Recorría un bosque de tsugas siguiendo un mullido sendero de agujas caídas durante años, cuando de pronto avisté un resplandor, como si un retazo de mantillo estuviese ardiendo. Pero no era fuego, sino la luz del sol que penetraba en un claro y se reflejaba en la superficie de una pequeña charca. Aquella masa de agua somera era una charca primaveral. Precisamente lo que estaba buscando.

Bosque de Aurora, en Maine
Tristan Spinski

Una vista aérea de un bosque de Aurora, en Maine, revela una gran charca primaveral y el paisaje que la rodea. Maine tiene más superficie boscosa –casi el 90 % del territorio– que ningún otro estado del país.

Era una tarde cálida de finales de primavera y el agua de la charca ya había empezado a contraerse. Estas charcas estacionales se nutren fundamentalmente de las lluvias y las escorrentías procedentes de las cotas más altas del bosque. No tienen entradas ni salidas de agua permanentes. Son pequeñas, de apenas un metro de profundidad, y a menudo dibujan una suerte de rosario en el suelo del bosque, como archipiélagos, pero al revés. A medida que avanza la estación, las temperaturas aumentan, las lluvias primaverales van a menos y las charcas pierden agua por evaporación y por la absorción de las raíces de los árboles y arbustos circundantes. La mayoría ya están secas cuando el verano llega a su fin. Y esa es la característica esencial de la charca primaveral. Los peces no pueden sobrevivir a la desecación, lo que significa que las larvas de ranas, salamandras, todo tipo de insectos y demás animalillos tienen más probabilidades de llegar a adultos.

Impacto ecológico
Tristan Spinski

Aram J. K. Calhoun y su marido, Malcolm «Mac» Hunter, ambos profesores eméritos del Departamento de Vida Salvaje, Pesca y Biología de la Conservación de la Universidad de Maine, estudian el enorme impacto ecológico de estas diminutas charcas efímeras.

Aquí, en la punta más septentrional del Nordeste de Estados Unidos, un manto de hielo de 1,6 kilómetros de grosor alcanzaba su máximo tamaño hace unos 20.000 años. Cuando empezó a fundirse y a retroceder, dejó tras de sí pequeñas depresiones conocidas como marmitas glaciares, agudas aristas esculpidas, rocas del tamaño de un vagón de mercancías y acumulaciones de sedimentos glaciares. Estos bosques conservan el recuerdo de aquel hielo. Están cuajados de arroyos, lagunas y humedales, y en ellos abundan las charcas primaverales. Es como si los hielos de antaño nos hubiesen legado una herencia de agua.

Serpiente de jarretera común
Tristan Spinski

Serpiente de jarretera común.

Con sus márgenes esponjosas y los refugios tanto húmedos como secos del terreno elevado que las rodea –todos ellos partes indispensables de un mismo sistema–, estas charcas regalan al bosque una explosión de vida. La relación de los aguazales con los árboles es estrecha: las sombras que estos proyectan evitan la desecación prematura de las charcas, y las agujas, hojas y ramas que caen al agua representan opíparos banquetes para bacterias e insectos como las larvas de frigáneas, que a su vez son alimento de otras especies. Las aves y los murciélagos que se refugian y anidan en los árboles circundantes se alimentan de insectos; los anfibios adultos y juveniles son devorados por otros animales cuando se aventuran en tierra firme. Y así sucesivamente. Desde el agua hasta la tierra y el aire, todos los habitantes de estos bosques llevan en su interior una pizca de charca forestal.

Perdemos paisajes y especies cuando no comprendemos y protegemos todas las piezas que los componen. Las charcas secas pueden parecernos unos simples barrizales, y cuando están en plena actividad en primavera y principios de verano, con cientos de vidas en unas aguas que ganan temperatura y van desapareciendo, los senderistas suelen pasar de largo sin apenas fijarse en ellas. Pero estas masas de agua de aspecto anodino esconden buena parte de su energía cinética bajo la superficie. Me recuerdan a las ballenas. ¿Cómo sabríamos que necesitan nuestra protección si lo único que viésemos fuesen las olas?

Desde el agua hasta la tierra y el aire, todos los habitantes de estos bosques llevan en su interior una pizca de charca forestal

En primavera, arrastro con sumo cuidado una pequeña red por el fondo de una charca estacional, la izo y vierto su contenido en un cuenco de cristal. Surgen todo tipo de especies.

Galápago
Tristan Spinski

Galápago de Blanding.

Muchos de los animales de estas charcas temporales pueden vivir perfectamente en otras masas de agua, pero algunos presentan adaptaciones específicas para completar en ellas sus ciclos vitales. Cuando en abril se funde el hielo y las lluvias barren el territorio, los camarones hada vernales eclosionan en las charcas y nadan bajo una fina capa de escarcha primaveral.

