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Patricia Whitefoot solamente recuerda retazos de su estancia en la Misión Cristiana India de Yakima, un internado de la Reserva India Yakama, en el estado de Washington.

«Me acuerdo de las fugitivas –relata Whitefoot, que por entonces tenía cinco o seis años–. Veía escaparse a las niñas mayores. Sabíamos que no podíamos decir nada mientras se preparaban para huir de la misión. Y guardábamos el secreto».

Hoy, con 73 años, también recuerda el día en que las misioneras se presentaron en casa de sus abuelos. Poco después estaba en un dormitorio comunal con otras niñas nativas. Los siguientes años de su vida consistieron en obedecer las normas, trabajar en el campo y no recibir afecto de los adultos encargados de cuidar de ella.

Lo que no puede olvidar es ese sentimiento de otredad, esa nube de extrañeza, miedo y control que impregnó su infancia.

«Me criaron mis abuelos maternos, unas personas amorosas, protectoras y compasivas –dice esta ciudadana de la nación yakama con antepasados taidnapam, klickitat, skiin, spokane y diné (navajo)–. Pero empecé a darme cuenta de que en casa pasaba algo raro». Su abuela tenía «arrebatos» que la dejaban temblando, a ella y a sus hermanas. Las pequeñas no entendían de dónde venía aquella ira.

«Hasta que empezó a hablarme de ello», cuenta Whitefoot. Poco a poco comprendió que su abuela sufría un grave trauma por el tiempo que había pasado en el Internado Indio Fort Simcoe de White Swan, en Washington. Al igual que otros colegios parecidos de Estados Unidos y Canadá, Fort Simcoe tenía un objetivo: educar y cristianizar a los niños nativos para asimilarlos plenamente al modo de vida de la cultura dominante.

Tal como revelan las pruebas reunidas en las últimas décadas, cientos de miles de niños nativos americanos, nativos de Alaska, de las naciones indígenas canadienses y nativos hawaianos fueron internados por obligación en aquellos colegios que en la mayoría de los casos tenían tan poco de cristianos como de educativos. Para muchos pueblos nativos, los colegios eran pesadillas interminables de reprogramación (hacían que olvidasen su cultura para asimilarlos en la cultura europeo-americana), abusos, trabajo infantil y tortura que hoy siguen atormentando a las familias y comunidades nativas.

Lecciones dolorosas
Soren Walljasper y Rosemary Wardley, NGM; Mike Boruta. Fuentes: Coalición Nacional para la sanación de los afectados por los internados de nativos americanos; Comisión de la verdad y la reconciliación

Lecciones dolorosas

Desde principios del siglo XIX Estados Unidos y Canadá abrieron unos 500 internados para niños indígenas financiados con fondos federales. La mayoría se centraba en la conversión religiosa, a menudo por la vía de los trabajos forzados y los castigos brutales. Algunos niños eran enviados a miles de kilómetros de su casa.

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Desde el momento en que Colón llegó a América, los niños indígenas pasaron a ser preciados peones en la batalla por sojuzgar y dominar el hemisferio Occidental. Los misioneros europeos, al amparo de las bulas papales que articulaban la Doctrina del Descubrimiento, empezaron a separarlos de sus padres con la creación de escuelas misioneras en las que los pequeños eran poco más que mano de obra gratuita.

En el sistema de las misiones, «educar» significaba «convertir al catolicismo». Los niños eran de facto auténticos rehenes sometidos a esclavitud, trabajos forzados, servidumbre por deudas, violencia y agresiones sexuales. Aquellas brutales violaciones de los derechos humanos, perpetradas por la Iglesia católica, se prolongaron siglos.

El Gobierno estadounidense tomó el relevo en el uso de la educación como una herramienta de subyugación de los pueblos indígenas. La Ley del Fondo para la Civilización de los Indios de 1819 asignó financiación federal a iglesias protestantes y católicas para que fundaran internados «con el objetivo de introducir [entre las tribus indias] los usos y costumbres de la civilización». En la práctica lo que se buscaba era la erradicación cultural y la conversión religiosa forzosa. Aquella política se tradujo con el tiempo en la creación de internados de gestión pública, empezando en 1879 con la Escuela Industrial India de Carlisle, fundada por Richard Pratt, un militar cuyos experimentos de asimilación con reclusos nativos llegaron a convertirse en el estándar universalmente aceptado de la «educación de los indios». Pratt expresaba su objetivo con estas palabras: «Matar al indio que llevan dentro y salvar al hombre».

