Milán, la ciudad del arte y el diseño italianos

Linda Baseggio

9 de mayo de 2017

Cuenta Tito Livio que al rey galo Beloveso (siglo VII a.C.) en su búsqueda de un territorio donde establecerse se le apareció una cerda con medio cuerpo cubierto de vello en un lugar de bosques y pantanos del norte de la península Itálica. Allí fundó su ciudad que, por estar en mitad de la llanura, recibió el nombre de Mediolanum

En honor a esta leyenda, un capitel de la plaza de los Mercanti, cerca del Duomo, representa a una cerdita peluda a medias. Simboliza la ternura escondida de una ciudad que, aun siendo caldero de muchas culturas, no ha perdido nunca su identidad profundamente italiana.

Todo paseo empieza por la plaza del Duomo, el corazón de Milán y también un lugar de encuentro para milaneses y visitantes. La silueta inconfundible de la catedral gótico-lombarda concentra todas las miradas. Sus 135 agujas –se pueden incluso apadrinar– y sus más de 2.500 estatuas de piedra cuentan la historia de una ciudad en permanente evolución. La visita por la terraza de la catedral regala vistas espléndidas y permite descubrir que junto a las esculturas de santos y ángeles se esconden un par de boxeadores, un piolet del grupo alpino del ejército italiano y hasta un astronauta.

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La plaza está rodeada por edificios imponentes. A un lado de la catedral se alzan el Palacio Real, que en el siglo XIII hospedaba las asambleas ciudadanas y hoy alberga muestras de arte internacional, y el Palacio del Arengario, desde donde Mussolini se dirigía a las multitudes y convertido ahora en Museo del Novecento. En el otro costado se abre el gran arco de la Galería Vittorio Emanuele II, un paseo comercial realizado con hierro y cristal en 1865 cuyos mármoles relucientes le valieron el apodo de salotto (salón). Será difícil resistirse al vermut del Camparino, el bar donde nació el ritual del aperitivo, antes de dejarse llevar de un escaparate de lujo a otro hasta llegar al Octágono, en el centro de la Galería. En ese lugar hay un mosaico con un toro que representa el escudo de Turín, histórica rival de Milán; se dice que trae buena suerte dar un giro sobre el toro, con el pie derecho y los ojos cerrados.

Una vez fuera del elegante recinto, el Corso Vittorio Emanuele conduce entre iglesias y librerías por el barrio donde vivió Alessandro Manzoni, autor de la novela histórica Los novios (1823), un clásico de la literatura universal que retrata la sociedad de clases en la Lombardía del siglo XVII.

El paseo discurre tan entretenido que, sin darnos cuenta, habremos llegado a la monumental plaza de la Scala. En un lateral hay un acceso a la Galería Vittorio Emanuele; los otros tres lados están ocupados por edificios emblemáticos para la ciudad: el Teatro alla Scala (1778), el Palacio Marino (siglo XVI), hoy sede del Ayuntamiento y morada del fantasma de la monja de Monza, famoso personaje manzoniano, y las Gallerie d’Italia, que alimentan el espíritu y el cuerpo con sus muestras de arte gratuitas y su café de diseño.

Milán es una ciudad que siempre supo armonizar sus contrastes. Por eso, desde el famoso Cuadrilátero de la Moda formado por las calles Montenapoleone, Manzoni, de la Spiga y Corso Venezia, el visitante pasa casi sin advertirlo a caminar sobre los adoquines afrancesados del barrio de Brera, que abarca las vías Brera, Solferino, Pontaccio, Corso Garibaldi y Corso Como.

Huellas de la historia

En el siglo XIV el edificio de la actual Pinacoteca –expone más de 400 obras, desde el siglo XIV hasta hoy– era un convento que se hallaba en las afueras, de ahí el nombre Braida, que por entonces significaba terreno baldío. En el siglo XIX este era el barrio de los artistas, pero ya no queda ni rastro del ambiente bohemio que lo equiparaba al París de los pintores. Ahora las tiendas de bellas artes, las pisadas despreocupadas de los estudiantes de la Academia, e incluso el bar Jamaica han perdido su oscura atracción en beneficio de las luces de una de las zonas más elegantes y caras de Milán.

En la Via Rovello se localiza el teatro Piccolo Paolo Grassi, donde una placa en la pared recuerda que fue un cuartel fascista durante la Segunda Guerra Mundial

Es hora de adentrarse en el barrio del Piccolo Teatro, un monumento a la cultura milanesa. Solo hace falta una tarde de domingo y una butaca roja para sentirse un poco milanés. Al lado de la parada de metro Lanza se halla el moderno teatro Strehler; enfrente, en el Melato se representan las obras más experimentales; y en la Via Rovello se localiza el teatro Piccolo Paolo Grassi, donde una placa en la pared recuerda que fue un cuartel fascista durante la Segunda Guerra Mundial.

