Buceando bajo una blanca catedral de hielo, oía los estridentes silbidos, bramidos y gemidos de las focas pías. 
Podrían haberse confundido fácilmente con los sonidos de un bosque lluvioso, si no fuera porque me bañaban las gélidas aguas del golfo de San Lorenzo. A mi alrededor, focas pías adultas surcaban con elegancia su submundo privado. Arriba, sobre un techo de hielo, descansaban miles de crías recién nacidas.

Madres y crías de foca
Jennifer Hayes

Madres y crías yacen dispersas sobre el hielo fracturado del golfo de San Lorenzo a finales de febrero de 2020. A medida que subían las temperaturas y soplaban los vientos, el hielo, manchado de sangre por los nacimientos, seguía rompiéndose.

Era marzo de 2011 y me encontraba en las islas de la Magdalena, un archipiélago del golfo. Junto con mi compañero –de vida y de trabajo– David Doubilet, me había propuesto fotografiar estas focas en el marco de un reportaje de fondo sobre el ecosistema marino del golfo de San Lorenzo –un entrante del océano Atlántico Norte–, cuyas aguas son un hervidero de vida. Históricamente, en invierno la capa de hielo marino del golfo se convierte en la zona de alumbramientos más meridional de las focas pías, una guardería de hielo para las recién nacidas.

«Venga, a por hielo –dijo Mario Cyr, nuestro guía local–. Donde esté el hielo, estarán las focas». Tenía razón: un grupo de hembras preñadas había localizado una concentración de placas flotantes cerca de la isla del Príncipe Eduardo y se había encaramado a ellas para parir a sus cachorros. Nuestro barco se aproximó a los hielos y pasamos una semana documentando la conducta de las focas pías, sobre el agua y debajo de ella. La manada se extendía sobre un rompecabezas de pequeñas placas de hielo azotadas por el viento en medio de un granizado de aguas semicongeladas. De día, el sol evolucionaba sobre un paisaje helado salpicado de hembras y crías con pelaje de algodón, ojos de obsidiana y hocico de azabache. Por la noche, el coro de llantos infantiles se colaba en nuestros sueños, atravesando el casco del barco.

Cachorro atrapado
Jennifer Hayes

Un cachorro se queda atrapado entre placas de hielo a la deriva tras la tormenta que en marzo de 2022 azotó la costa de Terranova y Labrador, en una zona llamada el Frente; se desconoce qué fue de él. Las fuertes lluvias y los vientos pueden ser letales para las crías, cuya supervivencia depende del hielo.

Las focas pías necesitan el hielo para dar a luz. Migran desde el Ártico a finales de agosto y buscan el hielo flotante a finales de febrero, cuando por norma general las hembras paren una única cría. Durante las dos primeras semanas las madres amamantan a las pequeñas, asegurándose de que acumulen grasa, y luego las abandonan en el hielo y se marchan para aparearse de nuevo. Las crías dependen de esa grasa para sobrevivir hasta que dominen la natación y la caza. Para aprender a ser foca pía, las pequeñas necesitan tiempo… y un hielo estable.

Pero los inviernos del golfo de San Lorenzo están caldeándose el doble de rápido que los veranos, a un ritmo de más de dos grados por siglo, apunta el oceanógrafo físico Peter Galbraith, investigador científico del Departamento de Pesca y Océanos de Canadá (DFO, por sus siglas en inglés). Esto se traduce en la merma de la capa de hielo marino y, con ella, de los espacios de cría de las focas pías preñadas en el golfo de San Lorenzo.

Peligros para las crías
Jennifer Hayes

Una hembra y su cría se saludan con un «beso» de reconocimiento en 2011. Entre la masa de cachorros blancos y algodonosos, las madres identifican a sus crías tocándoles los hocicos para olerlas. Mientras maman, las pequeñas a veces se resbalan de la placa de hielo y caen al agua, donde no sobreviven mucho tiempo.

Al referirse a los inviernos en la región, los científicos suelen distinguir entre años de buen hielo y años de mal hielo. Los primeros, caracterizados por inviernos más fríos y una capa de hielo marino gruesa y extensa, son cada vez más infrecuentes: la banquisa del golfo lleva deteriorándose desde al menos 1995. Ahora son más comunes los años de mal hielo, desencadenados por inviernos suaves que dan lugar a placas de hielo marino frágiles y delgadas que tienden a desintegrarse. Los años de mal hielo pueden ser catastróficos para las focas pías. Y uno de ellos fue 2011.

El último día que pasamos en el golfo aquel mes de marzo se desató una tempestad que convirtió el agua en espuma y violencia. Habíamos logrado llegar a puerto cuando Cyr nos dio la noticia: la tormenta había pulverizado el débil hielo alrededor del cual habíamos pasado días inmersos en la vida de las focas pías. Miles de crías habían perecido. En un instante, el criadero se convirtió en un recuerdo que solo existía en nuestras fotos.

