En ocasiones, cada cierto tiempo, la historia nos regala a un genio capaz de entender cuestiones para las cuales el mundo aún no está preparado. Personas que, con su arrojo y genialidad, lograron adelantarse a su época para revelar algunos de los secretos más profundos de la vida. Una de esas figuras fue Barbara McClintock, una científica que se atrevió a explorar y desvelar los misterios ocultos de la genética. 

La historia de Barbara McClintock comienza en la ciudad de Hartford, la capital del estado de Connecticut, en 1902. Hija de un médico, dícese que de carácter solitario e independiente, ya desde muy pequeña se mostraría como una niña muy despierta, de mente abierta y dotada de una inclinación natural por la ciencia, por lo que tras acabar la educación secundaria no dudaría en matricularse en botánica en la Escuela de Agricultura de la Universidad de Cornell, donde se licenciaría a la edad de 21 años. Fue durante esa época en la que comenzó a interesarse por la genética de la mano del genetista C. B. Hutchison, quien la impulsó en 1927 a obtener un doctorado en las especialidades de genética y botánica.

 

Durante sus estudios de posgrado, McClintock iniciaría el trabajo que ocuparía toda su carrera profesional: el análisis cromosómico del maíz. Ya muy temprano, con tan solo 28 años, describió por primera vez los entrecruzamientos que tienen lugar entre cromosomas homólogos durante la meiosis, es decir, la recombinación genética que se produce durante la reproducción celular. Sus resultados fueron recogidos en el artículo titulado A Correlation of Cytological and Genetical Crossing-over in Zea mays que ella y su colega, la genetista Harriet Creighton, publicaron en la revista PNAS en 1931, y que desde entonces pasaron a formar parte de todos los libros de texto de la época. 

Dos años más tarde, en 1933, recibiría una beca Guggenheim para estudiar en Alemania, sin embargo, este periodo de su vida académica se vería frustrado por el ascenso del nazismo, motivo por el cual regresó muy pronto a los Estados Unidos. 

Todo parecía apuntar a que a McClintock le esperaba una carrera prometedora en su propio país, sin embargo, a su retorno se encontraría con que la Universidad de Cornell no contrataba a profesoras, por lo que su investigación sería sufragada durante dos años, entre  1934 y 1936, por la Fundación Rockefeller, hasta que este último año fue contratada por la Universidad de Missouri. 

Tras 4 años en Missouri, y tras sopesar la imposibilidad de seguir creciendo profesional y académicamente, McClintock se mudaría en 1941 a Nueva York para trabajar en el Laboratorio Cold Spring Harbor, donde desarrolló el resto de su vida profesional. Aquí la investigadora continuaría con sus estudios sobre la herencia genética ligada a los cromosomas, sin embargo, muy pronto daría con el descubrimiento que cambiaría para siempre su vida, su trayectoria académica, y a la vez revolucionaría el campo de la genética como ningún otro descubrimiento lo había hecho hasta entonces. 

Genes saltarines, los secretos de la vida en una mazorca de maíz

Desde que comenzara su carrera, McClintock se había centrado en el estudio del genoma del maíz, pero lo que descubrió en esta ocasión era que algunos de los elementos genéticos que había observado con anterioridad podían cambiar de posición en los cromosomas para activar o desactivar otros genes adyacentes o relacionados. Se trataba de la primera evidencia de que los genes, los cuales hasta ese momento se consideraban estáticos, podían, sin saberse cómo, cambiar de posición.

McClintock en un nuevo artículo publicado en 1950 bajo el título The origin and behavior of mutable loci in maize, se refirió a estos -los genes saltarines- como "elementos controladores", ya que se mostraban capaces de modular -activar o desactivar- la expresión de otros genes. A su vez, sugirió que estos elementos genéticos transponibles, hoy conocidos en genética como trasposones,  eran responsables de nuevas mutaciones en la pigmentación u otras características que observó en el maíz. 

Como expresábamos unas líneas atrás, el trabajo de McClintock se adelantó a su tiempo. Se trataba de un trabajo novedoso, cuya complejidad despertó el recelo e incluso la hostilidad de sus colegas científicos contemporáneos, quienes en su mayoría lo consideraron demasiado radical o simplemente lo ignoraron. Aún así, continuó investigando, publicando y defendiendo su trabajo en ponencias y conferencias hasta que finamente, en parte debido al semblante solitario que le caracterizaba y a una metodología propia de hacer las cosas, a veces tachada de extravagante, decidió dejar de publicar sus resultados.

No obstante, algunos años más tarde, en 1957, McClintock recibió un nuevo empujón a su carrera obteniendo financiación de la National Science Foundation y de la Fundación Rockefeller para estudiar  la diversidad genética del maíz en Sudamérica.

No sería hasta algunos años más tarde, hasta que los genetistas franceses François Jacob y Jacques Monod publicaron un artículo en 1961 sobre los mecanismos genéticos reguladores de la síntesis de proteínas, que los miembros de la comunidad científica comenzaron a tomarse en serio y verificar los hallazgos de  McClintock y empezó a ser justamente reconocida por sus contribuciones de incalculable valor a la genética. 

Desde entonces, McClintock fue objeto de numerosos premios y honores, entre los que destaca el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1983. Fue, de hecho, la séptima mujer laureada con el galardón, sin embargo, la primera que lo hacía sin tener que compartirlo con ningún otro investigador, un hecho relativamente extraordinario en la historia de los Nobel.

Su vida se alargaría todavía una década más, durante la cual siguió investigando, hasta que se apagó un 2 de septiembre de 1992. Sus descubrimientos revolucionaron para siempre el campo de la ingeniería genética y han conducido a importantes avances en la biología molecular, abriendo la puerta a los científicos a comprender mejor cómo se transmiten los rasgos genéticos de una generación a otra y cómo se pueden producir mutaciones. 

Además, sus hallazgos sentaron las bases para la creación de técnicas de manipulación genética como la actual CrisPR-Cas9, la cual permite a los científicos cortar y pegar el ADN con una precisión nunca antes vista. Puede decirse, en definitiva, que el legado de Barbara McClintock ha contribuido a una mejor comprensión de la complejidad y diversidad de la vida en la Tierra.