Viaje a Suiza: del lago Lemán a los Alpes

Este itinerario se inicia en el cálido Lemán y nos lleva hasta las cumbres nevadas de Gstaad y las villas alpinas de la región

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CC-ok. Castillo de Chillon

Castillo de Chillon

Con los Alpes nevados como telón de fondo, parece flotar sobre las aguas. Desde Montreux se llega por un paseo ajardinado que discurre junto al lago Lemán. 

Foto: DŽenad DŽino

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Ginebra

El Jet d’Eau se ha convertido en el emblema del paseo junto al lago. De noche, se ilumina de colores.

Foto: Richard Cavalleri / Age Fotostock

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Lavaux

Esta región vitícola se extiende a lo largo de 30 km, entre Lausana y Montreux. Los primeros viñedos se plantaron en el siglo XI.

Foto: Robert Pfiffner / Age Fotostock

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Lausana (Lausanne en francés)

El interior de la catedral gótica de Notre Dame (siglo XIII) sobrecoge por su grandiosidad.  Se trata de uno de los lugares más famosos y visitados de esta ciudad suiza.

Foto: Maisant Ludovic / Age Fotostock

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Alpes de Chablais

Este macizo se eleva al sur del lago Lemán y atrae las miradas desde la ciudad de Montreux.

Foto: Michael Wild / Age Fotostock

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Montreux, meca musical

En la década de los setenta la ciudad sirvió como inspiración a muchos grupos de música y actualmente se celebra cada año el reconocido Festival de Jazz de Montreux, en julio. En la imagen, la estatua de Freddie Mercury, líder de la banda de pop-rock Queen. 

Foto: Age Fotostock

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Glacier-3000. Glacier 3000

Glacier 3000

En lo más alto de la estación, el edificio del arquitecto Mario Botta regala panorámicas únicas de Les Diablerets y los Alpes. 

Foto: Turismo de Suiza

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Gruyères

Este pueblo, que se halla en una región de ricos pastos a medio camino del lago Lemán y los Alpes, ha dado nombre a uno de los emblemas gastronómicos de Suiza: el queso gruyer.

Foto: Sebastian Wasek / Age Fotostock

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Saanen

Forma parte del grupo de nueve villas alpinas de la región de Gstaad. Es una de las que mejor conserva su aspecto tradicional.

Foto: Giovanni Simeone / Fototeca 9x12

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Captura de pantalla 2016-12-29 a la(s) 16.39.41. Mapa del territorio suizo alrededor del lago Lemán

Mapa del territorio suizo alrededor del lago Lemán

En la parte más oeste del país, donde Suiza tiene frontera con Francia, se halla el lago Lemán, una región privilegiada a los pies de las imponentes cumbres de los Alpes.

Este itinerario se inicia en el cálido Lemán y nos lleva hasta las cumbres nevadas de Gstaad y las villas alpinas de la región

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De Ginebra a Saint Moritz

De Ginebra a Saint Moritz

Todos los lagos esconden historias y misterios más antiguos que las localidades asentadas a sus orillas. Al Lemán también le ocurre con sus mareas, el viento ginebrino (bise) y el castillo de Chillon. Pero las leyendas no son lo único que engrandece el nombre de este lago con un pie en Francia y otro en Suiza, también contribuyen a su fama las ciudades que bordean su orilla norte: Ginebra, Lausana y Montreux. La primera de ellas, por ejemplo, colocó su fuente más célebre en el propio lago. El Jet d’Eau lanza las aguas al cielo (a 140 metros de altura) antes de que sigan fluyendo por el Ródano. Lleva haciéndolo más de un siglo, salvo que el viento, ese conocido bise ginebrino, llegue tempestuoso.

No es ningún secreto que los vecinos de Ginebra se reflejan en la naturaleza que los rodea ni que esta antigua ciudad muestra sus distintas caras según corresponda la estación del año, igual que su reloj floral marca las horas con pétalos de temporada. "Sombría y austera" la calificaba Pío Baroja, que quizá se perdió su esmalte alegre y primaveral.

Lujosa y glamurosa la califican las revistas de moda, que omiten el calado severo, calvinista, de una ciudad donde hace pocos siglos quemaban a la gente por vestir ropas coloridas. El clima, la religión y el dinero han domado a los ginebrinos, que encuentran en las compras una válvula de escape tan seductora como pasear frente al Jet d’Eau. Chocolates, vinos, relojes, ferias y festivales de música, cine y arte salpican las calles y tiendas de las rues basses, con la Croix d’Or como principal eje comercial.

