Animales que vivieron en el norte de España hace miles de años

Los paleontólogos revelan los secretos de la gran fauna que vivió en la cornisa cantábrica

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Esqueleto de una hiena

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Esqueleto de una hiena

El esqueleto completo de una hiena hallado en una sima de Asturias ofrece una información muy valiosa acerca de la fauna que pobló la cornisa cantábrica durante el Cuaternario.

Foto: Pau Fabregat

Huesos de bisonte

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Huesos de bisonte

En una estrecha galería de la cueva de La Rexidora, Adrián Álvarez y Noelia Sánchez excavan un nivel de acumulación de huesos de bisonte . Este trabajo se lleva a cabo con gran delicadeza, utilizando utensilios de madera para no dañar los fósiles. A la izquierda se muestra la ubicación geográfica y la cronología, a escala del Cuaternario, de los yacimientos asturianos de La Rexidora y Jou Puerta.

Foto: Diego Álvarez Lao

GPT-BC001260. Pinturas de la cueva de Chauvet

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Pinturas de la cueva de Chauvet

Leones, renos, rinocerontes lanudos, bisontes, mamuts… Las pinturas de la cueva de Chauvet, en el sur de Francia, muestran las numerosas especies que poblaron la Europa occidental durante el Pleistoceno Superior. Representaciones paleolíticas como esta sugieren que los leones prehistóricos europeos carecían de la melena propia de sus actuales parientes africanos.
 

Foto: Compagnon Bruno / Age Fotostock

COVACIELLA-01R copy. Bisontes

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Bisontes

Los bisontes de la cueva de La Covaciella, en el concejo de Cabrales, pintados hace unos 14.000 años, se cuentan entre los mejor conservados del arte parietal magdaleniense. Al igual que otras simas y cavidades de la cornisa cantábrica, la cueva fue descubierta por azar durante la construcción de una carretera.

Foto: Pedro Saura

ALTA-P1099421. Picos de Europa

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Picos de Europa

La nieve domina el paisaje asturiano en las estribaciones de los Picos de Europa. Esta imagen evoca el aspecto que debió de tener el norte ibérico durante la última glaciación, que comenzó hace unos 110.000 años y finalizó hace unos 12.000. Aquel clima extremadamente frío y árido favorecería el desarrollo de extensos glaciares en las áreas de montaña y de una vegetación esteparia en los valles y llanuras.

Foto: Andoni Canela

7G5A2697069029030. Cráneo de una hiena

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Cráneo de una hiena

La hiena europea del Pleistoceno Superior, también conocida como hiena de las cavernas por la costumbre de ubicar sus cubiles dentro de las cuevas, pertenecía a la misma especie que la hiena manchada africana actual, aunque presentaba una robustez visiblemente superior. El fuerte cráneo de la hiena alberga una poderosa musculatura que, en combinación con sus masivos molares y premolares, la dotan de uno de los aparatos masticadores más potentes de los mamíferos, permitiéndole triturar huesos con facilidad.

Foto: Pau Fabregat

7G5A2816100045046. Defensa de mamut lanudo

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Defensa de mamut lanudo

Es, sin duda, el animal más icónico de las glaciaciones cuaternarias. Su tamaño, semejante al del actual elefante asiático, rara vez debió de superar los 3,5 metros de altura. Sus defensas, fuertemente curvadas, podían medir más de 4 metros. Las momias congeladas halladas en Siberia revelan que el mamut lanudo tenía el cuerpo cubierto por una espesa capa de pelo y lana. El ejemplar infantil recuperado en el yacimiento de Jou Puerta ha proporcionado esta pequeña defensa además de tres fragmentos de un molar.

