El Foro romano

Los tesoros del Foro romano

Un paseo por el corazón de la antigua Roma

Los vestigios que perviven en el Foro romano siguen impresionando al viajero, sobre todo si los contempla en su conjunto desde colinas cercanas como la del Palatino. Con solo un poco de imaginación, las basílicas vuelven a erguirse, los templos se llenan de ofrendas, el Senado resuena de voces y los soldados desfilan por la empedrada Vía Sacra.

La visita al Foro romano se inicia en la Vía de los Foros Imperiales, una avenida cuya construcción entre 1924 y 1932 sacó a la luz ruinas sepultadas. A pocos metros de la entrada al recinto se yerguen a la derecha los restos de la basílica Emilia (179 a. C.), un edificio que tenía función comercial y cuyos soportales albergaban tiendas y tabernae argentiariae, los bancos de la época.

Junto a la basílica, detrás de una sobria fachada, se halla la antigua Curia en la que se reunía el Senado de Roma. Construida el año 44 a. C. en tiempos de Julio César, su interior de acústica excelente se preservó gracias a que en el siglo VII fue transformada en iglesia.

Frente a la Curia se encuentra –aunque cerrada al público– la Lapis Niger, la tumba atribuida a Rómulo, que tiene la inscripción latina más antigua que se conoce (IV a. C.). Y muy cerca, el arco del emperador Septimio Severo (s. III).

Desde aquí se entrevén las losas de mármol que cubrían la plaza del Foro, punto de reunión del Imperio, alrededor de la cual se aglutinaban los templos y monumentos más importantes.

Alma de la antigua Roma

En época de esplendor, si un romano alzaba la mirada en este lugar gozaba de una escenografía extraordinaria: detrás, el templo de la Concordia y el dedicado al emperador Vespasiano; a la derecha, el de Saturno, sede del aerario (tesorería); al fondo, el de César, creado para venerar al divinizado emperador; y, a cada lado, dos magníficas basílicas. Cuesta imaginar que esos monumentos reposaran bajo tierra olvidados hasta que en el XVIII se iniciaran las excavaciones en la zona.

En el centro de la plaza se alzaba la Rostra, una tribuna de oradores desde la que se impartían los discursos. Fue construida con vistas al llamado umbilicus (ombligo) de Roma, un monumento circular originalmente de mármol, del que hoy solo se preservan sus muros de ladrillo. Para los romanos era un lugar amado y temido a la vez, ya que allí los hombres se unían a los dioses, pero también situaba el Mundus, una de las puertas al infierno.

Cerca estaba el Miliarium Aureum, una columna cubierta con láminas de bronce dorado, que indicaba la convergencia de todos los caminos del Imperio y medía las distancias con la ciudad; de ella viene la expresión «todos los caminos conducen a Roma».

La Basílica Julia, uno de los mayores edificios del Foro (109 m de largo y 40 de ancho), dominaba el flanco derecho de la plaza. Julio César la inició el año 55 a. C. para ser la sede de los tribunales; en sus escalones han quedado grabados juegos con los que se entretenían los testigos de los procesos.

La calzada triunfal

En dirección a la empedrada Vía Sacra, que unía el Capitolio con el Coliseo, se ve una esplanada donde destacan las columnas del templo de Cástor y Pólux (V a. C.) –los Dioscuros mitológicos– y entre pilares, solitaria, la Columna de Focas, incorporada al Foro el año 608 y coronada, entonces, por una estatua de oro de este emperador bizantino.

El antiquísimo templo de Vesta cerraba la plaza por el este. En él se guardaba el fuego sagrado, símbolo de esta diosa romana. Lo protegían en la casa anexa sus sacerdotisas, las vestales. Éstas eran elegidas entre las familias patricias cuando tenían diez años y debían mantenerse vírgenes una treintena de años, so pena de ser enterradas vivas.

Siguiendo el trazado de la Vía Sacra se llega al arco erigido en honor de Tito, responsable de la destrucción del templo de Jesuralén del año 70; su desfile triunfal con el botín obtenido está grabado con relieves en la bóveda central.

Cerca de la salida del recinto, con la silueta del grandioso Coliseo (siglo I) emergiendo al fondo, se llega al lugar que concentra vestigios de los últimos edificios construidos, la mayoría del siglo IV. Allí destacan el templo circular de Rómulo, del que se conserva la puerta original de bronce; el de Antonino y Faustina, el mejor conservado; y la Basílica de Majencio, de cuyas dimensiones da fe la altura de sus tres bóvedas. Un solemne final a este paseo por el Foro romano, que durante siglos simbolizó el alma de Roma y el esplendor de su Imperio.

PARA SABER MÁS

Cómo llegar: Los aeropuertos de Roma (Ciampino y Fiumicino) reciben vuelos desde España. Cuentan con tren y autobús hasta el centro, a 15 y a 32 km, respectivamente.

Roma Pass: Ofrece ventajas en las visitas.

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