Ruta por Japón: Tokio, Kioto y Osaka

Un viaje a través de las ciudades y paisajes de la milenaria cultura nipona

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H44-10877619. Monte Fuji

Monte Fuji

El volcán sagrado, rodeado de campos de té y con la cumbre nevada, ha sido declarado recientemente Patrimonio de la Humanidad.

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JAPóN-3. Tokio

Tokio

Perfil de la capital japonesa, con el Rainbow Bridge en primer término.

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855-06338456a. Templo Senso-Ji

Templo Senso-Ji

Los jardines de este santuario sintoísta son un oasis de calma en medio del barrio tokiota de Asakusa.

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P.N. Fuji-Hakone-Izu

Un torii se adentra en el lago Ashinoko, embalsado dentro de un cráter volcánico y próximo a una zona termal que ya era famosa en la época Edo (1603- 1868).

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Las rocas casadas

Meoto Iwa («meoto» significa «pareja») son dos grandes rocas atadas con un grueso cabo que emergen a pocos metros de la orilla, en la península de Shima, al sudeste de Kioto. La mejor hora para contemplarlas es al amanecer, cuando entre las dos rocas aparece la lejana silueta del monte Fuji. Se llega a pie tras un corto paseo desde la estación de tren de Futaminoura.

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Templo Kenroku-En

Los jardines más delicados y fragantes de japón son los del templo kenroku-en, en Kanazawa, al norte de la milenaria Kioto.

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El buda gigante de Nara

Durante la tres décadas en que Nara fue capital (752-784), el templo budista de Todai-ji tuvo una gran influencia en la política japonesa. Sus dimensiones dan fe de ello. Dos estatuas de aspecto fiero flanquean la Nandaimon, una puerta de madera que accede al recinto y que precede al Daibutsuden, el edificio de madera más grande del mundo –lo que ahora se ve son dos tercios del original– que aloja un gigantesco Buda sentado, de bronce y 15 metros de alto. El templo tiene un museo de piezas religiosas.

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Kioto

El Pabellón Dorado del templo Kinkaku-ji fue concebido como una residencia del sogún Ashikaga Yoshimitsu a finales del siglo XIV, pero luego se transformó en templo zen.

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Osaka

El castillo medieval es ahora un museo y un parque público. Sus jardines acogen festivales tradicionales.

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Lago Biwa

Una red de senderos y rutas ciclistas recorren el perímetro de este lago navegable, ubicado al norte de Kioto.

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fototeca9x12-77721332. De Tokio a Osaka, el legado imperial

De Tokio a Osaka, el legado imperial

1 Tokio. La actual capital, referente en la era tecnológica y digital, reserva rincones que remiten a su época imperial cuando era la ciudad de Edo.

2 Monte Fuji. La silueta cónica del volcán se ve desde Tokio y, mucho más cerca, desde el P. N. de los Cinco Lagos y el P. N. Fuji-Hakone-Izu.

3 Kioto. Capital imperial durante nueve siglos, alberga un millar de templos. En el barrio de Gion, el de las geishas, están las casas de té tradicionales.

4 Nara. Situada al sur de Kioto, cuenta con templos bellísimos.

5 Osaka. El castillo medieval contrasta con los rascacielos de acero y vidrio de esta ciudad. Cerca se encuentra el castillo de Himeji.

Mapa: BLAUSET

Xavier Moret

11 de octubre de 2013

El Castillo Himeji, un símbolo del Japón feudal

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El Castillo Himeji, un símbolo del Japón feudal

En el mirador más alto de la capital japonesa, el Tokio Sky Tree, inaugurado en mayo de 2012, una multitud se agolpa para tratar de ver, más allá de la inacabable sucesión de edificios y asfalto, la silueta cónica del monte Fuji, un centenar de kilómetros al norte. La decepción se refleja en sus rostros cuando alguien apunta que por culpa de la niebla hoy no se puede ver. Para ellos el monte Fuji es mucho más que una montaña de 3.776 metros: es el símbolo de Japón, un monte sagrado, venerado desde hace milenios.

