Ruta por Laponia

Visitar esta región en invierno permite disfrutar de los paisajes más prístinos de Europa

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Comunión con la naturaleza

Comunión con la naturaleza

Conducir un trineo de perros por un territorio nevado hasta donde alcanza la vista puede ser uno de los alicientes de un viaje Laponia.

Foto: Severin Lang

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El Fiordo Ulls

El Fiordo Ulls

La nieve y el frío están omnipresentes durante el invierno en Laponia. Los lagos y los ríos se hielan, así como algún brazo de mar, como este fiordo junto a la localidad noruega de Svensby.

Foto: R. Moiola / Clickalps

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Rovaniemi. Bosques sin fin

Bosques sin fin

La taiga, el bosque de coníferas propio del norte de Escandinavia, Rusia y América, cubre la mayor parte del territorio finlandés. Este paraje se halla al norte de Rovaniemi.

 

Foto: Kaj Sennelöv

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Kaldfjorden. El momento azul

El momento azul

Esta fotografía se tomó a las 2 del mediodía de un 27 de diciembre en Kaldfjord (Noruega). Se diría que va a amanecer, pero el sol no llega a asomarse en el horizonte.

Foto: Stig-Lennart Sorensen

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Aurora boreal. El turismo de las auroras

El turismo de las auroras

Viajar en invierno al norte de Escandinavia para intentar ver una aurora boreal es cada vez más común. Tromsö, Kiruna, Rovaniemi e Ivalo son destinos habituales.

Foto: Arild Heitmann / Getty Images

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Tromso. Tromsö desde el Storsteinen

Tromsö desde el Storsteinen

El teleférico de Fjellheisen, que permanece abierto durante todo el año, permite disfrutar de una vista excepcional de la ciudad de Tromsö y los canales y las montañas que la rodean.

Foto: Nacho Boix / Objetivo Valencia

Luis Pancorbo

27 de noviembre de 2015

Laponia: ruta por el norte de Finlandia y Noruega

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Laponia: ruta por el norte de Finlandia y Noruega

Si es diciembre, nada más aterrizar en Ivalo te rodea la nieve y la oscuridad. Ivalo cuenta con el aeropuerto más septentrional de la Laponia finlandesa, situado 234 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico. La temperatura diurna ronda los quince grados bajo cero y muchas noches esa cifra se dobla. Apenas hay un par de horas de claridad al día y el resto es silencio, como diría Hamlet, o como suena la pisada de una perdiz nival. El periodo de oscuridad llamado kaamos dura un par de meses en torno al solsticio de invierno. Antes de que el sol recobre poco a poco su poder se puede disfrutar, a la hora del crepúsculo, del «momento azul». Es cuando tierra nevada y cielo parecen fundirse, como si todo estuviese pintado con una tenue mano azulada. Un instante en que se difunde la calma, máxime en ausencia de viento, lo cual se junta al silencio, el mayor regalo de Laponia. Ni se oyen caer unos copos de nieve a los que llaman «manoplas» por su tamaño.

Ivalo consta de una calle, la carretera nacional Nº 1, con casas a ambos lados y una población que no supera las cuatro mil almas. El río que cruza la ciudad se hiela en invierno, pero eso es un gozo para la población que anhela esquiar por el cauce, o ir en una motonieve, o hacer un agujero con un berbiquí y pescar percas. Todo ello ocurre a escasos metros de un centro urbano con sus supermercados y tiendas, con sus iglesias (luterana y ortodoxa) y hasta con un cine.

Si se desea ver un paisaje aún menos contaminado por luces eléctricas, nada más fácil que salir de Ivalo. Cuarenta kilómetros al norte se extiende Inari junto al mayor lago de la Laponia finlandesa. En invierno semeja un mar blanco del que apenas sobresalen las islas y las ramas de los abetos. Un peñón, el de Ukonkivi, es un santuario ancestral, aunque los sami sean hoy mayoritariamente luteranos. En casas desperdigadas vive una pequeña comunidad sami, nombre que se va imponiendo sobre el de lapones, dada la carga desdeñosa que encierra ese último apelativo. Uno de los vecinos más activos de Inari es Niiles-Jouni Aikio, ganadero de renos e intérprete de joik, las historias sami cantadas a capella. Sus hijos le siguen en ese rescate de la tradición y uno de ellos es guía del museo de Levi, una estación de esquí cerca de la frontera con Noruega.

Los sami pastorean renos con medios modernos, motonieves en invierno, y en verano con 4x4, barcas y hasta hidroaviones, pues participan del estilo de vida y de las ventajas sociales y económicas de Finlandia y el resto de Escandinavia. Sin embargo la tierra no les pertenecen legalmente. Constituyen una pequeña minoría entre la emigración de gentes que han hallado en el extremo norte una mejora de vida, pese al frío invernal y los mosquitos veraniegos. El oro no falta en Laponia, ni la madera por supuesto. Los sami visten su traje tradicional solo en sus celebraciones, pero al margen del choque cultural tienen derechos políticos y lingüísticos.

