Madagascar, la gran isla del Índico

Ruta por este paraíso de árboles gigantes, animales únicos y playas de coral

21 de agosto de 2014

Fui a Madagascar para admirar los baobabs de Morondava, pero me encontré con una isla de 1.600 kilómetros de largo que me enamoró por sus variados paisajes: arrozales, vegetación exuberante, animales tan curiosos como los lémures y playas magníficas al sur y al norte.

En Madagascar casi todo empieza en la capital, Antananarivo (Tana para los amigos), una ruidosa ciudad que se esparce por 18 colinas, con mercados callejeros, un lago y un palacio. En Tana me familiaricé con la moneda local, el ariary, aprendí que el arroz es el principal alimento y alquilé, con mi amigo Patrick, un guía francés que lleva años en la isla, un vehículo todoterreno para ir a Morondava.

Muchos conductores de taxi-brousse, minibuses cargados en exceso, se juegan la vida para ganar unos minutos

Al salir de Tana todo cambia. El caos urbanístico se diluye y asoman las Tierras Altas, un paisaje verde de colinas suaves, tierra rojiza y arrozales. "La mezcla de África y Asia en el paisaje se debe a que la isla la poblaron indonesios", me cuenta Patrick. Nos cruzamos con muchos taxi-brousse, minibuses cargados en exceso cuyos conductores se juegan la vida para ganar unos minutos.

En Antsirabé, 160 kilómetros al sur de Tana, los pousse-pousses (carritos tirados por un hombre) confirman la vocación asiática de la isla. Aquí la carretera se desvía hacia Morondava a través de un paisaje en el que los prados donde pacen cebús se alternan con plantaciones de caña de azúcar y bosques esquilmados que ilustran la deforestación de la isla. Unas apetitosas samosas (empanadillas típicas del sur de Asia) sirven de almuerzo en una de las muchas paradas que hay junto a la carretera.

Poco antes de Morondava aparecen los primeros baobabs, reinando sobre los arrozales. Son del tipo Adansonia grandidieri, que alcanzan 30 metros de altura. Los baobabs solo crecen en África y en la costa oeste de Australia, pero en Madagascar viven hasta siete especies. De ahí que se la conozca como "la isla madre de los baobabs", aunque el escritor británico Gerald Durell (1925-1995) prefería su fauna, a cuya protección aún se dedica la Durrell Wildlife Conservation Trust.

Justo a la entrada de Morondava un cartel anuncia la escuela Le Petit Prince con un dibujo del Principito de Saint-Exupéry. Más allá, unas calles polvorientas y una playa maltratada por los ciclones convierten Morondava en una población desangelada.

Cuando cae la tarde nos acercamos a la denominada Avenida de los Baobabs, muy cerca de la ciudad. La luz sesgada del atardecer alarga las sombras y embellece los troncos rojizos, mientras una carreta avanza por el camino. "He venido desde Tokio solo para ver esto", me confiesa un japonés con lágrimas de emoción. A pocos pasos, un par de baobabs entrelazan sus troncos: es el árbol de los enamorados.

Unos 200 kilómetros al norte de Morondava se encuentra el parque Tsingy de Bemaraha. Es como un bosque de piedra encantado, con afilados pináculos de caliza que también pueblan la reserva de Ankarana, en el norte. Aquí hay que ir con cuidado con el fady, la palabra malgache para tabú y que indica, por ejemplo, que nunca se debe señalar una tumba con el dedo.

Que Madagascar es una isla enorme se aprende a medida que vas devorando kilómetros. En mi viaje hacia el sur, los rebaños de cebús y los pastores malgaches, envueltos en mantas de colores, preludian la llegada a Ambositra. En esta ciudad se repiten los atascos de pousse-pousses, pero hay además una agitación especial ya que se celebran las fiestas de Savika. Seguimos a la multitud hasta un estadio donde compiten jóvenes que intentan montar cebús de cuernos amenazantes.

Unos kilómetros más allá, los alrededores de Fianarantsoa son un campo ideal para realizar un trekking entre arrozales y aldeas mínimas. Pero es en las gargantas del parque de Isalo, con lagos y cascadas, donde la visión de los lémures anillados me devuelve al Madagascar soñado. Poblados improvisados de buscadores de zafiros, la fiebre del oro malgache, preceden más adelante el regreso de los baobabs, en la región de Tulear, una población que cuenta con playas de arena y restaurantes que sirven filete de cebú aromatizado con las especias de la isla, sobre todo la vainilla.

Unos días después volamos hacia el norte, a la isla de Nosy Be, donde la vegetación tropical envuelve playas en las que abundan el pescado, la langosta y el coral negro. En la costa oriental de Madagascar existe otro paraíso similar en la isla Sainte-Marie, con arenales bordeados de palmeras y aguas de cristal.

No contaron con la población local. Un día bajaron los malgaches de las montañas y acabaron con todos y con todo

De regreso a tierra, seguimos la costa norte en taxi-brousse hacia Diego Suárez, una ciudad donde dejó su huella la presencia colonial francesa. Fue aquí donde unos piratas fundaron, en el siglo XVII, la república utópica de Libertalia. "Se repartían el botín a partes iguales", me cuenta Patrick, "pero no contaron con la población local. Un día bajaron los malgaches de las montañas y acabaron con todos y con todo". Hace mucho que ya no queda nada de aquella efímera república pirata, pero en la calle principal de Diego Suárez una pintada recuerda la utopía que reinó en el norte de esta isla de ensueño.

MÁS INFORMACIÓN

Documentos: pasaporte y un visado que se tramita en el Consulado de Madagascar en Barcelona.
Idiomas: malgache y francés.
Moneda: ariary (Ar).
Horario: 4 horas más.
Salud: se recomienda la profilaxis contra la malaria y las vacunas del tétanos y la hepatitis, entre otras. Beber agua embotellada.

Cómo llegar y moverse: Hay vuelos directos a Antananarivo desde Milán y París; la alternativa es vía Nairobi (Kenia) o Isla Mauricio. Para recorrer la isla lo más cómodo es contratar un coche con conductor. Los taxi-brousses son furgonetas que cubren distancias cortas.

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