Desobediencia civil científica contra el cambio climático

Tras décadas de recomendaciones científicas sin acciones por parte de los gobiernos para salvar el planeta, científicos y científicas de todo el mundo han llevado a cabo un movimiento de desobediencia civil que durará toda la segunda semana de abril para tratar de conseguir cambios estructurales en la lucha climática.

Protesta de científicos ante el Ministerio de Transición Ecológica de España en octubre de 2021.

Protesta de científicos ante el Ministerio de Transición Ecológica de España en octubre de 2021.

Foto: Twitter de Scientist Rebellion

En pleno siglo XXI, los científicos y científicas del clima, poco duchos en activismo y revolución, se encomiendan de la mano de movimientos modernos a la rebelión contra una sociedad que no acaba de ver la ruta de autodestrucción en la que se afana día a día.

La rebelión de la comunidad científica se apoya en una cruda realidad: la ciencia del cambio climático no es escuchada. Ha dado lugar a reportajes y películas asombrosas, provocadoras e incluso taquilleras. Pero no nos engañemos. Quienes investigan las causas y las consecuencias del cambio climático y las medidas que hay al alcance para atajarlo no han sido escuchados. O si alguien ha escuchado, desde luego no ha servido para mucho.

Seguimos incrementando (y no reduciendo) la emisión de gases de efecto invernadero. Apenas la COVID-19 supuso una relativa y muy breve desaceleraciónen estas emisiones.

Cambio de tercio en la comunidad científica

Dado que el lenguaje científico sobre el clima no se traduce en acciones significativas, ha llegado el momento de probar otros lenguajes. Y precisamente eso es lo que se ha planeado para la segunda semana de abril de 2022 por científicos de todo el mundo aliados con diversas organizaciones ambientalistas, como Extinction Rebellion.

Del 4 al 9 de abril de 2022 tendrá lugar la primera acción de desobediencia civil pacífica coordinada internacionalmente por miembros de la comunidad científica. Una semana que fue precedida por numerosos anuncios en redes sociales y en los medios de comunicación y el planteamiento de un manifiesto contra la inacción climática que ya cuenta con numerosas adhesiones. Algunas de las reflexiones que siguen recogen las principales pautas de este llamamiento colectivo y se suman a su compromiso.

Esta semana de acciones y protestas se ha programado para coincidir con la publicación de la tercera parte del sexto informe del IPCC. La segunda parte quedó completamente tapada por la invasión de Ucrania por el ejército ruso, ocurrida en el mismísimo día de su publicación. Una tremenda paradoja, porque ambas catástrofes, la invasión de Ucrania y el cambio climático, tienen el mismo origen. Es paradójico también porque, de haberse hecho los deberes planteados desde la ciencia para la transición energética, el conflicto no hubiera llegado a ser bélico.

La comunidad científica hemos alimentado con nuestros estudios e informes a toda una generación de jóvenes activistas que han entendido lo suficiente de nuestro mensaje para ponerse en pie por el planeta.

Pero no podemos dejar que la sociedad relacione la lucha contra el cambio climático solamente con jóvenes ambientalistas. Ellos han bebido de nuestros estudios y lo que dicen se apoya en la mejor de las ciencias. Es ineludible que científicos y ambientalistas vayamos juntos en esta rebelión. La ciencia sin activismo es impotente y el activismo sin ciencia no tiene precisión en sus reivindicaciones.

Un mensaje cada vez más claro

Ante la inacción social y política, hay muchos científicos que se desmotivan, desalentados al ver que sus conferencias y sus entrevistas son una versión moderna de los profetas predicando en el desierto. Sin embargo, cada vez hay más científicos que se reinventan para hacerse oír ante la crisis climática. El propio IPCC ha cambiado de tono en su sexto informe publicado en tres partes entre agosto de 2021 y abril de 2022. Emplea un nuevo lenguaje, más áspero, y que deja mucho menos margen para dudas o interpretaciones.

