Diario de a bordo

Día 14. La cacería

63º, 46’, 52.08 S; 57º, 26’, 01.79 O

Desde la cubierta recordábamos los cálidos tonos que nos regalaba el atardecer del día anterior.

Desde la cubierta recordábamos los cálidos tonos que nos regalaba el atardecer del día anterior.

Foto: Roberto García-Roa

13 de marzo de 2022, 18:00 | Actualizado a

Hoy nos despertamos en las mismas coordenadas en las que ayer despedíamos al día con una inverosímil puesta de sol antártica. Nos encontrábamos en el llamado Canal del Príncipe Gustavo, un brazo de mar que se extiende al sureste de la península de la Trinidad y en el que fondeábamos a la altura de la isla Vega.

La zona era demasiado profunda como para tirar el ancla, lo que unido a las frías temperaturas del agua en estas latitudes —en las que nunca se apaga el motor del barco por precaución— nos ha mantenido navegando en pequeños círculos y a baja velocidad durante toda la noche.

Nos encontrábamos en el mismo lugar, y sin embargo, en el ambiente se respiraba una belleza distinta. Esta mañana las corrientes habían traído hasta la zona varias plataformas de hielo extensas y delgadas.

Se trataba de hielo joven, de 2 o 3 metros de grosor, formado probablemente durante el último invierno a causa de la congelación del propio océano. En su superficie, de un blanco impoluto que contrastaba con el tono ceniciento del agua, descansaban varias decenas de focas.

Durante la travesía observamos desde la distancia varios témpanos que servían como zonas de descanso a varios grupos de lobos marinos antárticos (Arctophoca gazella).

Durante la travesía observamos desde la distancia varios témpanos que servían como zonas de descanso a varios grupos de lobos marinos antárticos (Arctophoca gazella).

Foto: Roberto García-Roa

El mar estaba en completa calma, lo que nos proporcionaba la sensación de navegar por un inmenso espejo gris sobre el que esporádicamente se erigían algunas islas cónicas atravesadas por glaciares cual inmensos toboganes blancos. Era la zona perfecta para avistar cetáceos, los cuales no tardaron demasiado en aparecer con los primeros rayos de sol que se colaban a través de las nubes.

Así, una primera aleta dio paso a otra, y luego a otra, hasta que pasados cinco minutos se encontraban por todas partes: proa o popa, babor y estribor. No importaba el lugar hacia el que miráramos que siempre encontrábamos una cola sumergiéndose hacía las profundidades o un lomo sobresaliendo a la superficie.

No se trataba de la primera vez que asistíamos a un espectáculo similar. Estos cetáceos ya nos habían deleitado con su presencia y compañía con anterioridad. Sin embargo, en esta ocasión la coyuntura era diferente, y en el ambiente se respiraba algo que no alcanzamos a interpretar hasta descifrar que allí se estaban dando cita por igual ballenas jorobadas y orcas, ambas con diferentes intenciones.

Un miembro de la tripulación señala la localización de un grupo de orcas (Orcinus orca).

Un miembro de la tripulación señala la localización de un grupo de orcas (Orcinus orca).

Foto: Roberto García-Roa
 Arrinconamiento de una ballena jorobada (Megaptera novaeangliae) por un grupo de orcas (Orcinus orca).

Arrinconamiento de una ballena jorobada (Megaptera novaeangliae) por un grupo de orcas (Orcinus orca).

Foto: Roberto García-Roa
Grupo de orcas (Orcinus orca) explorando las inmediaciones.

Grupo de orcas (Orcinus orca) explorando las inmediaciones.

Foto: Roberto García-Roa

A babor, un pequeño grupo de las primeras permanecía estático, flotando en la superficie del agua. Poco después identificaríamos que se trataba de una estrategia de defensa en la que los adultos rodean a los ejemplares más jóvenes del grupo ante un posible ataque de las orcas que allí se congregaban.

Y es que cuando se trata de otros cetáceos, las orcas exhiben una muy particular forma de cazar. Lo hacen en grupo y encauzadas hacia el ejemplar más joven y débil, sobre el que se abalanzan por turnos hasta que este sucumbe por asfixia o agotamiento. Algunos ven en este un comportamiento cruel que les ha merecido a las orcas una injusta fama de asesinas, no obstante, como suele suceder en el reino animal, se trata de simple supervivencia, y eso es lo que habían venido a hacer aquí aquel día las orcas, regalándonos a su vez un sublime espectáculo que jamás olvidaremos.

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