El 6 de agosto de 1945, la primera bomba atómica estallaba sobre Hiroshima, dejando una ciudad totalmente arrasada, más de 70.000 muertos y una marca nuclear que cambiaría el mundo por completo. Esta arma había sido desarrollada durante un par de años en un complejo apartado llamado Los Álamos como parte del Proyecto Manhattan y bajo la dirección científica del físico Robert Oppenheimer

Sin embargo, el comienzo de esta historia no lo tiene a él como protagonista, sino a otro científico de nombre resonante: Albert Einstein. El padre de la teoría de la relatividad redactó en 1939 una carta dirigida al presidente de los Estados Unidos alertando sobre la posibilidad de que la Alemania nazi desarrollase armamento nuclear. Ese simple acto fue el primer detonante de la bomba.

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LA CARTA EINSTEIN-SZILÁRD

El 6 de enero de 1939 fue un gran día para la ciencia. Los físicos Otto Hahn y Fritz Strassmann, basándose en la explicación teórica de la asombrosa Lise Meitner, consiguieron, por primera vez, dividir un núcleo de uranio. La revista Journal of Physics publicó su hito, lo que generó mucho interés en el resto de científicos de la época: se trataba de la primera fisión de uranio de la historia. Uno de los más cautivados por el descubrimiento fue Leó Szilárd, quien había trabajado en el ámbito de la física nuclear con anterioridad. Szilárd se dio cuenta de que la fisión de átomos pesados inducida por neutrones podría provocar una reacción en cadena que produjese cantidades inimaginables de energía. 

El físico comenzó a atormentarse con la idea de que los científicos alemanes compartiesen sus mismos pensamientos y pusieran en marcha esa teoría, creando de esa manera un arma explosiva con una potencia que escapaba a su razón. Por lo tanto, en búsqueda de segundas opiniones, acudió a su buen compañero Albert Einstein, con el que había trabajado en el pasado, llegando a desarrollar el refrigerador Einstein-Szilárd en el año 1926.

Así, junto a su amigo Wigner, se puso en marcha hacia el domicilio de Einstein, en Long Island, el 2 de agosto de 1939 . Al llegar y plantear la situación, Einstein se quedó enmudecido, afirmando que ni siquiera se había planteado la posibilidad de que eso ocurriese, por lo que vieron adecuado ponerse en contacto con el embajador belga en Estados Unidos, para comunicarle sus preocupaciones, ya que en el Congo Belga se encontraba la mayor reserva de uranio conocida.

Einstein Roosevelt letter
Franklin D. Roosevelt Presidential Library

Copia de la carta Einstein-Szilárd

Sin embargo, se dieron cuenta de que a través de ciertos contactos en común podrían hacerle llegar la carta al propio presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, alertándolo del peligro que supondría un armamento nuclear nazi e incitándolo al desarrollo de un plan nuclear efectivo. Lamentablemente, la carta no fue recibida por el presidente hasta el 11 de octubre de ese mismo año, es decir, dos meses después, debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial. La presión y delicadeza del momento provocó que, tras leerla, Roosevelt decidiera tomar acciones inmediatas en el asunto.

EL COMITÉ ASESOR DE URANIO

El primer acto de Roosevelt fue la creación de un grupo de científicos, distribuidos por diferentes universidades del país, cuyo objetivo era la investigación en armamento nuclear y el desarrollo de la bomba: el Comité Asesor de Uranio. Sin embargo, supuso únicamente un primer intento para la creación de la bomba, pero no suficiente, pues los recursos destinados a este proyecto no fueron lo suficientemente competentes.

El grupo fue supervisado en el año 1940 por el Comité de Investigación de Defensa Nacional y, posteriormente en 1941, por la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico. Sin embargo, a partir de ese año, la situación cambió de forma radical: en agosto de 1941, con la ofensiva militar en Pearl Harbor, Estados Unidos entró de forma íntegra en la guerra. Este suceso, sumado a la creciente presión del ejército alemán y a la decisión de Churchill de crear también un plan nuclear a gran escala, convenció a Roosevelt de la necesidad de crear un plan unificado para el desarrollo de la bomba: el Proyecto Manhattan.

Cabe resaltar que Einstein no participó en el desarrollo de la bomba y, de hecho, no supo nunca de su existencia. Su papel quedó renegado a la firma de esa primera carta. La razón de esto es que el Ejército le negó el pase de trabajo necesario debido a que “su mentalidad pacifista” podría entorpecer el desarrollo del proyecto. Años más tarde, Einstein lamentó incluso aquella carta, alegando que si hubiera sabido que los alemanes jamás iban a lograr su creación, no la habría enviado jamás.