 

Camarón hada vernal
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En Maine, la rana de bosque de América del Norte, la salamandra moteada, la salamandra de manchas azules y el camarón hada vernal están especialmente adaptados para prosperar en las charcas primaverales, que también se convierten en abrevaderos y comederos clave para la fauna circundante.

Estos crustáceos de unos 2,5 centímetros de largo nadan boca arriba, remando con unos apéndices abdominales que les permiten respirar y recoger alimento al tiempo que se impulsan por el agua. La evolución ha hecho que no solo estén adaptados a la desecación estival, sino que la necesiten. Cuando la hembra expulsa de su ovisaco los huevos fecundados, estos se hunden hasta el fondo, crecen durante unos días y se detienen. Los diminutos huevos de cáscara dura permanecen en el lodo de la charca semiseca, bajo capas de hojas y otros detritos. Eclosionarán y crecerán cuando vuelvan las lluvias… sus vidas están en sincronía con las estaciones de la charca.

Perdemos paisajes y especies cuando no comprendemos y protegemos todas las piezas que los componen

No todos los huevos de camarón hada vernal eclosionan el primer año. Pueden esperar a hacerlo una o dos décadas, y algunos investigadores conjeturan que tal vez son capaces de sobrevivir un siglo en el fango de una charca.

 

Estaciones
Tristan Spinski

Cada primavera las charcas estacionales crecen y cobran vida (foto de la izquierda), se secan en verano (siguiente foto) y entran en inactividad en invierno (foto de la derecha). Este ciclo anual garantiza que en estos criaderos temporales no haya peces, lo que crea un caldo de cultivo ideal para los anfibios. 

Una noche de fría lluvia primaveral, las ranas de bosque de América del Norte salen de su largo letargo. Pasan el invierno en depresiones someras, bajo las hojas, o en el interior de árboles caídos sobre el suelo del bosque. Resbaladizas por la lluvia, saltan hacia charcas que a veces todavía están rodeadas de hielo. Los científicos la consideran una especie «resistente», porque puede vivir en latitudes tan extremas como el círculo polar ártico.

Rana de bosque
Tristan Spinski

Rana de bosque durante la migración anual para reproducirse. Todas estas especies son un buen indicador de la cercanía de una charca.

Esta rana no necesita enterrarse por debajo de la línea de penetración de las heladas para sobrevivir al frío. Cuando la temperatura cae, su hígado libera una descarga de glucosa que se suma a los altos niveles de urea de su torrente sanguíneo. Ese cóctel inunda los tejidos y limita el daño infligido por el hielo. Las ranas se congelan en el sentido literal. Y tienen todo el aspecto de estar muertas.

 

Rana de bosque
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Rana de bosque de América del Norte. 

La mezcla mágica las mantiene con vida durante los caprichosos inicios de la primavera, en los que las temperaturas son muy variables. A menudo son los primeros anfibios en llegar a las charcas de cría, porque ellos pueden descongelarse, congelarse y descongelarse de nuevo. Los machos llaman a las hembras con unas voces ásperas que recuerdan al graznido de un pato. El reclamo las alerta de que ha comenzado el ritual primaveral, y muchos depredadores hambrientos que han soportado un largo invierno oyen también la cacofonía. Este ritual, un coro de croares, chapoteos y graznidos generado por los machos que se pelean entre sí por atrapar a las hembras en un abrazo de apareamiento llamado amplexo, es breve. Las hembras expulsan masas esféricas de huevos, mientras los machos, aferrados a sus lomos, liberan una nube de esperma para fecundarlos.

Ranas apareándose en Maine
Tristan Spinski

Una pareja de ranas de bosque de América del Norte se aparea en la zona somera de una charca primaveral de Maine durante la migración reproductiva anual de la especie. Las lluvias constantes del atardecer y unas temperaturas en torno a los 4 o 5 °C inducen a las ranas y salamandras a descongelarse y salir de sus madrigueras invernales.

Las salamandras moteadas entran en escena hacia la mitad del ritual de apareamiento de las ranas. Estos miembros de la familia de las salamandras topo pasan casi toda su vida bajo tierra, debajo de musgos, hojas y cortezas de árbol, en túneles abiertos por raíces muertas mucho tiempo atrás y en el interior de troncos de árboles caídos ya en descomposición. A diferencia de la rana de bosque, la salamandra inverna por debajo de la línea de penetración de las heladas, con frecuencia en las profundas madrigueras cavadas por las musarañas colicortas septentrionales.

