Madeira, un jardín en flor

Visita a esta isla portuguesa de pasado colonial y paisaje exuberante

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BVH-20417049. Vistas al océano Atlántico

Vistas al océano Atlántico

En la isla hay multitud de miradores que regalan panoramas de este jardín del Atlántico. En la imagen, Faial, antigua localidad azucarera, desde la Penha d’Aguia.

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049271. Levada do Risco

Levada do Risco

Esta excursión, que discurre junto a cascadas y acequias, es la más popular de la Reserva Natural de Rabaçal, situada en el oeste de la isla.

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Monte

Iglesia de Nossa Senhora, en la localidad de Monte.

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77735251. Ribeira da Janela

Ribeira da Janela

La costa de este pueblo del norte, cercano a Porto Moniz, está salpicada por sorprendentes formaciones de lava que emergen del mar.

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BVH-20419725. Santana

Santana

En Santana aún se pueden ver palheiros, casas típicas con techo vegetal y forma de pico.

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IBR-827229. Pico Areeiro

Pico Areeiro

El balcón de Ribeiro Frio, cerca del Pico Areeiro, mira a los valles escarpados del interior.

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VN ESC Madeira REMAQ-4. Cuatro enclaves fundamentales

Cuatro enclaves fundamentales

1 Funchal. La capital de la isla atesora palacios y quintas con jardines que hablan de su prosperidad en el pasado.   
2 Porto Moniz. Esta agradable localidad es famosa por su costa con piscinas naturales y picachos de roca volcánica.
3 Santana. Es uno de los pocos lugares de la isla donde se conservan palheiras, las coloridas casas tradicionales.
4 Faial. Asomada al mar, es uno de los pueblos más bonitos de la isla. Conserva antiguos molinos de caña de azúcar.

Mapa: BLAUSET

8 de julio de 2015

Los 6 acantilados costeros más bellos de Europa

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Los 6 acantilados costeros más bellos de Europa

Tras poco más de una hora desde Lisboa se sobrevuela el archipiélago portugués de Madeira que, desde el cielo, parece una flotilla de jardines flotantes, rodeados por el Atlántico. Cuando se aterriza en la isla principal que da nombre al grupo, el viajero descubre un paraíso de clima suave, pueblos sobre acantilados, flora tropical y montañas tapizadas de verdor. Todo junto convierte cualquier paseo por la isla de Madeira en una sucesión de panoramas espectaculares.

La visita se inicia en Funchal, en la costa sur. Nada queda del aromático campo de hinojos, el funchal, que dio nombre a la capital madeirense, pero pervive el mercado dos Lavradores, rebosante de flores perfumadas, frutas suculentas y pescado fresco. La ciudad reposa frente a su bahía, en un anfiteatro de laderas cubiertas por casas de colores y quintas con jardines.

El centro histórico reúne el fuerte do Pico, la Catedral, la plaza do Municipio con el Ayuntamiento, la iglesia do Colégio y, asomado al puerto, el palacio fortificado de São Lorenço. Los muelles están ahora flanqueados, a un lado, por restaurantes de pescado y, al otro, por barcos deportivos y embarcaciones que ofrecen excursiones a las islas Desertas y las Salvajes, deshabitadas, y también a la isla de Porto Santo, con un largo arenal y la casa donde vivió Cristóbal Colón tras casarse con la hija del gobernador.

El ambiente señorial está en la zona Velha; antes era el barrio de pescadores y hoy está repleto de cafés, tiendas y galerías de arte. La ciudad tiene, además, museos dedicados a las señas culturales de la isla: el bordado, el azúcar y el vino de Madeira. Todo paseo por Funchal debe incluir el Jardín Botánico de la Quinta do Bon Successo, donde la riqueza floral rivaliza con las vistas. La mejor ocasión para disfrutar de este lugar y de la ciudad es la primavera, cuando se celebra el Festival de las Flores.

Winston Churchill pasó unas vacaciones en 1950 y lo inmortalizó en varias pinturas

En el paseo Marítimo de Funchal se localiza la estación del funicular que asciende al vecino pueblo de Monte, con otro bonito jardín botánico. Una curiosidad de este lugar es el gran desnivel de sus calles. En el pasado se bajaba por ellas como por un tobogán, metidos en cestos de mimbre con patines de madera. Hoy se ofrece al visitante esta excitante experiencia, aunque conducidos por expertos arreiros.

Madeira tiene una carretera que da la vuelta a la isla siguiendo el litoral. Desde Funchal se puede completar en unas tres horas, aunque lo idóneo es dividir el recorrido para disfrutar sin prisas de sus prodigiosos paisajes. Desde Funchal hacia el oeste, en pocos minutos se llega a Cámara do Lobos, un pueblo de pescadores rodeado de viñas. Vale la pena visitar sus tabernas frente al mar y degustar un pescado fresco y la poncha, la bebida típica a base de zumo de limón, aguardiente y miel. Winston Churchill pasó unas vacaciones en 1950 y lo inmortalizó en varias pinturas. Subir al mirador de Cabo Girão permite caminar por el suelo de cristal que sobrevuela el acantilado más alto de Europa (580 m).

La carretera costera avanza por el sur hacia poniente, enlazando pueblos apretados entre la montaña y el mar: Ribeira Brava y su playa de arenas negras; Ponta do Sol, entre vides y caña de azúcar; la playa Praia da Calheta; y aldeas como Jardim do Mar y Paul do Mar, a las que acuden los surfistas para contemplar la puesta de sol. Desde ellos una carretera se eleva hasta alcanzar el núcleo de Fajã da Ovelha, con vertiginosas vistas de la costa sur.

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Llegamos a Ponta do Pargo, el extremo occidental de Madeira, un territorio llano que permite bordear los acantilados por senderos panorámicos. Desde aquí el viaje prosigue por la costa norte, cuajada de piscinas naturales de agua marina (en Porto Moniz, Seixal y Ponta Delgada), que se alternan con valles agrícolas (en Saõ Vicente), pueblos sobre precipicios como Faial y Porto da Cruz, y la encantadora aldea de Santana, cuyas casas pintadas de colores imitan las tradicionales barcas de pesca. En las afueras de Santana hay muchas levadas (acequias) que hoy guían senderos como el que se dirige al Pico Ruivo (1.862 m), el más alto de la isla, o el que penetra en el brumoso bosque de laurisilva de Madeira, Patrimonio de la Humanidad.

La ruta costera concluye en Machico, el primer pueblo fundado en la isla (1419), y en Caniçal, antiguo puerto ballenero, de donde parte una lengua de roca que se adentra en el océano hasta la Ponta de Sao Lorenço, un parque natural idóneo para la observación botánica.

La visita a Madeira no estaría completa sin descubrir el interior, al que se llega por desvíos desde la carretera costera. En él se atesoran montañas, valles profundos y aldeas aisladas. Una ruta muy popular que lo descubre sale de la capital y en 25 minutos llega a Eira do Serrado. Allí se esconde uno de los escenarios naturales más bellos: el Valle de las Monjas, poblado por cerezos y castaños encajados entre paredes rocosas, y en lo más hondo la aldea de Corral das Freiras. Otras excursiones llevan a la Reserva Natural de Rabaçal, con senderos entre cascadas, y al Pico do Areeiro (1.818 m), donde podremos despedir el viaje, contemplando las cimas más altas de Madeira.

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Desde España hay vuelo a Funchal, vía Lisboa. Madeira tiene más de 1.000 km de senderos o lavadas (acequia), que siguen antiguos canales de irrigación. La red de Pousadas ofrece alojamiento en edificios históricos.
Turismo de Madeira