Con el agua a nuestra espalda

En los embravecidos mares del África occidental, la pesca no es solo una actividad para valientes. Es una tradición que modela las comunidades costeras y su respeto por la naturaleza.

Los pescadores preparan sus botes en un pequeño puerto de Jamestown, un distrito de Accra, la capital del país.

Los pescadores preparan sus botes en un pequeño puerto de Jamestown, un distrito de Accra, la capital del país.

Muchos habitantes de la zona se dedican a la pesca, pero esta tripulación vive en otra población portuaria a unos 100 kilómetros de distancia. Han venido a Jamestown, para vender sus capturas.

Foto: Denis Dailleux

En esta costa nuestra, nada es extraño.

Prince Kafuta posa en una playa de Mumford con un barco de juguete inspirado en las barcas de pesca de su pueblo.

Prince Kafuta posa en una playa de Mumford con un barco de juguete inspirado en las barcas de pesca de su pueblo.

El mar es parte esencial de la identidad ghanesa. La mayoría de los pescadores que faenan a lo largo de la costa del África occidental son de Ghana.

Foto: Denis Dailleux

Si madrugas para esperar la llegada de las canoas –en Port Bouet, Costa de Marfil; en Ngleshi, Ghana; en Old Jeswang, Gambia; en Grand-Popo, Benín; en Apam, Ghana–, oirás a los pescadores hablar en fante, en ga, en ewe, todas ellas lenguas de Ghana.

Nana Adomo, rebozada en arena, juega en la playa de Mumford, un pueblo pesquero tradicional ghanés del golfo de Guinea.

Nana Adomo, rebozada en arena, juega en la playa de Mumford, un pueblo pesquero tradicional ghanés del golfo de Guinea.

El Gobierno está modernizando el puerto y construyendo carreteras, un mercado, un taller de remiendo de redes, un almacén de hielo, una gasolinera y una guardería.

Foto: Denis Dailleux

A medida que los hombres saltan de las naves y sus cuerpos empiezan a ser distinguibles bajo la luz incipiente del amanecer, halando las redes, sus cánticos cobran fuerza: Ee ba ei, ee ba ke loo, «ya llega, viene repleta de peces». Las redes vuelven rebosantes con la ofrenda de las profundidades. Los peces saltan sobre la arena, reflejando los rayos de sol mientras muchas manos rápidas los clasifican en recipientes de metal.

Los ga, el pueblo al que pertenezco, no tememos a lo desconocido. «Que los forasteros se sientan entre nosotros como en casa» es una filosofía fundacional de nuestra cultura.

La captura nunca es igual. Sí, llegan variedades comerciales fácilmente reconocibles: pargo, mero, atún, caballa, kpanla (un tipo de merluza). Pero tampoco faltan las más apreciadas: cangrejos, anguilas, rayas, y especies de formas y tamaños extraños, óseos y cartilaginosos, algunas con rasgos que cautivarían la imaginación de los escritores de novelas fantásticas y de terror, del mismo modo que los crustáceos del género Phronima por lo visto inspiraron la película Alien. Pero aquí no se oirán gritos: lo que habrá será especias para que el pescado resulte delicioso.

Dos niños interrumpen su juego para observar la escultura que se yergue en la plaza del paseo marítimo de Sekondi-Takoradi.

Dos niños interrumpen su juego para observar la escultura que se yergue en la plaza del paseo marítimo de Sekondi-Takoradi.

Pintada de rojo, amarillo y verde, y con la estrella negra de la bandera ghanesa, esta escultura es un monumento a la pesca, principal actividad de la zona.

Foto: Denis Dailleux

Los ga, el pueblo al que pertenezco, no tememos a lo desconocido. El dicho Ablekuma aba kuma wo, «que los forasteros se sientan entre nosotros como en casa», es un filosofía fundacional de nuestra cultura; explica por qué mi apellido europeo, Parkes, importado por un abuelo sierraleonés de origen jamaicano, se considera un apellido ga. Es una actitud, una forma de ver el mundo que se repite en la mayoría de los pueblos costeros del África occidental: ellos viajan sin reparos, abrazan a los viajeros; como las olas que bañan sus pies, vienen y van.

Gina Asante, vendedora ambulante de Winneba, otro histórico puerto pesquero de la región Central de Ghana, carga con una jaula de pollos que tiene a la venta.

Gina Asante, vendedora ambulante de Winneba, otro histórico puerto pesquero de la región Central de Ghana, carga con una jaula de pollos que tiene a la venta.

La agricultura representa cerca del 50 % de la mano de obra del país.

