Clyde Morry persigue a la manada a tumba abierta. Acelera a tope y levanta una fina cortina de cristales blancos. Lo emulo, pero no puedo seguirle el ritmo. Viro mi vehículo a la derecha, a la izquierda, dando tumbos sobre el mismo suelo helado que él, pero ni soy tan bueno ni tengo tanta ansia de abatir una presa, de hacerme con esos kilos de sabrosa carne, de sentir en las manos ese calor líquido al abrir en canal el gran caribú. No me lo explico, pero aunque rondemos los cuatro grados bajo cero, aunque el viento de abril que castiga este puerto de montaña potencie aún más la sensación de frío, nunca veo a Morry con los guantes puestos. «Es que me frenan», se justificará después.

Todo en él es acelerado: su temperamento, su forma de jugar a baloncesto, su manera de usar el cuchillo de desollar. Y esta no es una persecución para pasar el rato: vamos en serio. Morry describe unos cuantos virajes más, se detiene con un derrape, echa mano al rifle y apunta. Un disparo que suena a globo reventado, pequeño y hueco contra las inmensas montañas y hasta el cielo vacío. A unos cien metros de distancia se desploma una hembra.

El resto de la manada, 10 o 15 madres y sus crías, siguen corriendo, pero no van demasiado lejos, como si supiesen que lo peor ya ha pasado.

Manada de caribúes
Katie Orlinsky

La manada del Ártico Occidental se reúne en verano en las laderas ventosas para evitar los mosquitos. Como la mayoría de las manadas, la Occidental ha sufrido un marcado y misterioso declive en los últimos años. 

Morry y yo nos acercamos a la hembra y comprobamos que el disparo ha sido limpio. Él saca un cuchillo de debajo de su mono negro, se inclina sobre el cadáver y se pone manos a la obra. Primero le corta la cabeza. Su pueblo, los nunamiut de Anaktuvuk Pass, en Alaska, cree que este paso y el siguiente son los más importantes. Transporta la cabeza unos metros más allá, con sumo cuidado, y la posa con idéntica delicadeza sobre la nieve, boca abajo. El inua del caribú, su alma, ya puede escapar y volar al mundo de los espíritus. Allí, un espíritu guardián dará consuelo a su alma y la devolverá a la Tierra en un nuevo cuerpo.

Es el ciclo de respeto, retorno y renovación. Morry tiene 37 años y esto es lo que conoce, lo que le enseñaron y lo que enseña a sus hijos. Tras depositar la cabeza, empieza a descuartizar el animal. Cortes rápidos y certeros. Manos rojas y resbaladizas. Cuando se le enfrían los dedos, los sacude, les sopla y los apoya contra la hembra muerta para absorber parte de un calor que va a menos. Al apilar la última pieza de carne sobre el trineo, dice: «A lo mejor me pongo los guantes para volver».

 

Macho de caribú
Katie Orlinsky

Un macho de caribú olfatea el viento en la tundra. Estos miembros de la familia de los cérvidos se desplazaban antaño por todo el continente. Hoy solo se encuentran en las regiones más septentrionales.

Se los pone, y regresa a Anaktuvuk Pass a una velocidad mucho más sensata. Lo cual no quiere decir que conduzca despacio: tiene cuidado de que la carne no se congele. Pero esta vez consigo no quedarme atrás. En un momento dado, incluso lo adelanto. Al hacerlo, veo que sonríe con picardía. Morry no tiene más empleo que este; no desea más empleo que este. Con la caza mantiene a su gran familia. Y esta noche en su casa habrá comida y comensales en abundancia.

Su padre me preguntará: «¿Le has visto poner la cabeza al revés?».

«Sí», le responderé.

El anciano asentirá. «No lo olvides».

 

Corazón de caribú
Katie Orlinsky

El cazador nunamiut Daniel Morry sostiene el corazón aún caliente de un caribú abatido cerca de su casa, en el norte de Alaska. Siguiendo la tradición, repartirá la carne en su comunidad, empezando por los ancianos.

La hembra de caribú que abatió Clyde Morry pertenecía a la manada del Ártico Occidental, a menudo llamada simplemente la Occidental. En aquel momento, a principios de 2021, era uno de los mayores grupos de caribúes de toda Alaska. En los años noventa, cuando Morry aprendía a cazar, iba camino de alcanzar los 500.000 individuos, que se movían por un territorio más o menos del tamaño de Alemania. Muchos de aquellos caribúes pasaban por delante de su casa dos veces al año, en sus migraciones de primavera y otoño, y proporcionaban a su comunidad una fuente de alimento y bienestar espiritual en una región incomunicada y remota del norte de Alaska.

