Lo mejor de Praga

Recorrido desde la plaza Tyn a la colina del Castillo

Praga

Praga

José Antonio Mourenza

24 de julio de 2012

Praga es un rincón mágico en pleno centro de Europa. El visitante lo puede comprobar desde el primer minuto de su estancia cuando, en la plaza de la Ciudad Vieja (Staré Mesto), se topa con el Reloj Astronómico de la torre del Ayuntamiento. Cada hora en punto, las campanadas se acompañan del baile de unos autómatas que representan a la muerte y a los doce apóstoles; cuenta la leyenda que para evitar una copia de este milagro mecánico, el maestro relojero fue dejado ciego. Desde los setenta metros de la torre del Reloj se corrobora el apelativo de «ciudad de las cien torres» que recibe Praga, con los pináculos góticos de la iglesia de Nuestra Señora de Tyn silueteando el cielo en primer término.

Cada fachada presenta una decoración única, con dibujos que acabaron por dar nombre a los edificios

Después de la sorpresa inicial es imprescindible disfrutar de un café en alguna de las terrazas de esta amplia plaza. Contemplar los palacios neoclásicos y barrocos que se erigen alrededor es todo un descubrimiento. Cada fachada presenta una decoración única, con dibujos que acabaron por dar nombre a los edificios: el Unicornio Dorado, el Carnero de Piedra o el Broche Azul. El recorrido se convierte a continuación en un agradable paseo peatonal, flanqueado por comercios que venden el famoso cristal de Bohemia y otros productos típicos del país. Los pasos confluyen en la torre de la Pólvora, una de las trece puertas que daban acceso a la ciudad en la Edad Media y que ahora permiten admirarla a vista de pájaro. El edificio contiguo es la Casa Municipal, sede de conciertos de la melancólica música de Bedrich Smetana, compositor y nacionalista checo del siglo XIX. La visita a la Casa Municipal tiene otro aliciente artístico: las paredes rebosantes de pinturas del modernista Alfons Mucha (1860-1939).

Un paseo por Praga

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Un paseo por Praga

Aquí empieza la Ciudad Nueva (Nové Mesto), cuyo centro es la plaza de San Wenceslao, que en realidad es una gran avenida flanqueada por edificios decimonónicos como el Museo Nacional, el Teatro de la Ópera y el modernista Hotel Europa. Este último es un agradable lugar para sentarse a tomar un té y recrear las vivencias del protagonista de la novela de Bohumil Hrabal Yo, que he servido al rey de Inglaterra (1971), un ambicioso camarero en la Praga de los años previos y posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Cerveza praguense

La Ciudad Nueva, además de tesoros artísticos, también esconde rincones de interés mundano como la Cervecería-Museo U Flecku, que elabora su propia cerveza desde el siglo XV. Almorzar o cenar en este establecimiento equivale a ingerir grandes cantidades de líquido ámbar, pues las jarras consumidas son sustituidas a una velocidad muy superior a los platos de sopa de cebolla, cerdo con col o salchichas.

Las sorpresas van en aumento a medida que uno avanza por el corazón de esta veterana capital europea. Veinte minutos después de dejar la cervecería U Flecku camino al puente de Carlos, un reloj que va marcha atrás anuncia la entrada al viejo distrito judío, Josefov. Es el reloj con caracteres hebreos del ayuntamiento de un barrio que llegó a ser el enclave judío más importante de Europa. Hoy es la sede de un museo que agrupa seis sinagogas y un camposanto sin apenas espacio para caminar entre las lápidas. Los cinco mil judíos que actualmente viven en Praga gestionan tiendas, librerías y restaurantes kosher.

En la otra orilla del Moldava empieza Malá Strana, el corazón barroco de la ciudad. De los diez puentes que sobrevuelan el gran cauce de Praga, el más célebre es el puente de Carlos (1357-1402). Desde la torre gótica que custodia su acceso desde la Ciudad Vieja se distinguen las treinta estatuas de la Virgen y de diversos santos que decoran los 500 metros de pasarela. El más venerado es san Juan Nepomuceno, que fue lanzado al río tras ser torturado por orden del rey Wenceslao IV a finales del siglo XIV. Hoy el santo otorga favores a quienes piden un deseo poniendo la mano izquierda en la base de su estatua. No hay visitante que se resista al encanto del puente, sala de exposiciones al aire libre para pintores y artesanos, así como perfecto mirador sobre las aguas del Moldava y el Castillo.

