En 1842, el paleontólogo Sir Richard Owen acuñó una palabra destinada a hacer historia: dinosaurios. Esta clasificación taxonómica fue creada para dar cabida a tres especies de reptiles extintos de gran tamaño, característica de la cual procede su nombre: deinós y sauros, palabras griegas que significan respectivamente “terrible” y “reptil”, en referencia a su gran tamaño.

Originalmente, el término fue una especie de cajón de sastre para dar cabida a tres especies que no encajaban en ninguna otra clasificación. Owen no sabía que acababa de abrir una ventana a un mundo de criaturas prehistóricas de lo más variadas que dominaron la Tierra durante muchos millones de años.

Gideon Mantell y los primeros dinosaurios descubiertos

Las tres especies clasificadas originalmente como dinosaurios fueron el Megalosaurus bucklandii, el Iguanodon anglicus y el Hylaeosaurus armatus. Se trata de especies muy distintas: el primero era un terópodo, un carnívoro de gran tamaño, que vivió en el Jurásico Medio; el segundo un herbívoro de principios del Cretácico; y el tercero un anquilosáurido (dinosaurio acorazado) también de principios del Cretácico.

Megalosaurus bucklandiifue el primero en ser descrito, incluso antes de que Owen acuñara el término dinosaurio. Fue nombrado en 1827 por el naturalista inglés Gideon Mantell a partir del fragmento de un fémur fosilizado encontrado por William Buckland, profesor de geología de la Universidad de Oxford; ante la falta de más indicios, lo llamó simplemente Megalosaurus (“lagarto grande”). Oxford llevaba coleccionando huesos de dinosaurio desde el siglo XVII, aunque entonces aún no se habían descrito como tales.

El mismo año, Mantell o su esposa encontraron un diente fósil – no se sabe con certeza quién, puesto que él mismo dio dos versiones de la historia – parecido al de una iguana pero mucho más grande, por lo que le dio el nombre de Iguanodon (“diente de iguana”). Finalmente, en 1832, el mismo Mantell describió al Hylaeosaurus armatus gracias a un conjunto de huesos fósiles procedentes de una cantera, que pudo recomponer para formar un esqueleto parcial: el nombre Hylaeosaurus significa “largarto del bosque” y se lo dio por la procedencia de los huesos. A pesar de sus dotes científicas, Mantell ciertamente no era muy imaginativo a la hora de poner nombres.

Ilustración artística (y poco precisa científicamente) de 1863 que representa a un Iguanodon combatiendo con un Megalosaurus.
Foto: Édouard Riou

Ilustración artística (y poco precisa científicamente) de 1863 que representa a un Iguanodon combatiendo con un Megalosaurus.

Sir Richard Owen, el “inventor” de los dinosaurios

Las primeras descripciones de aquellos grandes lagartos despertaron el interés de los científicos y, en 1841, la palabra dinosaurio apareció por primera vez en un artículo del paleontólogo inglés Sir Richard Owen, quien tras describir las características anatómicas de las tres especies descritas por Gideon Mantell estimó que “la combinación de estas características […] peculiares entre los reptiles […] y que sobrepasan en tamaño por mucho al más grande de los reptiles existentes, deberían ser suficientes para establecer una tribu o suborden distinto de reptiles saurianos, para la cual propongo el nombre Dinosauria”.

El impacto del “descubrimiento” – aunque sería más correcto decir descripción de algo ya descubierto – fue enorme, tanto como para atraer la atención del príncipe Alberto, el marido de la reina Victoria, quien convenció a su esposa para apoyar a Owen en la creación del Museo de Historia Natural de Londres para exhibir los huesos de dinosaurio que habían sido coleccionados durante décadas en las universidades y museos británicos como simples rarezas. Hasta aquel momento, la nueva etiqueta científica se aplicaba solo a las tres especies descritas por Gideon, pero no pasaría mucho tiempo antes de que la familia de los dinosaurios creciese.

La fiebre por los dinosaurios y la guerra de los huesos

La fiebre por los dinosaurios pronto traspasó las fronteras del Reino Unido y se extendió entre la comunidad científica, especialmente en Estados Unidos. En 1858, el geólogo William Parker Foulke encontró un esqueleto de dinosaurio casi completo en Nueva Jersey, un hadrosáurido que fue nombrado Hadrosaurus foulkii en su honor.

Se trataba de un hallazgo muy importante, ya que era la primera vez que se encontraba un esqueleto tan completo y permitió hacerse una idea inicial del aspecto y características que podrían haber tenido los dinosaurios, o al menos algunos de ellos. Una de estas características, seguramente la más importante, fue que era claramente de un animal bípedo: hasta entonces se creía que todos los dinosaurios habían sido cuadrúpedos, como las iguanas.

"Sue", un espécimen de tiranosaurio conservado en el Museo Field de Historia Natural de Chicago, es uno de los esqueletos de T-Rex más completos que se han encontrado.
Foto: Evolutionnumber9 (CC)

"Sue", un espécimen de tiranosaurio conservado en el Museo Field de Historia Natural de Chicago, es uno de los esqueletos de T-Rex más completos que se han encontrado.

A este descubrimiento le siguió una época conocida popularmente como “la guerra de los huesos”, durante la cual dos paleontólogos rivales (Edward Drinker Cope y Othniel Charles Marsh) protagonizaron una carrera de búsqueda de fósiles de dinosaurios. El término guerra no es exagerado: se utilizaron métodos brutales como el uso de dinamita, que dañó muchos fósiles; y el propio Cope dinamitó su salud y su fortuna en la búsqueda de dinosaurios.

Aun así, el conflicto produjo resultados: en 30 años, Cope describió 56 nuevas especies de dinosaurios y Marsh otras 86. Fue el inicio de una época dorada para la paleontología y a finales de aquel siglo se descubrieron algunos de los dinosaurios más famosos, como el Tyrannosaurus y el Triceratops.

 

Estatuas de Iguanodon (poco exactas científicamente) creadas para la exhibición en el Crystal Palace de Londres
Foto: Jes (CC)

Estatuas de Iguanodon (poco exactas científicamente) creadas para la exhibición en el Crystal Palace de Londres.

 

Los dinosaurios, un éxito comercial

La fiebre por los dinosaurios también empezó a hacerse lugar en los medios de comunicación y entretenimiento, aunque la imagen que presentaban de ellos era muy tosca. En el Crystal Palace de Londres, después de la Exposición Universal de 1851, se instalaron esculturas de dinosaurios que tuvieron un gran éxito y despertaron el interés del público no científico por aquellos impresionantes animales.

Los dinosaurios pronto demostraron ser un éxito comercial. Novelas como Viaje al centro de la Tierra de Jules Verne y El mundo perdido de Sir Arthur Conan Doyle contribuyeron enormemente a su popularidad, aunque el verdadero boom se produciría gracias al cine. Los años 70 habían sido una época muy exitosa en cuanto a la búsqueda de fósiles y el estudio de los dinosaurios, tanto que ha sido llamada “el Renacimiento de los dinosaurios”. En 1990 el escritor de ciencia ficción Michael Crichton publicó su novela Jurassic Park, adaptada al cine por Steven Spielberg en 1993. A partir de entonces, la fiebre por los dinosaurios ya no haría más que crecer.