 

Foto: Pau Fabregat

7G5A2833105051052. Mandíbula de rinoceronte lanudo

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Mandíbula de rinoceronte lanudo

Compañero inseparable del mamut lanudo, esta especie presentaba una talla similar a la del rinoceronte blanco africano, pudiendo superar los 4 metros de longitud. Su cuerno nasal era muy largo y curvado, aplanado lateralmente, como un sable. Los hallazgos de Siberia confirman que el cuerpo del rinoceronte lanudo, como el del mamut, estaba cubierto por una espesa capa de pelo.
Sus molares y premolares, con altas coronas y complejos repliegues en el esmalte, estaban bien adaptados a una dieta a base de vegetación herbácea esteparia, muy abrasiva. Las cuevas de Jou Puerta y La Rexidora han proporcionado restos de diversos individuos, como esta mandíbula (arriba) que conserva un premolar de leche, lo que indica que corresponde a un ejemplar joven.

Foto: Pau Fabregat

7G5A2719077034035. Cráneo de león

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Cráneo de león

El león que vivía en la Europa del Pleistoceno Superior era de mayor talla y robustez que los leones actuales. Algunos autores consideran la forma prehistórica euroasiática una especie diferente, Panthera spelaea. Los restos de leones son relativamente comunes en los yacimientos ibéricos del Pleistoceno Superior, aunque los hallazgos de esqueletos más o menos completos son excepcionales.

Foto: Pau Fabregat

Esqueleto de una hiena

Animales que vivieron en el norte de España hace miles de años

Además de la pieza dental, algunos fragmentos completaron la rama izquierda de la mandíbula, hallada también en 2013. El esqueleto de la hiena estaba, por tanto, completo. Un hallazgo excepcional y sorprendente. La posición del animal, recostado sobre las cuatro patas flexionadas en la misma postura que adopta un perro cuando duerme, indicaba claramente que su muerte no fue accidental. De algún modo se habría introducido hasta el fondo de la dolina y, una vez allí, tal vez sobrevivió algún tiempo alimentándose de la carroña de algún bisonte hasta que acabó muriendo de inanición cuando se agotó su recurso alimenticio.

Sus restos nunca fueron removilizados y mantuvieron su posición anatómica durante nada menos que 37.600 años. Exactamente hasta el año pasado. A un metro de mí, los estudiantes de doctorado Adrián Álvarez y Noelia Sánchez seguían excavando un nivel tapizado de huesos de otras especies en perfecto estado de conservación: bisontes, rinocerontes lanudos y renos que debieron de caer accidentalmente por la cavidad durante un episodio frío del Pleistoceno Superior, la última edad de esta época del Cuaternario, que comienza hace unos 125.000 años y concluye hace unos 12.000 con el fin de la última glaciación.

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El hallazgo aquí narrado corresponde a la cam­paña de excavación de 2017 llevada a cabo por un equipo de paleontólogos del Departamento de Geología de la Universidad de Oviedo en la cueva de La Rexidora, ubicada en el concejo asturiano de Ribadesella. El yacimiento, que se excava desde 2012, consiste en una dolina o pozo natural que actuó como una trampa para muchos animales, en su mayoría bisontes. Sus huesos, que no han sido alterados por depredadores –ni animales carnívoros ni hu­manos–, han permanecido prácticamente intactos durante decenas de milenios. La hiena forma parte de un conjunto de descubrimientos excepcionales que se llevan realizando en los últimos años en la cornisa cantábrica. La excavación de huesos y esqueletos completos nos proporciona una información relevante acerca de la anatomía, la talla, la estructura de la población e incluso el comportamiento de los animales, muchos de ellos pertenecientes a especies extintas. Unos hallazgos inusuales, ya que por lo general las acumulaciones de fósiles cuaternarios en la península Ibérica han sido originadas por la actividad de humanos o carnívoros, que tienden a disgregar los huesos, lo que dificulta su estudio.

En los últimos años, los frecuentes movimientos de terreno ligados a la construcción de carreteras y otras infraestructuras, la intensificación de la exploración espeleológica y la creciente concienciación de la gente para notificar cada nuevo descubrimiento han hecho que el número de hallazgos se haya incrementado notablemente, y con ellos, el conocimiento de nuestra fauna ibérica durante la última glaciación.

