Rodas y el Dodecaneso

Este archipiélago guarda cientos de historias sobre pescadores y caballeros cruzados

Ver todas las fotos

18 de junio de 2017

Dodecaneso, del griego dódeca nisiá, sugiere que en este archipiélago griego hay una docena de islas, pero el asunto del número es sorprendente. Ciñéndonos a las habitadas y descartando islotes y rocas, se cuentan 21 islas: Patmos, Arki, Maratho, Lipsí, Agathonisi, Farmakonísi, Leros, Kálymnos, Telendos, Psérimos, Kos, Nísyros, Lévitha, Astypálaia, Tílos, Sými, Chálki, Rodas, Kárpathos, Kásos y, rozando la costa turca, la remota Kastellorizo.

Las islas Cícladas más bonitas

Para visitar el Dodecaneso primero hay que sobrevolar o cruzar en barco el Egeo (el mar por donde pasean los ángeles según los griegos) hasta la isla de Rodas. Los viejos molinos sobre el muelle y las murallas de su ciudad medieval reciben al viajero. Falta el Coloso de Rodas, la estatua de bronce de 37 metros de alto considerada una de las siete maravillas del mundo antiguo, derrumbada por un terremoto y cuyos trozos, dice la leyenda, se llevaron unos piratas sarracenos en el siglo VII a lomos de 900 camellos.

Rodas es el conjunto urbano medieval más extenso de Europa y perderse por sus laberínticos callejones es como retroceder en el tiempo. La isla, igual que las otras del archipiélago, cambió de manos a lo largo de la historia, pero fueron los Caballeros de la Orden de San Juan –también conocida como «de Malta»– los que dejaron una huella más profunda y edificaron la ciudad amurallada que aún pervive. La restauración llevada a cabo por los italianos, que ocuparon estas islas entre 1912 y 1948, le devolvió el antiguo esplendor, en especial a las señoriales construcciones del barrio de los Caballeros. Encaramados a las murallas es posible evocar el asedio otomano de 1522, dirigido en persona por el sultán Solimán el Magnífico y que terminó con la expulsión honrosa de estos monjes guerreros quienes acabaron refugiándose en la isla de Malta, de la que tomaron el nombre.

Tres milenios de historia

Pero la isla de Rodas no es solo la ciudad. Hay que recorrer el interior, tapizado por montes boscosos, y alcanzar la costa oriental para visitar Lindos. Blanco y coronado por su acrópolis, el pueblo se asienta en la falda de un promontorio que se adentra en el mar, sobre el que se erigen las ruinas del templo de Atenea Lindia (siglo IV a.C.). No es ciertamente una gran ciudad, pero ha estado habitado de forma ininterrumpida los últimos 3.000 años.

Desde la señorial Rodas es fácil desplazarse a la vecina isla de Chálki. El puerto, Emborios, brilla al fondo de una pequeña bahía. Sus casas, de estilo vagamente neoclásico y pintadas de colores pastel, son las antiguas mansiones de capitanes, armadores y comerciantes que se enriquecieron con la pesca de las esponjas a finales del siglo XIX y principios del XX. Durante esas décadas la isla vivió una edad de oro, se abandonó el viejo pueblo de Horió, situado en el interior de la isla, y se edificó el nuevo al lado del mar. La iglesia de Agios Nikolaos tiene un impresionante patio empedrado y su puerta está flanqueada por dos columnas recuperadas de un templo dedicado a Apolo.

La torre del reloj es un obsequio de los isleños que emigraron a la también cálida Florida, en Estados Unidos

La torre del reloj es un obsequio de los isleños que emigraron a la también cálida Florida, en Estados Unidos. Vale la pena andar los dos kilómetros que separan Emborios del antiguo pueblo abandonado y, una vez allí, trepar hasta el castillo de los Caballeros de San Juan, un nido de águilas desde el que se contempla el rocoso y reseco paisaje isleño, rodeado por un mar azul cobalto salpicado de islotes.

