Patagonia, espectaculares paisajes del sur de Argentina

El sur de Argentina es un cofre repleto de paisajes que cortan la respiración. Este viaje hilvana los tres más espectaculares: los lagos de Bariloche, la Península Valdés y el glaciar Perito Moreno

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Fitz Roy

Este pico de 3.405 metros es el emblema de los Andes más agrestes y salvajes. Desde El Chaltén parten itinerarios que se acercan a su base y también las rutas que suben a la cumbre.

Foto: Dmitry Pichugin / Age Fotostock

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Villa la Aangostura

La cascada de Santa Ana salta 50 metros entre rocas basálticas y helechos. Es uno de los mayores atractivos de esta localidad situada a 70 kilómetros de Bariloche.

Foto: Federico R. Grosso

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Perito Moreno

Con un frente de 5 kilómetros de longitud y unos 60 metros de alto, el glaciar más famoso de la Patagonia vuelca sus hielos en el brazo sur del Lago Argentino.

Foto: Yann Arthus-Bertrand / Getty Images

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Experiencia en una estancia ganadera

La Patagonia está repleta de haciendas ganaderas, denominadas "estancias", que en los últimos años se han transformado en confortables alojamientos rurales. Emplazadas en enclaves de gran belleza, en medio de praderas con los Andes como telón de fondo y alejadas de las poblaciones, ofrecen mucho más que dormir bajo el cielo de la Patagonia. Las rutas a caballo, a pie y en vehículo todoterreno permiten explorar los alrededores, alcanzar lagos, contemplar ríos que bajan caudalosos de las montañas e incluso visitar abrigos rupestres. También resulta emocionante presenciar actividades propias del día a día de las fincas ganaderas, como la esquila, la yerra y la doma.

El apartado gastronómico constituye la otra gran baza de las haciendas patagónicas. De sus fogones salen delicias gastronómicas a base de carne de primerísima calidad, que van acompañadas de vinos de la región. Compartir la tradicional infusión de mate es un gesto de cortesía entre anfitriones y visitantes.   

La mayoría de las estancias deben su origen a los inmigrantes europeos que llegaron a finales del siglo XIX y principios del XX. Algunas se convirtieron en pequeños pueblos, con establos, viviendas para peones, escuela e incluso enfermería. En muchas la mansión del dueño o hacendado aún conserva el aire de lujo de antaño.

Foto: Getty images

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San Carlos de Bariloche

Es la puerta de entrada al Parque Nacional Nahuel Huapi, en la región de los lagos.

Foto: Kevin Read

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Puerto Pirámides

Grandes colonias de pingüinos y leones marinos habitan bajo los acantilados blancos que se alzan en este enclave del sur de Península Valdés. 

Foto: Raphael Koerich / Age Fotostock

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León marino

Estos animales, que pertenecen al grupo de los pinnípedos, son de los pocos mamíferos adaptados al medio acuático. Por lo general habitan aguas frías, por lo que bajo la piel tienen una capa de grasa que les ayuda a mantener la temperatura de su cuerpo.

Foto: Age Fotostock

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Fitz Roy

Las excursiones a pie hasta la Laguna Torre y a la Laguna de los Tres regalan panorámicas sensacionales de las esbeltas cimas de granito.  

Foto: Hilton Chen / Age Fotostock

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Ballena Franca

El hábitat de este cetáceo es exclusivamente el hemisferio sur. Puede llegar a medir unos 16 metros de largo aproximadamente y es uno de los animales más populares de los avistamientos en la Patagonia. La mejor época es durante el invierno del hemisferio sur.

Foto: Age Fotostock

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Península Valdés

Puerto Madryn y Puerto Pirámides son los puntos de partida para explorar a pie, en vehículo o en barco esta zona de la Patagonia atlántica.

Foto: Michael Runkel / Getty Images

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Cueva de las Manos

La Patagonia fue el hogar de uno de los grupos humanos más antiguos de América del Sur. Así lo revelan las pinturas rupestres halladas en las cuevas y farallones del Cañadón del Río Pinturas, en la provincia de Santa Cruz, a seis horas en coche del glaciar Perito Moreno. El sitio arqueológico Cueva de las Manos alberga el conjunto de pinturas más destacado, con 600 metros cubiertos de representaciones de animales, escenas de caza, negativos de manos y figuras abstractas. En 1941, el sacerdote Alberto M. de Agostini fue el primer hombre blanco en ver las pinturas, un momento que recogió en su libro Los Andes (1950) junto a descripciones y cuatro fotografías. En la Cuenca del Río Pinturas se localizan otros enclaves arqueológicos que ponen de manifiesto la presencia en la zona de una comunidad de cazadores recolectores hace 9.300 años. 

