Roma, viaje a la ciudad eterna

Césares y papas la colmaron de tesoros, creados para perpetuar su gloria. Los más grandes artistas de la Antigüedad, del Renacimiento y del Barroco la adornaron con su talento. En Roma, el poder y la belleza salen continuamente al encuentro de unos viajeros que, desde hace veinte siglos, acuden para admirarla.

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shutterstock 110073749. Coliseo

Coliseo

La inauguración de este gigantesco anfiteatro en el año 80 fue uno de los mayores acontecimientos del Imperio. Sus tres graderías tenían capacidad para 50.000 espectadores. 

Foto: Iakov Kalinin / Shutterstock

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La Roma de los papas

La magnífica cúpula de San Pedro del Vaticano destaca en el cielo nocturno de Roma.

Foto: Reidl / Shutterstock

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Foro romano

La mítica avenida es como un libro de historia a cielo abierto en el que aún se reconocen los monumentos y edificios más relevantes del Imperio.

Foto: Francesco Carovillano / Fototeca 9x12

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La ruta de la iglesias

El itinerario por la Roma de las iglesias descubre auténticas joyas artísticas, como la basílica de Santa Maria Maggiore, del siglo V.

Foto: Zoonar / Age Fotostock

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Piazza Navona

El antiguo estadio de Domiciano acogió durante siglos el mercado de la ciudad. Bajo estas líneas, la fuente de Neptuno y, detrás, la de los Cuatro Ríos, ambas de Bernini. 

Foto: Belenos / Shutterstock

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El castillo de Sant’Angelo

Erigido como mausoleo del emperador Adriano, se transformó en castillo fortificado y, desde 1925, en un museo que exhibe objetos de distintas épocas.

Foto: Pietro Canali / Fototeca 9x12

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Galería Borghese

La escultura de Paulina Borghese, hermana menor de Napoleón Bonaparte, es una de las obras más famosas de este museo.

Foto: Luxerendering / Shutterstock

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Joyas ocultas

El éxtasis de Ludovica Albertoni es una de las obras más expresivas de Bernini. Se halla en la iglesia de San Francesco a Ripa, en el Trastevere. 

Foto: Bridgeman Images / Age Fotostock

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Trastevere

El atractivo del barrio al otro lado del río reside en sus tiendas de artesanos, plazoletas y pequeños restaurantes.

Foto: José Antonio Moreno / Age Fotostock

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La boca della verità

La legendaria máscara se encuentra en el pórtico de la basílica de Santa María en Cosmedín, a pocos pasos del Circo Massimo.

Foto: Giovanni Simeone / Fototeca 9x12

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Piazza spagna

La fuente de la Barcaza, obra de Bernini, y la iglesia de la Trinitá dei Monti en lo alto de la escalinata. 

Foto: Pietro Canali / Fototeca 9x12

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Santa Maria Maggiore

La capilla Borghese, en un extremo del crucero, fue añadida en el siglo XVII. Su decoración barroca contrasta con los mosaicos bizantinos del resto de la basílica.

Foto: Michele Falzone / Age Fotostock

Pepe Verdú

30 de diciembre de 2016

¿Cuánto sabes sobre Roma?

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TEST NG: ¿Cuánto sabes sobre Roma?

Miro hacia todas partes, sobrecogido. Las grandes dimensiones y la opulencia del templo resaltan mi insignificancia. Estoy en Santa Maria Maggiore. Roma tiene setecientas iglesias, pero esta es una de las cuatro "basílicas mayores", las más importantes para el catolicismo. El Papa o sus delegados son los únicos que pueden consagrar misa en sus altares principales. Cerca de este, por cierto, se guardan los restos de la Sagrada Cuna donde Jesús recién nacido fue acomodado en Belén.

Más austera, la cercana iglesia de San Pietro in Vincoli atesora las cadenas que retuvieron a san Pedro durante su cautiverio. Roma está llena de reliquias. El causante fue el Concilio de Cartago, celebrado el año 420, que prohibió la consagración de nuevas iglesias si no tenían algún resto sacro en su altar. El mercado debió de ser boyante en la época. En cualquier caso, esta vez no acudo a San Pietro in Vincoli para venerar reliquias, sino para admirar la escultura de Moisés, obra maestra de Miguel Ángel. Me amilana su aspecto enfurecido, la tensión a punto de explotar que transmite.

Aprovechando el agradable sol otoñal, decido dar un paseo hasta la Antigüedad clásica y apurar la mañana en el Museo Capitolino. Como su nombre sugiere, se alza sobre el monte Capitolio, una de las míticas siete colinas locales. De ellas impresiona más su aura que las magnitudes, pues ninguna supera los 65 metros de altura. El museo está en la plaza del Campidoglio, un delicioso espacio concebido, también, por Miguel Ángel.