Pero en 2021 la Occidental se había reducido a menos de la mitad. Algunos años, me contaron Morry y otros cazadores, los caribúes pasaban con cuentagotas por Anaktuvuk Pass. Otros aparecían con semanas de retraso o no llegaban. Aquello no tenía nada de particular: es bien sabido que el tamaño de las manadas fluctúa con el tiempo, y no dejan de ser animales salvajes que obedecen a sus propios instintos, calendarios y motivaciones. Pero visto en un contexto más amplio, semejante declive resulta de lo más inquietante, porque la Occidental no es la única manada de caribúes cuyo número cae en picado.

El caribú salvaje de Norteamérica (Rangifer tarandus) recibe muchos nombres: en Canadá lo llaman caribú migratorio de la tundra o caribú de los bosques boreales, entre otros nombres, mientras que en Alaska se le suele llamar simplemente caribú. Es la misma especie que vive en Eurasia, donde se le conoce como reno. Todos ellos moran en hábitats septentrionales extremos, entre el límite de la vegetación arbórea y los confines de la tundra ártica, y realizan largas migraciones bianuales. Dondequiera que se les busque o como sea que se les llame, lo cierto es que llevan décadas desapareciendo a ojos vistas.

Entre finales de la década de 1990 y 2018, la especie decreció en torno a un 56 %: pasó de unos cinco millones de individuos a dos. A partir de 2018, los datos sobre el reno ruso son menos accesibles, pero en América del Norte ese desplome continuó. La mayoría de las 13 grandes manadas de Canadá y Alaska han sufrido pérdidas constantes, y al menos una –la manada de Bathurst– ha mermado tanto que podría desaparecer por completo en un par de años.

No hay consenso sobre la causa de esta decadencia generalizada. No se ha detectado ninguna enfermedad concreta, no se ha identificado motivo específico alguno. No hay soluciones ni medidas capaces de detenerla, ni siquiera de ralentizarla. Para cualquiera que viva al sur del círculo polar ártico el problema puede parecer abstracto, una de tantas historias tristes en una época de extinciones. Pero en el extremo norte no se percibe así.

Caza prohibida
Katie Orlinsky

Joe Zoe (a la derecha), Janet Rabesca (a la izquierda) y Tyanna Steinwand, del pueblo tlicho, observan la manada de Bathurst en un remoto confín de los Territorios del Noroeste de Canadá. Los tlicho han dependido de los caribúes de Bathurst durante generaciones, pero desde 2015, con la manada en declive, la caza está prohibida.

En las pequeñas comunidades dispersas a lo largo del límite de la vegetación arbórea o enclavadas en plena tundra, poblaciones como Anaktuvuk Pass, que a menudo están aisladas y con frecuencia son indígenas, donde la gasolina y los alimentos importados pueden alcanzar precios estratosféricos y la caza del caribú suele ser la forma más barata y rápida –y sin duda la más satisfactoria– de mantener a una familia, ese declive inspira un temor particular. Un anciano inupiaq de una población costera me lo comparaba con lo que sientes cuando estás incubando un resfriado. Al final el resfriado llega, y persiste. No se te cura. Luego empeora, te ves desmejorado, demacrado, empiezas a temer que no sea un simple resfriado, sino algo más grave.

Así perciben el problema del caribú muchos pueblos nativos del norte, empezando por los nunamiut. Su nombre significa «gente de la tierra», pero ante todo son gente del caribú. A veces también se les llama los últimos nómadas de América, porque hasta 1950 no renunciaron a una vida en movimiento, dedicada a cazar y seguir a los caribúes. Se asentaron en Anaktuvuk Pass precisamente porque la manada discurría por aquel paso como lo haría un río. Anaktuvuk significa «el lugar donde hay muchos excrementos de caribú».

