Los bichos de los árboles

Un innovador experimento en la Amazonia desvela cientos de especies de insectos que viven a muchos metros por encima del suelo de la selva.

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La iridiscente abeja de las orquídeas, prima tropical del abejorro y la abeja melífera, fue una de las muchísimas especies que los entomólogos capturaron en una torre de observación de Brasil.

La iridiscente abeja de las orquídeas, prima tropical del abejorro y la abeja melífera, fue una de las muchísimas especies que los entomólogos capturaron en una torre de observación de Brasil.

Foto: Craig Cutler y Brian Brown

Una templada mañana de enero en Manaos, ciudad brasileña enclavada en la selva, un grupo de entomólogos y yo nos dispersamos en un supermercado para comprar provisiones para la expedición.

Veinte minutos después, reunidos de nuevo en la cola de la caja, quedó de manifiesto que teníamos ideas muy distintas de lo que significaba aprovisionarse. Yo había cogido cacahuetes, pasas y repelente de insectos; los entomólogos, todos ellos dipterólogos (esto es, especialistas en moscas, mosquitos, tábanos y típulas), llevaban montones de verduras en mal estado y frutas pochas, bandejas de pollo a punto de caducar y cortes de pescado envueltos en papel film.

Los entomólogos suelen centrar su atención en el suelo, pero en esta expedición estudiaron las poblaciones de insectos que habitan los distintos niveles de una torre de investigación de 40 metros de altura. Descubrieron una diversidad entomológica asombrosa, con cientos de especies nuevas.

Los entomólogos suelen centrar su atención en el suelo, pero en esta expedición estudiaron las poblaciones de insectos que habitan los distintos niveles de una torre de investigación de 40 metros de altura. Descubrieron una diversidad entomológica asombrosa, con cientos de especies nuevas.

Foto: Craig Cutler y Brian Brown

«Pedí los peores tomates que tuviesen, las patatas y cebollas más podridas: justo lo que les encanta a las moscas», dijo Dalton de Souza Amorim, catedrático de entomología de la Universidad de São Paulo. Amorim me explicó que los dipterólogos suelen cebar con alimentos putrefactos las trampas que colocan en el suelo, donde realizan el grueso de su investigación. Pero en esta expedición, él y sus colegas –Brian Brown, conservador de entomología del Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles; Stephen Marshall, profesor emérito de la Universidad de Guelph en Ontario; José Albertino Rafael, del Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonia (INPA), y dos ayudantes de investigación– tenían una misión más innovadora.

Nos dirigíamos a un punto situado a dos horas al noroeste, donde una torre de acero de 40 metros descuella sobre una prístina zona de selva tropical. Construida en 1979, la torre llevaba mucho tiempo utilizándose para monitorizar el intercambio de dióxido de carbono entre los árboles y la atmósfera. Últimamente también se había convertido en el lugar donde se desarrollaba un experimento entomológico pionero.

Los calcídidos, o avispitas patonas, más menudos que un grano de arroz, inyectan sus huevos en otros insectos, que mueren cuando estos eclosionan y las larvas empiezan a comerse a su anfitrión. Sus antenas faciales, articuladas y pilosas, les ayudan a localizar  a sus víctimas.

Los calcídidos, o avispitas patonas, más menudos que un grano de arroz, inyectan sus huevos en otros insectos, que mueren cuando estos eclosionan y las larvas empiezan a comerse a su anfitrión. Sus antenas faciales, articuladas y pilosas, les ayudan a localizar a sus víctimas.

Foto: Craig Cutler y Brian Brown

Los dipterólogos sospechaban desde hacía años que las especies de dípteros que ocupan el suelo de la selva amazónica no son las mismas que las que habitan las copas de sus inmensos árboles, pero ignoraban hasta qué punto eran diferentes.

Tras repetidas visitas a la torre para otros experimentos, Rafael tuvo una idea: ¿y si aprovechaba esa construcción para averiguarlo? En 2017 colocó cinco trampas para insectos en la torre a diferentes alturas, empezando a ras de suelo y espaciándolas en intervalos de ocho metros hasta situar la última a 32 metros. Esperaba así obtener datos sobre la estratificación de los insectos forestales.

