Nueva Orleans, la sensual reina del Mississippi

Esta preciosa ciudad goza de una situación geográfica privilegiada en el golfo de México, donde convergen diferentes culturas: criolla, afroamericana y europea. La música forma parte de su adn, al igual que el agua

17 de septiembre de 2017

Instalada en la desembocadura del Mississippi, el río fue su gran don, gracias al cual floreció su puerto, pero también estuvo a punto de ser su final cuando en 2005 el huracán Katrina rompió los diques de contención y la inundó casi por completo. Aun así, Nueva Orleans siempre renace. La ciudad hoy rebosa vitalidad: música en todas partes, desfiles callejeros, el colorido carnaval, los barcos de vapor y una gastronomía única en el país. Sin embargo, hay algo que Nueva Orleans oculta, su más preciado tesoro: los orígenes del jazz.

El primer barco de esclavos llegó al puerto de la Nouvelle Orléans en 1719, solo un año después de su fundación, cuando el colonizador francés Jean-Baptiste Le Moyne, señor de Bienville, estableció un emplazamiento comercial estratégico en honor al regente Felipe II, duque de Orleans. Su mercado de esclavos se convirtió en el más importante de un país, Estados Unidos, que por entonces ni siquiera se había constituido como tal.

Los esclavos generalmente provenían del golfo de Guinea, en la costa atlántica africana, y eran repartidos por las inmensas plantaciones algodoneras del sur. Mientras aguardaban comprador, esperaban en unas condiciones infrahumanas, como se muestra en la oscarizada 12 años de esclavitud (2013). Un día a la semana se les liberaba en Congo Square, donde daban rienda suelta a la espiritualidad y a los ritmos tribales, danzas y cantos traídos de su África natal. En esa expresión artística, espontánea y liberadora sitúan los eruditos uno de los elementos claves en el nacimiento del jazz.

Aquel lugar de encuentro de esclavos se halla hoy dentro del Louis Armstrong Park. No hay mejor manera para adentrarse en la ciudad que sentarse en uno de sus bancos, cerrar los ojos y escuchar los ecos lejanos de los pobladores africanos. El parque, además, es una metáfora de la herencia cultural de Nueva Orleans. Aquí encontramos tanto referencias a tradiciones prehispánicas como homenajes a los grandes músicos. Esto último se ve en el auditorio Mahalia Jackson, erigido en honor a la reina del gospel, a la misteriosa figura de Buddy Bolden, primer músico de jazz de la historia, y a las brass bands o bandas de metales callejeras, que amenizaban desfiles, funerales y celebraciones varias, otro de los elementos que agitaron la coctelera musical. No podía faltar una imponente escultura de Louis Armstrong, hijo pródigo de la ciudad y creador del lenguaje universal del jazz.

Un amalgama de orígenes

El Louis Armstrong Park se ubica en el histórico barrio de Tremé, el vecindario afroamericano más antiguo de Estados Unidos. Su visita ayuda a entender mejor la compleja idiosincrasia de Nueva Orleans. Y es que si hay algo que define a la ciudad más poblada del estado de Luisiana es la mezcla, el sincretismo, el crisol de culturas: los fundadores franceses, los españoles que la dominaron durante 40 años, oleadas de caribeños y descendientes de los esclavos… todos dejaron su impronta en el espíritu de la ciudad.

Comerciantes, buscadores, pianistas y prostitutas se mezclaban en aquellas mansiones del placer a ritmo de ragtime

El extremo sudoeste del parque Louis Armstrong da a Basin Street, la calle donde se ubicaba el mítico distrito de Storyville. Lo que hoy es un avenida insulsa y desangelada, en una zona poco recomendable para turistas, fue a principios del siglo XX la entrada al barrio rojo, la segunda industria más potente de la ciudad solo por detrás del tráfico portuario. Comerciantes, buscadores, pianistas y prostitutas se mezclaban en aquellas mansiones del placer a ritmo de ragtime. Ahora son viviendas sociales, talleres y aparcamientos de coches. No queda nada del pasado.

