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Crowdfight Covid-19

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Foto: krisanapong detraphiphat / getty images

Individualmente, somos una gota. Juntos, somos el océano, escribió el escritor japonés Ryunosuke Satoro. El símil, aplicable a muchos ámbitos de la vida, es una verdad incon-testable en el terreno de la investigación: la cooperación científica genera sinergias que permiten logros imposibles de alcanzar de forma individual. Una de las iniciativas surgidas durante la actual pandemia, la plataforma de voluntarios Crowdfight COVID-19, es fruto de este convencimiento.

¿Qué hacer para luchar contra un virus que paraliza el mundo y obliga a tantísimas personas a permanecer encerradas en sus casas observando su imparable propagación?, se preguntó un grupo de investigadores, casi todos españoles, a principios de marzo. Lo que se les ocurrió, justo en los primeros días de la cuarentena, fue crear una plataforma de voluntarios llamada Crowdfight COVID-19 «para poner en contacto a investigadores que necesitan ayuda en cualquier tarea relacionada con la lucha contra el coronavirus con otros que, de forma voluntaria, pueden colaborar en la resolución de ese problema», explica Alfonso Pérez Escudero, al frente de la iniciativa. Este biofísico, investigador del Centro de Biología Integrativa (CBI) del CNRS en Toulouse, recuerda que lanzaron la plataforma sin apenas recursos y aún menos expectativas. Pero la respuesta fue espectacular: a las pocas semanas de presentarla en redes sociales, unos 45.000 científicos se habían registrado ofreciéndose voluntarios. En paralelo, empezaron a llegar centenares de peticiones de ayuda de todo el mundo. Algunas eran sencillas, como la realizada desde el instituto de investigación en redes de datos IMDEA Networks, de Madrid, que necesitaba traducir al mayor número de idiomas posible sus encuestas para valorar el alcance de la pandemia, lo que hicieron voluntarios de 15 países diferentes. En la misma línea, investigadores egipcios consiguieron rápidamente una traducción al inglés del protocolo usado en Alemania para el diagnóstico y tratamiento de la COVID-19. Muchos otros requerimientos han precisado la colaboración de expertos, como el que hizo un médico británico que pidió epidemiólogos, matemáticos o estadísticos para implementar un modelo matemático que permita evaluar la eficacia de distintas medidas de confinamiento, una solicitud que fue atendida desde el Centre de Recerca Matemática de Barcelona.

«Gracias a nuestros voluntarios, también hemos podido aportar nuestro granito de arena a países con serias dificultades añade Sara Arganda, bióloga que trabaja en insectos sociales en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y es coordinadora de Crowdfight COVID-19. Como cuando un grupo en Colombia consiguió un plásmido gracias a un grupo en Bélgica, o cuando un voluntario en España se ofreció para entrenar a técnicos en Burundi para realizar pruebas PCR, o cuando una ONG consiguió ayuda para modelar la reorganización de los campamentos de refugiados sirios con el objetivo de minimizar el impacto de la pandemia».

Hoy les han llegado solicitudes de todos los continentes; entre ellas, una australiana para llevar a cabo ensayos antivirales, otra nigeriana para secuenciar el SARS-CoV-2, la de un equipo indonesio que trabaja para aislar el virus de muestras de pacientes infectados, o una de Haití que busca comprobar si unos extractos de ciertas plantas pueden inhibir la replicación del virus.

«La ayuda puntual de un investigador puede ahorrar semanas de intentos infructuosos a otro. Sin embargo, esos encuentros suelen ocurrir solo de forma fortuita. Hemos puesto en contacto a investigadores de un mismo centro que incluso se conocían personalmente, pero que no eran conscientes de que uno podía ayudar al otro. Nuestro método convirtió lo fortuito en posible», señala otro de los coordinadores de la plataforma, Alberto Pascual-García, biólogo teórico en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich. Para optimizar esa interconexión, y gracias a los fondos Co-Creation que han recibido de la UE, han desarrollado un sistema de inteligencia artificial inspirado en el algoritmo de recomendación utilizado por muchas plataformas de streaming. «Cada solicitud se asociará con una lista de los voluntarios más idóneos para resolverla, y así los coordinadores podrán encontrar el voluntario más adecuado de una manera más eficiente», explica uno de sus desarrolladores, Francisco J. H. Heras, investigador de la Fundación Champalimaud, en Lisboa.

Sin duda es otra forma de hacer ciencia que, afortunadamente, han puesto en práctica no solo desde la plataforma Crowdfight COVID-19. Tal y como se explicaba en un editorial de Nature de marzo, decenas de miles de científicos de todo el mundo se han estado organizando para combatir la pandemia de forma voluntaria, generando un progreso científico descomunal. Nunca antes en la historia de la ciencia se había avanzado tanto en tan poco tiempo. A veces, superando auténticas carreras de obstáculos, como demostró otro grupo de españoles empecinado en demostrar el poder de interconectar la inteligencia humana en la lucha contra la COVID-19. Se trata de la organización COVIDWarriors, liderada por el pionero de internet Andreu Veà. Él y cuatro amigos se propusieron a principios de marzo traer a España una serie de robots que pudieran realizar PCR de forma rápida y fiable. Algo que normalmente requiere más de un año, ellos lo lograron en tres semanas, tras una épica y frenética aventura que involucró a todo tipo de ciudadanos, entidades y empresas privadas. Juntos hicieron posible que 18 hospitales pudieran aprovisionarse de esas cadenas robotizadas, traídas desde China, capaces de hacer 2.400 PCR al día, dotando de una capacidad de más de un millón de PCR al mes. Si tenemos en cuenta que se requieren nueve horas para realizar una sola PCR, echar mano de esos robots y ponerlos a trabajar representa una diferencia abismal en la cantidad de pruebas que pueden llevarse a cabo. Actualmente ya se ha reducido a cuatro horas el proceso, multiplicando por veinte la capacidad existente gracias a la automatización del proceso.

«Estamos convencidos de que es posible otra forma de hacer ciencia y de que este tipo de iniciativas muestran el camino que hay que seguir», recalca Pérez Escudero. Por ello, desde Crowdfight COVID-19 buscan expandir la plataforma para convertirla en un espacio colaborativo al servicio de la ciencia. Saben que, como ya apuntó Darwin en su día, tanto entre los humanos como entre los demás animales, los que prevalecen son aquellos que aprendieron a colaborar e improvisar con mayor eficacia.

Ver infografías completas en:
www.nationalgeographic.com.es/medio/2021/02/25/ng11-20-explora-1_90354e97.jpg
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Este artículo pertenece al número de Noviembre de 2020 de la revista National Geographic.