Ruta cultural por la Costa Daurada

Este tramo de la costa catalana atesora enclaves Patrimonio de la Humanidad, la huella de genios como Gaudí, Miró o Pau Casals, paisajes de viñedos, pueblos medievales y una gastronomía sorprendente. Un destino perfecto para recorrer en cuatro días

Real Monasterio de Santa María de Poblet

Real Monasterio de Santa María de Poblet

Real Monasterio de Santa María de Poblet

Accedo al centro histórico de Tarragona por el Portal del Roser y descubro que la ciudad que el emperador Augusto convirtió en mito pervive en el conjunto monumental declarado Patrimonio Mundial. En el edificio de la Antigua Audiencia, una maqueta muestra cómo era Tarraco en su máximo apogeo, en el siglo II d.C.

Desde la grada superior del Anfiteatro, la Tarraco romana y la Tarragona actual se yuxtaponen como esas imágenes que, según cómo, son una cosa u otra. Además del an teatro, hay que pasear frente a la Catedral de Santa Tecla para imaginar la extensión que ocupó el Gran Foro Provincial –equivalente a dos campos de fútbol–. Cautiva ver la cabecera del Circo y recorrer el Paseo Arqueológico siguiendo la línea de murallas, la construcción romana más antigua conservada fuera de Italia.

Las vistas desde la Torre del Pretorio muestran la privilegiada ubicación que llevó a un improvisado campamento a ser una de las ciudades más importantes del Imperio Romano. Los romanos no temían que los enemigos llegaran del mar, pero siglos después este litoral se convirtió en objetivo de piratas. Por eso el núcleo de Cambrils se fundó lejos de la orilla. Hasta el siglo XVII, con la Torre del Puerto como símbolo del municipio, no se comenzó a poblar la zona del paseo marítimo, epicentro de la capital gastronómica de la Costa Daurada. Hoy, la flota pesquera regresa cada tarde escoltada por gaviotas. En el Rincón de Diego –una de las dos estrellas Michelin del municipio junto a Can Bosch–, me sirven un aperitivo con la escultura de la Torre como un altar de sabores sorprendentes.

Real Monasterio de Santa María de Poblet

La tierra de Gaudí

Reus es la ciudad donde nació Antoni Gaudí y donde vivió hasta su marcha a Barcelona. El Gaudí Centre, en la popular Plaza del Mercadal, da cuenta de su genialidad. Al salir, en una de las esquinas de la plaza, veo la Casa Navàs, una de las joyas que Domènech i Montaner firmó en la ciudad y un enclave destacado de la Ruta del Modernismo de Reus. Del mismo arquitecto son la Casa Gasull y la Casa Rull, tan juntas que no lo podrían estar más sin dejar de ser dos, pero tan diferentes, porque la proximidad nada tiene que ver con la similitud. También de Domènech i Montaner, destaca el Instituto Pere Mata, una maravilla modernista en la que ya se aprecian los rasgos esenciales del posterior Hospital de Sant Pau, en Barcelona.

Otra opción es conocer Reus a través de la Ruta del Vermut. Y es que, en el siglo XVIII, el aguardiente situó la ciudad entre las principales capitales del mundo: "Reus, París y Londres", solía decirse, pues determinaban la cotización de los destilados. Eso llevó a que Reus fuera la puerta de entrada del vermut en España. Hoy, unas antiguas bodegas se han convertido en el Museo del Vermut, donde Joan Tàpias exhibe su colección de 1.300 botellas.

Escalera al cielo

La Cartuja de Escaladei (siglo XII) fue la primera de la Península Ibérica. Un pastor tenía siempre la misma visión al pasar con su rebaño por la zona: veía una escalera por la que unos ángeles subían al cielo. Aquello se consideró una señal y dio nombre al lugar: Escala Dei, "Escalera de Dios". Era la época de la Reconquista, cuando Alfonso II repobló la zona con la ayuda de los primeros cartujos llegados de Francia. Los visitantes –solo hombres– no podían pasar más de una noche en la hospedería, así de estricta era la clausura de los padres cartujos, que pasaban 16 horas en la celda dedicados a rezar, escribir y meditar. El voto de silencio amplificaba la quietud del entorno de la Sierra del Montsant.

Anfiteatro romano de Tarraco

La Cartuja fue el embrión de la cultura vinícola del Priorat. Llego a Vilella Alta, un pueblo de casas apiñadas en torno al campanario. "A estas tierras les tienes que coger cariño", cuenta Jordi Vidal, de la bodega Conreria d’Scala Dei. Lo dice porque las viñas en las laderas son complicadas de trabajar. Pero el esfuerzo y el éxito de los caldos de la comarca reverdecen el paisaje.

Siurana, último bastión morisco al borde de una vertiginosa cornisa, parece tallada en la piedra. Tras recorrer algunas de las calles medievales, María me da la bienvenida al Restaurante Siurana. Me ofrece una riquísima crema de alcachofa y el cabrito de la casa. Sabores concentrados, brasa y tradición. Tras un paseo, me encuentro con su marido, l’Andreu, y su rebaño. "Nunca llegaré a ser un pastor de verdad, ¡para eso hay que nacer!", dice. No lo parece al verle guiar las ovejas.

Ruta del Císter

El Real Monasterio de Santa Maria de Poblet es una de las tres joyas de la Ruta del Císter, junto a los conventos de Santes Creus y Vallbona. Patrimonio Mundial por la Unesco desde 1991, su origen se remonta al siglo XII.