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Aunque pretendo comenzar por el principio, casi me arrepiento cuando Luperca me enseña los dientes. ¿Ha gruñido? Quizá le incomoda mi presencia mientras amamanta a Rómulo y a Remo. Cauto, doy un paso atrás, pero no aparto los ojos de la escultura: la leyenda afirma que esos dos cachorrillos humanos fundaron Roma, el origen de aquel gran Imperio. Resulta comprensible cierto engreimiento en la loba. Además, se sabe la joya del Museo Capitolino, la pieza que todos los visitantes anhelamos ver. Hasta hace poco se le atribuía un origen etrusco y veintidós siglos de antigüedad. Sin embargo, los estudios por carbono-14 apuntan una datación medieval, mucho más reciente. En cualquier caso, el hecho no resta ni un ápice de hermosura a la pieza ni a la leyenda que ilustra.

La magia del Foro Romano

Ávido de más vivencias clásicas, me encamino hacia el Foro Romano, que se esparce en pleno centro de la ciudad. En él se concentraron los edificios públicos durante los dos siglos de existencia de la República (510 a.C.- 275 a.C.). Luego, diversos emperadores hicieron sucesivas reformas, ampliaciones o adosaron sus propios foros al original, hasta dejarlo irreconocible. Hoy, arcos, templos y basílicas se suceden sin ninguna lógica aparente. El orden geométrico que caracteriza las ciudades romanas en provincias brilló por su ausencia en la capital del Imperio. Hacen falta infografías, recreaciones en 3D y otros recursos tecnológicos para dar coherencia al espacio. Aun sin ellos, me deleita pasear junto a los arcos de Septimio Severo o Tito, curiosear en el templo de Saturno, admirar el de Cástor y Pólux...

La entrada para visitar el Foro también me abre las puertas del Coliseo, el Anfiteatro Flavio. Inaugurado en el año 80 durante el mandato del emperador Tito, su aforo fue de cincuenta mil espectadores. No sé qué me impresiona más, el ciclópeo tamaño del conjunto o su pasmosa armonía. El descarnado edificio tiene tanta belleza que es fácil olvidar las luchas a muerte entre gladiadores o las morbosas matanzas de cristianos.

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Pretendo pasar mi segundo día en Roma de plaza en plaza y empiezo por una de las más carismáticas: la de Trevi. Una multitud de turistas invocan un romántico sortilegio y arrojan tres monedas a la fuente a cambio de una vida sentimental plena. Me sumo a ellos de hurtadillas, reconfortado por saber que el Estado italiano recupera diariamente las ofrendas y dedica la recaudación a obras sociales, en torno a un millón de euros al año.

Paso de largo la plaza Venezia y el pomposo monumento a Vittorio Emanuele II, camino de la Piazza del Gesù, cuya iglesia he visto varias veces... en América. No es broma: la fachada del Gesù, iglesia madre de los jesuitas, inspiró numerosos templos erigidos por esa orden en el Nuevo Mundo. La ornamentación interior abruma. Los frescos que cubren las bóvedas también impactan, aunque para apreciar sus detalles conviene verlos reflejados en un espejo, en lugar de contemplarlos directamente.

Algo cansado, me permito una pausa y una colación en los alrededores de la Piazza della Rotonda, después de visitar el Panteón. Necesito recuperar fuerzas, me espera una tarde emocionante. Para abrir boca, visito el Campo de’ Fiori, donde la Inquisición quemó al astrónomo y pensador Giordano Bruno en 1600. Una estatua honra su memoria. La rodea un colorido mercado que, las mañanas de lunes a sábado, ofrece exquisiteces gastronómicas además de alimentos recién salidos del huerto. Debí venir por la mañana, ¡mecachis! Me consuela pensar que si, en vez de unas horas tarde, hubiera acudido 148 años demasiado pronto, no habría encontrado ni el mercado, pues llegó a este emplazamiento en 1869, cuando lo desterraron de la Piazza Navona.

La encantadora Piazza Navona

De atmósfera festiva, amplia y luminosa, abarrotada a casi cualquier hora, la Piazza Navona se construyó sobre el antiguo estadio de Domiciano, cuya forma de herradura conserva. También permanece un obelisco tallado en Egipto por orden del mismo emperador. En torno al monolito, Gian Lorenzo Bernini construyó la exuberante Fontana dei Quattro Fiumi (Fuente de Los Cuatro Ríos), que representa los mayores cursos de agua conocidos en su época: el Danubio, el gran río de Europa; el africano Nilo; el asiático Ganges; y el río de la Plata, como representante del continente americano.

Desde los tiempos de los césares, Roma siente una pasmosa devoción por los obeliscos. La ciudad actual exhibe catorce, pero se cree que hay algunos más, enterrados. No acabaré mi jornada sin admirar otro: el obelisco Salustiano, que se alza frente a la Trinità dei Monti.

