La vida de Leonardo Da Vinci a través de sus viajes

José Alejandro Adamuz

2 de mayo de 2017

Seguimos los viajes que el genio de Vinci hizo durante su apasionante vida por Italia y el valle del Loira.

Hay hombres y mujeres cuyo destino es convertirse en mito. Ese es el caso de Leonardo da Vinci, uno de los máximos protagonistas del Renacimiento, el movimiento que reactivó el conocimiento y el progreso en Occidente superando los años oscuros de la Edad Media. Como buen representante del ideal de la época, Leonardo no dejó de estudiar, investigar y de viajar por Italia, que en aquellos años, más que un país, era la suma de una serie de estados.

El primer viaje de un genio

Cuando el joven Leonardo finaliza su dibujo a pluma Paisaje del valle del Arno, lo fecha mediante escritura especular, una de sus muchas habilidades, "El día de Nuestra Señora de las Nieves, 5 de agosto de 1473". En el dorso anota que está satisfecho del resultado.

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No es para menos, la perspectiva aérea está muy lograda y en el dibujo se contempla un bello paisaje del corazón de la Toscana con el poblado fortificado de Montevettolini, una de las muchas villas y palacios que la familia Medici poseyó en la región y que fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad, la colina de Monsummano Alto y la llanura con el río. El joven conoce bien esos paisajes porque desde los quince años su vida transcurre entre Vinci, su ciudad natal, y Florencia, donde asiste al taller del maestro Andrea de Verrocchio como aprendiz. En el momento de finalizarlo, no lo puede imaginar; pero este dibujo pasará a la historia como el primero conservado de Leonardo, el hombre que representará el máximo ideal del Renacimiento, el homo universalis: artista, escritor, escultor, poeta, músico, anatomista, arquitecto, pintor, anatomista, paleontólogo, botánico… Pocas artes y pocos saberes se le resistieron.

Sus viajes por Italia

En 1482, Lorenzo de Médici decide enviar a Leonardo, por entonces en su madurez creativa, a Milán como emisario florentino. En la carta que escribe de presentación, y que se conserva en el Códice Atlántico, describe las diferentes habilidades de su enviado; la principal, destaca, es la ingeniería. Así pasó a formar parte de los ingenieros ducales de los Sforza; algo que no perjudicó en absoluto para que el genio pintara La última cena, una de las obras más representativas del Renacimiento y que se puede ver en la iglesia y convento de Santa Maria delle Grazie, que es Patrimonio de la Humanidad.

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Que quienes hoy viajen a Milán puedan ver la genial obra de Leonardo parece un milagro, puesto que Luis XII, una vez que conquistó el Ducado de Milán, consideró la posibilidad de cortar el muro donde se encontraba La última cena para llevársela a su corte de Francia; también lo pensó Napoleón Bonaparte siglos más tarde. Y aún más tarde, el muro donde se encuentra la pintura de Leonardo fue uno de los pocos que se salvó de los bombardeos de los aliados durante la II Guerra Mundial.

Durante los siguientes años, Leonardo no deja de viajar por Italia. Estuvo en Venecia, donde trabajó en un sistema de defensa contra las posibles invasiones de los turcos. En 1501 volvió a Florencia. Allí, tal como lo describió Giorgio Vasari, se convirtió en ídolo de masas. Cuenta el primer biógrafo de artistas italianos que “hombres y mujeres, jóvenes y viejos acudían a observarla como si estuvieran participando en un gran festival”. Aún hoy el público sigue acudiendo en masa para contemplar la belleza de La Virgen y el Niño con Santa Ana y San Juan Bautista, aunque ya no al convento de la Santissima Annunziata donde realizó el cartón que debía servirle como boceto para la pintura final. Ésta no acabó por realizarse nunca, y hoy el famoso boceto se puede visitar en la National Gallery de Londres.

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Antes de su viaje a Roma, le dio tiempo de pintar La Gioconda, uno de los retratos que más literatura ha generado de la Historia del Arte. Y pareciera que la vida sonreía a Leonardo, pero no. En el Vaticano, Rafael y Miguel Ángel, tenían trabajo sin parar; no así Leonardo que no dejaba de sumar desengaños y decepciones. ¿Qué ocurrió? “Los Médici me han creado, los Médici me han destruido”, dejó escrito el genio, antes de viajar a Francia. No volvería más a Italia.

El último viaje a Francia

Es el año 1516 y Leonardo se siente enfermo cuando viaja Amboise junto a su nuevo mecenas, el rey de Francia Francisco I, que lo aloja en el Castillo de Clos-Lucé. Hay un posible autorretrato suyo, Anciano pensativo, que aunque datado en 1513, bien nos podría valer para acercarnos a estos últimos años de su vida. En el dibujo, se encuentra sentado en el canto de una roca, apoyado en un bastón, se le ve pensativo, paciente, tal vez algo melancólico; es posible que en ese momento estuviera reflexionando acerca del paso del tiempo, en esa cita suya tan famosa, en la que dice que “no he perdido ante la dificultad de los retos, sino contra el tiempo”.

Pero cuando el viajero llega hasta la capilla de Saint-Hubert, en el Castillo de Amboise, uno de los castillos del valle del Loira que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad, y contempla la tumba de este gran genio, piensa que Leonardo se equivocó, que no perdió su batalla contra el tiempo, puesto que hoy aún se le recuerda.