Brian Brown se prepara para capturar con el aspirador un fórido que estudiará más adelante. Ha rociado las hojas con miel diluida para atraer a los dípteros... y a las abejas que atacan. «¿Tú conoces mucha gente –pregunta con ironía– que esté deseando venirse a la selva para sudar a chorros entre avispas y abejas?».

Brian Brown se prepara para capturar con el aspirador un fórido que estudiará más adelante. Ha rociado las hojas con miel diluida para atraer a los dípteros... y a las abejas que atacan. «¿Tú conoces mucha gente –pregunta con ironía– que esté deseando venirse a la selva para sudar a chorros entre avispas y abejas?».

Foto: Craig Cutler y Brian Brown

A los 15 días, Rafael regresó con Amorim a la torre y se llevó una alegría al encontrarse las trampas repletas de insectos. Cuando ambos enviaron las muestras a sus colegas para que las examinasen, su entusiasmo aumentó todavía más. Entre los más de 16.000 dípteros recogidos a lo largo de aquellas dos semanas, había miles de especies que ni siquiera los expertos identificaban de entrada.

Los insectos son al reino animal lo que las profundidades marinas a la Tierra: un territorio que en su mayor parte elude el conocimiento científico. «Nos creemos que, al conocer las aves y los mamíferos, ya lo sabemos todo sobre nuestro planeta, cuando en realidad apenas hemos empezado a arañar la superficie», afirma Brown.

Mapa de la Cuenca del Amazonas y la ubicación de la torre experimental.

Mapa de la Cuenca del Amazonas y la ubicación de la torre experimental.

Mapa: Matthew W. Chwastyk, Ngm. Fuentes: Red Amazónica De Información Socioambiental Georreferenciada (Raisg); Greenmarble

La Smithsonian Institution dice que «hay más especies de insectos que no han sido descritas (es decir, sin nombre científico) que especies de insectos ya identificadas». Los dípteros hacen gala de una especial diversidad: se han identificado más de 124.000 especies, pero los científicos sospechan que queda un número incalculable a la espera de ser descubiertas.

La cuenca del Amazonas alberga al menos el 10 % de la biodiversidad conocida del planeta y, dentro de ella, cientos de miles de especies de insectos. Pero la selva y los insectos atraviesan hoy momentos de incertidumbre.

Un estudio de 2019 sugería que en torno a un tercio de las especies de insectos serían vulnerables a la extinción en las próximas décadas, como consecuencia de la pérdida de hábitat asociada a la agricultura intensiva, la contaminación de pesticidas y fertilizantes, y el cambio climático, entre otros factores. Y en Brasil, el presidente Jair Bolsonaro ha dado un mayúsculo espaldarazo al desarrollo de la Amazonia, que desde los años setenta ha cedido a las industrias una extensión de más de 800.000 kilómetros cuadrados.

Aunque no tiene nada de raro que los científicos se topen con nuevos insectos en la Amazonia, el volumen de especímenes de dípteros desconocidos que capturaron las trampas colocadas en la torre por Rafael sí llamaba la atención. «En términos de novedad, fue como si acabasen de descubrir un continente ignoto», dijo Brown.

Muchas especies, además, aparecían exclusivamente en las trampas elevadas. «Hallar una fauna distinta en el dosel arbóreo fue increíble –diría Amorim al recordarlo–. Casi dos tercios de la diversidad de los dípteros está presente en las trampas colocadas entre los ocho y los 32 metros, pero no en el suelo. Esto significa que la tala de árboles grandes constituye una pérdida inmensa».

Muchos de aquellos dípteros misteriosos parecían ser fóridos, unas criaturas con joroba del tamaño de una miguita de pan, algunas de ellas parasitoides que inoculan sus huevos en el cuerpo de abejas, hormigas y otros insectos.

Conocidos por su probóscide alargada, los gorgojos constituyen uno de los grupos de insectos con mayor número de especies. La iridiscencia del cuello de este ejemplar, creada por el aplanamiento de las estructuras pilosas, probablemente le sirve para atraer parejas  o para confundir a los depredadores.

