Fritz Haber, el científico padre de la guerra química

Se puede considerar que Fritz Haber fue salvador y verdugo. El químico alemán que revolucionó la agricultura, pasaría solo unos años después a ser considerado el padre de la guerra química durante la Primera Guerra Mundial.

El químico alemán Fritz Haber

El químico alemán Fritz Haber

Foto: Cordon Press

Pocas historias tienen una cara y una cruz tan marcada y demuestran la gran capacidad del ser humano para hacer el bien o el mal como la del científico alemán Fritz Haber. La historia de Haber comienza en 1868, en la entonces ciudad prusiana de Breslau, hoy Polonia. Nació en el seno de una familia judía alemana adinerada y pasó los primeros años de su vida y formación en su ciudad natal.

Influenciado por el desempeño de su padre como comerciante de tintes y pigmentos naturales de cierto renombre, Haber comenzó sus estudios de química en la Universidad de Berlín en 1886. Sin embargo, muy pronto se trasladaría a Heidelberg, donde una vez más su carrera se vería interrumpida por la llamada a realizar el servicio militar, tras el cual finalizaría sus estudios en la Universidad Técnica de Berlín, donde junto al químico inglés Carl Theodore Liebermann trabajó en un compuesto llamado piperonal o heliotropina, una molécula orgánica que se encuentra comúnmente en fragancias y sabores. Estos primeros e inocentes pasos en el campo de la química le llevarían un año después, en 1891, a doctorarse en la Universidad de Berlín por su trabajo con Liebermann.

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A su graduación le siguieron 3 años de incertidumbre durante los que se ocupó en breves períodos de empleo industrial hasta que en 1894 fue nombrado asistente en el Departamento de Tecnología Química y de Combustibles en la Universidad Técnica de Karlsruhe, donde se estableció como profesor titular entre 1906 y 1911, tras lo cual fue llamado a dirigir el Instituto Kaiser Wilhelm de Química Física y Electroquímica.

Aunque originalmente se formó como químico orgánico, Haber viró al campo de la química física tras su nombramiento en Karlsruhe, momento desde el que orientaría su carrera hacia las aplicaciones industriales de la química. Sus primeros trabajos se centraron en la química física de las llamas y la combustión, así como en la descomposición y combustión de hidrocarburos, y posteriormente, a partir de 1897, en el campo de la electroquímica. Fue en este en que realmente destacó, contribuyendo con grandes aportaciones como la preparación electroquímica de varios compuestos orgánicos importantes, su estudio sobre la celda de combustible de hidrógeno y oxígeno o un trabajo pionero sobre el electrodo de vidrio. También fue Haber quien sentó las bases para el posterior desarrollo del medidor de pH.

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Fritz Haber 1868 - 1934

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Foto: Cordon Press

Sin embargo, muy pronto, en 1898, el trabajo de Haber se centró en la síntesis de gas amoníaco a partir de nitrógeno e hidrógeno gaseoso y su potencial como método de fijación de nitrógeno. Al finales del siglo XIX y principios del XX, la humanidad se enfrentaba al que quizá pudiera haberse convertido en uno de los problemas más difíciles de resolver si no hubiera sido por el trabajo de este científico: la falta de nitrógeno asimilable por las plantas. Aunque la atmósfera se compone de un 78% de nitrógeno, este no es asimilable por las plantas a menos que se halle en forma de un compuesto soluble en agua como el amoníaco o varios nitratos. Así, en 1908, Haber pudo demostrar que el uso de altas presiones en combinación con un catalizador adecuado el nitrógeno y el hidrógeno podían reaccionar para producir amoníaco a nivel industrial, una reacción conocida como el Proceso de Haber-Bosch. Los logros de Haber, abrieron a puerta a la era de los fertilizantes artificiales, los cuales salvaron millones de vidas de la hambruna, motivo por el cual Haber fue galardonado con el premio Nobel de Química en el año 1918.

Los logros de Haber, abrieron a puerta a la era de los fertilizantes artificiales, los cuales salvaron millones de vidas de la hambruna.

Sin embargo, el mundo estaba cambiando, y con la llegada de la Primera Guerra Mundial en 1914, Haber dedicaría sus esfuerzos a satisfacer las necesidades del ejército alemán mediante el desarrollo de nitratos explosivos esenciales para la guerra moderna, posibles gases lacrimógenos o máscaras de gas para los soldados en el frente. También desarrolló la relación matemática entre el tiempo de exposición necesario para producir la muerte y la cantidad de gas venenoso necesaria: fórmula es conocida como la regla de Haber.

Ya en 1918 el empleo de gases tóxicos había sido regulado por los tratados de La Haya, por los cuales se prohibía su empleo mediante el uso de proyectiles. Así, nombrado en 1916 como jefe del Servicio de Guerra Química de Alemania, puede considerarse a Haber el responsable del primer ataque con gas de la historia, el cual, liberado desde bidones, arrasó a las tropas francesas atrincheradas cerca de Ypres, produciendo hasta 20.000 bajas.

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Tras la guerra, Haber fue severamente criticado y en algunos casos incluso condenado al ostracismo por su participación en el programa alemán de guerra química, de la cual nunca se arrepintió. Las consecuencias de las acciones de Haber se dejaron sentir incluso en su círculo más íntimo, hasta el punto de que, pese a que las circunstancias no están claras, el suicidio de la esposa de Haber, la también química Clara Immerwahr, se achaca en parte al conflicto moral provocado por el papel de su marido en la guerra.

Entre conferencias, actividades de divulgación, y proyectos científicos fallidos, como el de extraer oro del agua del mar, Haber continuó trabajando en Alemania tras la Primera Guerra Mundial en la Sociedad Alemana para el Control de Plagas hasta que debido a su ascendencia judía tuvo que abandonar el país ante la instauración del nacionalsocialismo. Los trabajos de Haber servirían en última instancia para el posterior desarrollo del llamado Zyklon B, el componente empleado en las cámaras de gas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial para asesinar a millones de judíos. Una última paradoja en la vida ya de por sí paradójica de un hombre cuyo ingenio fue capaz, tanto de salvar millones de vidas, como de más tarde acabar con ellas.

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