Otras dos torres góticas marcan el final del puente y la entrada al barrio de Malá Strana. Lo primero que llama la atención es la inmensa cúpula de la iglesia de San Nicolás, que divide en dos la plaza de Malá Strana; el templo fundado en 1283 fue remodelado en suntuoso barroco entre los siglos XVII y XVIII. Pero el mejor ejemplo del estilo en que se reconstruyó el barrio está al otro lado de la plaza: la calle Nerudova (por el poeta Jan Neruda, 1834-1891), un desfile de pórticos con estucos, esgrafiados y esculturas.

El camino que asciende hacia el Castillo (Hrad) es la misma senda que hasta el siglo XVI siguieron los reyes de Bohemia para ser coronados. El recinto es el resultado de incendios, reformas, destrucciones y nuevas construcciones a lo largo de los siglos; es un enorme complejo en el que sucesivos patios encadenan palacios, museos, conventos, iglesias y la magnífica catedral de San Vito, la joya gótica de Praga. El Palacio Real es una lección de historia, desde el sótano románico hasta los salones góticos del piso superior, pasando por las salas de audiencia y la antigua Dieta o Parlamento de Bohemia. El silencio que reina hoy en estas estancias contrasta con los dramáticos acontecimientos que han tenido lugar aquí, como los nobles protestantes que lanzaron por la ventana a dos gobernadores católicos en 1618, hecho que dio origen a la Guerra de los Treinta Años que acabó incendiando Europa.

El Callejón del Oro

Al salir del antiguo Palacio Real conviene bordear el convento de San Jorge para ir en busca del Callejón del Oro, una hilera de diminutas casas adosadas al muro, cargadas de leyendas y hoy convertidas en tiendas turísticas. Se dice que aquí vivieron alquimistas en busca de la piedra filosofal, pero la historia certifica que lo hicieron soldados, delincuentes, artistas e intelectuales, como Franz Kafka, una de cuyas obras se llama precisamente El Castillo, donde reflejaba la angustia del ciudadano ante el poder.

El pulmón verde que se abre alrededor del Castillo invita a tomarse un descanso antes de visitar el barrio de Hradcany. Este distrito creció en conventos y palacios ajardinados tras el incendio de 1541, que también arrasó Malá Strana y el Castillo. El palacio Arzobispal, el de Sternberk –alberga la Galería Nacional–, el Toscano y el Cernín son los más majestuosos. Entre los monasterios, el Santuario de Nuestra Señora de Loreto recibe a peregrinos de todo el país, mientras que la abadía de Strahov posee una incomparable biblioteca que, repartida en varias salas, guarda 130.000 volúmenes. El convento de Strahov se erige en lo alto de la colina de Petrin, coronada por una réplica de la torre Eiffel y accesible en funicular desde Malá Strana.

Desde esta atalaya se contempla el mejor atardecer de Praga. Sin embargo, cuando la noche se adueña de la ciudad, es preferible regresar a orillas del río Moldava, arteria vital de la capital checa. Un paseo en barco permite vislumbrar cómo se mueven las estatuas del puente de Carlos a la luz de la luna o cómo parece bailar The Dancing House, edificio de Frank Gehry al que llaman Ginger y Fred. Aprovechando la penumbra, nada mejor que acercarse a uno de los locales que ofrecen Teatro Negro para conocer estos espectáculos de luz y sombras típicamente checos. Debe de ser el síndrome de Praga: una ciudad donde a veces se difuminan los límites entre la realidad y la imaginación.

A tener en cuenta

Documentación: dni o pasaporte.
Idioma: checo.
Moneda: la corona checa.
Cómo llegar y moverse: Hay vuelos directos desde Madrid y Barcelona. El aeropuerto se halla a 15 km del centro urbano. La ciudad dispone de red de metro, autobús y tranvía para trasladarse de forma rápida entre barrios. Los billetes son polivalentes y se venden abonos para 1, 3 y 5 días. La oficina de turismo organiza paseos guiados a pie o en bicicleta bajo el nombre de Ruta Modernista y Ruta Literaria, entre otros.

Museos: La tarjeta turística Prague Card permite entrar en más de 50 monumentos y museos, así como
obtener descuentos en tiendas y en visitas guiadas

Guía recomendada: Praga-Gente Viajera. Alhena Media, 2012.