Ir de la diminuta Chálki a la mediana Sými es como saltar de una hermana a otra, ya que ambas tienen rasgos parecidos. Sými es también una isla rocosa, cuna de navegantes, famosa por sus barcos y enriquecida gracias a la pesca de esponjas. Las casas de Gialos, el puerto de la isla, exhiben toda la gama de ocres y amarillos mientras se encaraman por la ladera hasta fundirse con el núcleo viejo, Chorio, situado en lo alto. El conjunto es tan bonito que le ha valido calificativos como «la perla del Dodecaneso» y «el puerto más bello del Egeo».

La isla de los buzos

Gialos debe saborearse con detenimiento y, mientras se merodea por los muelles o se toma un café o un ouzo (licor elaborado con uvas y anís) en una de sus tabernas, conviene dedicar un recuerdo a los pioneros del buceo con aire comprimido, una actividad que se llevó a cabo entre 1864 –año en que se introdujo la escafandra precisamente en Sými– y la Primera Guerra Mundial. A poca distancia de Gialos se abre la ineludible bahía de Panormitis, dominada por el monasterio dedicado al Arcángel San Miguel, patrón de la isla y protector de los marinos. La colección de exvotos dejados en agradecimiento al santo por su protección es impresionante.

Saltar desde Sými hasta la isla más occidental del archipiélago, Astypálaia, es como entrar en un mundo diferente. Esta isla con perfil de mariposa forma parte del Dodecaneso, pero en realidad se parece a las vecinas Cícladas porque, como aquéllas, Astypálaia también perteneció a los venecianos entre los siglos XIII y XVI. Ellos edificaron el castillo alrededor del cual se congregan hoy las casas blancas de la Chora o Pueblo Alto.

Al sur del archipiélago y conectada por barco con Rodas, se encuentra la alargada y montañosa Kárpathos

En la recortada costa de la isla abundan las pequeñas calas y ensenadas, muchas sombreadas por tamariscos, con aguas cristalinas donde tomar un baño es un capricho irresistible. Al sur del archipiélago y conectada por barco con Rodas, se encuentra la alargada y montañosa Kárpathos, con un aire de isla remota. Sus dos extremos están tan mal comunicados que más bien parece que se trate de dos islas diferentes. Su puerto es Pigadia, en el sur, una pequeña ciudad moderna y acogedora desde la que es fácil acceder a los viejos y tradicionales pueblos del interior. Como Olympos, en el norte, que se asoma al mar desde un acantilado en el que se perfila una ristra de molinos de viento, algunos en funcionamiento desde hace siglos. Se puede llegar por un largo camino a través de las escarpadas montañas que, apto únicamente para coches todoterreno, motos y senderistas, aunque es mejor acercarse por mar desde Pigadia y desembarcar en Diafani.

Santorini y Mikonos

Aquí el tiempo parece haberse detenido. Por sus callejuelas pasean mujeres vestidas con los trajes tradicionales y calzadas con elaboradas botas de cuero. El canto de los molinos impulsados por el viento y el aroma del pan cocido con leña en los hornos comunitarios transportan a un Mediterráneo que muchos creían perdido.

PARA SABER MÁS

Documentos: pasaporte o DNI.

Idioma: griego.

Moneda: euro.

Diferencia horaria: 1 hora más.

Llegar y moverse: Hay vuelos directos desde España hasta Rodas, aunque también es posible llegar vía Atenas. Las islas del archipiélago están conectadas por una buena red de transbordadores, que en verano aumenta la frecuencia de paso. Algunas islas disponen de aeropuerto, como Kárpathos. Para moverse por las islas resulta conveniente alquilar un coche o una motocicleta. Rodas cuenta, además, con un buen servicio de autobuses que recorren toda la isla.

Turismo del Dodecaneso

Turismo de Grecia

Outbrain