Las incertidumbres de la ciencia han empañado históricamente la claridad del mensaje climático para los ojos de la sociedad y los responsables políticos, siempre anhelantes de certezas y, por tanto, muy poco habituados a gestionar riesgos y probabilidades.

En el nuevo informe se ha matizado la tradicional prudencia científica de mantenerse al margen de conclusiones o recomendaciones que puedan desafiar ideologías imperantes, programas económicos o estrategias políticas.

La ciencia, organizada a través del IPPC, se ofreció siempre a asesorar apartándose de cuestiones política o económicamente escabrosas. Sin embargo, la diplomacia, emanada de las Naciones Unidas que creó este panel de expertos en 1988, se ha relegado a un segundo lugar. La razón no es otra que la escasa efectividad práctica de los extensos y sesudos informes previos.

La comunidad científica está tan desconcertada ante la situación que algunos, como el profesor Bruce Glavovic, de la Universidad Massey de Nueva Zelanda y coordinador del II capítulo del IPCC, han hecho un llamamiento a toda la comunidad científica para dejar de producir informes hasta que los Gobiernos cumplan con su responsabilidad y movilicen una acción coordinada desde el nivel local al global. Su propuesta es que los científicos establezcamos una moratoria en la investigación sobre el cambio climático como medio para exponer primero, y renegociar después, el contrato roto entre la ciencia y la sociedad.

No es tanto que los científicos y científicas relacionados con el cambio climático estemos enfadados porque nuestras conclusiones no se pongan en práctica. Es más una cuestión de que estamos realmente preocupados de que esté ocurriendo tal cosa. Una preocupación que deriva en trastornos de ansiedad y estrés que afectan a millones de personas (especialmente jóvenes) en todo el mundo.

Avisos ignorados

El sexto informe del IPCC tenía como meta analizar los progresos realizados para mantener el calentamiento global muy por debajo de 2 °C respecto a la era preindustrial y, al mismo tiempo, continuar los esfuerzos para limitar el aumento de la temperatura a 1,5 °C, tal como se acordó en París en la cumbre del clima de 2015.

Ahora, el IPPC y varios nuevos estudios confirman y precisan lo que nos temíamos: no rebasar 1,5 °C de calentamiento es matemáticamente posible pero sumamente improbable, y no rebasar los 2 °C requiere un esfuerzo global que de momento no se está produciendo.

Las gotas frías, los huracanes, las nevadas extraordinarias, las lluvias torrenciales, las sequías extremas, las olas de calor inusuales y los megaincendios se multiplican y aceleran. En España, un 75% del territorio está ya en alto riesgo de desertificación. Y la ciencia comienza a comprender la gravedad de una docena de puntos climáticos de inflexión o de no retorno que se han activado por la acción humana.

En España, un 75% del territorio está ya en alto riesgo de desertificación.

Los avisos de la comunidad científica sobre el rumbo de colapso que lleva nuestra civilización han sido muchos. Quizá el informe Meadows encargado al Massachusetts Institute of Technology por el Club de Roma hace medio siglo fue uno de los avisos pioneros más destacables. Vendrían bastantes avisos más. Desde hace años, el reloj del apocalipsis incorpora al cambio climático como uno de los riesgos principales para la humanidad.

En 2019, las evidencias científicas de la amenaza para la supervivencia de la humanidad y de un colapso global del sistema de la vida en la Tierra llevaron a 11.000 personas de la comunidad científica a lanzar una alerta pública de emergencia climática, dirigida a todos los Gobiernos del planeta.

La realidad climática contra los intereses económicos

En el primer capítulo del sexto informe del IPCC se muestra con claridad que para limitar el calentamiento global a 1,5 °C se necesitan transiciones socioeconómicas rápidas y de gran alcance, particularmente en los sistemas energético, terrestre, urbano y de infraestructuras (incluido el transporte y los edificios) e industrial.

