Crecer y envejecer son partes fundamentales de la vida. Durante años, ganamos experiencias y notamos como nuestros sueños se transforman, los valores se consolidan y las metas se renuevan según cambia nuestra visión del mundo. Esos años también nos traen nuevas compañías, algunas que vienen para quedarse y otras que se alejan poco a poco hasta desaparecer de nuestros círculos. El mundo a nuestro alrededor también cambia, y nosotros cambiamos con él, nos adaptamos a las nuevas circunstancias aun cuando estos cambios puedan significar dolor.

Cuando crecer duele

Las articulaciones son una de las partes del cuerpo que más sufren el paso del tiempo. Poco a poco, el cartílago que protege las uniones óseas va desgastándose hasta que los huesos comienzan a rozar unos con otros. Este rozamiento provoca inflamación articular y el consecuente dolor con cada movimiento, una situación desagradable y que afecta la calidad de vida. Un golpe fuerte o impactos repetidos en una misma articulación como los que padecen las rodillas al correr también pueden llegar a provocar la rotura del cartílago y afectar gravemente la vida de las personas.

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Imagen 3D de artrosis de rodilla, una de las que más afecta la calidad de vida durante la vejez.

Con el creciente envejecimiento de la población, se estima que alrededor de 700 millones de personas padecen osteoartritis en alguna de sus articulaciones, pero la cifra aumentará hasta los 1000 millones de personas para el año 2050. Según un estudio publicado en The Lancet Rheumatology, aproximadamente el 60% de las personas que la padecen son mujeres. Sin embargo, los investigadores destacan que los criterios que siguieron para obtener los datos podrían haber influido en los resultados y que la distribución por sexos sea más pareja.

El factor más influyente para la aparición de la artrosis es la edad, aunque existen condiciones que aumentan significativamente el riesgo de acabar padeciéndola. La predisposición genética, la obesidad, un trabajo exigente en el que se realicen movimientos repetitivos, o la práctica de ciertos deportes a nivel de competición de élite pueden desgastar el cartílago y acelerar la aparición de la osteoartritis. Una vez el desgaste es significativo, los tratamientos disponibles únicamente reducen la inflamación y disminuyen el dolor, pero no pueden regenerar el tejido. Por ello, los grupos de investigación tratan de encontrar nuevos métodos con los que enfrentarse a un problema creciente en la población mundial.

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La articulación del codo es compleja y puede sufrir desgaste al realizarse movimientos repetitivos con ella.

La ciencia tras la aparición de la osteoartritis

La inflamación articular durante la osteoartritis es la principal causante de los problemas y la que provoca su progresión. Por ello, una gran cantidad de estudios se centran en cómo actúan y por qué se producen las moléculas proinflamatorias del cuerpo. Estas moléculas, llamadas citocinas proinflamatorias son la principal señal de alarma para el sistema inmunológico, y sirven para atraer a la zona al arsenal de defensa que tiene el cuerpo.

Al llegar a la articulación, los compuestos tóxicos que emiten las células inmunológicas afectan y destruyen los tejidos, incluyendo el cartílago, lo que permite la progresión de la enfermedad y provoca dolor. Por ello, el desarrollo de tratamientos que eviten la aparición de citocinas en las articulaciones podría ayudar a retrasar la edad en la que aparece la osteoartritis. Sin embargo, hay que tener en cuenta que el sistema inmunológico es extremadamente complejo, por lo que afectar a alguna de sus partes puede causar otros problemas inesperados que hay que tener muy en cuenta.

Presente y futuro de los tratamientos

Por este motivo, otras de las líneas de investigación contra la osteoartritis hablan de autotransplantes y de la regeneración del cartílago. En los autotrasplantes se toma tejido cartilaginoso de otras articulaciones del propio paciente y se transfieren a las articulaciones más afectadas. El tejido trasplantado, formado por células denominadas condrocitos, permiten retrasar el desgaste y las complicaciones derivadas. Sin embargo, hay un importante factor de edad a la hora de realizar este tipo de intervenciones, ya que en personas mayores de 55 años es más difícil encontrar tejido cartilaginoso apto para el trasplante. Además, la mejora mediante esta técnica únicamente funciona durante un tiempo limitado, pero no a medio o largo plazo.

Por ello, la regeneración del tejido articular es uno de los santos griales de la reumatología. Idealmente, conseguir regenerar el tejido de las articulaciones y aumentar el número de condrocitos hasta impedir el roce óseo solucionaría los problemas de raíz. Ahora bien, este método es complejo de poner a punto, y los efectos secundarios podrían ser peores que las mejoras del tratamiento.

Para regenerar un tejido hay que activar los mecanismos por los que las células son capaces de reproducirse, unos mecanismos que generalmente se encuentran silenciados para evitar la multiplicación incontrolada de células. Es decir, muchas de las células de nuestro cuerpo no se dividen precisamente para evitar aparición de tumores y cáncer. En este tipo de estudios es necesario controlar todas las variables para que el tratamiento sea efectivo y no lleve a males mayores.

Para tratar de obtener todo lo bueno de la regeneración de tejidos pero sin los riesgos, ciertas investigaciones en ingeniería biomédica han desarrollado materiales que facilitan una regeneración natural del tejido. En la Universidad de Connecticut, por ejemplo, han centrado su investigación en la creación de un andamio celular formado por nanofibras de ácido poli-L láctico. Se trata de un material piezoeléctrico, es decir, tiene la capacidad de producir pequeñas descargas eléctricas cuando se deforma. Según informan los autores del estudio, estas descargas, aplicadas en las articulaciones, estimulan a las células y activan los procesos de regeneración. De momento se ha probado con éxito en modelo animal, pero esperan poder comenzar los estudios en humanos pronto para asegurar que funcionaría como tratamiento.

Prevención

Aunque el futuro es prometedor, en la actualidad no existe ningún tratamiento que garantice plenamente la cura del paciente a largo plazo, por lo que de momento la mejor forma de enfrentarse a la osteoartritis es la prevención. Evitando o minimizando la exposición a los riesgos se puede retrasar su aparición y, así, evitar perder calidad de vida con la edad. De ahí la importancia de una vida activa, pero en la que se minimicen los desgastes de articulaciones concretas.

Gracias a un mayor conocimiento de los beneficios de la alimentación, y a las mejoras considerables en la sanidad y salubridad del entorno, la esperanza de vida ha aumentado en los últimos años. Pero prolongar la vida de las personas sirve de poco si no pueden disfrutar de esos años de más. Por ello, evitar conductas dañinas pueden permitir que la calidad de vida se mantenga hasta la vejez. Un estiramiento de cuando en cuando, moderar los deportes de impacto, o tratar de encontrar alternativas a los movimientos de desgaste laborales nos pueden ayudar a llegar incólumes a la tercera edad.