Conocidos por su probóscide alargada, los gorgojos constituyen uno de los grupos de insectos con mayor número de especies. La iridiscencia del cuello de este ejemplar, creada por el aplanamiento de las estructuras pilosas, probablemente le sirve para atraer parejas o para confundir a los depredadores.

Foto: Craig Cutler y Brian Brown

Brown, uno de los más destacados expertos del mundo en la familia Phoridae, supo que tenía que ver con sus propios ojos aquellas nuevas especies de fóridos en su hábitat natural... y sin tiempo que perder. «Siempre tengo la sensación de que estamos a un agricultor y un machete de distancia de perder una barbaridad de especies», dijo con pesar.

De modo que organizó una expedición con Rafael, Amorim y Marshall, que había sido su profesor de entomología en la Universidad de Guelph, y ajustaron sus respectivos calendarios para reunirse en Manaos justo después de Año Nuevo –y justo antes de que el coronavirus empezase a campar por el mundo–, en enero de 2020.

Como niños desesperados por llegar al parque de atracciones, los dipterólogos se revolvían con nerviosismo mientras el camión de Rafael atravesaba la selva. Cuando tomaron la pista de tierra que conducía a la torre, no pudieron contenerse un minuto más. Saltaron del camión, que se quedó esperando al ralentí en el arcén de la vía desierta, y se arremolinaron alrededor de un arbusto cuajado de insectos. En cuestión de minutos estaban atrapando bichos con sus propias manos.

«Este es un ceratopogónido, creo», dijo Brown, bajando la cabeza para observar mejor el díptero que Rafael tenía en la palma de la mano. Heloísa Fernandes Flores, una de las alumnas de posgrado de Amorim, corrió a atraparlo mientras Brown señalaba hacia una avispa halcón de las tarántulas, un himenóptero de gran tamaño que caza estas arañas y cuya picadura es una de las más dolorosas del reino animal. Los dipterólogos estaban encantados de haber visto una; yo aún lo estaba más de que no se me acercase demasiado a la cara.

Pese a su brillante exoesqueleto, cuyo color va desde los azules y verdes brillantes hasta los marrones apagados –como este ejemplar–, los escarabajos joya se camuflan con habilidad. Su brillo metálico puede confundir a los depredadores, como aves y avispas.

Pese a su brillante exoesqueleto, cuyo color va desde los azules y verdes brillantes hasta los marrones apagados –como este ejemplar–, los escarabajos joya se camuflan con habilidad. Su brillo metálico puede confundir a los depredadores, como aves y avispas.

Foto: Craig Cutler y Brian Brown

Al día siguiente se pusieron manos a la obra. Lo primero que solía hacer Brown de buena mañana era encaramarse al nivel de ocho metros de la torre, donde sacaba un buen frasco de miel diluida y rociaba con ella las hojas para atraer a las abejas y, por extensión, a los fóridos que las atacan, clavándoles sus afilados ovipositores para desovar en su interior. Repetía la misma rutina a 16 y 24 metros de altura, para comprobar si a distintas elevaciones los dípteros eran diferentes.

Los enjambres de abejillas meliponas que acudían a la miel son irresistibles para los especímenes de Melaloncha –un género de fóridos parasitoides de abejas–, que se posaban en las hojas junto a ellas.

«Estos dípteros enroscan el abdomen de modo que la parte aguda con la que atacan a las abejas queda justo debajo de la cabeza –me contó Brown una mañana mientras observaba por el visor de la cámara un fórido que cazaba una abeja–. Entonces se colocan en posición y, con el ovipositor, inyectan un huevo en la comisura blanda que separa los segmentos endurecidos de la abeja».

Cuando creía tener grabaciones suficientes, Brown capturaba unos cuantos especímenes con el aspirador entomológico, un largo tubo de goma acoplado a un cabezal rígido del que lo separaba una malla. Se llevaba a la boca el extremo del tubo, examinaba las hojas en busca de fóridos y situaba el cabezal sobre los insectos que quería atrapar.

«Hay que succionar fuerte y con decisión –dijo–. Mira, ahí hay uno». Orientó el cabezal hacia una motita casi invisible y la cazó con una inhalación.

