Desde el inicio de los tiempos, el ser humano ha alzado la vista para contemplar esa silueta cambiante de luz nívea que ilumina el cielo nocturno. La existencia de la Luna era prueba de que había algo más allá de las fronteras conocidas del planeta Tierra. Así, a lo largo de los siglos, especialmente durante los últimos 200 años, la humanidad ha dado pasos en dirección al satélite, buscando la manera de llegar a ese misterioso astro.

El paso culminante de este prolongado anhelo lo dio el astronauta Neil Armstrong, comandante de la misión Apolo 11, cuando el 20 de julio de 1969 pisó el suelo lunar, dejando marcada la primera huella humana sobre el satélite. Durante las 2 horas y 36 minutos en las que Neil Armstrong y su compañero Buzz Aldrin recorrieron la superficie de la Luna, recogieron 22kg de muestras de arena y rocas lunares, material que trajeron de vuelta a la Tierra para que la comunidad científica pudiera analizar su composición.

El 20 de julio de 1969, la humanidad pisó la Luna por primera vez.
Foto: NASA

A lo largo de las siguientes cinco misiones Apolo que alunizaron años después, se recogieron más minerales lunares, llegando a un total de 382kg. La mayor parte del material se reunió durante las misiones Apolo 15, Apolo 16 y Apolo 17, sumando, entre las tres, 283 kg de muestras. Una vez de vuelta a la Tierra, las rocas se guardaron bajo frío extremo, en nitrógeno líquido, para evitar que tuvieran cualquier tipo de contacto con agentes externos o que les afectara la humedad.

Pero los experimentos científicos son lentos y, pese a que ya han pasado más de cuatro décadas desde que el hombre pisó la Luna por primera vez, parte de ese material todavía está por analizar. A día de hoy, la NASA continua adjudicando muestras todavía precintadas del Apolo 15 y el Apolo 17 a grupos de investigación, por lo que se siguen realizando hallazgos sorprendentes del análisis de ese material geológico.

Uno de los más curiosos se dio a conocer en enero de 2019, cuando descubrieron que una roca traída del Apolo 14 en 1971 era terrestre. Pudo salir despedida de la Tierra hacia el espacio tras un violento choque de un meteorito hace más de 4.000 millones de años. Según esta hipótesis, la casualidad haría que cayera en la Luna y que, un tercio de la edad del universo más tarde, los humanos la trajeran de vuelta a nuestro planeta.

Anécdotas aparte, de las rocas lunares hemos aprendido grandes cosas: desde la composición de diferentes áreas de la Luna, con minerales inexistentes en la Tierra como la tranquilitita, la piroxferrita y la la armalcolita (bautizada así en honor a los astronautas del Apolo 11: Armstrong, Aldrin y Collins), al origen y el pasado geológico del satélite.

Muestra de una roca de la Luna
Foto: NASA

También hemos sabido que en la Luna hay mucho más helio-3 que aquí. Su núcleo tiene dos protones y un neutrón en lugar de los dos de helio común y esa característica lo hace ideal como combustible en reacciones de fusión nuclear, por lo que algún día podría suministrar a la Tierra energía casi limitada. O incluso, quién sabe, a futuras bases lunares.

Así, estas rocas lunares que datan de hace entre 3.200 y 4.600 años, provenientes de un período muy temprano de la formación del Sistema Solar, son una puerta a la historia del universo. Por eso, años después, la ciencia sigue analizando estos valiosos materiales, abriendo paso en el camino del conocimiento de la Luna y de nuestro pasado interestelar.