Viaje entre Beijing y Shangai

Montañas y ríos de dimensiones colosales componen un paisaje punteado por ciudades milenarias, templos y palacios

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Desde Beijing a la Gran Muralla

Desde Beijing a la Gran Muralla

Una mixtura de pueblos y momentos históricos se suceden durante el largo viaje que conecta Beijing (Pekín) y Shanghai, las dos metrópolis de China. Más de 1.300 kilómetros separan estas dos caras del gigante asiático, el antiguo poder imperial y la modernidad imparable. Entre ambas ciudades se extiende un territorio trufado de paisajes colosales, ríos legendarios (Amarillo y Yangtsé) y antiguas ciudades (Xian, Hangzhou y Suzhou) que definen la civilización viva más antigua del mundo.

Beijing está construida a lo grande. Eso es algo que se ve desde el momento en que el avión se acerca al aeropuerto diseñado por el arquitecto Norman Foster con ocasión de los Juegos Olímpicos de 2008. Con más de 22 millones de habitantes, la capital china no para de crecer y expandirse. Sus seis carreteras de circunvalación conectan las distintas áreas de la ciudad y ponen orden en la gran masa urbana. En el centro, las amplias avenidas maoístas de inspiración soviética acogen edificios gubernamentales y flamantes rascacielos. Todo un contraste frente a la sencillez de los hutongs, un laberinto de calles estrechas, de trazado cuadriculado y patios amurallados, en el que hay viviendas, comercios e incluso mercados.

La plaza Tiananmen

El lugar donde suele empezar cualquier visita a la capital china es la plaza Tiananmen, una de las más grandes del mundo. Símbolo del poder político y militar, y lugar de trágicos sucesos, la plaza es hoy utilizada por los pekineses para pasear y hacer volar cometas. La sorpresa que causa en el viajero ver un espacio tan extenso tiene su continuación en la inmensa Ciudad Prohibida, cuyo acceso principal se abre en un costado de la plaza.

Residencia imperial desde el siglo XV hasta la proclamación de la república en 1911, la ciudadela está rodeada por un foso, tiene 980 edificios y 9.000 estancias cargadas del simbolismo y equilibrio arquitectónico que imperaban en la dinastía Ming. La Puerta de la Paz Celestial (Tiananmen) es el acceso a este mundo secreto, dedicado a la exaltación del emperador y vetado al pueblo llano.

Las propiedades imperiales de antaño son ahora lugares de ocio y reposo para los ciudadanos de Beijing. Como los jardines del Templo del Cielo, adonde el emperador iba una vez al año para rogar por las buenas cosechas, y el Palacio de Verano, un recinto con pabellones y jardines junto a un lago que fue el retiro de la emperatriz Cixi (1835-1908).

Antes de emprender el viaje hacia el sur conviene escaparse a visitar el otro gran símbolo imperial: la Gran Muralla

La vida nocturna se despliega en el barrio universitario de Haidian, en el de Chaoyang y en la zona de embajadas de Sanlitun, donde se pueden degustar platos imperiales como el pato laqueado, el pescado mandarín o el delicado ma tofu, una deliciosa y casi extinta combinación de tofu con manteca de cordero. Nada tienen que envidiar a estos platos las delicias que venden los puestos callejeros a las puertas de bares y restaurantes, bohemios o de diseño, ubicados tanto en casas tradicionales siheyuan como en innovadores rascacielos o en antiguas factorías emplazadas en el distrito de arte contemporáneo de Dashanzi.

Antes de emprender el viaje hacia el sur conviene escaparse a visitar el otro gran símbolo imperial: la Gran Muralla. El temor milenario de los chinos a las invasiones nómadas se materializa en esta cresta de piedra que se extiende a lo largo de 6.340 kilómetros desde la meseta tibetana hasta el mar Amarillo. A partir del siglo VII a.C. se edificaron distintos muros que fueron unificados por el primer emperador, Qin Shi Huang, cuatro siglos después. A menos de dos horas de la capital, la muralla serpentea como un dragón sobre las montañas. La sección más popular es la de Badaling por su proximidad –a 70 kilómetros–, pero son más genuinas las restauraciones de Jinshanling, Simatai y Mutianyu. El paseo por la muralla requiere un esfuerzo tan épico como el de las huestes imperiales que la cabalgaban, pero se ve premiado con la panorámica que se abarca desde sus torreones: la mirada se pierde hasta los tramos convertidos en montículos de piedra y adobe por la erosión de siglos.