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A sus pies se halla la Piazza di Spagna, que debe su nombre a la presencia de la Embajada de España ante la Santa Sede y ante la Orden de Malta; la legación ante Italia está en otro lugar. Después de contemplar la Fontana della Barcaccia (Fuente de la Barcaza), esculpida por un joven Gian Lorenzo Bernini y por su padre Pietro, remonto las escaleras que llevan a la iglesia de la Trinità dei Monti. El templo pertenece al Estado francés, que lo gestiona y mantiene. La escalinata de 137 escalones comunica esta zona gala y la Piazza di Spagna, construidas en 1725 como símbolo de la fraternidad entre los borbones de ambos reinos. Su reciente restauración las mantuvo cerradas al público durante un año, hasta septiembre de 2016.

Para mi tercer día en Roma apuesto por pasar gran parte de la jornada en la otra orilla del Tíber. No me importa dar un pequeño rodeo a fin de atravesar el río por el puente de Sant’Angelo, el mismo que los romeros (peregrinos) procedentes de toda Europa han utilizado en su marcha hacia El Vaticano durante los últimos cuatro siglos.

Dejo la visita al Estado Pontificio para otra ocasión y remonto las pendientes del Gianicolo, la "octava colina de Roma". Las panorámicas urbanas son extraordinarias, pero yo persigo un destino más discreto, menos vistoso. Busco Villa del Vascello, donde se conserva una importante biblioteca masónica. En Roma existen ochenta logias en funcionamiento. Los masones desempeñaron un papel activo en la lucha por la independencia italiana. Esa implicación les dio un prestigio que propicia cierta exposición pública.

Menos sigilosa es la sede de la Real Academia de España, organismo fundado por el Gobierno de la Primera República en 1873. Ocupa el antiguo convento franciscano de San Pietro in Montorio y acoge el lugar preciso donde, según la tradición, fue crucificado san Pedro. Lo señala un armónico templete erigido por Bramante.

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En el barrio del Trastevere las calles pierden pendiente y se llenan de adoquines. Estos tapizan la plaza de Santa Maria in Trastevere y pueden amargar el día a quien acuda con tacones. Alejado del centro urbano, el Trastevere fue tradicionalmente un territorio de comerciantes y extranjeros. No hay templos suntuosos ni ricos palacios. Los vecinos defendieron su diferenciación del centro romano con fiereza, y esa actitud dotó al barrio con una personalidad original. Tan original que cuando el turismo reparó en ella la asimiló a "la Roma más auténtica". Desde entonces, como señuelo, el barrio se ha llenado de restaurantes con manteles de cuadritos y estatuillas en las paredes. ¡Qué cosas! Aún así, el Trastevere sigue siendo una de las zonas donde mejor se come en Roma, si se busca un poco.

Las esculturas más gamberras de Roma

Con el estómago satisfecho, me dirijo a San Francesco a Ripa, la iglesia que conserva una de las esculturas más gamberras que conozco: El éxtasis de la beata Ludovica Albertoni, creación de un Bernini ya septuagenario. El artista se amparó en el supuesto trance místico de la religiosa para reproducir un orgasmo poco disimulado. Hecho inaudito, el artista se negó a cobrar este trabajo.

De risa en risa, atravieso el río Tíber en pos de otro hito romano: la Bocca della Verità, en Santa Maria in Cosmedin. Según la tradición, aquel mentiroso que introduzca su mano en la boca, la perderá. La escena protagonizada por Audrey Hepburn y Gregory Peck en la película Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953) hizo el lugar famoso a escala planetaria. Ahora, decenas de personas guardan cola para introducir su mano en esta máscara de mármol que posiblemente hiciera las veces de tapa de alcantarilla.

Gian Lorenzo Bernini, el último genio de Roma

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Reservo la última mañana a las catacumbas de San Calixto, en la Via Appia, más allá de los suburbios capitalinos. La "reina de las grandes calzadas", de cuatro metros de ancho, se extendió entre el Foro Romano y el puerto de Brindisi, donde se concentraba el comercio con el Mediterráneo oriental. Fue una de las vías más importantes de los 80.000 km que Roma pavimentó a lo largo del Imperio, destinadas a facilitar el flujo del comercio y el desplazamiento de las tropas.

Semejante tráfago no debió de alcanzar las catacumbas. Recorro una maraña de túneles, pasadizos, aposentos, sepulcros... Se percibe la sencillez de aquellas vidas, sometidas a la clandestinidad pero, a la vez, anhelantes por propagar su mensaje. Con el tiempo, los cultos a Júpiter, Saturno o Marte se abandonaron. En cambio, la fe cristiana se expandiría sin cesar, hasta que una nueva Roma, esta forjada por los papas, se levantase esplendorosa sobre los rescoldos del Imperio.