Ante una presencia tan fantasmal, qué mejor que visitar el cercano cementerio católico de Saint Louis y sus tumbas elevadas a salvo de inundaciones. Allí está la de Marie Laveau, la última hechicera de Nueva Orleans, que recuerda el influjo del vudú (mezcla de las creencias y los ritos africanos y la imaginería católica) en la cuenca del río Mississippi.

Paralela a Basin Street está North Rampart, uno de los límites del emblemático French Quarter o Barrio Francés. El bullicio se empieza a sentir, al fin y al cabo estamos entrando en el lugar más aglomerado de Nueva Orleans y centro de todas las grandes celebraciones. Pocos elementos hacen pensar en una ciudad americana: aire caribeño, trazado de inspiración europea. Destaca la espectacular Jackson Square, donde se ubica la catedral de San Luis, el templo católico más antiguo del país. Si la miramos de espaldas al río, la majestuosidad de su planta quizá nos hará recordar las plazas parisinas.

Las calles que circundan Jackson Square congregan librerías muy interesantes, como Faulkner House Books (Pirate Alley), un antiguo edificio donde el nobel de Literatura William Faulkner residió en 1925. En la vecina Royal Street se puede perder una mañana o una tarde entera curioseando en tiendas de muebles y antigüedades.

Encontramos gente paseando –bebida y comida en mano–, músicos callejeros en cada esquina, hoteles, restaurantes, discotecas y clubes de música en directo

Entre las bellas casas coloniales, con sus balconadas de hierro forjado, encontramos gente paseando –bebida y comida en mano–, músicos callejeros en cada esquina, hoteles, restaurantes, discotecas y clubes de música en directo. Todo en el barrio Francés está diseñado para el ocio. El punto culminante es Bourbon Street, cuyo nombre no alude al whisky sino a la dinastía Borbón. De 1762 a 1803 Nueva Orleans estuvo bajo dominio español y mantuvo estrechos lazos comerciales y culturales con La Habana. En la Spanish Plaza, a orillas del río, hay una reprodución en miniatura de la Plaza de España de Sevilla donde están representadas en cerámica las provincias españolas.

Siguiendo por cualquiera de las calles secundarias, los restaurantes ofrecen explosivas variedades gastronómicas: desde la hamburguesa de lagarto –solo para paladares atrevidos– hasta las recetas criollas, como el gumbo (sopa de arroz con un caldo especiado de ocra y carne), el jambalaya (arroz, verduras y pollo) y los platos picantes aderezados con roux, salsa de harina y mantequilla. Para los postres, el Café Du Monde, en el 800 de Decatur Street, ofrece los deliciosos beignets, unos buñuelos recubiertos con azúcar glas.

A orillas del Mississippi

El Mississippi abraza el French Quarter por su lado sudeste. Hasta la llegada del ferrocarril en 1870, los barcos de vapor y las embarcaciones de palas servían para transportar mercancías y personas a las poblaciones situadas en las orillas del gran caudal. Mark Twain describió mejor que nadie la sensación de libertad que evocaba aquel paisaje fluvial en Las aventuras de Huckleberry Finn. Hoy en día los barcos de la compañía Natchez son cruceros con todas las comodidades que zarpan de la terminal de Canal Street y permiten disfrutar de una panorámica distinta de Nueva Orleans.

Una curiosidad: al otro lado del río, en el distrito de Algiers, cuenta la leyenda que está la Casa del Sol Naciente, inspiración del famoso House of the rising sun, un tema folk de autoría desconocida que popularizaron los Animals en 1964.

De vuelta a tierra firme, habría que viajar en otro medio de transporte típico de Nueva Orleans: el tranvía o streetcar. Siguiendo con el Nueva Orleans más literario, en el 819 de Canal Street se puede uno fotografiar junto a la estatua de Ignatius J. Reilly, el delirante protagonista de La conjura de los necios, obra póstuma del escritor local John Kennedy Toole y ganadora del premio Pullitzer en 1981.

