Volga, travesía de Moscú a San Petersburgo

El Kremlin Moscovita

El Kremlin Moscovita

 Símbolo del poder desde su fundación en 1156, esta fortaleza reúne un conjunto de iglesias y varios palacios. Uno de sus flancos da al río Moscova.

Te invitamos a recorrer parte de Rusia a través de este crucero por el mítico río

Moscú es una ciudad circular en continuo crecimiento. El Kremlin, la catedral de San Basilio y la Plaza Roja son el epicentro de este gigante urbano lleno de sorpresas, pero es imposible visitar la ciudad sin prestar atención a alguno de sus impagables museos –la Galería Tretiakov, el Pushkin de Bellas Artes y el Mayakovski son solo los tres primeros– o a cualquiera de sus teatros, desde el Bolshoi a la Taganka. Vanguardia y clasicismo de todas las épocas han sedimentado una arquitectura tan variada que nadie debería dejar de asombrarse con los rascacielos de Stalin, el mirador de la Universidad Lomonósov o las iglesias y palacios que habitaron Pushkin, Tolstoi, Scriabin o Isadora Duncan.

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El primer descubrimiento de quien se embarca para siete jornadas por el Volga hasta San Petersbugo es la deliciosa estación fluvial, el Rechnoi voksal, emblema del proyecto estalinista para centralizar las comunicaciones de la Unión Soviética. Del eslogan «Moscú, puerto de cinco mares» queda hoy la humilde silueta del palacete con sus singulares mosaicos de los años 1930 –perfecto complemento a los del metro–y contiguo al parque en el que una estatua de Miguel de Cervantes contempla los atardeceres sobre el río.

Al zarpar, la última visión de la capital rusa anticipa los contrastes que ofrecerá la travesía. Modernas urbanizaciones se oponen a las viejas zonas industriales, mientras en las playas se reúnen familias enteras y, en los recodos verdes, atracan pescadores y lanchas lujosas. El atardecer entre los frondosos cañaverales atrapa la imaginación y sugiere cómo era la antigua vida en la estepa. Enseguida se llega a la primera de las esclusas que salvan los muchos desniveles entre el río Moscova y el mar Báltico. Este sistema es obra del español Agustín de Betancourt (1758-1825) que, inspirándose en Leonardo da Vinci, se puso al servicio del zar Alejandro I.

Los cruceros por el Volga surcan un país esencialmente agrario, jalonado por cúpulas de oro y extensos cultivos de cereales: un anillo invisibleseñala el corazón de Rusia. Es el denominado Anillo de Oro, un conjunto de bellísimas ciudades fundadas alrededor del siglo XI, como la recoleta Vladímir. Su catedral de la Asunción (1160) simboliza la unión de religión, arte y poder pues, bajo estucos de oro, azulejos y piedras preciosas, fueron coronados príncipes y reyes. El callejeo por Vladímir es también la ocasión de probar un shashlik, una brocheta de cordero o ternera.

El sueño de Rafael Alberti

Cuando Rafael Alberti decía que «bajaba por el Volga soñando» (Obras Completas. Seix Barral,2004), quizá pensaba en las diminutas y desiertas islas o en los troncos varados en las riberas. Los oleajes aparecen ya antes de salir a lago abierto rumbo a Súzdal, una de las ciudades más hermosas de Rusia por sus edificios del siglo XI.

En el Museo de la Arquitectura en Madera y de la Vida Rural de Súzdal se puede imaginar con gran precisión cómo vivieron los personajes de Dostoievski y de Gógol en Crimen y castigo o en Las almas muertas. Aquí, como en Yaroslavl o en Úglich, con su palacio del zarévich Dimitri y el monasterio de San Alexei, el Anillo de Oro luce todo el esplendor imperial sin negar el presente. Rural y tranquila pero llena de curiosidades, la vida discurre serena.

Coincidiendo generalmente con la cuarta jornada de travesía, una sensación nueva marca el viaje: desaparecen las orillas y la vista se pierde en las plateadas aguas del Ónega. Navegar por un lago de estas dimensiones cambia totalmente la percepción del espacio y la isla de Kizhí se perfila como vía de acceso a un mundo diferente. Carelia es la frontera natural con el Norte escandinavo, un territorio de fauna y flora desbocadas. Y la huella del hombre tiene un significado especial, heredero de la tradición ortodoxa, del espíritu aventurero y de las ancestrales costumbres eslavas. Aquí la madera, el agua y el sol nos hablan de cazadores y pieles, caballos salvajes y piedras preciosas, ricos ganaderos y la mejor mantequilla del mundo.