A pocos pasos, la Vieille Ville ha detenido el tiempo con precisión suiza en torno a su catedral. Allí, entre edificios sobrios y sólidos, habitan el silencio y los anticuarios que velan por el pasado. Ambos se encargan de mantener vigente un barrio antiguo y diametralmente opuesto al proyectado alrededor del Palacio de las Naciones, la ciudad internacional. En ella, bellos museos, sedes de organismos mundiales, palacios neoclásicos y jardines botánicos disfrutan de hectáreas engalanadas con verdor y buenas vistas del lago y las montañas que lo abrazan. Recorrer la carretera que bordea el Lemán por el norte o surcar sus aguas a bordo de las mouettes –barcos-taxi que enlazan las riberas del lago todo el año– permite zambullirse de lleno en el paisaje de esta Suiza cálida.

Más allá de Nyon y las terrazas de viñedos que descienden hasta casi tocar el agua, surge Lausana. Capital de la región de Vaud, presume de singulares vistas de los Alpes y del único metro del país, que sirve para salvar los desniveles entre el paseo lacustre y las callejuelas medievales de la Ciudad Alta. Esos contrastes entre el legado romano y medieval frente a los barrios rabiosamente modernos es uno de los grandes atractivos del paseo sin rumbo por esta ciudad.

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Masones, los constructores de catedrales

Masones, los constructores de catedrales

La catedral gótica domina la Cité. Sus constructores desplegaron tanto esmero en los acabados del pórtico, en las sillerías interiores y en el rosetón del crucero, que cuando el templo acogió el culto protestante, en 1538, los austeros reformistas no se atrevieron a tocar nada en ella. Hoy es una de las joyas arquitectónicas de Europa. Desde el año 1405, a una de sus torres sube cada noche un sereno que, además de cerciorarse de que no hay fuego en la ciudad, se encarga de dar las horas entre las 10 y las 2 de la madrugada.

Otra tradición que apenas ha cambiado en los últimos siglos es la llegada a primera hora de la mañana de hortelanos y granjeros cargados de verduras y quesos para vender en el mercado semanal. Estas sabrosas costumbres conviven con las exquisiteces estéticas y artísticas que exponen los museos Art Brut o Hermitage y las tentadoras chocolaterías de la Rue de Bourg.

Lausana no es la única ciudad del lago que encandiló a visitantes célebres, desde Coco Chanel, que descansa en su cementerio, hasta Lord Byron, que encontró en el puerto de Ouchy un lugar donde escribir. No muy lejos, Charles Chaplin se encaprichó de Vevey; la localidad lo recuerda ahora con un museo recientemente inaugurado en la finca familiar Manoir de Ban y con una escultura en la que el genial cineasta contempla el lago y las montañas. Vevey, de hecho, abre la puerta a las excursiones por los Prealpes desde el mirador de Les Pléiades (1.360 m), accesible por carretera en transporte público.

Al alba, el paseo ribereño por la ruta vitícola de Lavaux suele verse envuelto en bruma otoñal hasta alcanzar Montreux. Esta ciudad musical, famosa por su festival de jazz de verano y su mercadillo de Navidad, es la capital de la Riviera del Vaud. El paseo ajardinado a orillas del Lemán que comunica Vevey y Montreux continúa hasta el castillo de Chillon.

Erigido sobre un islote rocoso en el siglo XII, parece flotar en las quietas aguas a pesar de su aspecto compacto y pesado, y de sus tremendas historias. El joven ginebrino François Bonivard permaneció de 1530 a 1536 atado a un pilar de sus mazmorras por oponerse al poder del duque de Saboya. Ya libre, Calvino lo acogió en Ginebra y le solicitó la historia del cautiverio por escrito. El manuscrito permaneció en un cajón hasta que, 300 años después, Lord Byron escribió el poema El prisionero de Chillon (1816), consiguiendo que las crónicas de François Bonivard salieran por fin a la luz.

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Ruta alpina hasta la medieval Lucerna

Ruta alpina hasta la medieval Lucerna

El castillo, hoy museo, se ha quedado con toda la fama, y no le faltan motivos: la estampa de la fortaleza y los Alpes nevados a la espalda del lago resulta difícil de superar. Sin embargo, lo que ha convertido Montreux y sus alrededores en la imagen elegante de la Riviera de Vaud son las mansiones belle époque, como el hotel Fairmont Le Montreux Palace, de 1906.