Un vuelo de dos horas lleva a la ciudad de Xian, acceso oriental de la Ruta de la Seda y antigua capital imperial. Emplazada 1.200 kilómetros al sur de Beijing, en la cuenca del río Amarillo, Xian fue el epicentro del imperio durante once dinastías, desde que Qin Shi Huan instalara allí su corte. El emperador mandó erigir la ciudad imperial y la necrópolis, a la que se llevaría réplicas exactas en terracota del mundo por él creado. Son los Guerreros de Xian, un ejército sepultado que se halla a 28 kilómetros de la ciudad. Hasta hoy los arqueólogos han desenterrado 8.000 soldados, 130 carros de combate y 600 caballos, además de acróbatas, músicos y funcionarios moldeados en arcilla. El emperador está enterrado bajo una pirámide conocida como monte Li (Li Shan) que permanece envuelta en el misterio, pues aún no se ha descubierto cómo acceder a la cámara funeraria sin que se derrumbe, algo que la equipara a los sepulcros de los antiguos egipcios.

Ecos de la ruta de la seda

Xian tuvo desde sus inicios vocación de megalópolis. Contaba en su fundación con 200 palacios y, ya en el siglo vi, era la mayor urbe del mundo. Sus murallas, que se salvaron de la destrucción maoísta en la década de 1960, son las más largas del planeta, con un perímetro de 13 kilómetros. La ciudad conserva el trasiego mundano de la Ruta de la Seda. Los descendientes de los comerciantes musulmanes que llegaron en el siglo VII abanican con parsimonia pedazos de ternera y cordero, o venden dátiles en las calles del barrio islámico Hui Min Jie. Allí se ubica la Gran Mezquita, del siglo VIII, el primer templo musulmán erigido en China. En sus inicios mezclaba arquitectura islámica y china, pero con la remodelación del XVIII acabó predominando la segunda, de ahí la ausencia de minaretes y que los detalles islámicos hayan quedado relegados a la escritura en relieve. En sus aledaños los viajeros pueden adquirir réplicas de las terracotas, caligrafía y cerámica, o saborear un té o una sopa de cordero con naam, el tradicional pan árabe.

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Para conocer la cultura del arroz y admirar un paisaje completamente distinto hay que desplazarse en un vuelo de dos horas hacia la provincia y la ciudad de Guilin, en el sur, exponente de la China monzónica. Sus bancales de arroz y sus fantasiosas formaciones kársticas han inspirado poemas y acuarelas durante siglos. Desde Guilin, las barcazas se deslizan por el río Li con un cadencioso gorgoteo hasta la aldea de Yangshuo. A lo largo del trayecto de cuatro horas es posible contemplar tradiciones ancestrales como la pesca con cormorán, que consiste en anudar una cuerda al cuello del ave para que no se trague la captura.

Hacia el norte, a un par de horas por carretera, aparecen las terrazas de arroz de Longsheng, punteadas por los sombreros cónicos de campesinos que empujan con gran esfuerzo sus bueyes entre los bancales. Guangxi es la región de la etnia zhuang, animistas y amantes del té de aceite y de los sabores ácidos; pero también es la tierra de los miao, guerreros y nigromantes de montaña, famosos por sus tocados de plata y turbantes negros; y de los dong, conocidos por su arroz glutinoso, sus peleas de búfalos y sus puentes cubiertos.

«En el cielo está el paraíso, y en la tierra están Suzhou y Hangzhou», reza un proverbio antiguo. Ubicadas en el delta del río Yangtsé y bendecidas por un clima lluvioso, favorable para la seda y el té, ambas ciudades son una cita ineludible en cualquier viaje a China.

Para acceder desde Guilin, la mejor combinación es tomar el vuelo de dos horas a Shanghai y luego viajar otro par de horas a bordo del tren rápido. Suzhou, la denominada Venecia de Asia, todavía conserva su encanto tradicional en las calles Shantang y Pingjian, que discurren junto a canales, repletas de restaurantes donde se puede degustar cangrejo del lago Tai. Aldeas cercanas como Tongli y Zhouzhuang son inmejorables exponentes de la cultura de los canales, así como un buen lugar donde adquirir teteras «de arena púrpura» como souvenir.

Un retiro de artistas

Suzhou es sobre todo famosa por sus jardines privados. Se han preservado 60 de los 170 que había a principios del siglo XX. Como la poesía clásica china, estos jardines de 500 años buscan un significado profundo a través de lo simple, ya que fueron ideados como lugares de retiro para artistas que buscaban el aprendizaje a través de la naturaleza. La gran variedad de ventanas y galerías labradas exigen un continuo cambio de perspectiva para vislumbrar fragmentos del jardín, como si se tratara de una acuarela que se desenrosca. Puentes zigzagueantes de madera y corredores transcurren por lagunas, pagodas y rocas que imitan cuevas y montañas. Los nombres de los pabellones evocan sentimientos o ensalzan la naturaleza: el jardín de la Demora, el pabellón de las Olas Encrespadas o el jardín del Pescador con Red. El más refinado es Zhuo Zheng Yuan o jardín del Humilde Administrador, que aparece descrito al detalle en la Visita Guiada.