Mamuts lanudos en Asturias

Hace unos 35.000 años, un grupo de mamuts lanudos se alimentaba en una llanura esteparia situada en lo que hoy es la zona oriental de Asturias. Una cría de aproximadamente un año y medio de edad, del tamaño de una vaca, se despistó de su manada precipitándose por otra dolina en forma de embudo, en cuyo fondo se abría una cavidad. Cuando su madre y el resto de la manada fueron a rescatarla, ya era tarde: la cría habría quedado atrapada en el fondo de la cavidad, o tal vez habría muerto por el impacto de la caída.

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Una cría de mamut, al igual que las de los elefantes actuales, solo estaría segura en el seno de su manada, junto a unas experimentadas hembras adultas que la alejarían de cualquier peligro. Pero la naturaleza aventurera de un cachorro y un inevitable momento de distracción pudieron ocasionar el extravío. Este tipo de incidentes no debieron de ser excepcionales, e incluso se ha interpretado que algunas de las crías de mamut halladas congeladas en Siberia pudieron morir por causas semejantes. Los restos de nuestro pequeño se ex­­cavaron en 2011 en la cueva de Jou Puerta, cerca de Llanes.

Solo se pudieron recuperar tres fragmentos de molar y una pequeña defensa de marfil, restos suficientes para relatar la triste historia de esta criatura. Junto con él, varios rinocerontes lanudos, ciervos y bisontes, entre otros animales, fueron víctimas de la misma trampa.

Vestigios del Cuaternario

La zona centrooriental de la región cantábrica es especialmente rica en vestigios del período Cuaternario por una cuestión de índole geológica: la gran abundancia de calizas. Es en este tipo de rocas donde, por filtración del agua, se forman las cuevas, tan abundantes en esta región. Estas cavernas constituyen verdaderas «cámaras del tiempo» en las que los restos óseos de animales se han conservado prácticamente inalterados durante miles de años, protegidos de la erosión física, química y biológica.

También en llanes, cerca de la última morada del pequeño mamut, una tercera dolina nos narra una historia semejante, aunque con un matiz: las víctimas, en este caso, fueron los depredadores. En esta cueva, situada bajo un pozo natural de 16 metros de profundidad, tres espeleólogos del club Escar hallaron hace cuatro años una mandíbula de león. Fragmentos óseos dispersos alrededor sugerían la promesa de que el esqueleto del félido estuviese más completo.

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En enero de 2017 se llevó a cabo una campaña de excavación en la que se recuperaron más de 100 restos del león, incluyendo buena parte del cráneo con su mandíbula y las extremidades an­teriores. Junto a él, restos de otros depredadores nos indican que el león no fue la única víctima de esta trampa natural. Este magnífico conjunto fósil se encuentra actualmente en estudio.

No es descartable que, pese a la considerable altura desde la que cayeron, los animales sobrevi­viesen al impacto. De hecho, los restos aparecieron a cierta distancia de la entrada. El esqueleto de este león prehistórico hallado en Asturias presenta mayor tamaño y robustez que los leones africanos actuales. Es de suponer que también su masa muscular fuera visiblemente superior. Aunque no se puede demostrar científicamente, el arte paleolítico parece sugerir que los leones europeos del Pleistoceno Superior no tenían la larga melena que caracteriza a sus parientes actuales de África. Algunos autores han relacionado este rasgo con una diferente estructura social, posiblemente propia de animales más monógamos.

Despeñados por una estampida

¿Por qué motivo los protagonistas de nuestras tres historias –y los de otras muchas– acabaron en el fondo de las dolinas? Las causas son múltiples. En la mayoría de los casos se interpreta que se despeñaron durante «estampidas», seguramente debidas a persecuciones. Esta explicación encaja en el caso de los herbívoros, como los bisontes o los rinocerontes, que tienen los ojos lateralizados, lo que les proporciona un amplio campo visual, pero, por contra, un ángulo de visión tridimensional muy bajo.