A ritmo de jazz, tan apreciado en la ciudad, traquetea sobre su férreo pentagrama el histórico tren cremallera que asciende durante una hora hasta el mirador construido en la cima de Rochers de Naye. Desde sus más de 2.000 metros, las vistas del lago hacia Lausana y el Jura, y hacia los Alpes de Saboya y de Vaud son fascinantes. Quienes se animen a emprender esta excursión desde Montreux hallarán numerosas atracciones: marmotas en verano, un jardín alpino, cuevas, remontes de esquí y hasta unas yurtas mongolas para pernoctar en plena montaña.

Basta alejarse unos kilómetros del lago Lemán para ver cuánto cambia el pulso paisajístico suizo. En Astérix en Helvecia, el bigotudo galo le dice al soldado romano que vigila la frontera: "Venimos a buscar aire puro y bellos panoramas". El pequeño héroe de Uderzo y Goscinny contestó lo mismo que hoy diría cualquier viajero de carne y hueso. Los paisajes bellos y puros están por todas partes en cuanto nos adentramos en el cantón de Friburgo rumbo a Gruyères. La silueta de este histórico enclave sobresaliendo entre bandas boscosas se disfruta ya desde lo lejos.

Esos campos verdes, moquetas de bienestar para ovejas y vacas lecheras, sirven de antesala a las cotas más altas que asoman por detrás. Las crestas nevadas anuncian largas laderas que hacen las delicias de los esquiadores y picos afilados que protagonizan los sueños de los escaladores. Desde Montreux, la carretera 11 conduce a la localidad de Les Diablerets, uno de los núcleos de montaña más famosos de los Alpes. Atravesando praderas y montes, sobre viaductos y ante solitarias cabañas, cada curva se adentra un poco más en el nuevo panorama, más boscoso y alpino.

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Recorrido por los Alpes suizos

Recorrido por los Alpes suizos

Las gentes de Les Diablerets cuentan que son pequeños diablos quienes provocan los aludes. Lo cierto es que, cada vez que hay tormenta, el muro rocoso del macizo que encierra la pequeña aldea en el valle Ormont, a 1.200 metros de altitud, hace retumbar los truenos como si el diablo se llevara algo a cambio de sustos.

Mediado el otoño, las primeras nevadas ya han cubierto la estación más alta de Les Diablerets, Glacier 3000. La cima, además de excelentes vistas, ofrece el aliciente de degustar una exquisita carta en el restaurante de cuatro plantas del arquitecto suizo Mario Botta. No hay muchas más alternativas al esquí (alpino, nórdico o de travesía) en este rincón del planeta. Si acaso, un paseo por el desafiante puente suspendido entre dos picos enfrentados, el Peak Walk: 107 metros de valor, 107 pasos colgando del cielo mientras se contemplan en la distancia picos emblemáticos como la Jungfrau, el Eiger, el Cervino o Matterhorn y el Mont Blanc.

Subiendo en altura y admiración mientras el camino se adentra en el Oberland bernés, entre coníferas y nubes de montaña, se alcanza la región de Gstaad-Saanenland, un exclusivo destino de vacaciones tanto en verano como en invierno. El pueblo de Gstaad, con sus calles cerradas al tráfico y sus boutiques de lujo, se ha puesto de moda en las últimas décadas entre un público de alto poder adquisitivo. Afortunadamente, las aldeas vecinas ofrecen opciones más asequibles, aunque igual de glamurosas: dormir en un confortable iglú, pasear en coche de caballos, acudir a una fiesta de etiqueta... La gastronomía alpina es la otra gran baza de la región. Los quesos –se organizan visitas guiadas a grutas donde maduran las piezas– se han ganado merecida fama y pueden degustarse en los restaurantes más selectos y en los más sencillos.

Después de una jornada de esquí apetece pasear sin prisas por los callejones del pueblo de Saanen o el de Ablandschen. Buscando escenarios para caer rendidos ante el hechizo de la montaña, contemplaremos las luces del atardecer sobre el monte Rellerli (1.831 metros), sin más destellos que los que saltan sobre la nieve de las pistas de Wispile, ni más réplicas que las que devuelve el eco cuando le arrojas un saludo a viva voz apuntando al Oldenhorn (3.132 metros), el segundo pico en altura de Les Diablerets.