Se arrancaba de sus familias a niños de tan solo cuatro años de edad. Y los padres que se resistían eran encarcelados y castigados sin las raciones de comida que se distribuían en las reservas. 

Los padres que se resistían a entregar a sus hijos eran encarcelados y castigados sin las raciones de comida de la reserva.

Cuando los niños llegaban a los internados, les cortaban la melena y las trenzas y los despojaban de su atuendo tradicional. Tenían prohibido hablar su idioma y observar sus creencias espirituales, y solían vivir hacinados en insalubres dormitorios compartidos. La tuberculosis y el sarampión eran habituales, la alimentación era deficiente y la atención médica brillaba por su ausencia.

Eran sometidos sistemáticamente a agresiones físicas, psicológicas y sexuales por parte de quienes debían velar por ellos. Cuando se escapaban, los perseguían rastreadores profesionales que los devolvían al colegio, donde sufrían severos castigos, entre ellos ser violados por los cazarrecompensas que los habían capturado. 

«Para los misioneros no éramos humanos. Lo notabas en cómo te miraban –dice Whitefoot–. Es una de las cosas que recuerdo: aquella mirada».

Algunos alumnos sucumbieron a enfermedades o se quitaron la vida. Otros murieron en circunstancias sospechosas, enterrados sin certificado de defunción en tumbas anónimas y sin dar apenas información a las familias sobre qué había sido de sus hijos. Hay constancia de que 4.129 niños de las naciones indígenas canadienses murieron en internados, aunque el Estado dejó de registrar los fallecimientos en 1920. El máximo responsable de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Canadá aventuraba que la cifra real «podría ser de entre 15.000 y 25.000, si no más». Desde 2021 se han localizado en Canadá más de 1.700 posibles tumbas sin nombre.

Ese mismo año Deb Haaland, secretaria de Interior de Estados Unidos y miembro de la tribu laguna de los indios pueblo de Nuevo México, puso en marcha la Iniciativa Federal sobre los Internados Indios con el objetivo de «investigar la pérdida de vidas humanas y las secuelas permanentes del sistema federal de internados indios». Se han identificado más de 500 muertes, aunque el Departamento de Interior advierte de que las cifras podrían aumentar a decenas de miles a medida que se desarrolle la investigación.

 

Pese a tanto sufrimiento y trauma, era habitual que los alumnos saliesen de los colegios sin nada que certificase aquella supuesta educación. Muchos trabajaban jornadas interminables como mano de obra mal pagada o incluso gratuita para las familias y empresas locales. Aunque se calcula que en Estados Unidos asistieron a aquellas escuelas más de 100.000 niños nativos, los resultados educativos fueron siempre pésimos. En Carlisle, por ejemplo, apenas unos cientos de alumnos obtuvieron un diploma de estudios secundarios de los muchos miles que pasaron por la escuela en sus 39 años de historia.

Al mismo tiempo, se les privaba de aprender lo que sus culturas podían enseñarles. «Nos colgaban el sambenito de cazadores-recolectores, pero nada más lejos de la realidad –afirma Kevin Gover, subsecretario de museos y cultura de la Smithsonian Institution y ciudadano de la nación pawnee de Oklahoma–. Era simplemente el discurso con el que [los responsables políticos] se autoengañaban para justificar sus actos: que en realidad no éramos humanos. Pero hablamos de cientos de culturas complejísimas que cuentan con enormes logros en arquitectura, matemáticas y ciencia.
Y gran parte de ese conocimiento fue destruido deliberadamente o se ha perdido con el tiempo».

Cuando los niños volvían a sus casas, descubrían que el adoctrinamiento y las agresiones que habían sufrido los convertían en extraños. Reconectar con la familia era difícil: muchos ya no manejaban con fluidez la lengua de su tribu, y sus padres no hablaban inglés. A veces las comunidades los rechazaban por haber olvidado su lengua y sus ceremonias y por vestir ropas occidentales: por haberse convertido en «blancos».