Pese a la humedad sofocante, Brown no desperdiciaba ni un segundo de su estancia en la selva. Cuando no estaba atrapando insectos o grabando vídeos, se dedicaba a estudiar al microscopio sus hallazgos o a departir sobre dípteros con sus colegas.

Su pasión por estos insectos es enorme, pero reconoce que no todo el mundo lo ve igual. Una mañana conversamos sobre la importancia de su trabajo y lo difícil que es comunicarla a los demás.

Cuando da charlas, Brown suele explicar que los dípteros son los grandes recicladores de la naturaleza. Sus larvas ingieren restos de comida, hojas caídas, animales muertos, heces, y convierten todo eso en nutrientes útiles para otras criaturas. Las moscas de la fruta, con las que compartimos cerca del 60 % de los genes, son cruciales para la investigación genética. «Si veo que con eso el público no se inmuta –apunta–, entonces digo que los dípteros polinizan el cacao: sin ellos no hay chocolate».

Aunque una vida sin chocolate sonaba deprimente, pregunté qué otras consecuencias tendría la desaparición de las poblaciones de dípteros.

Mientras enfocaba el microscopio para examinar una nueva especie de fórido, me preguntó: «¿Conoces la parábola de los remaches, de Paul y Anne Ehrlich?».

Respondí que no.

«Imagina que vas en avión y descubres que alguien está arrancando los remaches del ala. Le llamas la atención y el tipo te dice: "Bah, seguro que no pasa nada. Qué más dará un par de remaches más o menos". Realmente cumplen todos la misma función, y si sacamos unos cuantos, seguro que no notaremos una gran diferencia».

Le dije que sonaba aterrador.

«Pues eso pasa con las especies en los ecosistemas. A quienes les da todo igual les oyes decir: "Si son cuatro moscajos, ni que fuese una tragedia". Pero en algún momento llegaremos a un punto en el que los ecosistemas dejarán de ser sostenibles».

Brown hizo una pausa, dejando que el ambiente se llenase de los chillidos, gorjeos y graznidos de la selva. Luego suspiró, se levantó y empezó a reunir el material para ir a trabajar a la torre.

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José Albertino Rafael, científico del Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonia (en la imagen, con una linterna frontal para ver los especímenes), es un apasionado de los insectos desde que era un adolescente y se llevaba mariposas, escarabajos y otros bichos a su casa de Maringá, en el sur de Brasil. «Mi madre no quería limpiar mi cuarto porque había arañas», recuerda.

Foto: Craig Cutler y Brian Brown

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Dayse Willkenia Almeida Marques, también del Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonia, estudia los dípteros. En esta expedición encontró un fórido justo en el momento en el que inyectaba sus huevos dentro de una oruga, con la consiguiente alegría para Brown, que nunca había visto una oruga parasitada por un fórido.

Foto: Craig Cutler y Brian Brown

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Amorim, catedrático de la Universidad de São Paulo, bromea con que los dipterólogos odian a las polillas y las mariposas porque sus vivos colores llaman más la atención que las tristes moscas. Además, cuando vuelan hacia las trampas, sus escamas se desprenden y recubren a otros insectos, lo que dificulta su examen.

Foto: Craig Cutler y Brian Brown

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Heloísa Fernandes Flores, estudiante de posgrado, trabaja con Dalton de Souza Amorim en la Universidad de São Paulo, donde investiga la mosca chacal, o mosca gorrona. En 2019 estudió en la Escuela de Dipterología, un programa organizado por Brown y coimpartido por Amorim, destinado a alumnos interesados en ampliar sus conocimientos sobre estos insectos. Actualmente, hay más mujeres que hombres.

Foto: Craig Cutler y Brian Brown

Este es el primer artículo que Haley Cohen Gilliland escribe para la revista. El fotógrafo Craig Cutler está especializado en naturalezas muertas y retratos medioambientales. El entomólogo Brian Brown utiliza la macrofotografía para estudiar los insectos.

Ver gráfico "Insectos del Amazonas. Parte 1".

Ver gráfico "Insectos del Amazonas. Parte 2".

Este artículo pertenece al número de Abril de 2021 de la revista National Geographic.

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