Lo innegable es la esplendidez de la naturaleza. Su llamada no falla. A 25 kilómetros de Ivalo en dirección a Saariselkä se halla Kaunispää, una colina que constituye un excelente observatorio de auroras boreales. Contemplar una aurora es el gran punto de suerte y maravilla en un viaje a Laponia. Este fenómeno se produce en las zonas próximas a los círculos polares. Inuit (o esquimales), indios algonquinos y otros pueblos de zonas árticas coinciden en que ese desparrame de luces en el cielo puede ser una reaparición de sus ancestros, si es que no se trata de dioses. En la Laponia finlandesa llaman revontulet, «fuegos de zorro», a esas impresionantes luces del norte. Un zorro mítico agitó su cola llena de copos de nieve y estos salieron despedidos como chispas hacia el cielo. Allí arriba empezaron a bailar su danza más boreal, la que a uno le hace quedar sin palabras si tiene la suerte de verla.

Los viejos sami decían también que si se silba a una aurora boreal esas luces prodigiosas suyas bajarán a la Tierra. Una imaginación porque la aurora boreal se despliega a unos cien kilómetros sobre nuestras cabezas. No hay otra magia que la de los movimientos de una especie de plasma de colores, con una gran predominante verdosa, resultado de las partículas que emite el sol al espacio y que son llevadas por el viento solar hasta que chocan, ya en la ionosfera, con el campo magnético de la Tierra.

Una aurora boreal supone en todo caso una muesca indeleble en la memoria. Hay tiempo y posibilidad para verla entre noviembre y marzo, lo que se necesita es fortuna –no todas las noches se produce el gran espectáculo ni está despejado el cielo–. Laponia en invierno tiene otros incentivos: esquí, trineos de perros y de renos, pesca en el hielo, y hasta no hacer nada sentado en una sauna a 80 grados o más. Conviene azotarse con ramas de abedul para sudar mejor, y salir luego a la nieve para darse un revolcón. Los más osados son capaces de meterse unos segundos en un agujero en el hielo del lago o del río.

Saariselkä es la gran estación de esquí de esa zona, está dotada con todas las comodidades, y es un buen punto de partida hacia Vuotso, la comunidad sami más meridional de Finlandia. En esa aldea muchos sami aún llevan una vida vinculada al reno, animal del que se aprovecha todo, como el cerdo. Pese a la modernidad, rinden culto al calendario y al despliegue tan potente de su naturaleza. Pasan de tener días sin sol en otoño e invierno, al sol de medianoche en primavera y verano. Antaño aguardaban la emocionante llegada de Beaivi nieide, la hija
del sol, al final de la noche polar. Hoy no veneran directamente a esa deidad, pero el retorno de la luz solar se cuenta entre lo más trascendente de su vida y su cultura.

Son vivencias y algunos secretos guardados entre los pliegues de Sapmi, la tierra ideal de los sami, una región que se compone de las cuatro Laponias enclavadas en Finlandia, Suecia, Noruega y Rusia. En la actualidad unos 82.000 sami –50.000 en Noruega; 20.000 en Suecia; 10.000 en Finlandia y 2.000 en Rusia– habitan parajes que abarcan desde el Atlántico, pasando por el Cabo Norte, hasta el mar de Barents y la península rusa de Kola.

Se trata de la región más septentrional de Europa y con dos zonas claramente diferenciadas. Por un lado, los bosques de la taiga llenos de líquenes para los renos. Por otro lado, la Laponia de la tundra, y la de los fiordos, las islas y la generosa pesca ártica, empezando por la del cangrejo real de largas patas. Esa última zona coincide con Finmark, la Laponia noruega, donde Tromsö emerge como un buen punto para viajar y conocer su quebrada geografía.

Tromsö se ganó cierta fama de ser el París del Ártico al no faltarle nada en materia de lujo y confort. Cierto es que ya no se va allí a cazar osos, sino a recorrer un paisaje espectacular enrolándose acaso en un safari de auroras boreales. Conseguido ese hito inolvidable, viene la larga noche de Tromsö, los buenos restaurantes y el calor de los edredones. Eso en invierno, porque el sol de medianoche allí es observable desde el 19 de abril al 24 de agosto.

Tromsö se arroga también ser la ciudad ártica con más pubs, y con precios en consonancia, manteniendo un alto nivel de vida desde el boom del petróleo en el Mar del Norte. Pero en Tromsö no todo es espuma y molicie. Estando a 467 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico la ciudad se ufana de tener la universidad más boreal del mundo. Y con un gran nivel de exigencia y calidad. Su Museo Universitario es algo que el viajero curioso no debe perderse. Se despliegan recreaciones de las formas de vida árticas, y en especial la lucha por la existencia de los sami noruegos.