Vilnius, Riga y Tallin

Un viaje a la Edad Media a través de sus castillos y calles empedradas

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Tallin

Desde el mirador de Patkuli se divisa todo el casco medieval, rodeado por una muralla de 2 km que conserva 23 de las 46 torres originales.

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Vilnius

La mayor universidad de Lituania ocupa diversos edificios del casco antiguo.

FRANZ-MARC FREI / CORBIS

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AWL LT01070. Iglesia de Santa Ana

Iglesia de Santa Ana

Las tropas napoleónicas la ocuparon en 1812 durante su estancia en Vilnius. Por fortuna, la fachada gótica de ladrillo no resultó dañada.

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Trakai, la fortaleza del lago

Las torres rojas del castillo de Trakai (siglo XIV) emergen sobre una isla del lago Galvé, a 28 km de Vilnius, la capital lituana. Se accede en barca de remos o por un puente.

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Castillo de turaida

Ejemplo de fortaleza medieval, fue erigido por la Hermandad de la Espada en el valle del Gauja (Letonia).

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Riga

La capital de Letonia, a orillas del Daugava, es un mosaico de estilos arquitectónicos, desde el gótico y el barroco hasta el modernismo.

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Tallin

Cafés y talleres flanquean el pasaje de Santa Caterina, uno de los rincones más íntimos del casco viejo de la capital estonia.

JOSE FUSTE RAGA

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Toompea

La catedral ortodoxa de Alexander Nevsky y el Castillo son los atractivos de la colina que se eleva sobre la Ciudad Vieja de Tallin.

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VNG 169 CAPITALES BÁLTICAS remaq-3. Qué no perderse

Qué no perderse

1 Vilnius. La Universidad, la iglesia de Santa Ana y los museos de historia y arte.  
2 Trakai. El pueblo por sus casas de madera y castillo del lago Galvé.
3 Riga. La Casa de los Cabezas Negras, los edificios modernistas y varios museos.
4 P. N. del Gauja. La visita del castillo de Turaida se suele combinar con un paseo en canoa por el río Gauja.
5 Tallin. Su muralla de 2 km y 23 torres, el pasaje de Santa Caterina y el Ayuntamiento.En la colina de Toompea se encuentran el castillo y las dos catedrales de la ciudad.

Mapa: BLAUSET

Un viaje a la Edad Media a través de sus castillos y calles empedradas

Cuando yo era niño, en tiempos de la guerra fría, Lituania, Letonia y Estonia eran recordadas con melancolía: representaban una dimensión perdida y absorbida por la Unión Soviética, que las convirtió en parte sustancial de su fachada báltica. Llegaron a ser completamente olvidadas, hasta 1991, cuando recobraron la independencia tras la Revolución Cantada.

Destinos recuperados

Viajar a las repúblicas bálticas es una experiencia singular si uno creció pensando que iban a ser siempre territorios prohibidos, lejanos y fríos. Para comprobarlo me bastó con acercarme en primavera a Vilnius, la capital de Lituania, y verme recorriendo el casco medieval más grande de Europa hasta acabar oyendo el eco de mis pasos de madrugada. Una amiga judía me había dicho que Vilnius constituyó uno de los faros fundamentales de la cultura hebrea hasta que llegaron los nazis en junio de 1941 y crearon dos guetos. En septiembre de aquel año comenzaron los primeros asesinatos junto al lugar donde se encuentra la iglesia de San Francisco y San Bernardino. Me acordé de ello al visitar el recinto más antiguo y venerado de la ciudad, conformado por la iglesia ya mentada y la iglesia de Santa Ana, joya de la arquitectura lituana donde el gótico se pliega con amor al ladrillo rojo. También me gustó la catedral, blanca y neoclásica, y el mucho barroco que se detecta en sus calles y en la universidad, cuya biblioteca fue fundada en 1570 por jesuitas españoles. Trakai, en el corazón de una región que alberga centenares de lagos, es el complemento perfecto al paseo por la capital lituana. Es imposible no quedar hipnotizado por el reflejo de su castillo rojo en el agua, emergiendo sobre una isla. El paisaje me recordó entonces más a Rusia que a Centroeuropa, y estuve disfrutándolo hasta que llegó la noche.