Momentos de ocio
Jennifer Hayes

Es marzo de 2011 y una hembra y su cachorro se relajan después de la lactancia. La temporada de cría en las islas de la Magdalena, en Quebec, se ha convertido en un atractivo turístico internacional. Pero la inestabilidad del hielo de los últimos inviernos se ha traducido en unas tasas de ahogamiento catastróficas entre las focas recién nacidas. Ahora los turoperadores temen los meses de febrero.

La muerte de las crías fue para mí un aldabonazo: el cambio climático se concretó de forma aterradora ante mis propios ojos. Como científica reconvertida en divulgadora, me pregunté qué depararía el futuro a una especie que necesita el hielo para sobrevivir. De camino a casa me propuse documentar a estas focas como símbolo de la crisis climática, y en la última década he regresado a las zonas de cría del golfo una y otra vez.

En el ínterin he aprendido de Garry Stenson y Mike Hammill, expertos en focas pías del DFO, que la ausencia de hielo en el golfo de San Lorenzo quizá sea un escenario menos malo que la presencia de un hielo deficiente. Si no hay hielo, las focas se alejan más y lo buscan fuera de sus zonas tradicionales de cría. Pero solo con que haya un poco, la manada se quedará y lo utilizará por malo que sea, aunque no tenga el grosor suficiente para sostener a los cachorros. Conforme se desplazan hacia el norte, rumbo a hábitats más fríos y con más hielo (en aguas de la Tierra de Baffin, por ejemplo), las focas pías podrían enfrentarse a una nueva amenaza: los osos polares.

Censo de focas
Jennifer Hayes

Los científicos del Departamento de Pesca y Océanos de Canadá Garry Stenson y Jessica Foley realizan un censo de la población de focas desde un helicóptero que sobrevuela el Frente en marzo de 2022.

 

Apareamiento agresivo
Jennifer Hayes

Un macho inusualmente agresivo trata de aparearse con una hembra no receptiva, cuya cría está cerca. La época de apareamiento empieza justo después del destete.

 

Deshielo
Jennifer Hayes

Una cría se debate sobre la fina capa de hielo en 2020. Hasta hace poco, la gruesa banquisa del golfo ofrecía un espacio seguro y fiable para su supervivencia.

En marzo de 2022 me embarqué con Stenson y un nutrido equipo en el guardacostas canadiense Sir William Alexander. Estaban en pleno censo de focas pías –una actividad que realizan cada cuatro o cinco años– en una zona llamada el Frente, ante las costas de Terranova y Labrador, la mayor zona de alumbramientos de la población de focas pías del Atlántico noroccidental, tanto por superficie como por número de focas.

«El hielo es peor; los vientos,más fuertes, y los retos, mayores». —Garry Stenson, investigador científico 

Los esfuerzos coordinados de cuantificación de las poblaciones exigen el uso de aviones de ala fija y barcos portahelicópteros. Guiándose por balizas, desplegadas en las zonas de focas, los censadores aéreos cuentan las crías, calibran su edad y siguen sus movimientos. Es difícil de por sí en un buen año, pero los censos son cada vez un poco más complicados, dice Stenson. La banquisa de Terranova y Labrador está tomando, sin prisa pero sin pausa, la misma senda que la del golfo de San Lorenzo. A principios de la inspección, una fuerte tormenta arrastró el hielo mar adentro y lo despedazó mientras los vientos empujaban a las crías supervivientes hacia el este, lejos de sus habituales zonas de alimentación. Fue el último censo de Stenson antes de jubilarse, y el más complejo hasta la fecha: «El hielo es peor; los vientos, más fuertes, y los retos, mayores».

Vientos implacables
Jennifer Hayes

Una cría se refugia de los vientos implacables en marzo de 2012. Los científicos dicen que mientras haya hielo marino, por muy frágil que sea, las focas pías seguirán arriesgándose a dar a luz donde siempre lo han hecho.

Por sombrío que parezca el panorama, se atisba un rayo de esperanza. Las focas pías pueden adaptarse, y seguirán al hielo para sobrevivir. A largo plazo, predicen Hammill y Stenson, es muy posible que establezcan sus zonas de alumbramiento más al norte. Este mes las focas iniciarán otra temporada de cría en el golfo de San Lorenzo. Y yo estaré allí esperando, con los dedos cruzados para que sea un año de buen hielo. 

----

un HÁBITAT FRÁGIL

A finales de agosto, las focas pías del Atlántico noroccidental inician una migración que durante un mes las llevará desde Groenlandia y el Ártico canadiense hasta latitudes tan meridionales como el golfo de San Lorenzo para dar a luz sobre el hielo marino. Pero el calentamiento del clima está haciendo que ese hielo sea cada vez más fino… y más peligroso para sus crías.

Un hábitat frágil
Katie Armstrong, NGM. Fuentes: Garry Stenson; Peter Galbraith, Departamento de Pesca y Océanos de Canadá; Datos Oceanográficos de 2021, Organización de Pesca del Atlántico Noroccidental (NATO); UICN;

Los partos coinciden con el máximo de hielo marino, en febrero y marzo.

PULSA AQUÍ PARA AMPLIAR EL MAPA

----

Este artículo pertenece al número de Febrero de 2024 de la revista National Geographic.