OPPENHEIMER Y EL PROYECTO MANHATTAN

El Proyecto Manhattan vio la luz entre finales de 1942 y comienzos de 1943. Su curioso nombre deriva de que la mayor parte de la investigación previa llevada a cabo por el Comité Asesor de Uranio se había localizado en la Universidad de Columbia, en Manhattan. Se trataba de un plan de dimensiones desmesuradas que llegó a consumir el equivalente de más de dos millones de euros solo con la construcción de las infraestructuras.

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Cordon Press

Oppenheimer y Groves inspeccionando la zona de prueba de la Trinity 

A la cabeza militar se puso el general Leslie R. Groves, un hombre perteneciente al Ejército y de mentalidad dura, cuya primera orden fue la compra de 1.200 toneladas de uranio al Congo Belga. En su mano estaba la elección del director del ámbito científico, es decir, alguien que estuviese al mando de los avances y de la investigación llevada a cabo por los físicos, químicos, matemáticos e ingenieros contratados. Su elección causó algo de sorpresa: Robert Oppenheimer. Se trataba de un físico estadounidense sin experiencia en la dirección de proyectos y cuyas mayores acciones se ceñían a los laboratorios o conferencias especializadas. Sin embargo, Groves se sintió impresionado por su ingenio y sabiduría: “Es un genio”.

Así, Oppenheimer se encargó también de decidir un emplazamiento para el nuevo laboratorio. El físico, que poseía un rancho en una zona apartada de Nuevo México y conocía la zona, afirmó la necesidad de buscar un lugar aislado para la construcción de la sede del proyecto. Así, conocía en las proximidades de su propiedad un viejo internado de grandes dimensiones llamado Los Álamos, con una gran finca y en un paisaje abierto alejado de la ciudad, que le pareció ideal. Allí se construyó el complejo pasando a adquirir el nombre que llevaba el antiguo internado.

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Cordon Press

Retrato de Robert Oppenheimer

El equipo que formaron él y Groves fue de lo más eficiente: mientras el militar construía un laboratorio nuclear en un tiempo récord, Oppenheimer reunía a los mejores físicos del país para que participasen en el proyecto. Así, el 1 de abril de 1943 se inauguraba el laboratorio de los Álamos: un complejo que combinaba las características de complejo residencial y centro de investigación de alta categoría. Esta curiosa unión de términos se debe a que Oppenheimer se dio cuenta de que, para garantizar la máxima seguridad del plan, era necesario que todos los involucrados, junto a sus familias, se mantuviesen reunidos. Por esta razón, esa primavera, todos los trabajadores y científicos del proyecto se mudaron a Los Álamos junto a sus familias.

LA VIDA EN LOS ÁLAMOS

Rápidamente, la sociedad de Los Álamos creció hasta convertirse en una pequeña ciudad independiente. Y es que, aunque la primera idea era que únicamente 30 científicos y hasta 100 operarios trabajasen en el Proyecto Manhattan, para el año 1945, hasta 6.000 personas estaban involucradas en él, por lo que la urbanización se tuvo que ampliar varias veces para albergar a estos nuevos empleados y a sus familias. Y no era solo que los trabajadores fuesen numerosos, sino que Oppenheimer consiguió que entre ellos se hallasen algunas de las mentes más brillantes de aquella época: en algunos proyectos trabajaban hasta 6 premios Nobel de forma simultánea.

Personal
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Trabajadores en Los Álamos

El recinto y todo lo que ocurría en su interior era secreto de estado. Absolutamente nadie sabía acerca de su existencia ni de los proyectos que se llevaban a cabo por sus trabajadores. De hecho, Oppenheimer contaba siempre con un guardaespaldas que lo acompañaba a donde fuera que fuese, y a los propios científicos se les prohibía hablar de su trabajo con cualquier persona no involucrada, incluyendo así sus propias familias.

Sin embargo, la vida en los Álamos era muy amena y la comunidad disfrutaba de momentos de ocio y eventos sociales. Se organizaban cenas con música en los sitios comunes, excursiones a caballo, diferentes meriendas y picnics al exterior e, incluso, en invierno se construyó una pista de patinaje y otra de esquí. De hecho, se dice que Oppenheimer era el primero en organizar pequeñas fiestas en su casa a las que acudía el resto de la comunidad.

Los Alamos
United States Army

Unidad para cuatro familias en Los Álamos.

UN TRABAJO BRILLANTE

Pero no todo era fiesta. Las jornadas de trabajo en Los Álamos eran duras. Y es que todos los empleados trabajaban bajo presión con el único objetivo de crear la bomba atómica antes que los nazis. Lo que ocurriría en el caso de que lo consiguieran y Estados Unidos se alzase con un arma de aquel calibre no era algo que se plantearan en ese momento.