Parece fácil pensar que durante una estampida, su escasa visión tridimensional les impidiera percibir a tiempo la depresión del terreno. Es muy posible que la mayoría de los herbívoros hallados en las cuevas de La Rexidora y Jou Puerta hayan caído de este modo.

En otros casos pudo deberse al hecho de que la entrada, especialmente si era estrecha, estuviera oculta por irregularidades del terreno, por la vegetación o por la nieve, sobre todo en zonas de relieve abrupto. Incluso hoy en día es fácil caer en una de esas dolinas si uno se despista. Meses antes de excavar la que alberga los restos del león, se coló por ella un perro, que fue rescatado vivo a pesar de haber caído desde una altura de 16 metros en vertical. Estas simas, que comunican las cuevas con el exterior, aún son abundantes en zonas elevadas de la cordillera Cantábrica, y con frecuencia caen en ellas animales domésticos (vacas, cabras…) y salvajes (osos, rebecos...).

Asimismo, es posible que algunos carroñeros, como las hienas, descendieran voluntariamente por su propio pie atraídos por el olor de la carroña y que después no fuesen capaces de salir. Esta hipótesis podría ajustarse muy bien al caso de la hiena de La Rexidora.

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La comunidad de grandes mamíferos que vivió durante la última glaciación en gran parte de Europa, Asia y América del Norte se conoce como la fauna del mamut. Entre estas especies se encuentran algunas que desarrollaron adapta­ciones físicas muy avanzadas que les permitían sobrevivir en el clima extremadamente frío y árido reinante en esa época. Quizá las más emblemáticas sean el mamut lanudo (Mammuthus primigenius) y el rinoceronte lanudo (Coelodonta antiquitatis), que desaparecieron hace escasos milenios después de vivir millones de años de evolución. Afortunadamente, otras, como el reno (Rangifer tarandus) y el buey almizclero (Ovibos moschatus) sobrevivieron a la última glaciación y todavía podemos disfrutar de su presencia.
Bisontes (Bison priscus), caballos (Equus ferus) y ciervos (Cervus elaphus), especies más tolerantes a las oscilaciones climáticas, también formaron parte de aquella comunidad. Asimismo, los carnívoros, con una mayor capacidad de adaptación a los diferentes climas, completaban el conjunto: leones (Panthera leo), leopardos (Panthera pardus), hienas (Crocuta crocuta), osos de las cavernas (Ursus spelaeus), glotones (Gulo gulo) y lobos (Canis lupus), entre otros, ocuparían los pisos superiores de la pirámide ecológica. Esta asociación faunística vivió en un ambiente frío y árido, cuyo paisaje estaba dominado por la vegetación herbácea: la tundra-estepa, o estepa del mamut. Durante los episodios fríos del Pleistoceno, este bioma llegó a extenderse por gran parte de Eurasia y América del Norte.

En las penínsulas del sur de Europa, las condiciones climáticas menos extremas permitieron que los árboles siguieran desarrollándose pese al frío glacial y que la fauna propia de clima templado sobreviviera. Así, el ciervo común es la especie mayoritaria en los yacimientos ibéricos coetáneos. Junto con él, la presencia de otros herbívoros más ligados al medio forestal, como el corzo (Capreolus capreolus) y el jabalí (Sus scrofa), nos indica que aquí, aun bajo unas condiciones tan gélidas y áridas, los bosques no desaparecieron por completo. Aunque la fauna del mamut nunca llegó a estar plenamente establecida en la península Ibérica, han aparecido restos de mamuts, rinocerontes lanudos y renos en más de 75 yacimientos arqueológicos y paleontológicos ibéricos, especialmente en el norte, en la cornisa cantábrica y en Cataluña.