Tan solo unos instantes después, sin embargo, alguien señala la zona verde de los Jardines Imperiales. Los «ohs» de admiración se repiten con eco sostenido y un hombre con aspecto de profesor se remonta en la historia para recordar que Tokio fue antes Edo, una aldea coronada por un castillo que arrebató la capitalidad a Kioto en 1603.

La fe sintoísta y la budista son la base de la cultura japonesa

Del castillo de Edo, en el centro de los Jardines Imperiales, solo quedan unas murallas rodeadas de árboles y arbustos mimados hasta el exceso por un ejército de jardineros. El mejor momento para visitarlo es en abril, cuando la flor del cerezo provoca oleadas de felicidad entre la población de Tokio. La religión sintoísta, que incluye la adoración de los kami (espíritus surgidos de la naturaleza), está en el origen de esa actitud gozosa y reverencial.

Sorprende, en cierto modo, que Tokio, una metrópolis vibrante llena de rascacielos, tecnología punta y grandes neones que pregonan que el futuro ya está aquí, conserve un alma tradicional que tiene su emblema en el Palacio Imperial, residencia del emperador. Pero Tokio es así, una gran urbe con barrios muy distintos en los que futurismo y tradición se dan la mano, con una excepción: bajo los Jardines Imperiales no puede pasar el metro.

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El rastro de la tradición

De la antigua ciudad de Edo, destruida por un terremoto en 1923, no queda casi nada, pero es fácil seguir el rastro del Japón tradicional en el barrio de Asakusa, con el templo milenario de Senso-ji, y también en el apacible santuario de Meiji-Jingu o en el Yasukuni, donde reposan los caídos en las guerras del Japón imperial. En los restaurantes de geishas del barrio de Akasaka puede asistirse a la pervivencia de una tradición que tiene su reflejo en la estética de unos platos deliciosos, con el sushi a la cabeza.

Tokio nunca deja de sorprender, pero conviene salir de la capital para admirar maravillas históricas como Kamakura, situada 50 kilómetros al sur, que fue capital de Japón entre 1185 y 1333. De entre sus muchos edificios antiguos, la atracción máxima es el templo budista de Kotokuin por su gran estatua de Buda. El templo de Hase-Dera, con buenas vistas sobre la bahía, el monasterio zen de Kencho-ji y el santuario Hachimangu, dedicado al dios de la guerra, demuestran que la fe sintoísta y la budista son la base de la cultura japonesa.

La atracción máxima es el templo budista de Kotokuin por su gran estatua de Buda

En ruta hacia el sur, la siguiente parada es Shizuoka, pueblo costero al pie de las montañas que goza de grandes vistas sobre el Fuji. Como en las 36 Vistas del Monte Fuji, de Hokusai (1760-1849), el volcán emerge sobre un mar de arbustos de té, coronado por su cumbre blanca. Cada año 300.000 personas suben a la cima –permitido solo en julio y agosto–, aunque son más los que prefieren quedarse en el Parque Nacional de los Cinco Lagos, al pie de la montaña sagrada, y realizar cruceros lacustres, practicar senderismo o visitar los santuarios que jalonan la ruta peregrina al volcán. El Fuji es también el centro de otro parque, el Fuji-Hakone-Izu, a una hora y media en tren de Tokio y emplazado al sur del volcán. Los paseos en barco por su lago regalan panorámicas que parecen pinturas.

Ruta de Kioto a Tokio

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Ruta de Kioto a Tokio

Llegados a este punto del viaje, nos adentramos en el corazón montañoso de la isla de Honshu para visitar Matsumoto, una población que atrae por su paisaje alpino y por un castillo del siglo XVI. Aquí, por cierto, vale la pena comer fideos de soba (mezcla de harinas), considerados los mejores del país, y tomar un relajante baño termal en un onsen, el balneario tradicional japonés.

Al alcanzar el otro lado de la isla de Honshu, junto al mar del Japón, resulta indispensable visitar Kanazawa, cuyos jardines de Kenroku-en (siglo XVII) figuran entre los más bellos del país, lo que es mucho decir en un país que mima la naturaleza. Tanto por sus grandes árboles, como por sus fuentes, lagos y puentes, todo parece orientado hacia la calma interior.