Durante los dos años que duró el desarrollo del proyecto, se trabajó en dos tipos de bombas nucleares de forma simultánea: un arma de fisión de tipo balística, es decir, como una especie de pistola nuclear, y un arma nuclear de implosión, mucho más compleja. En primer lugar, la bomba se desarrolló con plutonio, la Fat Man, pero se decidió que con ese tipo de recurso el arma se convertía en una herramienta poco práctica, por lo que se desarrolló una más sencilla: Little Boy. Esta usaba como combustible el uranio-235, un isótopo que contiene únicamente un 0,7% de uranio en estado natural. 

Bomba de plutonio Fat Man
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Los físicos Norris Bradbury y Seth Neddermeye con la bomba de plutonio Fat Man.

Las características químicas de este elemento y su masa dificultaron a los científicos su separación y el trabajo con él. Para facilitarlo, se desarrollaron entonces cuatro métodos completamente diferentes: la centrifugación, la separación electromagnética, la difusión gaseosa, y la difusión térmica. Esta serie de estudios colaboraron también al desarrollo de investigaciones paralelas a la de la bomba que incluían diferentes elementos radiactivos, sus propiedades y su uso.

DILEMAS ÉTICOS

A medida que el proyecto avanzaba y su finalización se acercaba, las discusiones sobre la ética del proyecto eran cada vez más comunes. En concreto, durante la primera mitad de 1945 se produjeron abandonos de colaboradores, recelosos a proseguir el trabajo bajo el panorama de que la bomba atómica sí se usaría en terreno enemigo. 

Implosión de la bomba atómica en Nagasaki
Cordon Press

Detonación de la bomba atómica en la ciudad japonesa de Nagasaki.

El 30 de abril, Hitler se suicidó en su búnker de Berlín, dejando a una Alemania a la deriva que se rendiría ante el ejército aliado solo ocho días después. Con el nazismo derrotado, las dudas acerca de la necesidad de seguir con el Proyecto Manhattan salieron a relucir. Sin embargo, Harry Truman quién había sucedido a Roosevelt en la Casa Blanca ese mismo año, tenía muy claro que el proyecto debía continuar y que únicamente había cambiado el objetivo: Japón. Y es que en el Pacífico, la guerra seguía siendo violenta y el Ejército estadounidense apuntaba a que la detonación de la bomba sería la forma más rápida y eficiente de terminar con el conflicto.

Esta decisión alarmó, entre otros, a Szilárd, quien tras la primera carta en 1939, había seguido muy de cerca el proyecto. De esta forma, se puso en contacto con múltiples científicos para firmar el Informe Franck, en el que instaban al presidente Truman a no utilizar la bomba. Sin embargo, el presidente rechazó la idea de detener el Proyecto Manhattan.

También dentro de Los Álamos se desató la duda. Robert Wilson, científico al mando de la división de física experimental, organizó una reunión dentro de una de las naves con el objetivo de dialogar y discutir con el resto de trabajadores acerca de la ética del plan. Entre todos los asistentes se encontraba también Oppenheimer, el cual colaboró a “apaciguar las aguas” y persuadir a sus compañeros de seguir adelante. Su argumento se basaba en el de su mentor Niels Bohr, el cual afirmaba que la bomba, si bien era algo terrible, también representaba la “Gran Esperanza para la Paz Mundial”.

De esta forma, el plan siguió adelante. Con la bomba casi terminada en Los Álamos se comenzaron a realizar los últimos apuntes: obtención del material radiactivo necesario, estructuración de un plan para la implosión, medios de seguridad… El Proyecto Manhattan estaba a punto de terminar.

LA IMPLOSIÓN

El 16 de julio, la bomba se detonó por primera vez. No fue un ataque, sino una prueba a la que se conoció como Trinity y que tuvo lugar en el desierto de Jornada del Muerto, en Nuevo México. Se produjo a las 5:30 h de la madrugada, lo que provocó que el espectáculo de luz fuera aún más impresionante de lo que todos se esperaban. Según el hermano de Oppenheimer, testigo directo de la Trinity junto a él, las primeras palabras del físico fueron, simplemente, "It worked" - funcionó-". Sin embargo, al orgullo que sintió tras la exitosa primera prueba, pronto le sobrevino el sentimiento de horror y culpabilidad. Años después, el físico recordaba un verso de un texto hindú que afirmó se le había atascado en la mente: “Ahora me he convertido en la muerte, Destructora de Mundos”.

Trinity bomb
Cordon Press

Fotografía tomada 9 segundos después de la implosión de la prueba Trinity.

Finalmente, el 6 de agosto de 1945, la bomba de uranio Little Boy fue lanzada sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. Tres días después, la bomba de plutonio desarrollada de forma paralela, la Fat Man, se lanzó sobre Nagasaki, también en Japón. En su conjunto, estas bombas mataron a miles de civiles de forma instantánea y a miles más en los días y meses siguiente, convirtiéndose en una de las mayores catástrofes de la historia de la humanidad.