El antiguo mercado medieval fue erigido a principios del siglo XV por los Cabezas Negras, una hermandad de comerciantes que hacían voto de soltería

Un autobús de la Lux Express, la compañía que recorre la región báltica de punta a punta, me dejó en la capital letona en menos de cinco horas. Riga me pareció una de las ciudades más hermosas de Europa. Los guías turísticos proclaman que se parece a París, y no les falta razón porque hay algo en sus calles y sus plazas, que recuerda la atmósfera a la vez fría y alegre, húmeda y chispeante de la capital francesa. Llevaba un cuarto de hora en Riga cuando me vi ante la Casa de los Cabezas Negras, en la plaza del Ayuntamiento, antiguo mercado medieval y corazón del casco viejo. Este edificio fue erigido a principios del siglo XV por los Cabezas Negras, una hermandad de comerciantes que hacían voto de soltería. La mezcla del rojo y gris de su fachada escalonada, en la que se funden y confunden el gótico civil y el espíritu del Renacimiento, lo han convertido en un icono de la ciudad. Detrás se eleva la iglesia de San Pedro, del siglo XIII aunque reconstruida en varias ocasiones.

San Pedro es casi tan antigua como la Catedral luterana, que unas calles más allá apunta al cielo con su poderosa aguja desde hace 800 años. Sin alejarme de la plaza del Ayuntamiento, el Museo de la Ocupación me mostró los desastres que causaron nazis y soviéticos. Y más tarde, en el barrio del Centro, anduve buscando los edificios modernistas que la Unesco declaró bien internacional, antes de irme a cenar al Folkklubs Ala –taberna con música en vivo en pleno centro medieval– para probar los ahumados bálticos, la carne con cebolla y guisantes, y la cerveza letona. El mejor contrapunto a esta inmersión en la vida de la capital lo puso el cercano Parque Nacional de Gauja. Es un refugio de naturaleza y también de historia, pues aquí sobreviven las ruinas del castillo de Sigulda y, unos kilómetros al norte, el castillo de Turaida (ambos del siglo XIII), que impone su silueta roja en medio del verdor de esta región considerada la Suiza letona.

La magia de Tallin

Me dirigí finalmente a Tallin, a 300 kilómetros de Riga, que además de ser la capital de Estonia es la ciudad más almibarada de los estados bálticos. Nada más llegar a la Puerta de Viru, flanqueada por dos torres del siglo XIV, me creí sumergido en una novela artúrica. El casco viejo, configurado por dédalos zigzagueantes en torno a la plaza del Ayuntamiento, me envolvió por completo y solo volví a la realidad cuando estuvo a punto de atropellarme una furgoneta. Me detuve ante el Ayuntamiento, deudor del gótico tardío, visité el viejo monasterio dominico –reconstruido en 1954, guarda un delicioso jardín– y crucé el pasaje de Santa Catalina (Katariina), esa trenza de piedra repleta de talleres de artesanos del vidrio, ceramistas, joyeros y encuadernadores. Recorrí el barrio tres veces antes de subir a la colina de Toompea y ver el castillo que erigieron los daneses hace ocho siglos, de fachada clásica y entrañas medievales. Delante mismo, la catedral de Alexander Nevsky exhibía sus cúpulas negras coronadas por cruces doradas, tal y como la encargó el zar Alejandro III en 1894.

Observando los tejados rojos y las murallas de Tallin desde el mirador de Patkuli dije adiós al sueño báltico. Allí comprendí por qué el novelista alemán Thomas Mann –la playa de Nida, en la costa lituana, fue su refugio estival hasta que Hitler alcanzó el poder en 1933– había dicho que el Báltico era el mejor lugar para la ensoñación, hermana siamesa de la creación, así como para meditar en nuestro pasado. Para mí fue como regresar al ayer (los años de la guerra fría) y a través de él llegar al presente, a mi propio presente y al de los países bálticos, finalmente accesibles, finalmente cercanos.

MÁS INFORMACIÓN

Documento: el pasaporte para los 3 países.
Idiomas: estonio, lituano y letón.
Moneda: euro en Estonia y Letonia; litas en Lituania.
Horario: 1 hora más.

Cómo llegar: De las tres capitales, solo Riga tiene vuelos directos con España, aunque no de forma regular. Lo habitual es hacer una escala breve en alguna ciudad europea. Los cruceros por el mar Báltico hacen parada en Riga y Tallin.

Cómo moverse: Las tres ciudades están conectadas por avión, autobús y tren. Todas disponen de una tarjeta turística para desplazarse en transporte público, acceder a museos y tener descuentos en tiendas y restaurantes.

Turismo de Lituania.
Turismo de Letonia.
Turismo de Estonia.