Un paseo por Praga

Desde la Ciudad Vieja al Castillo, recorremos una de las ciudades más bellas de Europa

26 de agosto de 2015

Praga tiene muchas torres y un corazón: recibe el nombre de Plaza de la Ciudad Vieja y constituye su centro vital desde los lejanos tiempos de la Edad Media. Allí, sentados cómodamente a la sombra de un toldo, es posible entonar el cuerpo con una bebida caliente, contemplar el ir y venir de la gente por el suelo de adoquines y ver cómo se detienen ante las casetas de un mercadillo ocasional.

La acogedora plaza es un muestrario de fachadas con caprichosas ventanas y algún que otro mirador. No hay dos casas iguales y ninguna que no merezca una observación detenida. Enfrente se levanta el edificio del Ayuntamiento, con el imponente Reloj Astronómico en su muro frontal. Y a un costado emerge la iglesia de Nuestra Señora de Tyn, símbolo gótico de Praga; se erige sobre antiguos sillares cargados de historia y sus dos torres de 80 metros de altura forman parte inseparable del perfil de la capital checa.

La sinagoga Vieja-Nueva, de 1270, está considerada como la más antigua de Europa

En cuanto sale de la plaza y se adentra por el laberinto de callejuelas, el viajero tiene de pronto la sensación de haber dado un salto atrás en el tiempo. No tarda mucho en avistar un bello edificio de estilo neoclásico, el Teatro Estatal, uno de los grandes centros operísticos de Europa. En él dirigió Mozart, ante un público de perfumadas pelucas, el estreno de su ópera Don Giovanni un día de octubre de 1787.

La Casa de la Virgen Negra queda muy cerca. Recuerdo que durante mi primera visita a la ciudad, antes de entrar, preguntamos a un transeúnte de dónde le venía el nombre. Nos acompañó hasta la esquina y, en la fachada, mirando a donde señalaba su dedo, descubrimos la respuesta. Protegida por un armazón de barras doradas, había una estatuilla de la Virgen María con el Niño en brazos, ambos con la cara negra. La casa suscitó en su día una considerable polémica, debido a que su aspecto vanguardista rompía la uniformidad arquitectónica de la zona. Hoy es patrimonio nacional de la República Checa. Edificada en 1911 para albergar establecimientos comerciales y renovada en los años noventa, actualmente es la sede del Museo de Arte Cubista. Antes de volver a la calle, es muy recomendable subir al primer piso y tomar algo en el Gran Café de Oriente, que fue reconstruido en 2005 respetando la decoración que tenía ocho décadas atrás.

A estas alturas del paseo es el momento de dirigirse a un lugar especial, no exento de un pasado trágico. Se trata de Josefov, el barrio judío. No integrado en la ciudad hasta bien entrado el siglo XIX, fue en tiempos antiguos gueto y, en repetidas ocasiones, escenario de persecuciones sangrientas y pogromos. Curiosamente, a los nazis se les ocurrió convertirlo en una especie de museo de una raza extinguida, razón por la cual sus seis sinagogas se salvaron de la destrucción.

La sinagoga Vieja-Nueva, de 1270, está considerada como la más antigua de Europa entre las que aún se usan para el culto. A poca distancia se halla la sinagoga Española, de 1868, la última edificada en la ciudad. Debe el nombre a su estilo morisco, a imitación de la Alhambra. La contemplación de la decoración de sus techos y paredes deja, literalmente, encandilados a los visitantes.

Caminando por las angostas calles de Josefov se llega al cementerio judío. Existen documentos que prueban que la primera inhumación se llevó a cabo en 1439. Como durante largo tiempo la comunidad hebrea no dispuso de otro sitio donde enterrar a sus muertos, el cementerio se quedó pequeño y en cada tumba se llegaron a apilar hasta diez cuerpos. Las lápidas, la mayoría inclinadas, se extienden en apretado desorden a la sombra de los árboles. En el borde superior de muchas se advierten uno o más guijarros, señal de que el difunto ha tenido visita. El cementerio judío, bajo el techo de hojas verdes, es un apacible lugar para la reflexión y el paseo, pero se intuye que ha de alcanzar un grado supremo de belleza en otoño, cuando la fronda muestre sus galas amarillas y rojizas, o en los días blancos del invierno. Es inútil buscar la tumba de Franz Kafka (1883-1924) porque el célebre escritor está enterrado en el Nuevo Cementerio Judío (de 1890), al que se llega en metro.

El río Moldava, ancho, tranquilo y surcado por barcos turísticos, separa la ciudad en dos. Lo cruzan varios puentes, pero conviene hacerlo por el de Carlos, que une la Ciudad Vieja con Malá Strana o Ciudad Pequeña. Hasta 16 arcos sustentan sus 516 metros de longitud. Una torre en un extremo y dos en el otro lo custodian. La primera, en la cabecera de la Ciudad Vieja, es de estilo gótico y regala una vista espléndida. Hasta 30 estatuas, talladas con cincel barroco, flanquean este puente inaugurado en 1503. La piedra fundacional la puso el rey Carlos IV el día 9, del mes 7 a las 5 horas y 31 minutos, del año 1357, una cifra mágica formada por los números impares del uno al nueve y viceversa. Abajo, el Moldava fluye camino del río Elba, que empujará sus aguas a través de Alemania hasta el lejano mar del Norte.

Si se llega a Malá Strana a la hora del almuerzo hay que aprovechar para probar el típico gulash de Praga, un estofado de carne con verdura y salsa roja de pimentón. Es un plato recio que se suele regar con una jarra de cerveza, rubia y refrescante, que hace honor a la fama cervecera de la República Checa. La isla de Kampa, un pequeño parque a orillas del río, es un lugar ideal para descansar un rato. De allí resulta casi natural acercarse al Muro de John Lennon que, cuajado de grafitis, fue un lugar de protesta contra el antiguo régimen comunista. Y a continuación sentarse a saborear un café en la plaza de Malá Strana, en una terraza con vistas a la iglesia de San Nicolás. Este templo barroco constituye uno de los símbolos de la ciudad por su extraordinaria cúpula, el fresco que recubre el techo –como diversión, hay que buscar a un monje escondido tras una columna– y un órgano que tocó el mismo Mozart.

Tras subir los 200 escalones que llevan a la plaza Hradcanské, se llega al Castillo de Praga, una de las mayores fortalezas de Europa. Alberga varios palacios, además de templos de distintos estilos y la catedral de San Vito, cuyas preciosas vidrieras son obra del pintor modernista Alfons Mucha. El recinto del Castillo contiene también jardines con pabellones, una pinacoteca y el Callejón de Oro, en una de cuyas casitas –la número 22– residió Kafka. Aún queda por ver el monasterio de Strahov, en la colina de Petrin, otra maravilla barroca; su biblioteca posee 3.000 manuscritos de hasta diez siglos de antigüedad. Antes de descender en funicular a Malá Strana, nos deleitamos en la vista de la ciudad llamada «de los cien capiteles».

MÁS INFORMACIÓN
Documentos: DNI o pasaporte.
Idioma: checo.
Moneda: corona checa.

Llegar y moverse: Madrid y Barcelona tienen vuelos directos a Praga. Un autobús lleva del aeropuerto al centro, a 15 km. Para utilizar los transportes de la ciudad conviene comprar un abono para varios días o bien la Prague Card, que además ofrece descuentos en las visitas a museos y en muchos comercios. Los cruceros por el Moldava y las rutas temáticas ayudan a conocer los rincones de la ciudad.

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