Claustro de Poblet

Traspaso la Puerta Real y camino por el atrio cubierto por dos hileras de bóvedas sobre los arcos ojivales propios de la arquitectura cisterciense. En el recorrido guiado se visita el claustro mayor y su templete, la antigua cocina, el actual refectorio de los monjes y la sala capitular donde, desde el siglo XIII, los monjes escuchan cada día un capítulo de la Regla de San Benito. Pero sin duda, es la iglesia, con las tumbas reales, el espacio que más sobrecoge.

Los monjes se rigen por la Liturgia de las Horas. Las campanas avisan a Vísperas a las 6 de la tarde. En la iglesia, el órgano y el rezo generan una atmósfera de paz. Espero al monje hospedero. A las 7 de la tarde vamos al refectorio. Cenamos en silencio, en una mesa austera: agua, vino, un plato de arroz caldoso, una empanada, una mandarina, y en apenas 20 minutos. Antes del descanso nocturno, rezan las Completas. A las 9 el silencio es absoluto. Las campanas lo rompen a las 5, avisando al rezo de Maitines. "¿Esta es la rutina diaria?", pregunto al padre hospedero. "Sí, hasta que te mueres. Pero no lo vemos como una rutina; estar aquí es muy intenso".

Tesoros rupestres

Amanece mi tercer día en las Montañas de Prades, ante el testimonio más antiguo de habitantes en la Costa Daurada. El bisonte en ocre que veo es del Paleolítico. Montblanc es el punto de partida para las excursiones guiadas al conjunto rupestre del barranco del Mas d’en Llort, descubierto en 1830, antes que las pinturas de Altamira. Forma par- te del excepcional conjunto de pinturas rupestres declaradas Patrimonio de la Humanidad. Montblanc, la capital de la Conca de Barberà, brinda además un agradable paseo por uno de los recintos amurallados medievales más completos de Cataluña.

Santa Maria de Siurana

Al llegar a L’Alt Camp, entro al país del calçot. Valls es su capital. Alexandra Plana, del restaurante Cal Ganxo, me cuenta que lo que popularizó la calçotada fue la llegada de los primeros turistas en Seat 600. Del 15 de noviembre al 7 de abril es la temporada del calçot de Valls, que debe cumplir con los criterios de la Indicación Geográfica Protegida que garantizan su buena cocción en la parrilla. Tengo el babero puesto para la calçotada. En la mesa, el porrón de vino, la cesta de pan y la salsa. Los calçots se sirven en una teja. Al pelar esos tallos asados de cebollas tiernas y sin bulbo, los dedos se tiznan; unto la parte blanca en la deliciosa salsa y la levanto para dejarla caer en la boca. La calçotada típica de Valls sigue con judías secas, alcachofas, carne de cordero y longaniza. De postre, crema catalana y una naranja.

Me detengo en Nulles para conocer una de las denominadas catedrales del vino. El término se le ocurrió al escritor Angel Guimerà, a quien estos edificios le parecieron más catedrales que bodegas. La de Nulles la construyó César Martinell, quien aplicó lo aprendido con Gaudí en una cincuentena de otras sorprendentes construcciones agrícolas.

Torres humanas

Valls es también el corazón de los castells. Su práctica está extendida por todo el territorio y como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad es un símbolo internacional de Cataluña. Para conocer la tradición, acudo al ensayo de la Colla Vella dels Xiquets de Valls. En la ciudad también está la Colla Joves Xiquets de Valls. Ambas collas, la vieja y la nueva, son rivales ancestrales, como si un derbi Madrid-Barça se viviera todo el año y no solo en un partido. Los castillos pesan, tiemblan. Los participantes lo sienten. "Cuando un castillo se va a caer, se nota", me explica Lurdes Quintero, vicepresidenta de la Colla Vella. Es una sensación compartida por las más de 700 personas que colaboran en levantar y descargar con éxito un castillo. Como por ejemplo el quatre de nou, en el que la caída es muy peligrosa. En el 2015 lograron levantarlo por segunda vez en la historia, 134 años después. Soportar el peso de la historia, solo se consigue con un grupo humano en el que los participantes viven y entrenan como una familia.

Concurso de Castells en la Tarraco Arena

Muchos de los éxitos de las collas se celebran en el Portal 22, popular lugar de encuentro en Valls. Allí ceno junto al ventanal de la fachada, desde donde veo la torre del campanario iluminada como si fuera un castillo humano. La carta se basa en tapas para compartir y cambia cada temporada. Pero hay dos que se mantienen por su éxito: canalones de sepia y tentáculo de pulpo. Para quien lo desee, la noche se alarga con los cócteles que prepara un biólogo de formación.

Finalizo mi viaje en la Casa Museo Pau Casals, el gran compositor catalán, que nació en 1876 en El Vendrell. Hizo construir su residencia de descanso en Sant Salvador, pero el desenlace de la Guerra Civil le forzó a abandonarla y exiliarse hasta su muerte en 1973, en San Juan de Puerto Rico. El museo brinda un itinerario por su vida y obra en diferentes espacios. Sigue emocionando ver en la sala de música cómo interpreta el Cant dels ocells con su prodigiosa entrada de arco.

Al entrar en el museo, veo la playa y el mar tras un ventanal: el paisaje añorado que nunca le abandonó. El artista rememoró a menudo el luminoso balanceo del mar, "siempre el mismo y siempre diferente". Es el Mediterráneo de la Costa Daurada, que a él le sonaba, como la Novena sinfonía, a paz y encuentro de culturas.

Playa de Sant Salvador

Compártelo

¿Deseas dejar de recibir las noticias más destacadas de National Geographic España?