Ya a mediados del siglo XIX, el eminente naturalista escocés Andrew Leith Adams examinó unos restos de mamut hallados en un yacimiento cántabro. A principios del siglo XX el insigne ingeniero y prehistoriador francés Edouard Harlé detectó la presencia de restos de reno, mamut y rinoceronte lanudo en diversas cuevas cantábricas y catalanas. Desde la década de 1960, los hallazgos de estas especies en nuestra península se han ido multiplicando a raíz de los numerosos trabajos llevados a cabo por otros paleontólogos como Jesús Altuna y Pedro Castaños. No obstante, en estas latitudes, las especies adaptadas al frío siempre fueron elementos minoritarios dentro de unas comunidades dominadas por mamíferos propios de clima templado. Excepcionalmente, durante los episodios de frío más intenso estos animales llegaron a expandirse incluso por el centro y el sur peninsular. El notable yacimiento de mamuts de Padul, en Granada, da testimonio de ello.

Por lo tanto, el norte ibérico presentaba un carácter transicional entre las faunas del centro y norte de Europa, dominadas por las especies de clima frío, y el centro y sur peninsular, donde los animales de clima templado persistieron durante todo el Cuaternario. Tampoco se puede descartar la posibilidad de que la presencia de estas especies de clima frío en nuestra península fuera de carácter meramente estacional. Es sabido que algunos de estos animales pueden realizar migraciones estacionales muy largas: ciertas poblaciones actuales de renos, como la del Porcupine, que vive en Alaska y el Yukón, realizan migraciones anuales de más de 2.500 kilómetros entre las zonas de cría y las áreas de invernada. También los elefantes africanos llevan a cabo importantes migraciones en busca de agua entre las estaciones húmedas y secas. No sería, pues, descabellado pensar que algunas de estas especies de clima frío pudiesen alcanzar latitudes tan meridionales como la península Ibérica solamente durante el invierno, cuando el clima en el norte era más crudo y los recursos, más escasos.

Montañas como barreras naturales

Las evidencias paleontológicas nos indican también que las cadenas montañosas, como los Pirineos, actuaron de barreras naturales que li­mitaron la expansión de esas poblaciones. La gran diferencia de faunas registrada entre el sur de Francia, donde las especies de clima frío eran dominantes, y el norte ibérico dan fe de este hecho. También la cordillera Cantábrica supuso un importante obstáculo, pues especies como el reno, cuya presencia se ha constatado en más de 40 yacimientos cantábricos, nunca se han hallado al sur de estas montañas.

Esta europa salvaje, poblada por una gran fauna, cambió drásticamente al final de la última glaciación, hace unos 12.000 años, cuando casi todas las especies de grandes mamíferos desaparecieron. La mayoría de los especialistas coinciden en que este empobrecimiento faunístico fue consecuencia de la combinación de dos factores: por una parte, el calentamiento climático conllevó un profundo cambio en la vegetación y, por ende, la desaparición del hábitat de aquellas especies; por otra parte, la expansión de nuestra especie, Homo sapiens, ejerció una notable presión sobre las poblaciones de estos animales, quizá ya muy debilitadas por la reducción de su hábitat, abocándolas finalmente a la extinción.

Los humanos de hoy, a diferencia de los del Pleistoceno, nos sumergimos en las profundidades de la tierra en busca de los restos de aquellos animales y así conocer qué aspecto tenían, cómo vivían y morían, cuáles eran las condiciones ambientales y el paisaje en el que se desenvolvían.

La última campaña de excavación en la cueva de La Rexidora, la de 2017, ha sido muy fructífera al proporcionarnos unos 250 nuevos fósiles. Pero la búsqueda continúa. Las entrañas de la tierra aún albergan infinidad de secretos sobre estos extraordinarios animales, que nos permitirán construir una imagen más exacta de la península Ibérica durante la última glaciación. Y seguirán relatándonos apasionantes historias de un pasado salvaje, no tan lejano.

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