El milagro biológico de los ojos en los animales

Los ojos son una herramienta perfecta de la naturaleza. Resultado de años y años de evolución, su función va mucho más allá de la de proporcionarnos visión.

Ojo de un gecko cola de hoja

Ojo de un gecko cola de hoja

Los ojos de los vertebrados son siempre variaciones de un mismo diseño básico. La córnea y la lente enfocan la luz entrante sobre las células fotorreceptoras de la retina. Estas células convierten los fotones en señales eléctricas, que son enviadas al cerebro a través del nervio óptico.

Foto: David Liittschwager

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Según un dicho popular, “los ojos son el espejo del alma”. Si dejamos a un lado la poesía y nos acercamos a la realidad, su definición se acercaría más a la de un par de lentes que captan luz para enviarla al cerebro, que es quien realmente ve. En el caso de los humanos se trata de unas lentes bastante primarias en comparación con las de algunas aves e insectos que son capaces de ver incluso la luz ultravioleta. Otro ejemplo de la diversidad biológica de los órganos visuales en la naturaleza son los ojos de la gamba mantis, uno de los animales más psicodélicos y terroríficos del mar –capaz de matar a sus presas con un golpe de pinzas que incluso puede romper el cristal de un acuario de hasta 6,3 milímetros–, cuyos ojos poseen 12 tipos de receptores de los colores. Algo que no suena muy espectacular hasta que descubres que el ojo humano solo tiene tres.

Los ojos son una herramienta tan poderosa para desenvolverse con éxito en la naturaleza que han aparecido unas cuarenta veces a lo largo de la historia evolutiva. De hecho, los ojos de los pulpos y los de los humanos son muy similares, funcionan de la misma manera y tienen las mismas estructuras, pero han surgido de forma independiente durante la evolución.

La misión de los ojos va mucho más allá de proporcionar visión: son una herramienta comunicativa clave. Y no solo sucede con el ojo humano: un estudio de la Universidad Queen Mary de Londres ha desvelado que cuando las cabras miran fijamente a un humano están pidiendo ayuda en su idioma caprino. Una habilidad que seguramente desarrollaron a lo largo de la domesticación, igual que los perros y los caballos han aprendido a comunicarse con nosotros a través de la mirada.

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Los curiosos ojos de las cabras

Un caso muy curioso es el de las cabras. En sus ojos las pupilas son horizontales y, además, son capaces de rotar según bajan y suben la cabeza al pastar para no abandonar esta posición. Esto ocurre igualmente en otros grandes herbívoros como caballos, ciervos y antílopes. Y no es casualidad: todos ellos tienen ojos de presa. Al ser horizontales, ven mucho más nítido aquello que está en el plano del suelo y a la vez evitan los destellos de luz que vienen de arriba. Así tienen controlado el horizonte y el suelo, que es de donde viene el peligro de los depredadores. Además, sus ojos a los lados de la cabeza les confieren un campo de visión enorme, pudiendo observar todo lo que ocurre a los lados e incluso hacia atrás, con solo un punto ciego detrás de sus cuartos traseros. Por esta razón, ante un peligro difícil de detectar, los caballos no dudan al dar una coz cuando perciben una presencia a sus espaldas.

En el extremo contrario de las cabras, encontramos las pupilas de los gatos, de orientación vertical. Esta forma es característica de los animales que cazan tendiendo emboscadas, aquellos que se quedan agazapados hasta que tienen a su presa al alcance de un mordisco, permitiéndoles regular la luz que entra en el ojo y así calcular las distancias de forma milimétrica para poder saltar sobre su presa en el momento oportuno. Por eso muchas especies de serpientes también tienen esos característicos“ojos de gato”.

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Aunque los roedores, como los ratones, sean unas de las presas por excelencia del mundo animal (por eso tienen esas tasas de reproducción tan altas), presentan pupilas redondas. A diferencia de los grandes herbívoros, ellos se enfrentan continuamente a un peligro que procede de todas partes: por los lados, como a los animales de pupilas horizontales, pero también los atacan desde arriba las rapaces y desde abajo las serpientes. La vida de un roedor es muy dura, pero, al menos, está llena de sexo.

Ricardo Moure, colaborador de Órbita Laika

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