El lago Ladoga

De nuevo a bordo, es la ocasión de saborear la gastronomía rusa y probar el borsch (sopa de remolacha con la típica nata agria, llamada smetana) y la kulebiaka (pastel de hojaldre salado), así como el salmón, el esturión y una repostería que no ahorra en sabor ni en calorías.

Valaam es la más grande de las islas del archipiélago homónimo y su monasterio atrajo a artistas del XIX, como el músico Chaikovski y el paisajista Shishkin. En esta nueva Jerusalén –por la veneración que le profesan los cientos de peregrinos que la visitan–, disputada a suecos y después a finlandeses, se refugiaron sabios y emperadores en busca de una paz que el lago Ladoga vio a menudo destruida. Sobre todo en la Segunda Guerra Mundial, estos terrenos fueron escenario de dramáticos episodios por su proximidad a la entonces llamada Leningrado.

Valaam es la más grande de las islas del archipiélago homónimo y su monasterio atrajo a artistas del XIX

Una última noche de navegación fluvial permite llegar con la mirada nueva a la Venecia del norte, el sueño de Pedro el Grande, el zar que fundó San Petersburgo hace tres siglos. Sea por su distribución sobre las islas del golfo de Finlandia donde desemboca el río Neva, sea por el dinamismo de sus habitantes y su agitada vida cultural, el caso es que la ciudad parece no apagarse nunca. La aguja dorada del Almirantazgo, el Instituto Smolny desde el que Lenin inició la revolución, la fortaleza de Pedro y Pablo, las columnas rostrales, la iglesia de la Resurrección también conocida del Salvador sobre la Sangre Derramada, o el propio Palacio de Invierno son algunos de los símbolos que convierten a la ciudad en un destino ineludible.

Entre las ventajas de llegar en crucero a San Petersburgo figura la proximidad a los muelles de la antigua Fábrica Imperial de Porcelana, una industria que en época soviética siguió fabricando con diseños vintage y que hoy se cuenta entre las más importantes del mundo. En su tienda se encuentran vajillas completas y piezas verdaderamente singulares.

Podría parecer que, tras más de mil kilómetros de navegación, no quedan ganas para subirse a otro barco, pero basta pasear por la perspectiva Nevski y asomarse a cualquier esquina de la calle Sadóvaya o el río Fontanka para comprobar que no es así. Nada mejor entonces que una lancha para surcar, al caer la tarde, sus canales y dejarse llevar hasta el barrio de Nueva Holanda, con sus inquietantes muros derruidos, para terminar regresando al delta del Nevay contemplar– cuanto más cerca del solsticio de verano, mejor– la ordenada belleza de fachadas y puentes, fuentes y cúpulas, con la suave luz de las noches blancas.

A TENER EN CUENTA

Documentación: pasaporte y un visado que se tramita en la embajada.

Idioma: ruso.

Moneda: rublo.

Diferencia horaria: 3 horas más que en España.

Cómo llegar: Hay vuelos directos a Moscú desde Barcelona y Madrid. La capital rusa tiene dos aeropuertos internacionales, situados a 30km del centro y conectados por autobús y tren. Los aeropuertos de San Petersburgo también tienen servicio de autobús hasta el centro. En ambas ciudades las estaciones fluviales se hallan junto a una estación de metro.

Cómo desplazarse: Tanto Moscú como San Petersburgo cuentan con una amplia red de transporte, que incluye metro, autobús, tranvía y mashurutka ominibuses. Las estaciones de metro moscovitas son auténticos museos. La tarjeta Smart Card de Moscú permite un número de viajes ilimitados en un periodo de tiempo.

La travesía de Moscú a San Petersburgo dura una semana, incluye el alojamiento, la pensión completa y excursiones guiadas a los pueblos. En los templos hay que cubrirse los brazos, las piernas y las mujeres también la cabeza.

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