Una noche, después de salir de caza con Clyde Morry, su padre, Mark, hizo un discreto comentario sobre aquella decisión que tomó su pueblo. Mark Morry era veterano de Vietnam. Pelo denso y canoso, lentes gruesas. Sentado en un sillón reclinable junto a una ventana de la casa que había construido él mismo, observaba a su familia comer del caribú cazado por Clyde. «Se jugaron el todo por el todo al decidir asentarse –dijo, refiriéndose a sus padres y a sus tíos, la generación que abandonó el nomadismo–. Dieron por hecho que aquí siempre habría caribúes».

Cuando hace unos años Heather Johnson llegó a Alaska, esta bióloga especializada en fauna salvaje descubrió con sorpresa que los caribúes seguían envueltos en un halo de misterio. Al igual que otros animales de estas latitudes –los osos polares, por ejemplo, o los narvales–, los caribúes llevan lo que el escritor Barry Lopez denominó vidas misteriosas. Son difíciles de encontrar. Caros de estudiar. Asustadizos. Más de una vez ha resultado complicado identificar incluso de qué se alimentan. Todo ello explica en gran medida por qué su declive es tan desconcertante.

 

Esqueleto de caribú
Katie Orlinsky

Un esqueleto rebañado por los depredadores marca la ruta de la manada Occidental a través de los montes Brooks en Anaktuvuk Pass, que en inupiaq significa «el lugar donde hay muchos excrementos de caribú».

«No imaginaba que en América del Norte quedase un gran mamífero terrestre sobre el que lo ignorásemos casi todo –dice Johnson, quien trabaja para el Servicio Geológico de Estados Unidos–. No me cabía en la cabeza que supiésemos tan poco sobre estos animales. Pero un colega más veterano me dijo: “Heather, tienes que pensarlo justo al revés: admírate de que sepamos tanto”».

Y es que hay que recordar, de entrada, que hasta hace cuatro días no existía demostración científica de que el caribú fuese unos de los animales más errantes del planeta. Basándose en datos acopiados por collares de seguimiento por satélite, un equipo dirigido por el biólogo Kyle Joly, especialista en fauna salvaje del Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, demostró en 2019 que los caribúes pueden viajar en torno a 1.350 kilómetros anuales en el transcurso de su circuito migratorio de un punto a otro en línea recta. Superan a todos los demás mamíferos terrestres.

 

Presa de caribú
Katie Orlinsky

Clyde Morry, tío de Daniel, se prepara para transportar una presa a casa con su moto de nieve. Sus abuelos fueron de los últimos nunamiut que siguieron al caribú, hasta que alrededor de 1950 se asentaron en esta zona.

Durante sus épicas migraciones, lo mismo recorren sombríos bosques de píceas negras como tundras blanqueadas por el sol, o van desde laderas umbrías hasta llanuras costeras azotadas por el viento. Incluso se han documentado incursiones en el mar. También se enfrentan a una larga lista de peligros naturales –lobos, osos, ríos congelados, enjambres colosales de mosquitos, moscas parásitas debilitantes–, así como a un conjunto cada vez mayor de obstáculos artificiales: explotaciones petrolíferas, carreteras, minas.

El cambio climático también está transformando su hábitat a pasos agigantados. El aumento de las temperaturas en toda la región ártica altera ya de forma sistemática los patrones meteorológicos habituales. Las tormentas de nieve eran el fenómeno meteorológico característico del invierno ártico, pero cada vez es más frecuente la lluvia engelante, que atrapa el forraje de los caribúes bajo impenetrables capas de hielo. Los veranos están alargándose, con consecuencias no necesariamente positivas: las temperaturas más cálidas llevan a la tundra nuevas especies de fauna y flora, más parásitos e incluso incendios forestales.

Todas estas circunstancias afectan al caribú de maneras que apenas hemos empezado a descifrar. Dicho de otro modo: si es usted científico, cazador conservacionista o alguien que indaga en las razones de la desaparición de los caribúes, se topará con un problema tan vasto como el paisaje en sí.

 

Enseñar a descuartizar y tratar la piel
Katie Orlinsky

El anciano nunamiut Raymond Paneak (a la izquierda) enseña a los alumnos a descuartizar un caribú de 180 kilos y tratar su piel en una escuela de Anaktuvuk Pass, como parte de una iniciativa comunitaria de transmisión de las técnicas tradicionales a las generaciones más jóvenes. Paneak falleció unos meses después, a los 81 años. 