Siguiendo hacia el sur conviene desviarse por el valle del río Kiso, tapizado por bosques de cedros y punteado por pueblos con talleres de artesanos y bellas casas de madera. Por aquí circulaba la vía Nakasendo, una ruta comercial que durante la época Edo comunicaba Tokio con Kioto a través de los Alpes centrales y pasaba por pueblos que ofrecían todo tipo de servicios a los viajeros.

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La ciudad de los mil templos

Kioto, capital del Japón imperial entre los años 794 y 1603, es un momento estelar del viaje. Frente al estrés tokiota, Kioto transmite un ritmo de vida más acorde con la tradición. Sus 1.600 templos y 400 santuarios, así como el Palacio Imperial y el castillo de Nijo-jo, hablan de la larga historia de esta ciudad y de su devoción por la cultura. Kiyomizu Dera, un templo de madera de la parte este con grandes vistas de Kioto, es un buen punto de partida para pasear por un bosque que se diría encantado y caminar por Ishibel Koji, una calle peatonal donde abundan las tiendas de artesanía y las mujeres vestidas con kimono tradicional.

Dividida por sectores, Kioto tiene uno de sus iconos en el área occidental: el templo de Kinkaku-ji, con el Pabellón Dorado (del siglo XIV reconstruido en 1955) reflejado en un estanque y un delicioso jardín zen.

Otra maravilla es el Camino de la Filosofía, que discurre junto a un canal bordeado de cerezos y contagia la sensación de que la gran ciudad queda lejos. El templo de Gingaku-ji, con su Pabellón Plateado, aparece al final de este itinerario de 2,5 kilómetros como un premio para el paseante. Para apreciar el contraste conviene perderse por el mercado de Nishiki, donde abundan las paradas de productos exóticos y donde se disfruta de la mejor cocina nipona. Y a continuación dar una vuelta por Gion, el barrio de las geishas. Aún quedan viejas casas de té, ryokans (posadas tradicionales) y casas de citas confundidas entre las discotecas y las ruidosas salas de pachinko, un híbrido de las máquinas de millón y de los casinos.

El poético lago Biwa

Tras dejar Kioto merece la pena acercarse al lago Biwa que, con más de 670 km2, es el mayor de Japón. Esta inmensa cuenca navegable ha tenido una gran importancia histórica en el desarrollo de la región, de ahí su protagonismo en la poesía japonesa. El museo del Lago Biwa en Kusatsu ofrece una magnífica exposición sobre su valor natural y socioeconómico, con un acuario, barcos tradicionales y objetos cotidianos de hace siglos.

El pasado imperial reaparece en la ciudad de Nara, unos kilómetros al sur de Kioto. Los ciervos campan a sus anchas entre los templos budistas de la que fuera capital del imperio entre los años 710 y 784. Después de ver el templo de Todai-ji, que contiene el Buda sentado más grande del mundo, es imprescindible subir al santuario de Kasuga por un camino flanqueado de linternas de piedra que iluminan todavía más durante los concurridos festivales de febrero y agosto.

El misticismo de Nara se diluye al llegar a Osaka, una ciudad que vibra con los negocios. La destrucción causada por las bombas de la Segunda Guerra Mundial dejó pocos detalles tradicionales. Los más relevantes son el teatro de marionetas Bunraku y el castillo del siglo XVI, un ejemplo de fortaleza medieval que tiene un alma gemela en Himeji, a apenas una hora y media de ruta. Osaka ofrece hoy un marcado contraste entre los rascacielos de la zona de Umeda y las recias murallas y el foso del castillo. Una imagen que muestra, una vez más, hasta qué punto tradición y modernidad siempre encuentran la manera de sumar en Japón.

PARA SABER MÁS

Documentos: solo pasaporte para estancias de hasta 3 meses.

Idioma: japonés.

Moneda: yen.

Horario: 8 horas más.

Llegar y moverse: Tokio y Osaka disponen de aeropuerto internacional. La red ferroviaria es rápida y eficiente. Los trenes bala (shinkansen) reducen el tiempo de trayecto. El Japan Rail Pass es un abono para turistas que debe comprarse con antelación, en Madrid o en Barcelona.

Alojamiento: Los ryokan son posadas tradicionales que permiten disfrutar del estilo de vida japonés. Otra buena opción son los minshuku, casas de huéspedes de trato familiar y precio modesto.

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