San Francisco (III)

Diario de un viaje por la mítica ciudad californiana

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P1030057. Chinatown

Chinatown

En San Francisco vive la comunidad china más numerosa fuera de su país. El barrio reúne restaurantes, tiendas de comestibles, artesanía y ropa tradicional china. En la imagen, el cable car a su paso por California Street. 

J. V.

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HEMIS 0225517. North Beach

North Beach

En el norte de Chinatown se encuentra este barrio bohemio y con mucho encanto que, históricamente, fue el de los italianos. Aquí se gestó el movimiento beat, en la década de 1950. Su centro es Washington Square, en la imagen.

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HEMIS 0224785. Mission District

Mission District

Color, sabor y música caracterizan este barrio que es una auténtico rincón hispano en el corazón de San Francisco. Sus calles principales estan decoradas con vistosos murales.

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HEMIS 0226727. Haight-Asbury

Haight-Asbury

Haight Street es la arteria principal del barrio en el que tomó forma y se desarrolló el movimiento hippie. Hoy, cuarenta años después, quedan algunos recuerdos de aquella época del flower power.

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HEMIS 0224787. Misión Dolores

Misión Dolores

Se empezó a construir en 1776 y es el primer edificio oficial que hubo en la ciudad. En la visita al conjunto destaca el techo de madera policromada del interior de la iglesia, el pequeño e histórica cementerio y la basílica construida en 1918. 

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HEMIS 0320926. Castro

Castro

La plaza de Harvey Milk es el centro de este barrio que alberga la mayor comunidad homosexual del mundo. La llegada a Castro es evidente gracias a las numerosas banderas arco iris que decoran sus calles.

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Diario de un viaje por la mítica ciudad californiana

Tercera jornada, hoy Júlia Villalobos recorre los barrios más étnicos y multicuturales de la ciudad, de Chinatown a Haight-Asbury.

Hoy es mi último día en San Francisco, una ciudad que me ha robado el corazón y a la que seguro que volveré. Me espera una maratón de paseo si quiero conocer algunos de los barrios más famosos de la ciudad y que además representan su perfil más cosmopolita, abierto y tolerante y encarnan el San Francisco étnico y multicultural. Madrugo para ver cómo despierta Chinatown, que no dista más que un par de calles al Norte de Union Square, donde estoy alojada. Es una pequeña ciudad dentro de san Francisco y alberga a la comunidad china más numerosa del mundo fuera de su país. Entro por la Dragon Gate y enfilo Grant Avenue, decorada con farolillos rojos y flanqueada a ambos lados por todo tipo de comercios, antigüedades, ropa, alimentos... el paseo me descubre pequeñas y exóticas tiendas con los más curiosos ingredientes. Entre edificios con techos en forma de pagoda, rótulos con caracteres chinos y el olor a pato laqueado que están asando en muchos de los aparadores de los restaurantes, sigo por la calle Stockton dirección a North Beach, el que fuera el barrio de los italianos. Éstos se instalaron en esta zona de San Francisco durante la fiebre del oro de California. Su centro neurálgico es Washington Square. Me acerco a la librería City Lights Book Store, fundada en 1953 por el poeta Lawrence Ferlinguetti, y al café Vesubio. Me apetecía mucho visitar estos lugares míticos de la generación beat y rememorar la época y los lugares donde escritores como Allen Ginsberg, William Burroughs y Jack Kerouak, cambiaron la forma de ver las cosas allà por los años 1950. Es tarde y todavía queda mucho por ver, pero antes de abandonar North Beach, me deleito con un cremoso capuccino en el Trieste, otro local con solera.

Tengo que regresar a Union Square para tomar el autobús número 2 hasta Japantown. Como si de un juego de matrioskas rusas se tratara, de nuevo me encuentro con un pedazo de mundo, esta vez de Japón, en el corazón de esta sorprendente ciudad californiana. Me dan la bienvenida unos cerezos en flor y un gran estanque flanqueado por dos galerías comerciales, el Japan Center, en cuyo interior hallo restaurantes y tiendas del más fiel estilo nipón. Por encima de todo el conjunto, la pagoda de cinco pisos, un regalo de la ciudad de Osaka a esta comunidad en 1968.

Camino hasta la calle Fillmore para tomar el 22 hasta el otro gran barrio étnico, el de los hispanos. Llego a Mission en veinte minutos, pero el cambio es radical. Del sushi a la fajita y el taco. Diría que aquí todo es distinto, incluso la luz. Me dirijo a conocer la misión de San Francisco de Asís, a la que la cultura popular llama misión Dolores. Fue el primer edificio oficial que se construyó en la ciudad y data de 1776. La iglesia original se conserva a pesar de los numerosos terremotos que ha sufrido a lo largo de sus más de dos siglos de existencia. Visito el museo que explica la llegada del fray mallorquín Junípero Serra a la costa oeste americana, la basílica y el cementerio. A la salida paseo por la 16th Street hasta un local llamado Pancho Villa, donde preparan, según me han comentado, unos burritos deliciosos y de dimensiones descomunales.

Paseando por Mission voy acercándome a Castro hasta llegar a la plaza Harvey Milk, que me recibe con una enorme bandera arco iris, símbolo de la comunidad gay. Este agradable barrio residencial, rodeado de colinas, con bares «chic» y barberías antiguas, es único en el mundo. Tomo una fotografía de uno de los murales que reivindican los derechos de la comunidad homosexual y me acerco al Castro Theatre que construido en 1922, conserva una bonita decoración art decó y es la sede del Festival de Cine Gay y Lesbiano.

El autobús 24 me lleva hasta mi próxima y última parada, Haight-Asbury. Me apeo en Haight Street para recorrer a pie la arteria principal del que fue la cuna del movimiento hippie. Aunque ya han transcurrido más de cuarenta años desde el flower power, el barrio se resiste a cambiar y conserva algunos de sus iconos, tiendas de ropa de segunda mano, posters psicodélicos y discos de vinilo y bares de música en directo.

Llevo un buen rato intentando decidir cómo me voy a despedir de esta ciudad cautivadora y tan diversa. Regreso a Union Square y busco un restaurante agradable donde, tras tanta multiculturalidad, pueda degustar una comida típica americana. Así pues, me decido por un jugoso filete con patatas al horno, en el histórico y literario John Grill. Rodeada del exquisito ambiente de este local de 1908, formulo un deseo: volver pronto a San Francisco.