«Si hubiese una causa única, creo que ya la habríamos identificado –afirma el biólogo canadiense Jan Adamczewski–. Pero cuando empiezas a apuntar todos los factores que podrían estar afectando al caribú, la lista puede salirte muy larga. Y si apuntas las posibles soluciones, lo normal es que te salga muy corta».

Adamczewski trabaja para el Gobierno de los Territorios del Noroeste, que al menos durante una parte del año es el hogar de siete manadas de caribúes salvajes. Entre ellas figura la Bathurst, que hoy ilustra una suerte de peor escenario para la fauna salvaje. En 1986 esta manada sumaba 472.000 individuos. A partir de ahí emprendió un declive gradual que acabó por llevarla al colapso. En 2021 la merma era del 99 %.

Fue un desplome extraordinario. Al preguntarle a qué podría deberse, Adamczewski suspiró. Estaba harto de oír esa pregunta, a menudo en boca de quienes ya habían llegado a sus propias conclusiones. Me contestó que muchos de sus interlocutores creían que el cambio climático tenía algo que ver con ese declive. Pero el término era vago y sus efectos, difíciles de analizar. Resultaba mucho más fácil, añadió, concentrarse en sospechosos de menor entidad y más determinables. Los lobos son la habitual cabeza de turco. Hay quien pone sobre la mesa la sobrecaza. Y en el seno de las comunidades indígenas, que constituyen casi la mitad de la población del territorio y son las más afectadas por la pérdida de los caribúes, la minería suele considerarse la mayor amenaza para las manadas, me contó Adamczewski.

Los caribúes llevan vidas misteriosas. Son difíciles de encontrar. Caros de estudiar. Asustadizos.

Cuando la Bathurst se encontraba en su mejor momento se abrieron varias minas en los Territorios del Noroeste, entre ellas Colomac, una mina de oro, y Diavik y Ekati, ambas de diamantes. Todas ellas se extendían por el área de distribución de la manada de Bathurst. Lupin, una mina de oro más antigua, se explotaba al sur del área de alumbramientos de la manada, en la zona de Nunavut.

«Aquí todo el mundo sabe que la Bathurst estaba en su apogeo [por entonces]. Luego llegaron las minas, se abrieron carreteras y la manada empezó a decrecer». Mucha gente cree que no fue casualidad, me contó Adamczewski. Varios estudios han demostrado que el desarrollo industrial altera el comportamiento de los caribúes. Los animales parecen percibir las carreteras y los oleoductos en particular como obstáculos que bloquean sus rutas migratorias y sus pautas de alimentación. También tienden a evitar los campamentos mineros y las explotaciones petrolíferas, que pueden desprender olores químicos y residuos, sacudir la tierra con sus perforadoras y camiones, y quebrar el silencio con el estruendo de aviones y helicópteros.

Aunque es prácticamente seguro que en los Territorios del Noroeste continuará la actividad extractiva pase lo que pase con la Bathurst (la región depende en gran medida de ese sector), Adamczewski apuntó que el territorio y varias naciones indígenas canadienses habían ensayado otras medidas para detener la hemorragia de esta manada. En 2015, dijo, el territorio implantó una polémica veda de caza con el respaldo de las comunidades indígenas locales. También ha intentado reducir la población de lobos a base de, entre otras medidas, abatirlos desde el aire. Pese a todo, la manada continuó menguando.

 

Nadadores natos
Katie Orlinsky

Es junio, y los caribúes avanzan por la tundra encharcada en dirección a los pastos de verano. Son nadadores natos gracias a la flotabilidad que les procuran sus folículos pilosos huecos y a sus pezuñas en forma de pala, que les ayudan a cruzar ríos, arroyos y lagos durante la migración.

 

Una de las consecuencias más trascendentes del declive, en especial para la Bathurst, parece ser la creciente pérdida de identidad. En la biología del caribú, el término «manada» suele referirse a un grupo de animales que regresan en masa al mismo lugar para parir: se congregan en la misma área de alumbramientos. Las madres enseñan a sus crías a ir hasta allí y les indican dónde deben pararse a comer por el camino. También comparten rutas alternativas, rodeos que pueden ser útiles en función de la meteorología, la presencia de lobos o la actividad de cazadores humanos.