Tampoco salían preparados para desempeñar trabajos cualificados, pues la mayoría solo habían trabajado como peones, obreros o simples criados. Cuando ya de adultos llegaban a las ciudades, se les negaba el empleo, la vivienda y la financiación en nombre del racismo enconado de una sociedad que les había prometido falsamente que estudiar y asimilarse les abriría puertas. Muchos acabaron en la indigencia o desempeñando los trabajos que nadie quería; muchos más se alistaron en el ejército porque no lograban colocarse y acabaron yendo a la guerra para defender un país que no solo había incumplido sus obligaciones para con las tribus en materia de fideicomisos y tratados, sino que continuaba tomando medidas de aniquilación de los pueblos nativos, a quienes no se concedió la ciudadanía estadounidense hasta 1924.

Los supervivientes pasaron décadas sufriendo en silencio. Pocos hablaban del trauma sufrido. Bajo la losa del horror y la vergüenza, luchaban por sobrevivir, en muchos casos cayendo en el alcoholismo y la violencia, en un ciclo generacional que se renovaba con cada nuevo alumno.

 

El programa de internados terminó en 1969 cuando la Administración Johnson se propuso abordar el problema de la pobreza, la destrucción y el drama de las comunidades nativas americanas. Pero otras políticas federales surgidas en la época de los internados perpetuaron el ciclo de dolor en las comunidades tribales, afirma Deborah Parker, directora general de la Coalición Nacional para la Sanación de los Afectados por los Internados de Nativos Americanos.

«Aquellos internados fueron la primera política de “bienestar de la infancia india” implantada por el Gobierno federal, y tras su cierre, Estados Unidos buscó otras formas de perseguir y explotar a los niños nativos en el negocio de la adopción y la acogida», afirma Parker, miembro de las tribus tulalip del estado de Washington. El Proyecto de Adopción de Indios Americanos, por ejemplo, se aprobó en 1958 para asignar niños indígenas a familias no nativas, basándose en axiomas sobre la supremacía blanca y los valores de la clase media. Al mismo tiempo, los sistemas de acogida temporal empezaron a colocar hasta el 35 % de los niños indígenas en familias no nativas en su inmensa mayoría. Esta práctica se generalizó hasta tal punto que el Congreso aprobó la Ley de Bienestar de la Infancia India en 1978 para evitar la destrucción total de las comunidades nativas por parte de los estados.

En 2019 Parker empezó a colaborar con la entonces congresista Deb Haaland en la redacción de un proyecto de ley que crease una comisión federal análoga a la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Canadá. Pero tanto ese proyecto de ley como otro paralelo que se pergeñaba en el Senado siguen sin someterse a votación. Entre los escollos que lo retrasan está la dificultad de localizar los expedientes de los alumnos y los registros de los colegios, a menudo dispersos, incompletos, destruidos o en manos de instituciones religiosas reacias a reconocer este doloroso pasado.

 

Tras décadas dedicada a la docencia, Patricia Whitefoot ya está jubilada. Su experiencia en el colegio de la misión la condujo inconscientemente a dedicar su vida a la búsqueda de formas mejores, culturalmente más competentes y apropiadas de satisfacer con respeto y humanidad las necesidades educativas de los estudiantes indígenas.

«Creo que es el momento de reflexionar no solo sobre los internados, sino sobre las interrelaciones que, como pueblos indígenas, hemos mantenido con la cultura dominante y entre nosotros mismos –dice Whitefoot, que tiene tres hijos, 10 nietos y varios bisnietos–. Y esto ha de hacerse con grandes dosis de compasión y desde un enfoque holístico y colectivo, en el que todos trabajemos por un mismo objetivo de verdad, justicia y curación de nuestro pueblo».

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Daniella Zalcman
Ilustración de Joe McKendry

National Geographic Society, comprometida con la divulgación y protección de las maravillas de nuestro planeta, financia desde 2018 la labor fotográfica de la Exploradora Daniella Zalcman sobre la experiencia humana. Sus retratos de doble exposición superponen imágenes de supervivientes de los internados con lugares y recuerdos asociados a sus experiencias infantiles de trauma y pérdida cultural.

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Miembro de la nación cherokee, la escritora y productora Suzette Brewer está especializada en derecho indígena federal. Su abuelo asistió a la Escuela Agrícola India Chilocco, en Oklahoma.

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Este artículo pertenece al número de Diciembre de 2023 de la revista National Geographic.

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