¿Cómo la evolución esculpió nuestros expresivos rostros? El secreto está en las cejas

Un nuevo estudio analiza la importancia de las cejas en la evolución de la comunicación humana

Busto de un Homo heidelbergensis

Busto de un Homo heidelbergensis

Foto: AGEfotostock

Busto de un Homo heidelbergensis

Suele decirse que una imagen vale más que mil palabras. Y no se trata de un auténtico disparate cuando tenemos en cuenta que el ser humano es una especie esencialmente visual. Lo comprobamos cuando en numerosas ocasiones una simple mirada puede desembocar en un entendimiento mutuo entre dos personas. Existe toda clase de señales visuales, desde una notable advertencia de"no molestar", hasta una sutil sugerencia sexual o amorosa.

Mucho de lo que no se dice tiene que ver en gran parte con nuestros ojos

Mucho de lo que no se dice tiene que ver en gran parte con nuestros ojos, y es quizá, según el estudio publicado recientemente por investigadores de la Universidad de Nueva York, que posiblemente esto no hubiera sido posible si los Homo sapiens no hubieran perdido en algún momento de su evolución las cejas gruesas y huesudas de las que disponían ancestralmente en favor de los rasgos faciales más suaves que lucen nuestros rostros en la actualidad.

De este modo, según el equipo liderado por Paul O'Higgins, profesor de anatomía y autor principal del estudio, los primeros humanos presentaban protuberancias prominentes en las cejas que funcionaban como un rasgo de dominio físico, revelando una información a los demás miembros de la especie sobre la fortaleza y dominancia del individuo. Sin embargo, a medida que la cara humana evolucionó para hacerse más pequeña y plana, se convirtió en un lienzo en el que las cejas retrataban una gama mucho más rica de emociones.

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Los investigadores realizaron una comparativa mediante el escaneo de rayos X en 3D de un cráneo perteneciente a un ancestro humano llamado Homo heidelbergensis que vivió en lo que hoy es Zambia entre hace 300.000 y 125.000 años. Conocido como Kabwe 1, el cráneo mostraba gruesas cejas en la frente incluso más prominentes que las observadas en los Neandertales.

Estudio de las cejas de Homo Heidelbergensis

Usando modelos digitales, los científicos realizaron una serie de experimentos en el cráneo virtual. En primer lugar, analizaron cuánto hueso en la zona de la ceja era necesario para cubrir el espacio entre la cara y la caja craneana, descubriendo que el cráneo tiene mucho más hueso del necesario para llenar el espacio.

Según parece, cambiamos actitudes faciales de dominio o agresión por una paleta de expresión más amplia

También a través de modelos informáticos, observaron cómo el esfuerzo de masticar no se veía reducido por la modificación de las protuberancias supraorbitales hacia estructuras menos prominentes. Las diferencias fueron insignificantes. En palabras de O´Higgins: "esperamos serias consecuencias para la cara debido a estas modificaciones, sin embargo no pasó nada. Está claro que el motivo de este cambio no se vio motivado por fines mecánicos". Y es esto, precisamente lo que abre más la puerta a una explicación social de la evolución de ciertos rasgos.

"A medida que la cara se hizo más pequeña y la frente más aplanada, los músculos de la cara pudieron progresivamente moverse hacia arriba y hacia abajo, dando lugar a la expresión mucho más sutil de una gama más amplia de sentimientos", explica el investigador.

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Aunque los investigadores recalcan que las conclusiones de su estudio se basan en gran medida en la especulación, la evolución del rostro humano podría haber desembocado en la sofisticación del modo de comunicarse en la especie. "Nuestro rostro cambió desde una posición en la que queríamos competir, donde lucir un rostro más intimidante era una ventaja, a uno en el que era mejor llevarse bien con los semejantes", declara Penny Spikins, arqueóloga paleolítica de la Universidad de York y coautora del estudio publicado en Nature Ecology & Evolution, a modo de conclusión.

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