Siempre he pensado que estas migraciones tienen algo de peregrinación, y que la educación de las crías (impartida sobre todo por las hembras mayores) entronca con lo que los científicos suelen llamar la memoria colectiva de la manada: su manera única y duradera de conocer el paisaje. Algunos expertos han empezado incluso a dar a estas prácticas el nombre de cultura. Son culturas con un grado de cohesión suficiente para que los animales tiendan a permanecer junto a los suyos y ser fieles a sus áreas de alumbramientos.

Pero Adamczewski me explicó que en los últimos inviernos la Bathurst había empezado a mezclarse con otra manada mucho mayor, llamada Beverly. Tal vez buscaba seguridad en el nutrido grupo de la Beverly. Tal vez se integraría en esa manada más grande. Todavía era posible que se recuperase; no sería la primera vez que una manada está al borde de la desaparición y al final sobrevive. Pero la singular cultura de la Bathurst –su forma de ser, en palabras de un amigo indígena– corría el riesgo de esfumarse.

«Si perdemos una de estas manadas, también perdemos una vasta memoria conductual –me explicó Adamczewski–. Cuando los caribúes no visitan sus áreas de alumbramientos tradicionales, da la impresión de que no viven tanto».

Observado junto a otros cambios que se están produciendo en esas latitudes –el verdecimiento de la tundra, la fusión de la banquisa, los incendios forestales–, el colapso de la Bathurst se antojaba un síntoma más de un proceso de demencia: el paisaje perdía otra pieza de su identidad. ¿Se propagaría la enfermedad de la Bathurst? ¿Era irreversible? ¿Tendría cura? Nadie lo sabía.

Adamczewski dijo ver un rayo de esperanza en pequeños detalles: algunos signos de crecimiento en una manada, por ejemplo, o la ralentización del ritmo de declive en otra. También le ayudaba aferrarse a una visión a largo plazo de las cosas.

Las manadas de caribúes parecen seguir ciclos, me dijo, fases de auge y de caída en las que alcanzan su pico y luego se contraen. Muchas manadas de Alaska y Canadá tocaron fondo en los años setenta y empezaron a remontar en los noventa y principios del siglo XXI. La tradición oral indígena registra épocas anteriores de abundancia y escasez.

Si esos ciclos de verdad existen, sus causas son desconocidas y parecen funcionar en intervalos de décadas de duración. La idea es atractiva, porque sugiere que las manadas de caribúes se recuperan de forma natural. Pero también puede ser engañosa, me advirtieron muchos investigadores, porque en un mundo que cambia y se calienta con mucha rapidez, hasta las criaturas más resistentes pueden no tener tiempo suficiente para recobrarse.

«En algunos momentos desaparecen del paisaje; en otros, se forman nuevas –me dijo Adamczewski–. Las manadas no son inmortales. No están fijadas para siempre en el tiempo y el espacio».

No estaba claro por qué la manada del Porcupine prosperaba mientras otras decrecían.

Un día de agosto de 2021, en una verde llanura de tundra que se extendía en un confín de Nunavut, observé decenas de sendas formadas por el paso de caribúes. Eran hondas y estrechas, y tajaban la tierra en todas direcciones. Podías elegir cualquiera de ellas y recorrerla hasta el horizonte. 

Escogí una y la seguí, torpemente, encajando una bota delante de la otra. A mi lado, un hombre fornido y atlético llamado Roy Judas hacía lo mismo. Vestía de camuflaje y llevaba un viejo Winchester de palanca por si aparecían osos (u «hombres grandes», como a veces los llama su pueblo, los tlicho, en señal de respeto). Aquel día, sin embargo, no había hombres grandes por la zona: estaban de caza o comiendo moras en otro lugar.

El día estaba nublado y, mirásemos donde mirásemos, la tundra estaba desierta. Nos acercábamos a la zona de alumbramientos de la Bathurst; las viejas sendas probablemente eran obra de aquella manada. Pero aquel día tampoco había caribúes.

Mientras caminaba, intenté imaginar el volumen de animales necesario para modelar el paisaje de aquella manera, para imprimir su paso con tanta firmeza. Decenas de miles de caribúes. Décadas de migraciones. La tierra retumbando bajo sus grandes pezuñas parecidas a palas.

«Para ellos, esto era una autopista –dijo Judas–. Y ahora no queda ni uno».

Restablecer la población de caribúes
Katie Orlinsky

Unos caribúes de montaña meridionales buscan líquenes en un cercado en el centro sur de la Columbia Británica. Un consorcio de naciones indígenas canadienses captura y acollara a hembras preñadas para ayudar a restablecer esta subpoblación en peligro.