La peatonal calle Dante desemboca frente al Castillo Sforzesco. Imponente recinto del siglo XV y sede de varios museos, se puede visitar desde las almenas hasta los subterráneos y permite admirar una escultura inacabada de Miguel Ángel, La Piedad Rondanini (1564). Junto al castillo empieza el Corso Garibaldi, un bulevar flanqueado por tiendas de moda y bares "bio" que conduce al Corso Como y al espacio polivalente 10 Corso Como, punto de encuentro de la "gente guapa" de Milán. Una tienda con creaciones de los mejores diseñadores, una galería que acoge muestras de fotografía, un bar-jardín y una terraza son los secretos de esta antigua corrala.

Un camino en ligera cuesta sube hasta la poética plaza Gae Aulenti. Con sus fuentes circulares como espejos de agua, un gran banco y sillas para relajarse y tomar el sol, la plaza se ha transformado en un lugar muy agradable: allí se encuentra una librería con cafetería, tiendas a la última y el rascacielos más alto de Italia, la torre Unicredit (231 metros). Desde la plaza se observa un horizonte en constante evolución, ejemplo de la renovación urbana impulsada por la Expo 2015. Como los rascacielos Bosco Verticale, decorados con más de 2.000 plantas; en palabras del arquitecto Boeri, son "edificios revestidos no de cristales sino de vida".

El pulmón verde de la ciudad

Un corto trayecto en metro nos lleva al Parque Sempione. Este pulmón verde de 39 hectáreas ubicado en el centro de la ciudad fue primero el jardín del Castillo Sforzesco y luego un campo y plaza de armas. Cobró su aspecto actual cuando Napoleón en el siglo XVIII derribó los bastiones españoles para edificar un foro a la manera clásica. Del proyecto original solo quedan la Arena Cívica, el bulevar circular del Foro Bonaparte y el Arco de la Paz, que une simbólicamente Milán con París, en línea con el Arco de Triunfo.

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Escapada a Milán

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El parque Sempione es un oasis de paz y cultura donde tomar el tibio sol lombardo y pasear entre estanques y árboles centenarios. Aquí se halla el Palacio del Arte (1933), sede de la Triennale Design Museum; el Acuario Cívico, ejemplo del modernismo milanés y único edificio de la Exposición Universal de 1906 que sigue en pie; y la Torre Branca de Giò Ponti (1932-33), desde cuyos 110 metros se divisa una increíble panorámica con los Alpes y los Apeninos como telón de fondo.

Los bulevares residenciales del oeste muestran el nuevo sueño urbanístico: Milan City Life. El proyecto intenta reciclar el espacio de la antigua zona ferial en una inmensa área peatonal. Comprende tres rascacielos de nombres tan evocadores como Il Dritto (el Recto), il Curvo (el Curvo) y lo Storto (el Torcido), diseñados por tres estrellas de la arquitectura mundial: Isozaki, Libeskind y Hadid. También incluye un parque y una zona residencial de lujo; estará listo en 2018.

Callejeando de vuelta hacia el centro de la ciudad se puede seguir el estrecho Corso Magenta, quizás en tranvía, para cenar románticamente entre edificios que parecen acariciarse. En esta avenida la iglesia de Santa Maria delle Grazie guarda el fresco más famoso de Leonardo da Vinci: Il Cenacolo o La Última Cena. Más adelante se descubre la iglesia paleocristiana de San Maurizio, reconstruida en el siglo XVI y decorada con frescos que le valieron el apodo de Capilla Sixtina de Milán. Nos encontramos en el corazón del Milán medieval, donde se halla la Universidad Católica y la basílica románica de San Ambrosio, del siglo IV.

La modernidad vuelve a salir al paso en la zona de Tortona, donde las fábricas se han convertido en showrooms, teatros y museos como el de las Culturas, y donde los obreros ahora son diseñadores. Cultura y goce van de la mano con el espíritu creativo que impregna el aire. Cruzando el puente de la estación de Porta Génova llegamos al Naviglio Grande y a la Dársena, el puerto fluvial, que ha recobrado su encanto tras años de olvido. Donde en otro tiempo fondeaban las balsas, hoy se puede gozar de pequeños placeres a ufo, locución milanesa que quiere decir "gratis" y que deriva de ad usum fabricae (AUF) que permitía descargar los mármoles del Duomo sin pagar tasas. Milán ya no es la pequeña Venecia que era, pero los Navigli han preservado la animación de antaño con una oferta cultural desbordante. El final perfecto al paseo por una ciudad única.