Tales transiciones no tienen precedentes en lo que a escala se refiere e implican profundas reducciones en las emisiones en todos los sectores, la puesta en marcha de un amplio conjunto de opciones de mitigación y el incremento sustancial de las inversiones en estas opciones.

Pero la realidad es que estas transiciones rápidas que demanda la ciencia y que son tan factibles como urgentes no se están realizando. Los Gobiernos siguen subvencionando con dinero público la industria de los combustibles fósiles y numerosas actividades que dañan tanto el medioambiente como la salud humana.

Las entidades bancarias financian el cambio climático y la degradación ambiental a pesar de organizarse en redes como la Alianza Financiera de Glasgow para el Cero Neto (GFANZ) para, en teoría, hacer justo lo contrario. Solo 11 de las 30 mayores empresas financieras que cotizan en bolsa han fijado objetivos fiables para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, según los investigadores del clima de InfluenceMap.

Las entidades bancarias y grandes grupos industriales y empresariales mantienen fuertes medidas de coacción y presión a los Gobiernos y a las instituciones oficiales nacionales e internacionales, incluyendo las cumbres del clima auspiciadas por las Naciones Unidas, para impedir o ralentizar medidas eficacespara la reducción de emisiones.

Como prueba de esta gran hipocresía, gobiernos como el de Alemania y el de Francia han sido condenados por sus respectivas cortes constitucionales por inacción climática y en España se está tramitando actualmente una querella climática contra el Estado.

A tiempo para cambiar de rumbo

Ignorar el principio de precaución y no reconocer que el crecimiento infinito en un planeta con recursos finitos es, como dijo el secretario de las naciones Unidas António Guterres, una senda suicida para la humanidad.

Los objetivos actuales de crecimiento defendidos por los poderes económicos están en contradicción directa con la reducción de los impactos ambientales por debajo de los umbrales de los límites planetarios. Hay propuestas económicas alternativas en las que se plantea un cambio radical de modelo productivo que deben ser puestas en marcha globalmente, y no solo en algunas ciudades a modo de ensayo, para limitar el aumento de temperatura.

Los cambios de consumo individual no bastan y hace falta una transformación profunda y rápida del conjunto del sistema productivo, acompañada de una transición justa para los colectivos más vulnerables.

La gobernanza necesaria para hacer realidad este objetivo está orientada hacia la innovación social y la creación de nuevas instituciones que permitan garantizar la participación real de la ciudadanía y la democratización efectiva de la acción climática.

Las asambleas ciudadanas para luchar contra el cambio climático como las organizadas en Francia y el Reino Unido, y actualmente en desarrollo en España, son un ingrediente nuevo y estimulante en esta dirección.

Toca construir ahora nuevos derechos, nuevas economías y nuevas instituciones para una democracia por la Tierra. Las recomendaciones consensuadas de la comunidad científica deben convertirse en objetivos vinculantes, con mecanismos institucionales que garanticen la participación real de la ciudadanía, como prevé el convenio europeo de Aarhus desde 2005.

John Kennedy Toole recurrió al humor para abordar la tragedia y su personaje en La conjura de los necios acudió a la agitación social para cambiar lo intolerable. La comunidad científica ensaya la rebelión tras el fracaso de los procesos de información y asesoramiento en materia climática. No dudaremos en usar el humor para narrar la tragedia climática si hace falta. Pero Toole no vio publicada su obra, que obtuvo el premio Pulitzer en 1981 y fue un auténtico éxito mundial, porque se suicidó con apenas 31 años. Esperamos que las analogías terminen ahí y que ningún científico o científica llegue a cruzar esa tremenda línea roja.

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*Fernando Valladares es profesor de investigación en el Departamento de Biogeografía y Cambio Global del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC). Este artículo se publicó originalmente en The Conversation y se publica aquí bajo una licencia de Creative Commons.