Puentes zigzagueantes de madera y corredores transcurren por lagunas, pagodas y rocas que imitan cuevas y montañas

En algo más de una hora de tren se llega a la ciudad de Hangzhou, donde mercaderes musulmanes, judíos, mongoles y cristianos como Marco Polo, dejaron su impronta atraídos por el comercio de la seda. El lago Oeste invita a dar un paseo en bicicleta o a una travesía en barca para contemplar un paisaje sereno, jalonado de lotos y sauces, colinas de piedra y joyas arquitectónicas como el Puente Roto. El paso elevado que cruza el lago de norte a sur fue obra del poeta y gobernante Su Dongpo al que, aunque vegetariano, se le atribuye la creación de un plato local de cerdo macerado en vino.

Shanghai, la capital finaciera de China, se localiza a una hora en tren hacia el este. En esta gran ciudad convive la herencia urbana de las guerras del opio con vanguardistas rascacielos. Símbolo de sofisticación a principios del siglo XX, Shanghai invita a recorrer sus calles y edificios históricos, como los de la ribera del Bund, que hablan de su carácter portuario, bancario y cosmopolita, pero también de un pasado doloroso de colonialismo europeo que, no obstante, se ha convertido en su principal atracción turística. Todavía se puede disfrutar del glamour de hoteles art déco como el Hotel Metropol o el Peace Hotel. Merece la pena cenar o tomar una copa en alguno de los restaurantes ubicados en los áticos de los edificios del Bund. Desde esa altura se disfruta del perfil vanguardista de Pudong, al otro lado del río, donde destaca la torre de la televisión, conocida como la Perla de Oriente, con 468 metros de alto.


La calle Nanjing, la vía comercial más grande del mundo, conduce desde el Bund hasta la plaza del Pueblo, donde se ubica el Museo de Shanghai. Este moderno edificio alberga la mejor colección de arte chino del país, con galerías dedicadas a los bronces, el jade, el mobiliario Ming y Qing, la pintura y la caligrafía. La plaza está ubicada al norte de la Concesión Francesa, cuyos edificios coloniales y jardines acogen elegantes cafeterías y restaurantes, y donde se concentran boutiques vintage en las que pueden adquirirse desde el tradicional vestido femenino qipao hasta atuendos que rememoran los años veinte. En esta zona conviven los centros comerciales de la calle Huaihai y Xintiandi, con el mercado de antigüedades de Dongtai y la laberíntica zona peatonal de Yangdang, repleta de tiendas de artesanía y cafeterías bohemias.

Del barrio viejo al financiero

Shanghai todavía conserva parte de su urbanismo primigenio en el vibrante barrio de Xintiandi, en las callejuelas o longtang que acogieron a los emigrantes y extranjeros con la expansión portuaria del siglo XIX. Sus viviendas, conocidas como shikumen, combinan fachadas occidentales de piedra o ladrillo con interiores chinos. Cruzando el Huangpu en metro o en transbordador, se alcanza el distrito de Pudong, símbolo de la China desarrollista de la década de 1980 y con el que Shanghai aspiraba a desplazar a Hong Kong como centro financiero de Asia. Además del Museo Municipal y el de Ciencia y Tecnología, en esta orilla se ubican flamantes rascacielos, centros comerciales, oficinas y escuelas de negocios, situados apenas a unos kilómetros de pueblos tradicionales de canales como Zhujiajiao.

Los rascacielos de Pudong compiten en altura y originalidad con la Perla de Oriente y con la torre Jinmao, cuya planta 88 acoge un bar con vistas de la ciudad, las más altas hasta que se construyó la vecina Shanghai World Financial Centre Tower, con cien plantas. De noche, la ciudad que nunca duerme se extiende a sus pies como un mar de luces parpadeantes, siempre atenta a las últimas corrientes.

Para saber más

Documentación: el pasaporte y un visado que se tramita en una agencia de viajes o en la embajada china
Idioma: mandarín.
Moneda: yuan.
Diferencia horaria: 7 horas más. .
Cómo llegar: Desde España hay vuelos a Beijing y Shanghai con una escala intermedia. Sus aeropuertos están conectados con el centro urbano, a 27 y 18 km respectivamente, por taxi –los oficiales llevan un distintivo rojo–, autobús y tren.
Cómo moverse: Para salvar largas distancias conviene tomar vuelos interiores, aunque también existen líneas de autobús y tren. Para moverse por las ciudades es recomendable contratar un coche con conductor. En Beijing y Shanghai el metro (ditie) tiene rotulación en inglés.
Alojamiento: Las grandes ciudades concentran la oferta de cadenas hoteleras internacionales. En las zonas rurales hay hostales familiares, más sencillos y baratos.

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