Foto: Age Fotostock

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Pingüino de magallanes o patagónico

Se trata de una especie de pingüino propio de esta región: habita en el sur de Argentina y en las Islas Malvinas. No miden más de medio metro y sus condiciones físicas están adaptadas a las bajas temperaturas, que soportan gracias a una gruesa capa de grasa que envuelve su cuerpo y les permite mantener el calor. Cavan pequeñas cuevas a modo de nidos en las costas de la Patagonia, a donde vuelven cada año para la nueva puesta de los huevos.

Foto: Getty Images

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Senda de hielo

Las caminatas de un par de horas por el Perito Moreno permiten acercarse al fascinante mundo de los glaciares.

Foto: Ed Norton / Getty Images

Carmina Balaguer

16 de enero de 2017

La impresionante Patagonia argentina

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La impresionante Patagonia argentina

Buenos Aires queda tan lejos que parece no haber existido nunca. El viajero que se adentra en los paisajes de la Patagonia pierde su memoria urbana y siente que forma parte de un planeta asombroso.

Antigua tierra de indígenas, colonos ganaderos y bandidos, el sur de Argentina y sus seis regiones (La Pampa, Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra de Fuego) reúne una naturaleza imponente. Desde la costa atlántica hasta la cordillera andina, pasando por bosques, tierras semiáridas y el don del agua en todas sus versiones. Arroyos, lagos, mares, glaciares y neblinas conforman un halo de nostalgia donde el fin del mundo es el inicio de la vida misma. Este viaje hilvana ese universo en tres etapas que visitan paisajes sobrecogedores: Bariloche y los lagos, Península Valdés y el Parque Nacional de los Glaciares.

San Carlos de Bariloche, capital de la provincia de Río Negro y puerta de entrada a la región de los lagos, suele ser la primera escala de todo viaje por la Patagonia. Ubicada en la ribera sur del lago Nahuel Huapi, la ciudad hace tiempo que se considera uno de los destinos de montaña –en verano e invierno– más famosos del país para los propios argentinos y para visitantes del resto del mundo.

Fuera de Argentina el nombre de Bariloche se asocia rápidamente al esquí y a lagos de impresionante belleza. Observarlos desde lo alto de una montaña constituye el mejor prólogo para empezar a comprender la Patagonia. Uno de los que ofrece un acceso más sencillo es el Cerro Campanario (1.050 metros), a 30 minutos a pie desde el centro de San Carlos y también conectado con telesilla. La vista desde allí abarca los lagos Moreno y Nahuel Huapi, la laguna El Trébol y también las islas Victoria y Huemul. La combinación del azul del agua y el cielo, el verde de los bosques y el blanco de las nubes en constante movimiento sume al espectador en una ensoñación que tarda en desaparecer.

Entre las montañas de Bariloche que destacan como referentes del esquí destaca el cerro Catedral, con 120 kilómetros de pistas. También las hay famosas entre los escaladores que buscan retos. Es el caso del Monte Tronador, de origen volcánico y con tres cumbres rodeadas por siete glaciares: el pico principal, de 3.491 metros, lo comparten Argentina y Chile; la cima chilena, de 3.320 metros; y la argentina, de algo más de 3.200 metros.

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Todos los cerros guardan, bajo su nombre castellano y un manto de nieve y roca, historias de origen tehuelche y puelche, los primeros habitantes de la región, cuya identidad quedó diluida tras la llegada de los mapuches. A finales del siglo XIX y a lo largo del XX, los colonos españoles se adueñaron de la zona, así como una destacada comunidad de inmigrantes alemanes y suizos. Tanto es así que San Carlos de Bariloche se ha situado como el máximo productor de chocolate del país.