Esas calles inspiraron al dramaturgo sureño Tennessee Williams Un tranvía llamado Deseo, cuya adaptación cinematográfica protagonizaron Marlon Brando y Vivien Leigh. Ese tranvía de deseo pudo ser el St. Charles Streetcar, que conduce desde las estribaciones del French Quarter hasta la Nueva Orleans más verde y señorial. El viaje merece mucho la pena: pasa junto a los rascacielos modernos del distrito financiero, con el mastodóntico Superdome, el recinto deportivo que ha acogido más finales de la Super Bowl. También atraviesa el barrio universitario, sede de las universidades de Tulane y Loyola, hasta el verde Audubon Park, un gigantesco parque con zoo y acuario.

Nueva Orleans es el punto de partida ideal para explorar en coche la región del Mississippi a través de la autopista 61

Nueva Orleans es el punto de partida ideal para explorar en coche la región del Mississippi a través de la autopista 61, conocida como la Ruta del Blues y considerada un viaje iniciático. En dirección norte, siguiendo siempre el curso del río atravesamos los bayous (arroyos) y lagos del meandro del Mississippi.

En las intersecciones de Baton Rouge, capital de Luisiana y ciudad administrativa sin especial interés, nos desviamos por la Interestatal 10 para alcanzar Lafayette. Esa población es el centro de la cultura cajún, la de los descendientes de los franceses que fueron expulsados de Canadá entre 1765 y 1785. La etapa en Lafayette puede servir también para degustar unos cangrejos de río en el Randol’s del 2320 Kaliste Saloom Road, mientras se escucha una banda de zydeco, la música de los afroamericanos de lengua francesa, una mezcla de blues surgida en Luisiana en los años 1930.

Paisajes únicos

El paisaje cambia al entrar en el estado de Mississippi: plantaciones de algodón, pueblos abandonados, depósitos de agua... Aquí importa más el recorrido que el destino final. Es habitual parar en un juke joint (bar de carretera donde se sirven comidas y suena música en directo) a tomarse una cerveza y unos tamales (envoltorio de masa de harina o arroz que contine carne o verduras), mezclarse con los lugareños y sentir el aroma del sur.

En Mississippi se vive a otro ritmo. Es el estado con menor renta per cápita de Estados Unidos, pero aquí la riqueza se mide en uno de los bienes intangibles que más ha aportado a la música popular: el blues. Y la mejor forma de comprobarlo es recorrer el territorio a través del Mississippi Blues Trail.

La primera gran población importante, Natchez, se ha hecho famosa por sus casas coloniales. El atardecer se acerca, la anaranjada silueta del sol se refleja sobre las aguas del Mississippi y los mosquitos campan a sus anchas. No hay mejor opción que parar a dormir en una antigua mansión, como la Monmouth Historic Inn. En sus camas con dosel tal vez uno se sentirá como Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó. Avanzamos hacia Vicksburg, coqueta ciudad sureña que jugó un papel vital en la Guerra de Secesión. Allí está la primera embotelladora de la marca Coca Cola, como se recoge en el Biedenham Coca-Cola Museum.

Cuando el Mississippi serpentea por tres estados –Luisiana, Arkansas y el propio Mississippi– nos adentramos en la región del Delta (nada que ver con el accidente geográfico), una zona de plantaciones solitarias. La capital es Clarksdale, donde aparte de visitar el Delta Blues Museum resulta recomendable entrar en alguno de los clubes de Delta Avenue para deleitarse con genuino blues sureño. El Ground Zero Blues, propiedad del actor Morgan Freeman, puede ser una buena opción.

El estado de Mississippi está lleno de leyendas. Una de las más famosas tuvo lugar en las afueras de Clarksdale, en el cruce entre la autopista 61 y la 49. En ese punto exacto, una medianoche, el bluesman Robert Johnson (1911-1938) vendió su alma al diablo a cambio de la genialidad eterna. Parece que le salió bien. Si alguno se atreve a probar, Lucifer sigue esperando…

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