Vivimos en la era de la información, de internet, en el momento temporal en el que todos los recursos que precisemos se sitúan a un solo click de nosotros. Y esto no es algo negativo: disponer de toda la información que necesitemos en cuestión de segundos es un privilegio para el conocimiento y para la eficiencia de muchos trabajos y proyectos. Sin embargo, es cierto que un mal uso de esta tecnología puede provocar grandes problemas en la comunicación social, como es el acceso a información falsa, a archivos que comprometen la privacidad de los usuarios o, incluso, a imágenes que atentan contra la dignidad de ciertos ciudadanos.

Ahora bien, a lo largo de las últimas dos décadas se ha visto que, cuando se han dado situaciones que corresponden a esas características, el intento por censurarlo e instar al público a que no acceda a esos recursos es, en muchas ocasiones, contradictorio. Es decir, en vez de disminuir el número de personas que acceden a la información, esta se acaba divulgando ampliamente, llegando a tener mucha mayor visibilidad de la que hubiera alcanzado si no se la hubiese pretendido acallar. Sin embargo, no es un fenómeno aislado, sino que aparece de forma reiterada, apoderándose incluso de un nombre que lo define: el efecto Streisand.

Y es que, ya desde la niñez, se puede apreciar un fenómeno que prevalece en los seres humanos a lo largo de toda su vida: el ocultamiento o prohibición de acceso genera una mayor atracción por conocer lo que ha sido censurado. Es decir, ante una prohibición, los individuos se sienten aún más tentados a desafiarla y a tener acceso a aquello que se le está negando. Es un acto repetitivo y visible en individuos de diferentes edades a lo largo de todo el planeta, casi como un rasgo común.

Sin embargo, si se trata de un rasgo que ya implica una cierta peligrosidad, combinado con la puerta que representa Internet, se vuelve aun peor. Ante una situación en la que ciertas fotos o archivos privados se han difundido por la red, las asociaciones ponen esfuerzo en hacer publicidad negativa o en censurarla para que el público no acceda a ella, esa tentación humana hará su aparición mucho más fuerte que nunca. Y es que, “está a un solo click”. El efecto, normalmente, suele ser contrario, y los usuarios acceden a esas fotos comprometidas o a la información falsa simplemente por “curiosidad” o para “cerciorarse de que es tan malo como dicen”. La campaña en contra termina por ser justo lo que pretendía evitar.

ORIGEN DEL TÉRMINO

Pero, ¿de dónde viene este curioso fenómeno? Pues, efectivamente, tiene su origen en la actriz y cantante estadounidense Barbra Streisand. En el año 2002, el proyecto California Coastal Records Project, que buscaba difundir imágenes que documentaban la erosión costera de California con el objetivo de influir en las decisiones gubernamentales, publicó una serie de imágenes de la costa de Malibú en la página web pictopia.com. Lamentablemente, entre esas imágenes se encontraba una en especial, la “Imagen 3580”, en la cual se capturaba la mansión de la actriz, haciendo visible su ubicación exacta.

Streisand denunció al fotógrafo, Kenneth Adelman, exigiendo que la foto se retirase de la web de forma inmediata, así como una compensación de 50 millones de dólares por los daños causados. Ahora bien, la denuncia de Barbra fue una llamada de censura tan grande, en la que pedía que la población no tuviese un acceso directo a su privacidad, que el efecto fue el contrario: la imagen original había sido descargada apenas seis veces antes de la demanda, pero cuando se divulgó la acción judicial, esta sumó hasta 420.000 descargas en un solo mes (sin contar todas las veces que fue compartida fuera de la propia web) Con su censura, Barbra Streisand consiguió que una información que parecía ser intrascendente acabase consiguiendo una gran divulgación.

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