Al igual que Clyde Morry en Anaktuvuk Pass, Judas se había criado cazando caribúes en los bosques cercanos a su casa de Wekweètì. Sus mapas mentales del paisaje, así como la lengua y la cultura de su pueblo, estaban salpicados de hitos, relatos y términos relacionados con el caribú. Las pieles de caribúes de la Bathurst habían sido su recurso más preciado. Convertidas en tiendas, útiles y ropas, hacían posible la vida humana en la gélida frontera donde los grandes bosques septentrionales ceden el paso a la tundra ártica. Algunos tlicho me dijeron que incluso apreciaban la diferencia de sabor entre la carne de caribú de la Bathurst y de otras manadas.

Pero Judas ya no podía cazar caribúes de la Bathurst, huelga decirlo: los tlicho, una nación indígena canadiense, habían acatado la veda territorial. Aquella decisión no había sido fácil. Para entonces, este pueblo ya había sufrido décadas de prácticas coloniales, incluidas la pérdida de la lengua y la cultura. El colapso de la Bathurst no hizo sino agravar su sensación de crisis existencial. Si no podían cazar caribúes de la Bathurst, ni mantener las tradiciones y los antiguos vínculos con los animales, ¿qué sería de su identidad?

Los tlicho seguían debatiendo aquella cuestión cuando me reuní con Judas y otros miembros de su pueblo a orillas del Kokètì, también llamado lago Contwoyto. Una de las respuestas de la nación indígena había sido fundar un programa llamado Ekwo Nàxoèhdee K'è, que más o menos significa «donde viajan los caribúes». Varios meses al año Judas trabajaba para el programa, guiando grupos de ciudadanos tlicho a Kokètì, donde pasaban semanas acampando, haciendo senderismo y buscando restos de la manada.

«Cuando los encontramos, tomamos notas, los observamos, los seguimos. Intentamos acercarnos y averiguar qué hacen», me contó.

Los observadores contaban los caribúes y anotaban otros detalles, como su aspecto, por dónde se movían, qué comían, quién se los comía a ellos. Al final de cada verano enviaban los resultados al Gobierno tlicho, que los utilizaba para tomar las decisiones de gestión relativas a la Bathurst.

«Si se fundó este programa fue, en primer lugar, para que los propios tlicho fuésemos los ojos y oídos de lo que ocurre con los caribúes», me confió Tammy Steinwand-Deschambeault, directora del departamento de cultura y protección de tierras del Gobierno tlicho. Me contó también que el programa tenía objetivos secundarios, como enseñar a los tlicho más jóvenes el idioma y las técnicas de caza y mantener el contacto con la Bathurst.

«Si no estamos sobre el terreno, los caribúes piensan que no nos hacen falta –dijo, y podrían decidir marcharse–. Así que tenemos que volver a estar más sobre el terreno, ocuparnos de este tipo de relaciones. Debemos poner de nuestra parte».

En el tiempo que pasé con Judas y su equipoavistamos muchos animales. Osos enormes, truchas largas como mi pierna, águilas, grullas, bueyes almizcleros y una joven loba blanca que se paseaba por nuestro campamento como Pedro por su casa. También caminamos sobre estratos que habían sido habitados por los humanos a lo largo de la historia. Campamentos centenarios, refugios de caza construidos amontonando piedras en la época en que se cazaba con flechas y lanzas. Cuando parábamos para descansar, muchas veces estábamos rodeados de «restos líticos», lascas de piedra dejadas por cazadores que en otro tiempo se sentaron en los mismos lugares a tallar herramientas de sílex o cuarzo.

Pero había muy pocos caribúes de la Bathurst. En aquel momento se creía que apenas quedaban unos 6.000 ejemplares. Al principio me pareció una cifra grande. Con un poco de esfuerzo, pensé, era imposible que no escontrásemos la manada. Judas me corrigió con amabilidad. Sería fácil, dijo, que tan pocos animales desapareciesen tragados por la tundra. A medida que pasaban los días sin demasiados avistamientos, empecé a comprender la magnitud del problema.