Su ritual de apareamiento tiene lugar bajo el agua, ante una concurrencia tan nutrida como muda, ya que los machos colocan sus blancos espermatóforos –sacos de esperma de forma piramidal– sobre una hoja o una ramita del fondo de la charca. Cuando una hembra pasa por encima, introduce la masa de esperma en su cloaca para que se produzca la fecundación. Las masas de huevos, adheridas a ramas y tallos, tienen forma de riñón, son lisas y un tanto translúcidas, y están envueltas en una capa exterior de gelatina.

Nenúfares
Tristan Spinski

Los nenúfares estivales crecen en el interior de muchas charcas, dando sombra a otros habitantes acuáticos.

A medida que crecen, las larvas de salamandra se alimentan de insectos y pequeños crustáceos, de renacuajos de rana de bosque y de sus propios congéneres. Los renacuajos depredan huevos de anfibios y carroña, pero su dieta consiste principalmente en fragmentos de película de algas y bacterias que raspan de la superficie de las plantas y otros detritos de la charca. Todo ser come o es comido, y la mayoría –no todos– vive contrarreloj.

Renacuajos
Tristan Spinski

Ha llegado la primavera y unos renacuajos se arremolinan en medio de musgos, hojas y ramas caídas en una charca estacional. Estos nadadores se alimentan de algas y bacterias, entre otras cosas, y son a su vez alimento de otros animales. De adultas, la mayoría de las ranas regresan a sus charcas natales para reproducirse.

Casi todas las ranas de bosque de América del Norte y salamandras moteadas maduras buscan regresar a sus charcas natales para reproducirse, pero algunos juveniles resultan ser peregrinos: cada año, unos cuantos se metamorfosean, salen de sus charcas y se alejan, trasladando sus genes a otras masas de agua del bosque más lejanas.

Salamandra moteada
Tristan Spinski

Es época de apareamiento y una salamandra moteada deposita su masa de huevos en una rama sumergida.

Las charcas primaverales continúan pasando inadvertidas. Sus grandes paladines son los biólogos que las estudian y los habitantes de los pueblos y ciudades que las protegen del desarrollo urbanístico. Cada vez son más los ciudadanos del Nordeste de Estados Unidos que se organizan y salen de noche con las primeras lluvias de primavera para ayudar a los anfibios a cruzar las carreteras mientras estos se dirigen a las charcas donde nacieron. Transportar una salamandra o una rana de bosque en el cuenco de la mano una noche gélida es como sostener un carámbano viviente.

Galápago pintado norteamericano
Tristan Spinski

Ejemplar juvenil de galápago pintado norteamericano.

Hay quien se ha propuesto cartografiar las charcas, verificar qué especies las habitan y describir con todo lujo de detalles los paisajes circundantes. Saben que salvar una de estas masas de agua si no se protege la amplia franja que la rodea y las alturas de las que se nutre es quedarse muy corto.

Libélula
Tristan Spinski

Libélula anillada de los pantanos.

Una voz convincente en la iniciativa de enseñar cuanto se sabe sobre las charcas primaverales y cómo salvarlas es Aram Calhoun, quien ha consagrado su carrera a estas efímeras reservas de agua. Experimentada bióloga de humedales y educadora medioambiental, sus publicaciones forman parte de la política paisajística de los hu-medales que se aplica en Maine y otros lugares. Calhoun también ha trabajado con biólogos del Departamento de Recursos Naturales de la Nación Penobscot para reclamar el cartografiado de las charcas temporales situadas en tierras tribales.

Cárabo norteamericano
Tristan Spinski

Cárabo norteamericano.

«El Departamento de Recursos Naturales de la Nación Penobscot acaba de recibir cinco millones de dólares de un programa de subvenciones público-privadas para cartografiar las charcas primaverales ubicadas en tierras bajo fideicomiso tribal –afirma Ben Simpson, responsable de recursos de fauniflora de la nación penobscot–. Esta financiación nos ayudará a cartografiar el hábitat crítico que la tribu está decidida a proteger».

Salamandra de manchas azules
Tristan Spinski

Especie del grupo de las salamandras de manchas azules, todas ellas del Nordeste de Estados Unidos.

Mis vecinos y yo aprendemos mucho de iniciativas como esta. Juntos caminamos hasta la carretera secundaria de nuestra zona bajo las lluvias de abril, pertrechados con linternas y frontales, para dar la bienvenida a las ranas y salamandras que avanzan lentamente en la oscuridad hacia las charcas que las vieron nacer. Es una celebración de lo que significa estar vivo, compartir el lugar donde convivimos con otras especies.

 

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Este artículo pertenece al número de Febrero de 2024 de la revista National Geographic.