En la boca, en la piel, en las mucosas, pero sobre todo en el colon, nos habitan 100 billones de microbios de 1.000 especies distintas. Eso implica que en nuestro organismo hay unas diez veces más células ajenas que propias. Somos una multitud.

Además, esa combinación de bacterias, al igual que le ocurre al resto de animales de la Tierra, es única para cada uno de nosotros, irrepetible, y nos identifica como si se tratase de una segunda huella dactilar. Aunque está conformada por millones de microorganismos, funciona de forma coordinada como un solo órgano, como el hígado o el corazón.

Microbiota intestinal, la clave del equilibrio

Paradójicamente, a pesar de que hemos evolucionado junto a este enjambre de microorganismos durante millones de años, solo en las últimas dos décadas hemos empezado a aprender qué funciones cruciales para la vida humana realizan, sobre todo aquellos que habitan en el colon, la llamada microbiota intestinal.

La microbiota nos ayuda a eliminar toxinas, fabricar vitaminas e incluso a entrenar nuestro sistema inmunitario.

De ella hemos descubierto que nos ayuda no solo a digerir los alimentos y extraer su energía, sino también a eliminar toxinas, fabricar vitaminas y entrenar nuestro sistema inmunitario. De hecho, las funciones que desempeña son tan cruciales que cuando esta comunidad de microbios se ve alterada comienzan nuestros problemas de salud: desequilibrios de su composición pueden dar lugar a enfermedades autoinmunes, como el asma o las alergias; ser un factor de riesgo para otras como obesidad, diabetes y cáncer, e incluso influir en la eficacia de los tratamientos farmacológicos.

Estudios recientes apuntan a que una microbiota perturbada también está implicada en condiciones neurológicas como el párkinson, la esclerosis múltiple, el autismo o la depresión. Y los científicos creen que en un futuro no tan lejano secuenciaremos el genoma de esta comunidad de microorganismos para diseñar tratamientos médicos personalizados.

Médico trabajando y examinando cultivos en placas de Petri en un laboratorio de microbiología.
Foto: Istock

Bifidobacterias, guardianas de la salud

Uno de los géneros bacterianos más importantes de la microbiota intestinal es el formado por las bifidobacterias. Estas bacterias, caracterizadas por su forma bífida que recuerda a una Y, son extremadamente beneficiosas para nuestra salud.

En 1899, un pediatra francés llamado Henry Tissier aisló por primera vez una bifidobacteria en el sistema digestivo de niños que tomaban leche materna. Acababa de descubrir una de las estrellas de la salud humana.

Las bifidobacterias influyen en el sistema inmunitario y son cruciales para la salud del aparato digestivo.

Las bifidobacterias son microorganismos que combaten, por ejemplo, la diarrea vinculada a la ingesta de antibióticos o las infecciones virales. También influyen en el sistema inmunitario, rebajan la inflamación, mejoran síntomas gastrointestinales como la hinchazón, el dolor abdominal o el tránsito lento. Y, además, producen ácidos grasos de cadena corta, cruciales para la salud del aparato digestivo.

Al nacer, el 95% de las bacterias que colonizan al bebé son, de hecho, bifidobacterias, muy abundantes también en la leche materna. Y ese número disminuye hasta el 25% en la última etapa de la vida. Las bifidobacterias se pueden tomar a través de probióticos, prebióticos y alimentos fermentados.

Así, resulta evidente afirmar que las bacterias son una parte esencial de nuestro cuerpo y que, sin ellas, sería imposible mantener el equilibrio de nuestro sistema y tener una buena salud. Por eso, la ciencia sigue investigando sus características y funciones, avanzando en el conocimiento del universo que habita dentro de nosotros.