Foto: Denis Dailleux

Pero de entre todas las gentes de mar, los ghaneses son únicos. En 1963 la desaparecida revista West Africa se refirió a ellos como «pescadores panafricanos» por la cantidad de países –desde Nigeria hasta Senegal– en los que los fantes, los ewe y los ga faenaban. Criados en las costas azotadas por algunos de los mares más embravecidos, los pescadores de las regiones Occidental y Central de Ghana, donde se habla fante, llegaron a ser no solo los mejores nadadores en aguas abiertas del mundo (viajeros europeos de los siglos XVI y XVII quedaron asombrados por sus habilidades natatorias), sino también expertos canoeros.

Incluso entre los mismos ga, los pescadores más venerados, los woleiatse, suelen provenir de la akutso (o red de familias) abese-fante, un grupo de fantes naturalizados ga. Este cambio de identidad de fante a ga tiene su origen en unos valores compartidos que están ligados a la búsqueda de preservar su medio de vida. Ninguno de los dos grupos pesca en el mar los martes ni en agua dulce los jueves. Es tabú, y gracias a este descanso semanal los espíritus del agua pueden reponer los peces: una medida conservacionista que hunde sus raíces en la cultura y la tradición.

Kodjo Essel y Kofi Ayikpah asisten en Winneba al popular festival del Aboakyere.

Kodjo Essel y Kofi Ayikpah asisten en Winneba al popular festival del Aboakyere.

Tiene su origen en un antiguo rito sacrificial en honor al dios tribal Otu y se celebra el primer sábado de mayo, con cacerías de antílopes y otras actividades. El polvo que cubre la cara de los participantes es decorativo. En la tradición ghanesa se usa arcilla o polvo blanco como un signo de victoria sobre el mal.

Foto: Denis Dailleux

De forma más tangible, la idea de la conservación dibuja el abanico de habilidades adquiridas por las comunidades pesqueras de Ghana. Un gran número de pescadores son a tiempo parcial agricultores que regresan al campo una o dos veces al año, cuando las poblaciones de peces son menos abundantes. El resto, los que no trabajan en el campo, reproducen los patrones de migración de las principales especies consumidas en el lugar donde viven o se desplaza a zonas donde pueden encontrarse especies alternativas. El malacho, por ejemplo, que se captura en Senegal y Gambia, puede sustituir al macabí, todo un manjar en la región Central.

Unos niños que se han pintado la cara con polvos de talco detienen un instante el juego en el que estaban inmersos en una casa en obras del puerto pesquero de Apam para dejarse fotografiar.

Unos niños que se han pintado la cara con polvos de talco detienen un instante el juego en el que estaban inmersos en una casa en obras del puerto pesquero de Apam para dejarse fotografiar.

Inventan juegos para divertirse mientras los hombres faenan y las mujeres venden el pescado.

Foto: Denis Dailleux

Los vaivenes de las pesquerías también están tras el dominio de la salmuera y el ahumado de pescado en todo este litoral. Unas buenas reservas de pescado ahumado garantizan la disponibilidad de una proteína básica de las dietas costeras, independientemente de la temporada.

La realidad de que un hombre se haga a la mar y tal vez no regrese a casa y la imprevisibilidad de las capturas hacen que las familias entrelacen sus sueños con los caprichos del destino.

Unos niños juegan al pillapilla en la playa de Apam.

Unos niños juegan al pillapilla en la playa de Apam.

El que fuera un importante puerto comercial se dedica hoy a la pesca. Un día a la semana las comunidades de Ghana descansan de la pesca en el mar y en agua dulce, lo que favorece la conservación.

Foto: Denis Dailleux

Los pescadores entregan su botín a las mujeres; ellas lo venden y hacen magia con las ganancias: comercian, cultivan y educan a los niños que corren por la playa inventando juegos.

Incluso cuando los hombres desaparecen en el mar, dejan algo tras de sí. Uno de los que nunca regresaron fue un primo con el que compartía nombre, Ayikwei. En 1992, cuando emprendí mi primer viaje para vivir fuera de la capital, Accra, en un pueblo de la región Septentrional llamado Tolon, a 650 kilómetros, me dijo algo que llevo siempre conmigo: no hay motivo para estar nervioso. Somos ga; con el agua a nuestra espalda, no tenemos nada que temer.

Y hoy, dondequiera que viaje, en medio de lo desconocido, cierro los ojos y escucho el agua.

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Entre los libros del escritor y artista de performance Nii Ayikwei Parkes figura El enigma del pájaro azul. Este es su primer reportaje para National Geographic. El fotógrafo francés Denis Dailleux, de Agence VU, vive entre París y El Cairo. En su trabajo, ha explorado la relación de los ghaneses con el mar.

Este artículo pertenece al número de Abril de 2022 de la revista National Geographic.

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