensión de las grandes montañas del mundo han sido algunas de las aventuras más notables en las que ha participado National Geographic en sus 132 años de existencia. De hecho, la primera beca de investigación concedida por esta sociedad científica distinguió a un grupo de exploradores que en 1890 se propuso investigar una montaña desconocida: el monte Saint Elias de Alaska.

Desde finales del siglo xix hemos cartografiado las elevaciones más importantes del planeta. Ya no quedan picos por conquistar ni fronteras por explorar. Todas las grandes cotas sobre el nivel del mar están medidas. Las han cartografiado y coronado generaciones de aventureros intrépidos. Hasta el Everest, el inexpugnable Everest, fue batido en 1953, tras lo cual se inició la revelación a cuentagotas de todos los secretos de la titánica cordi­llera. Este mes les narramos también cómo el Everest albergará, a partir de ahora, la estación meteorológica situada a mayor altitud del mundo.

La conquista del Everest tiene todos los ingredientes de una novela de aventuras. Historias de sacrificados escaladores y sherpas ignorados; relatos de ascensiones interrumpidas por el mal tiempo o segadas por la tragedia. Antes de leer esta revista, probablemente habría supuesto que ya no quedaban más historias del Everest por contar. Pero aún hay una que permanece inconclusa, como un libro al que se han arrancado las últimas páginas.

En 1924, Sandy Irvine y George Mallory intentaron escalar el Everest. Ambos desaparecieron sin dejar rastro. ¿Alcanzaron la cima o murieron sin ver realizado su sueño? En 1999 apareció el cuerpo de Mallory, pero el último capítulo de esta historia sigue sin estar escrito desde hace casi un siglo, dejando un vacío que se ha rellenado con especulaciones: ¿aparecerán algún día los restos de Sandy Irvine? ¿Inmortalizó la cámara de Mallory la etapa final de su campaña? ¿Eclipsará un carrete fotográfico la gloria de Edmund Hillary al revelar que la pareja coronó el techo del mundo mucho antes de 1953?

Todavía es mucho lo que ignoramos sobre las veleidades de la montaña. Quizá sea mejor así. El Everest siempre nos reservará un misterio más.

Este artículo pertenece al número 471 de la revista National Geographic.

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