Hace muchos años que nos hacen compañía. Al principio se acercaban tímidamente cerca de las hogueras que encendía el ser humano para calentarse durante la Edad del Hielo, hace más de 15.000 años. Su espera a veces tenía premio, y recibían las sobras de la comida de aquella noche. Poco a poco, aquel animal se fue convirtiendo en un fiel acompañante del hombre hasta llegar a ser la mascota que es hoy. Todos los perros, desde el más grande hasta el más pequeño, descienden del lobo gris (Canis lupus), y son muchos los estudios que corroboran esta hipótesis. Sin embargo, lo que aún es un misterio es en que lugar se acercó por primera vez un lobo a un ser humano.

Ahora, un nuevo estudio con participación española y que ha sido publicado en la revista Nature arroja nuevos datos: los perros descienden de dos poblaciones de lobos diferentes. Para llegar a esta conclusión, un equipo internacional compuesto por miembros de 38 instituciones secuenció 66 nuevos genomas de lobos antiguos de Europa, Siberia y el noroeste de América, e incluyó cinco genomas más de lobos que ya habían sido secuenciados previamente y un genoma del dhole, un perro salvaje originario del centro, sur, este y sureste de Asia, de los últimos 100.000 años. Los restos estudiados también incluyen una cabeza completa y perfectamente conservada de un lobo siberiano que vivió hace 32.000 años y los de un cachorro de lobo de la misma zona que vivió hace 18.000 años.

El perro desciende del lobo gris

Al analizar los genomas, los investigadores descubrieron que tanto los perros primitivos como los modernos son genéticamente más similares a los lobos asiáticos antiguos que a los europeos, lo que hace suponer que su domesticación pudo haberse producido en algún lugar del Este. Sin embargo hay pruebas que sugieren que fueron dos poblaciones independientes de lobo las que pudieron aportar su ADN a los perros. Es decir, los primeros perros del noreste de Europa, Siberia y América parecen tener un único origen compartido con la fuente oriental, mientras que los perros de Oriente Medio, África y el sur de Europa parecen compartir ascendencia con los lobos de Oriente Medio, además de con la fuente oriental.

Hay pruebas que sugieren que fueron dos poblaciones independientes de lobo las que pudieron aportar su ADN a los perros.

Foto: Sergey Fedorov

Un cachorro de lobo de hace 18.000 años llamado Dogor procedente de Yakutia que se incluyó en el estudio.

Hay dos teorías que podrían explicar esta doble descendencia: una es que los lobos fueron domesticados más de una vez y que, más tarde, las diferentes poblaciones se mezclaron entre sí; la otra es que la domesticación ocurrió solo una vez, pero estos animales domesticados se mezclaron después con lobos salvajes. Sea como fuere, el paso siguiente para poder determinar dónde es más probable que haya tenido lugar la domesticación será buscar el lobo más cercano en el tiempo y que esté emparentado con los perros. La Estación Biológica de Doñana, en Huelva, ha colaborado en esta investigación con muestras e interpretando los datos. Su labor continuará con la aportación de datos sobre lobos del Pleistoceno antiguo, y perros del Paleolítico y de la Edad del Cobre procedentes de Andalucía y de otros lugares del sur de España y de toda Europa.

Foto: Love Dalén

Cráneo de lobo de hace 32.000 años procedente de Yakutia del que se secuenció el genoma.

"Estas muestras son particularmente importantes ya que los fósiles de lobos más antiguos se han hallado en las regiones meridionales de Europa. El problema es que es bastante difícil obtener ADN antiguo de estos huesos debido a que el clima de Andalucía favorece la degradación del material genético", afirma Jennifer Leonard, investigadora en el centro dependiente del CSIC. Asimismo, aparte de las conclusiones expuestas por los investigadores, se ha observado una conexión entre las poblaciones de lobos que ha permitido identificar la selección natural, concretamente el aumento de las mutaciones en el gen IFT88 (aunque los rasgos responsables de esta ventaja de supervivencia siguen sin estar claros). "Sabemos, por estudios en ratones y humanos, que el gen IFT88 interviene en el desarrollo del cráneo y la mandíbula. Aunque no podemos estar seguros de por qué la selección natural se dirigió a este gen en los lobos de la Edad de Hielo", concluye Anders Bergström, uno de los autores principales del estudio.

Más Sobre...
Biología Actualidad