Patrimonio Mundial

El impacto del cambio climático en el patrimonio

La Unesco sigue con atención los efectos del cambio climático en los bienes de la Lista del Patrimonio Mundial, protegidos por su extraordinario interés natural y cultural

21 de diciembre de 2015

Por toda la geografía planetaria, deteriorando sus rincones más dispares de maneras muy diversas. El imparable aporte de CO2 y de otros gases a la atmósfera acometido desde la revo­lución industrial ha exacerbado los patrones históricos del clima. A la vez, las actividades humanas, ya sean las llevadas a cabo en nombre de un progreso basado en el consumo o las que persiguen la pura supervivencia, han causado un descenso en la resiliencia de los ecosistemas. Un cóctel peligroso que hace ya años asoma su rostro en todos y cada uno de los continentes, mientras que las tomas de decisiones necesarias son poco contundentes, según advierten desde hace mucho tiempo los expertos de la comunidad científica internacional.
La negación del fenómeno se considera en muchos casos un posicionamiento férreo de quienes se enriquecen gracias a un mundo que se calienta. «Es difícil hacer entender algo a una persona cuyo salario depende de no entenderlo», dijo en su día el escritor estadounidense Upton Sinclair, mucho antes de que las alarmas climáticas empezasen a sonar. Sin embargo, hoy organizaciones internacionales que están muy lejos de ser calificadas de «ecologistas», como el Fondo Económico Mundial, el Banco Mundial e incluso grandes petroleras, se hacen eco de esta preocupación que atenaza sus intereses. Por no hablar del caso de las empresas aseguradoras de Estados Unidos que recientemente se aliaron bajo el nombre SmarterSafer con grupos de consumidores y expertos medioambientales para convertirse en un coro de voces unidas en favor de la responsabilidad medioambiental y la exigencia de políticas que promuevan la seguridad frente a las catástrofes naturales. La organización anima al Gobierno federal a «revisar cuanto antes sus protocolos de rescate frente a los desastres cada vez más frecuentes y extremos causados por el cambio climático originado por el hombre».


La desertificación, el deshielo de los polos, la deforestación, el in­­cremento de los tornados... ponen en jaque nuestros tesoros más preciados

Y van en serio: si los Gobiernos no se preparan adecuadamente, los daños recaerán sobre sus empresas. Por lo tanto, o se ponen las pilas o los demandarán si es necesario.
Mientras, fenómenos como la desertificación, el deshielo de los polos, la deforestación, el in­­cremento de tormentas y tornados, las olas de calor, el aumento del nivel del mar y la acidificación de los océanos, entre otras cosas, complican la vida al común de los mortales y ponen en jaque nuestros tesoros más preciados: la estabilidad de los ecosistemas, la biodiversidad y el legado que nuestros antepasados han ido acumulando desde que el ser humano aprendió a crear y a construir con la vocación de perdurar.
Edificios y conjuntos históricos como la me­­dina de Chinguetti, en Mauritania; las mezquitas y los mausoleos de Timbuctú, en Mali; la ciudad de Venecia, o la zona arqueológica de Chan Chan, en Perú, están deteriorándose a causa de diversos efectos espoleados por el aumento de la temperatura media en el planeta. Frágiles ruinas, monumentos y yacimientos arqueológicos que deben hacer frente a las adversidades del tiempo y a las condiciones meteorológicas extremas. Riquezas irreemplazables, al igual que también lo es la naturaleza, que nos ha dado la oportunidad de existir en este planeta excepcionalmente biodiverso en un cosmos que, hasta donde hoy sabemos, es absolutamente yermo.

El inventario de la Unesco

Uno de cada seis bienes naturales que ha inventariado la Unesco está amenazado por el calentamiento global. Entre ellos, el Parque Nacional de Doñana, históricamente asediado por una sobreexplotación de sus acuíferos que ya causó la pérdida de un centenar de especies vegetales a lo largo del siglo pasado. Los escenarios previstos desde este momento hasta 2050 no son muy halagüeños, pues si se confirma el aumento de temperaturas de entre 1,4 y 3,8 °C para aquella fecha –además de la reducción de las precipitaciones—, será muy complicado preservar la sostenibilidad de la que es una de las áreas más biodiversas de Europa.
El cambio climático atenaza también otro ecosistema insustituible y de una biodiversidad excepcional, la Gran Barrera de Arrecifes australiana. Según la Unesco, este lugar es particularmente sensible a cambios ambientales como son la subida del nivel del mar, el aumento de la temperatura del agua, la contaminación generada por la escorrentía de ciertos sedimentos, la frecuencia e intensidad de las tormentas, la circulación marina y la acidificación. El blanqueamiento del coral es un fenómeno ya observado en la Gran Barrera, donde se han dado episodios masivos en años récord de calor. Lo malo es que esos picos térmicos son cada vez más habituales, y el daño podría ser irreversible hacia 2030.
Otros muchos bienes naturales de la Lista de la Unesco están en peligro. Entre ellos, los glaciares de Argentina y Chile, constituidos por una masa de hielo que mengua rápidamente; las islas Galápagos, en cuyas aguas la cadena trófica está afectada por la subida de la temperatura; la Reserva de la Biosfera de la Mariposa Monarca, en México, donde el número de estos lepidópteros que llega cada otoño es cada vez menor. En Europa, el mar de Wadden, uno de los últimos ecosistemas intermareales del planeta, formado por dunas, estuarios y marismas, cobijo de multitud de aves marinas, acusa su fragilidad tras los embates del clima en forma de inundaciones y tormentas.
Otros lugares del planeta padecen también las consecuencias de un modelo económico que tiene los días contados. El estrés ambiental es colosal, así como la desigualdad entre los seres humanos, intrínsecamente ligados al medio natural. Una transformación de grandes dimensiones acabará imponiéndose, por las buenas o por las malas. Pero hay síntomas de esperanza en el devenir de los acontecimientos. Un cambio importante es que, según muchos indicadores, los combustibles fósiles han dejado de ser un negocio seguro. Hasta la familia Rockefeller, que hizo su fortuna gracias al petróleo, abandonó el año pasado este negocio para invertir en energías renovables. Un creciente número de millonarios filántropos parece avanzar en la misma dirección. Como Tom Seyer, quien ha prometido su apoyo financiero al candidato presidencial estadounidense que se comprometa a implementar un modelo energético basado en un 50 % en re­­novables para 2030. La reciente encíclica papal, conocida popularmente como la encíclica verde, también da que pensar. Por primera vez un Sumo Pontífice ha dedicado íntegramente su comunicado a temas medioambientales, con el cambio climático como eje central de su Laudato si’. Y lo más rompedor es que convocó a la reconocida activista canadiense Naomi Klein, quien acaba de publicar el libro Esto lo cambia todo: el capitalismo versus el clima, a la presentación de la encíclica ante la prensa. Klein sugirió al Vaticano que hiciese con su dinero lo mismo que Rockefeller. Parece que desinvertir en combustibles fósiles es una medida de presión en alza. Cuando, además de eso, destinar el gran peculio a las energías renovables sea un buen negocio, parte del problema estará solucionado.
Mientras tanto, hagamos lo posible para que nuestro Patrimonio Mundial, sea natural, cultural o mixto, perdure más allá de nuestras efímeras vidas. Podríamos empezar a plantear planes de conservación y gestión del medio a escala geológica, más que nada para contrarrestar un cortoplacismo al que nos hemos aferrado desde hace demasiado tiempo.

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