Halladas dos moscas fosilizadas practicando sexo hace 41 millones de años

Dos moscas dolicopódidas se disponían a copular cuando fueron sorprendidas por una resina de un árbol que en su caída las atrapó y que acabó endureciéndose hasta formar un ámbar, quedando así inmortalizadas, de manera anónima, durante los últimos 41 millones de años. Hasta ahora.

Fósil de moscas copulando

Fósil de moscas copulando

Estas moscas de unos 41 millones de años de antigüedad fueron sorprendidas por la resina, convertida en ámbar, mientras se apareaban. Su descubrimiento permite a los científicos documentar la biota que poblaba las latitudes más meridionales del planeta hace decenas de millones de años.

Foto: ©Jeffrey Stilwell, Universidad de Monash

Fósil de moscas copulando

El ámbar, o resina fosilizada de árboles antiguos, es una pieza muy valorada para los científicos, pues se trata de un excelente material de conservación de organismos pequeños. Animales, plantas e incluso microorganismos de hace millones de años se muestran ante nuestros ojos en tres dimensiones, como si hubiesen viajado en el tiempo hasta la actualidad. Sin embargo, este tesoro geológico no está disponible en todas las latitudes del planeta. La gran mayoría de las muestras con microorganismos, datadas del mesozoico (entre 247 y 66 millones de años atrás) y el cenozoico temprano (entre los 66 y 23 millones de años atrás), solo han sido documentados latidudes septentrionales, mientras que hasta la fecha había pocos registros del sur.

Por este motivo, un equipo internacional de paleontólogos liderados por Jeffrey Stilwell, de la Universidad de Monash, y Enrique Peñalver, del Instituto Geológico y Minero de España, se dispuso a inventariar los registros de ámbar procedentes de los antiguos continentes de Pangea y Gondwana datadas entre un amplio período temporal que va desde los 230 hasta los 40 millones de años de antigüedad. El resultado, publicado en la revista Nature y financiado en el marco de un proyecto para el estudio del ámbar del Ministerio de Ciencia e Innovación, incluye un registro inédito de más de 5.800 piezas de esta resina fosilizada que abren una una ventana al conocimiento de la fauna que poblaba la Tierra durante el mesozoico y el cenozoico temprano, con la documentación de las pruebas más tempranas de la existencia de algunos taxones de fauna y flora modernos y la proporción de una nueva perspectiva al estudio de la ecología y la evolución de los ecosistemas terrestres polares y subpolares.

Según aclara Enrique Peñalver a National Geographic España, parte de los restos de ámbar documentados hasta la fecha podrían tratarse de depósitos secundarios, esto es, de piezas procedentes de ciertas zonas de Asia que habrían quedado expuesta por la erosión hace mucho tiempo y luego transportado hasta Australia arrastrado pro las corrientes marinas antes de quedar enterrado de nuevo. Esto significa, que, en realidad, aquellas piezas de ámbar contendrían en fauna de otras latitudes, y no de Australia. "Sospechamos que la escasez de depósitos de ámbar en estas latitudes es solo aparente, se trataría de un sesgo en las investigaciones", sostiene el paleontólogo español, quien augura que la abundancia de ámbar en el hemisferio sur podría ser similar al encontrado en zonas septentrionales, una hipótesis respaldada este nuevo estudio.

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En algún momento de hace unos 41 millones, en alguno de aquellos bosques de los supercontinentes australes que poblaban la Tierra millones de años antes de que las masas continentales configuraran el planeta que hoy conocemos, dos dípteros (del grupo de las moscas dolicopódidas) se disponían a copular, cuando fueron sorprendidos por una resina que acabó endureciéndose hasta formar ámbar , inmortalizando aquel momento hasta nuestros días.

Se trata de las primeras moscas fosilizadas encontradas en estas latitudes. El ámbar, explica Peñalver, es un medio ideal para conservarlo, ya que "las resinas suelen atrapar a los insectos de forma súbita, dejándolos en una especie de realidad suspendida. Para los paelontólogos -concluye- es más interesante la oportunidad de conocer tanto la hembra como el macho de una especie de animal que vivió hace tantos millones de años, algo que es muy poco común en el registro fósil.

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La importancia del hallazgo, explica Peñalver, es su excepcional conservación, la cual permite observar en tres dimensiones organismos diminutos -con todos sus detalles anatómicos- que vivieron en antiguos ecosistemas boscosos de los que se sabe muy poco. Según explica el experto, hay que tener en cuenta que durante el mesozoico Australia ya era una isla -una isla gigantesca, pero una isla al fin y al cabo-, por lo que la posibilidad de conocer algunos detalles sobre esos ecosistemas -incluidas, por ejemplo, su evolución aislada del resto de bosques del planeta o qué clase de artrópodos de un milímetro de longitud reciclaban la materia orgánica en el suelo de esos bosques-, es un descubrimiento de gran importancia para los paleontólogos.

"Sabemos que todos los fósiles que estamos descubriendo en este nuevo ámbar son especies desconocidas aún por describir, son los primeros que han llegado a nuestras manos procedentes de aquellos bosques productores de grandes cantidades de resina que desaparecieron hace tanto tiempo", aclara. Quién sabe si aquellas simples moscas, cuyo destino quedó truncado y su cópula suspendida en el tiempo, podrían escribir nuevos renglones en la historia evolutiva.

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