Vivo en Nueva York. Los caribúes salvajes más cercanos vagan a unos 1.600 kilómetros, en Ontario. Incluso para mí, que he dedicado años a preparar este artículo, haciendo decenas de entrevistas y acampando muchas noches en tierra de caribúes, estos animales son más una idea abstracta que un ser vivo, una sombra que se mueve sobre un mapa. Si multiplicamos esta lejanía conceptual por la mayor parte de la gente que vive lejos de aquí, se comprende por qué el destino de los caribúes no despierta alarma en Ottawa o Washington.

Para Roy Judas la respuesta era tan clara como personal. En verano, contaba caribúes en la tundra. En invierno, cuando la Bathurst regresaba a los bosques próximos a su población natal, trabajaba para el Gobierno territorial, ayudando a hacer cumplir la veda de caza. Era su forma de respetar a los animales. De cultivar aquella relación ancestral. Y, durante un tiempo, aquello le granjeó antipatías.

En 2015, cuando entró en vigor la veda, a algunos tlicho les molestaba que unos forasteros tratasen de controlar su manada. Querían seguir cazando, como habían hecho toda la vida, y de vez en cuando el trabajo de Judas lo abocaba a conflictos con sus vecinos. En una ocasión llegó a sorprender a un viejo amigo cazando. Una tarde, recorriendo sendas de caribúes, me dijo que por fin la gente empezaba a entender su forma de ver las cosas.

«¿Y qué forma es esa?», le pregunté.

Espantó un mosquito y cambió el rifle de hombro. «Quiero que haya caribúes en el futuro», dijo.

 

Carretera minera
Katie Orlinsky

Unos caribúes recorren en primavera el valle del río Kobuk, cerca de Ambler, en Alaska. Sobre esta región se cierne desde hace más de una década el proyecto de construir una carretera de 340 kilómetros para usos mineros. La vía atravesará la ruta migratoria de la manada Occidental, que en los últimos 20 años ha pasado de tener casi medio millón de individuos a tan solo 164.000.

Si uno se dirige hacia el oeste desde la zonade la manada de Bathurst, cruzando los Territorios del Noroeste y adentrándose en el Yukón en dirección a Alaska, encontrará la excepción a la regla descrita en este artículo. Allí, tocando la costa del mar de Beaufort, a ambos lados de la frontera entre Canadá y Estados Unidos y entrando en las tierras de los inupiat y los gwich'in, se halla el área de distribución de la manada del Porcupine.

Cuando empecé este proyecto, casi todos los investigadores con los que contactaba se apresuraban a hablarme de ella. La Porcupine, decían, parecía desmentir la tendencia continental. Y no solamente porque la manada no hubiera colapsado: lo cierto es que había crecido. Entre 2013 y 2017, cuando la Bathurst menguaba sin remisión y la Occidental estaba a punto de empezar a decrecer, la Porcupine sumó unos 21.000 individuos hasta situarse en 218.000. A pesar del cambio climático, a pesar de los lobos. A pesar de todo.

Aquello despertaba las esperanzas de muchos científicos y cazadores. No estaba claro por qué la Porcupine prosperaba mientras otras manadas decrecían a su alrededor; como ocurre con todo lo relacionado con los caribúes, la respuesta probablemente se ocultaba en la intrincada trama de clima, biología y paisaje. Pero por un momento pareció que la Porcupine guardaba algún secreto, alguna pista que ayudaría a esclarecer, quizás a frenar, la desaparición de los caribúes.

Heather Johnson, la investigadora del Servicio Geológico de Estados Unidos, me advirtió que no diese excesiva importancia a las cifras de la Porcupine. La manada llevaba seis años sin cuantificarse debidamente, me explicó, y en ese ínterin los cazadores habían observado tendencias preocupantes en la condición física de los caribúes: cada vez están en peor forma, con menos cantidad de esa grasa que les ayuda a sobrevivir a los brutales inviernos árticos. «La idea de que no están en declive se ha quedado obsoleta –afirma Johnson–. Realmente no lo sabemos».

En el momento de cerrar este artículo, otoño de 2023, algunos de mis entrevistados estaban pendientes de la inminente publicación de los resultados de los últimos estudios sobre los caribúes, que normalmente se realizan en verano. En cualquier momento se comunicarían los nuevos recuentos de las manadas del Porcupine y Occidental. Un aumento en cualquiera de ellas podría levantar el ánimo e incluso afectar a la normativa de caza. Y, al contrario, unas malas cifras no harían sino agravar el pesimismo.

