Paseo por la capital checa

Recorrido desde la Ciudad Vieja a la colina del Castillo

29 de abril de 2013

Praga le recibe a uno con música. Campanas y campanillas, violines que salen a la calle, el piano en los cafés, músicos ambulantes y numerosos conciertos en iglesias y teatros. Hay muchas capitales que se inscriben en la memoria, pero Praga, con su ambiente de antaño, enamora de manera especial. La plaza de la Ciudad Vieja es el corazón de la Praga antigua. En el edificio del Ayuntamiento el Reloj Astronómico marca las horas con el desfile de doce apóstoles en miniatura que, encima de la esfera zodiacal, salen por una puerta y entran por otra. En el otro extremo de la plaza, el sol del mediodía saca brillos a la Virgen de oro que decora la negra iglesia de Nuestra Señora de Tyn, una de las muchas muestras del esplendor gótico de la capital checa.

Luego hay que dirigirse hacia la plaza de San Wenceslao, mercado de caballos en época medieval y uno de los ejes de la Ciudad Nueva. Hasta llegar a ella se camina junto a muros de color ocre y terracota con estatuas incrustadas, como si salieran de los carteles y las pinturas de Alfons Mucha (1860-1939): esas cabezas femeninas son las primeras golondrinas del modernismo, que en Europa central recibió el nombre de secesión. La obra de Mucha se muestra en exclusiva en un museo emplazado en el palacio Kaunicky, a pocos pasos de la plaza San Wenceslao. Tras la visita apetece tomarse una taza de té con un pastel de manzana o de chocolate en el café del hotel Europa, una joya modernista de 1906, con revestimientos y lámparas originales, y un piano de cola en el que se tocan valses y polonesas cada día.

La praga multicultural

Atravesando la Ciudad Vieja rumbo norte se llega a Josefov, el barrio judío más antiguo de Europa. Es un buen lugar para reflexionar sobre la Praga de antes y la de ahora. Tras la Segunda Guerra Mundial desapareció la Praga bilingüe, multiétnica, multiconfesional y multicultural en la que Kafka hablaba en checo y escribía en alemán, y en la que los intelectuales judíos discutían en alemán y a veces en checo mientras sorbían su té en el Café Arco. En el cementerio judío, con sus lápidas medievales amontonadas en el reducido espacio, tan antiguas que parecen a punto de desplomarse, hay que buscar la tumba del rabino Löw (1520-1609). Es fácil reconocerla por las piedrecitas que se amontonan sobre ella: se dice que si se deposita una piedra encima de la lápida y se pide un deseo, el rabino lo hace realidad.

Tras la Segunda Guerra Mundial desapareció la Praga bilingüe, multiétnica, multiconfesional y multicultural

El paseo se dirige a continuación al puente de Carlos, con vistas espléndidas del Castillo, que se erige sobre el río como en una ensoñación. Varias de las estatuas barrocas subidas a su balaustrada fueron traídas de España. Durante la denominada «recatolización» de Bohemia (siglo XVII), los españoles introdujeron su religión y también su cultura haciendo de Praga una de las pocas ciudades europeas donde se imprimían libros en castellano.

El puente de Carlos, antes de desembarcar en Malá Strana, sobrevuela la isla de Kampa, separada de tierra firme por el arroyo del Diablo, una bifurcación del río Moldava. Tres molinos de agua y casas del siglo XVII conservan su aspecto de rincón anclado en el tiempo. Este viaje al pasado acaba tan pronto como se entra en el Museo Kampa de Arte Moderno, especializado en el pintor Kupka y en los innovadores escultores checos del siglo XX.

Callejeo por Malá Strana

El barroco protagoniza el resto del paseo por el barrio de Malá Strana, con algunos de los palacios y templos más representativos de ese estilo artístico. La iglesia de Nuestra Señora de la Victoria fue el primer edificio barroco erigido en Praga (1613). Es un lugar de culto muy venerado por albergar el Niño Jesús de Praga, una figura traída de España que cada mes cambia su vestido de colores llamativos y bordados de plata y oro. El Niño está acompañado por toda clase de angelitos, santos y columnas salomónicas, hundido bajo una enorme corona de oro.

