Los tesoros del Vaticano

El país más pequeño del mundo reúne dos mil años de historia y arte

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SIM-742193. Plaza de San Pedro

Plaza de San Pedro

Desde el mirador que corona la cúpula de Miguel Ángel se contempla el conjunto de la plaza y una magnifica vista sobre Roma.

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IBR-1818074. Interior de San Pedro

Interior de San Pedro

Cuatro columnas salomónicas sujetan el magnífico baldaquino de Bernini, de 29 metros de alto.

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W10-187568. Capilla Sixtina

Capilla Sixtina

La escena de "La Creación" es una de las obras magistrales que decoran la Capilla Sixtina.

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42-33602347. Obelisco

Obelisco

La enorme y elíptica plaza de San Pedro (340 m de ancho, 240 m de largo) tiene en su centro esta columna traída a Roma en el siglo I desde Heliópolis.

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BVH-22119009. Museos Vaticanos

Museos Vaticanos

La Galería de los Mapas, en los Museos Vaticanos.

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11 de febrero de 2015

Razones para visitar el Vaticano en Año Santo 2016

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Razones para visitar el Vaticano en Año Santo 2016

Todo viajero que va a Roma reserva al menos un día para recorrer el Vaticano, el país soberano más pequeño del mundo (44 Ha) y el único que tiene por lengua oficial el latín. La plaza y la basílica de San Pedro, el corazón de este estado, reciben cada año a más de 18 millones de peregrinos que acuden movidos por la fe, mientras muchos otros llegan para admirar la extensa riqueza artística acumulada durante siglos por los papas.

Temprano por la mañana o ya entrada la noche, se puede disfrutar casi en soledad de la obra de algunos de los más grandes maestros del Renacimiento y del Barroco. Para empezar, la imponente columnata que abraza la plaza de San Pedro fue creada por Gian Lorenzo Bernini, autor también de gran parte de la decoración interior de la basílica; la fachada monumental es obra de Carlo Maderno; mientras que la inmensa cúpula, visible desde casi toda Roma, se debe al genio de Miguel Ángel Buonarroti.

San Pedro, la mayor iglesia de la cristiandad, se asienta sobre la colina Vaticana. La grandeza que se vislumbra al aproximarnos por la Via della Conzilliazione se confirma cuando se entra en la plaza, en cuyo centro se erige el obelisco que el emperador Calígula trajo de Egipto en el siglo I. Para acceder a la basílica hay que pasar un control de seguridad en la columnata oriental. Dejando a la derecha la Scala Regia de Bernini, custodiada por la Guardia Suiza, se llega a un atrio con cinco puertas. Se entra por la central o de Filarete (siglo XV, en bronce), situada justo bajo el balcón desde el que se pronuncia la famosa frase «habemus papam».

Una vez dentro, la imagen que se contempla abruma por su grandeza y la riqueza decorativa. Enseguida todos los ojos se dirigen a la derecha, hacia la emotiva escultura La Piedad de Miguel Ángel, protegida tras una mampara de cristal después de un ataque vandálico en 1976. Lo siguiente es acercarse por la nave central hasta el altar que, según la tradición, fue erigido sobre la tumba de san Pedro. Allí se alza el imponente baldaquino que Bernini cubrió con láminas de bronce del Panteón de Roma y, tras él, en el ábside, la Cathedra Petri, un púlpito-relicario del mismo autor. Por debajo se abren las Grutas Vaticanas, una necrópolis con tumbas papales y reales que requieren un permiso de visita.

Tanto tesoro artístico e histórico y, sin embargo, no se acaba de apreciar la enormidad del templo hasta que no se contempla desde el balcón interior de la cúpula de Miguel Ángel. Se accede desde el atrio, en ascensor o por una escalera que sube al terrado de San Pedro, primer mirador de excepción. Ahí se ingresa propiamente en la cúpula, desde la que se ve el interior de la basílica. Pero hay más. Se continúa por otra escalinata que va estrechándose y curvándose hasta convertirse en una de caracol por la que apenas pasan dos personas y que alcanza la cima de la cúpula y una terraza circular. Nadie debería perderse este ascenso, angustioso y fascinante a la vez, porque regala una de las vistas más bellas de la ciudad.

Dentro de los Museos Vaticanos comienza un periplo por los edificios que exhiben las deslumbrantes colecciones papales, que tiene como meta la Capilla Sixtina

Salimos de San Pedro hacia la Via di Porta Angelica, en el perímetro de la plaza, donde queda en pie una puerta del siglo XVI que formaba parte de la antigua muralla pontificia. Por ahí se accede a los Museos Vaticanos. Para evitar las colas conviene reservar la entrada por internet o bien contratar una visita guiada –las hay desde 90 minutos a 5 horas– y así no perderse ni un detalle del recorrido. Dentro comienza un periplo por los edificios que exhiben las deslumbrantes colecciones papales, y que tiene como meta inigualable la Capilla Sixtina pintada por Miguel Ángel. Si hay tiempo conviene empezar por el Museo Gregoriano Egipcio, seguir con el Pío Cristiano (mosaicos, relieves y escultura primitiva) y finalizar en la Pinacoteca (obras del XIV al XVIII). Si no, lo mejor será ir directamente al Cortile della Pigna (patio de la Piña), para disfrutar de la imprescindible colección de escultura clásica del Museo Pío Clementino, con obras universales como Apoxyomenos erguido, Sileno con Dionisio niño en brazos, Laocoonte y sus hijos, Apolo de Belvedere y Ariadna dormida. Todas formaban el conjunto que reunió el papa Julio II (1443-1513) para decorar el Cortile delle Statue, el actual patio Octógono.

No menos impactante resulta atravesar algunas salas de este museo pobladas por cientos de animales en piedra traídos de los confines de la Tierra, o admirar un gigantesco labrum (pila de agua circular) en pórfido rojo, rodeado por bustos y estatuas de emperatrices y emperadores romanos. Si optamos por entrar también en el Museo Etrusco, veremos tesoros de esta antigua civilización, como el ajuar y las joyas de la tumba Regolini Galassi, que fue descubierta intacta en 1836 en la necrópolis Sorbo de Cerveteri (norte de Roma), y el Marte de Todi, una delicada estatua en bronce vaciado del siglo v a.C.

A través de pasillos adornados con tapices y mapas, nos dirigimos a las Estancias de Rafael, donde se admiran los frescos que decoraban los aposentos del papa Julio II. En el mural Escuela de Atenas (1512), que muestra a los más grandes filósofos, un joven Rafael se autorretrató en una esquina.

Cuando al fin se entra en la Capilla Sixtina emociona contemplar el sublime arte de Miguel Ángel e imaginar a aquel hombre del siglo XV llenando de vida una simple bóveda. Lo normal es quedarse sin habla ante las pinturas, en especial La Creación y el Juicio Final. La mejor manera de concluir, si sobran tiempo y fuerzas, será dar un largo paseo por los jardines vaticanos, mientras se repasa con la memoria el esplendor artístico contemplado en esta visita inolvidable.

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Desde diversas ciudades españolas hay vuelos directos a Roma. Información sobre el patrimonio artístico, itinerarios guiados, precios y horarios en: www.vaticanstate.va.

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