Kyle Joly, el biólogo del Servicio de Parques Nacionales, me contó que ya había sido un año difícil para la Occidental. Había pasado parte de julio en el norte de Alaska recuperando collares de seguimiento de caribúes muertos durante el crudísimo invierno de nieves húmedas y profundas, una especie de cemento por el que les resulta difícil transitar. Septiembre trajo una buena noticia en la North Slope, la pendiente ártica de Alaska, donde el Departamento del Interior suspendió todas las concesiones petrolíferas en el inmenso Refugio Nacional de Vida Salvaje del Ártico, hogar de las áreas de alumbramientos de la Porcupine.

La noticia fue celebrada por los gwich'in, para quienes el territorio que rodea las áreas de alumbramientos es «el lugar sagrado donde empieza la vida». Pero el ansia humana de petróleo aún se cierne sobre el futuro de la Porcupine. Aunque en este momento no hay perforaciones en el refugio, tampoco hay garantías de que un nuevo Gobierno o un nuevo legislador no vaya a promoverlas en el futuro. Muchos políticos locales y nacionales ya lo han intentado, en vano, decenas de veces.

«Creo que nos ha costado cuantificar los cambios que afrontan los caribúes –me dijo Johnson–. Pero si hay algo que no les gusta, es la actividad industrial. Son extremadamente sensibles al desarrollo. Se ha demostrado hasta la saciedad».

En un misterio del tamaño de un continente, dijo, esta puede ser la mejor pista que tenemos.

 

Fuente de proteínas
Katie Orlinsky

Casey Edwards despieza un caribú fresco en su cocina junto a su hija de un año, Ellie Lu. El caribú sigue siendo una fuente crucial de proteínas asequibles en Anaktuvuk Pass, adonde no llegan las carreteras. Prácticamente todos los demás alimentos llegan por avión y son caros.

Los caribúes son animales de costumbres, y sus hábitos parecen sincronizados con un mundo más antiguo y frío que ya no existe. La cuestión actual es cuán rápido se adaptarán… o no. A finales de un mes de octubre, observé desde la orilla del río Kobuk, en el oeste de Alaska, a un joven macho que intentaba nadar en sus aguas negras. Estaba en apuros. La corriente arrastraba grandes bloques de hielo que lo golpeaban y sumergían. Un grupo de congéneres menos audaces aguardaba en la orilla a ver cómo acababan las cosas.

El lugar era Onion Portage, donde los caribúes llevaban 10.000 años vadeando el río al final de su migración otoñal. Los hallazgos arqueológicos demuestran que los humanos llevan como mínimo esos 10.000 años acudiendo allí para encontrarse con ellos, cazarlos y tratar su carne, sus pieles y sus huesos. Una cita mantenida durante milenios. Y aunque los cazadores locales siguen viniendo, ahora los caribúes suelen retrasarse, o no llegan.

Los cambios migratorios han tenido consecuencias para los humanos y para los animales. En el caso de los caribúes, llegar más tarde significa encontrarse un río ni del todo líquido ni completamente congelado. Cruzarlo es peligroso, como estaba descubriendo aquel joven macho. Esperar a que se congele, también: lobos y osos merodeaban por el bosque ribereño. Pero no tenían elección. Durante días, cientos de ellos recorrieron la orilla a pocos metros de mi tienda. Estaban inquietos. Lo único que querían era continuar su viaje.

Desde mi pequeño mirador, parecía imposible que el mundo volviese a ser lo que era cuando esta ruta se grabó en la mente de sus antepasados. Solo el vado ya estaba transformado por los árboles y arbustos que colonizaban terreno y ganaban altura a medida que el clima se calentaba. Pero muchos indígenas me habían dicho que los caribúes se adaptarían a su debido tiempo. Eran curiosos, resilientes. Viviendo en el Ártico, no tenían más remedio.

Volví a mirar el río: un trozo de hielo, un golpe en la cabeza, otro revolcón. El joven macho salió a la superficie escupiendo agua y espuma. Decidió dar la vuelta y reunirse con los demás. La manada se giró para mirarme: cuerpos grises, grandes cornamentas, ojos muy abiertos. Luego abandonaron la orilla y desaparecieron entre los árboles.

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El Centro Pulitzer concedió una beca para la realización de este reportaje.

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Este artículo pertenece al número de Diciembre de 2023 de la revista National Geographic.