Los jardines Vrtbovska, al lado, gozan de una privilegiada vista de la iglesia de San Nicolás (1761), otra obra maestra del barroco praguense tanto por su ornamentado exterior como por las estatuas, los frescos y las pinturas del interior. Este templo divide la plaza de Malá Strana, el corazón del barrio. En su costado norte, la calle Nerudova sube hasta el Castillo flanqueada por casas con escudos heráldicos y otros símbolos que las distinguían entre ellas.

La puerta de Matías es el acceso oeste del recinto del Castillo o Hrad, una sucesión de palacios, patios, iglesias y conventos que en su extremo oriental reúne una hilera de casas donde en el siglo xvi se alojaban las familias de los guardias y luego artistas e intelectuales como Franz Kafka (1883-1924). El primer patio que se atraviesa accede a los despachos presidenciales; el segundo está ocupado en el centro por la magnífica catedral de San Vito. Aquí es donde Kafka imaginó la célebre escena de su Proceso, la conversación con el guardián de la catedral. Y aquí se celebró la misa del funeral por el disidente y luego presidente Václav Havel (1936-2011), con el Réquiem de Dvorak resonando bajo las altas bóvedas góticas y las vidrieras multicolores de artistas del XIX como Alfons Mucha. También resulta imprescindible visitar al Palacio Real, residencia de los príncipes bohemios desde el siglo XI y sede de la antigua Dieta o Parlamento.

El sector del Callejón del Oro y sus casitas de colores vivos creció bajo el mandato de Fernando I, un Habsburgo nacido y educado en España y elegido rey de Bohemia en 1526. Durante el reinado de Rodolfo, su sucesor, la corte de Praga se convirtió en una de las más importantes sedes europeas de las artes y las ciencias, entre ellas la astronomía y la alquimia. Una leyenda afirma que en el Callejón del Oro los alquimistas habían buscado la fórmula de obtención del metal precioso y el medicamento que haría inmortal al hombre...

Fuera ya de las murallas se extienden los Jardines Reales. Entre los macizos de tulipanes emergen el palacete del Juego de Pelota (Mícovna), de 1563, y el renacentista palacio del Belvedere. Al lado se extiende el parque Chotkovy, un vergel colgante encima de Praga por donde paseaba Kafka y desde donde se divisan los siete puentes del Moldava a su paso por el centro de la ciudad.

Atardecer en la colina Petrin

Está anocheciendo cuando uno sube hasta el monasterio de Strahov, en la colina de Petrin, accesible también en funicular desde Malá Strana. En la calma nocturna, por una de las ventanas abiertas del convento, quizá se escape una melodía tocada a violín y seguramente sea de Mozart, a quien Praga siempre hizo feliz y donde estrenó más de una ópera. Tras visitar el monasterio, con sus bóvedas, torres blancas y biblioteca con 130.000 volúmenes antiguos, habría que reflexionar sobre la relación de amor y odio que la ciudad ha mantenido con los grandes artistas checos. Como Kafka, quien una vez dijo «Praga me tiene en sus garras y no me deja», el viajero siente que si cae enamorado de esta ciudad jamás podrá abandonarla.

PARA SABER MÁS

Documentos: DNI o pasaporte.

Idioma: checo.

Moneda: corona checa.

Llegar y moverse: Hay vuelos directos desde Madrid y Barcelona. El aeropuerto está a 15 km del centro y dispone de conexión en autobús. La red de transporte público tiene metro, autobús y tranvía; hay abonos polivalentes para varios días. Los cruceros por el Moldava ofrecen una perspectiva distinta de la ciudad. La oficina de turismo organiza rutas temáticas.

Tarjeta turística: La Prague Card permite entrar a más de 50 monumentos y museos, así como descuentos en tiendas y visitas guiadas.

Festivales: Praga tiene una nutrida agenda de eventos a lo largo de todo el año. En mayo destacan el Festival Internacional de Música de Primavera, La Praga de Mozart, el Festival de la Cerveza y el Fringe de teatro.

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