Junto al Centro Cívico de la ciudad se encuentran numerosas tiendas que venden chocolate en todas sus variedades. Para profundizar en este legado suizo-alemán basta con alejarse 25 kilómetros de San Carlos de Bariloche y visitar la Colonia Suiza, el primer asentamiento europeo en la región. El Museo de Los Viejos Colonos muestra cómo en 1895 se instalaron aquí dos hermanos del cantón del Valais y empezaron a criar ganado y a cultivar hortalizas y frutas. Con el tiempo llegaron otras familias suizas que ampliaron la población. En la actualidad la Colonia Suiza es también conocida por el sabroso "curanto", que consiste en asar carne y verduras sobre piedras ardientes dentro de un hoyo.

San Carlos de Bariloche es la sede del Parque Nacional Nahuel Huapi, el primero de Argentina. Su origen se remonta a 1903 gracias a la donación de tierras del perito Francisco Moreno, quien las había recibido del gobierno como agradecimiento a su labor de topografiar el país. Con 710.000 hectáreas, el parque se emplaza entre las provincias de Neuquén y Río Negro e incluye la localidad de Villa La Angostura. Ahí empieza uno de los recorridos más conmovedores: el Camino de los Siete Lagos. Se trata del tramo de la Nacional 40 entre La Angostura y San Martín de los Andes, en el Parque Nacional Lanín; un recorrido de 110 kilómetros que pasa junto a siete lagos. Fruto de ríos glaciares, el tono de estos lagos es de un azul intenso y sumergir los pies en sus heladas aguas equivale a sentir la voz de la naturaleza indómita. Resulta recomendable recorrer el Camino de los Siete Lagos de sol a sol, dejando el lago Espejo para el final del día, cuando el ocaso despliega una sinfonía de colores.

A orillas del lago Nahuel Huapi, Villa La Angostura ofrece multitud de propuestas activas, como la excursión a las cascadas Dora y Santa Ana, ubicadas entre columnatas de basalto que semejan un gigantesco órgano emergiendo entre helechos y nubes de vapor. Cruzando en catamarán el lago Nahuel Huapi, en la península de Quetrihué se encuentra el Bosque Los Arrayanes. Con árboles de hasta 600 años de edad, caminar por este bosque de tono marrón canela es como entrar en un pequeño cuento.

Gauchos al límite

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Gauchos al límite

Al sur de Bariloche la población de El Bolsón ofrece otra curiosidad. Habitada por el movimiento hippy en la década de 1970, sus calles aún desprenden un halo liviano, tomando rostro de New Age a través de tejidos, ferias orgánicas y el respeto por el entorno. Entre las excursiones que parten de El Bolsón, destaca la llamada Cajón del Azul, que bordea el ensoñador paisaje del río Azul, pernoctando en refugios de montaña bajo las estrellas del hemisferio sur.

De los Andes Patagónicos pasamos a la costa atlántica, donde los acantilados de la Península Valdés nos dan la bienvenida con su azul salado. Es la voz del mar Argentino que, en este punto del mapa, convive entre el Golfo Nuevo y el Golfo San José. Ubicada en la provincia de Chubut, Península Valdés es una Área Natural Protegida, declarada Patrimonio de la Humanidad y compuesta por seis reservas naturales. En el pasado estaba habitada por los pueblos tehuelche. Más tarde, la colonización galesa echaría raíces en la localidad de Gaiman, unos kilómetros hacia el interior. Y, a finales del siglo XX, el oceanógrafo Jacques Cousteau (1910-1997) se interesó por su gran tesoro: las ballenas.

A diferencia de la Cordillera andina, donde el territorio está cuajado de cerros, glaciares y bosques, el paisaje de esta península está cincelado por el mar. Es la meseta andina que se despliega en acantilados gracias a la erosión del agua. Puerto Madryn y Puerto Pirámides son las principales localidades turísticas para explorar la zona y disfrutar de excelentes avistamientos de fauna marina. Delfines, pingüinos, elefantes marinos, ballenas francas y orcas han hecho de este paraje un hogar donde el rumor del mar se confunde con los gritos de los animales. Apareamientos y saltos, sonido y color, convierten al ser humano en un espectador minúsculo, ingenuo. Como dijo Paul Theroux en El viejo Expreso de la Patagonia (1979), el único trabajo del visitante en tierras patagónicas consiste en escoger entre lo diminuto y lo inmenso.

Delfines, pingüinos, elefantes marinos, ballenas francas y orcas han hecho de este paraje un hogar donde el rumor del mar se confunde con los gritos de los animales

Para ver este espectáculo partimos de Puerto Pirámides rumbo al Golfo Nuevo. El contacto con las ballenas se realiza desde una pequeña embarcación y, principalmente, durante la temporada de invierno del hemisferio sur. Si queremos conocer otras especies marinas, hay que hacer base en Puerto Madryn, considerada la meca del buceo argentino, donde podemos sumergirnos junto a leones marinos y delfines.

De aquí mismo nacen otras dos excursiones de interés: la Estancia San Lorenzo, 160 kilómetros al norte, que alberga una colonia de pingüinos de Magallanes; y la Reserva Punta Loma, 17 kilómetros al sur, donde encontramos fósiles y playas ocupadas por grandes manadas de leones marinos. Finalmente, nos despedimos desde Punta Delgada, que se asoma sobre el Golfo Nuevo. Allí un antiguo faro ofrece fantásticas vistas del océano.

El aire atlántico nos empuja de nuevo hacia la espina dorsal del continente americano, regresando a la cordillera andina a través de la provincia de Santa Cruz. El Parque Nacional de Los Glaciares, Patrimonio de la Humanidad desde 1981, posee una colección de colosales lenguas de hielo que descienden hasta los lagos, a diferencia de la zona de Bariloche donde los glaciares se localizan en las cotas más altas. Como si de un valle de lágrimas se tratara, la composición de azules y blancos es imponente.

Miles de personas ven la ruptura del glaciar Perito Moreno en directo

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El glaciar Perito Moreno se rompe

El Calafate, ciudad madre del lago Argentino, ejerce de base de todas las excursiones. En esta localidad las edificaciones nórdicas aportan color a las panorámicas veladas por el blanco. La estrella de todos los viajes es el glaciar Perito Moreno, a 80 kilómetros del Calafate; los barcos que se acercan por agua zarpan desde Puerto Bandera. Se puede contemplar desde lejos, paseando por pasarelas y observando su frente de 5 kilómetros de longitud, aunque resulta mucho más emocionante caminar sobre su superficie helada. Esta última opción revela la cara oculta de los glaciares: su blancura no es pura, sino azulada. El Perito Moreno orquesta una filarmónica mística cada cuatro o cinco años, cuando desprende sus gigantescos bloques de hielo, que crujen como un cielo al borde de un Big Bang. Un eco único, que sobrecoge el cuerpo y el alma.

El Calafate ofrece más emociones naturales. La excursión a bordo de un catamarán por el lago Argentino alcanza otros glaciares descomunales: el Upsala, el más largo de Sudamérica con 50 kilómetros, y el Spegazzini, que tiene su nacimiento en Chile y que, con 135 metros, dobla en altura al Perito Moreno. Los barcos que recorren este sorprendente lago navegan junto a pequeños icebergs y alcanzan la bahía Onelli, un lago lleno de témpanos desprendidos de tres glaciares. Si el sol acompaña, su reflejo muestra una gama de azules completa.

El sector norte del Parque de los Glaciares se visita desde la localidad de El Chaltén, a 215 kilómetros de El Calafate, pasando por el lago Viedma y el glaciar que lleva el mismo nombre. Meca de escaladores, la población es famosa por ofrecer una de las mejores perspectivas del monte Fitz Roy (3.405 metros), que ofrece su cara oeste a la vertiente chilena. La montaña toma el nombre del capitán del buque HMS Beagle, Robert Fitz Roy, que recorrió la provincia en 1834, aunque para el pueblo tehuelche era Chaltén, la "montaña humeante". El cerro de granito es sólido y esbelto, con cimas punzantes que son coronadas por una neblina extraña, evocando un pasado indígena que solo la Patagonia entiende. Fantasía y desafío son las propuestas de esta zona andina mítica entre los escaladores de medio mundo por la dificultad que ofrecen sus picos para ser conquistados.

La imagen de las torres del Fitz Roy rojas por los últimos rayos de sol es un final sublime al viaje patagónico, el último confín, como aboga Luis Sepúlveda en su libro Patagonia Express (1995). Un mundo sensible, salvaje, que permanece intacto pero que se deja querer y contemplar. Un lugar donde el viajero, conmovido, aprende a reverenciar la belleza de la naturaleza.