Cataluña

Los tesoros del Císter

Los monasterios de Poblet, Santes Creus y Vallbona de les Monges son los ejes de esta ruta

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shutterstock 92910025. Santa María de Poblet

Santa María de Poblet

Este monumental monasterio de aspecto fortificado sobresale entre los viñedos.

SHUTTERSTOCK

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C8RYYT. Santes Creus

Santes Creus

Claustro de Santes Creus

ACI

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D1M1Y3. Santa María de Poblet

Santa María de Poblet

El interior de la iglesia.

ACI

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XE1-2110716. Santes Creus

Santes Creus

Junto al altar mayor destacan dos monumentos funerarios (s. XIII) pertenecientes a monarcas del Reino de Aragón.

AGE FOTOSTOCK

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prisma 372 10713. Vallbona de les Monges

Vallbona de les Monges

Su claustro recoge detalles artísticos de cuatro siglos, desde románicos a renacentistas.

PRISMA

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VN ESC Cister-4. Etapas de la Ruta del Císter

Etapas de la Ruta del Císter

1 Santa Maria de Poblet. Este cenobio fundado en el siglo XII fue básico en la repoblación de las tierras de Tarragona durante la Reconquista. Es el mayor monasterio cisterciense habitado de Europa y Patrimonio de la Humanidad.   
2 Santes Creus. De origen medieval, incluye decoración gótica en su claustro y detalles renacentistas en la torre.
3 Vallbona de les Monges. El claustro trapezoidal y su campanario culminado en pirámide son elementos destacables.

Mapa: BLAUSET

30 de octubre de 2015

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En el corazón de la provincia de Tarragona empieza el itinerario que visita los tres grandes monasterios cistercienses construidos en tierras catalanas: Poblet, Santes Creus y Vallbona de les Monges (éste en Lleida), situados en un territorio antaño agrícola y despoblado. La ruta suele cubrirse en coche, pero los aficionados al senderismo o a la bicicleta la pueden realizar siguiendo el sendero circular GR175, que enlaza los tres cenobios en un trayecto de unos 100 kilómetros.

En estos parajes al pie de las montañas, los llamados «monjes blancos» de la orden del Císter hallaron enclaves perfectos para construir sus refugios espirituales, en medio de una naturaleza tranquila que los alejaba del mundo y favorecía la meditación. Junto a estos motivos hubo otros más terrenales para elegir los asentamientos. En el siglo XII, la Reconquista avanzaba hacia el sur y la repoblación del territorio era una prioridad para la corona de Aragón. Los cistercienses, que se regían por la norma ora et labora de san Benito, hacían de sus monasterios un ejemplo de religiosidad, cultura y trabajo agrícola. Los monarcas se interesaron por ello y mantuvieron estrechos vínculos con estos centros, interviniendo en su fundación y desarrollo. A cambio, los religiosos los acogían en vida y recibían sus cuerpos al morir para que yacieran en un lugar sagrado donde se rezara por sus almas.

Este vínculo con la realeza se aprecia especialmente en el Real Monasterio de Santa Maria de Poblet, en el que el visitante que acude por vez primera se pregunta si entra en un recinto religioso o en un castillo fortificado. Esta grandeza arquitectónica, sin embargo, se conciliaba a la perfección con la austera vida del Císter y la estructura de sus monasterios, despojados de artificios, desnudos, «del color del desierto» y solo con las estancias colectivas que la orden creía imprescindibles: claustro, sala capitular, iglesia, refectorio...

Vallbona de les Monges era una comunidad femenina que, en 1173, decidió unirse al Císter

La importancia que alcanzó Santa Maria de Poblet se aprecia en sus dimensiones, pues está considerado el conjunto cisterciense habitado más grande de Europa y la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1991. Pero no conviene dejarse impresionar por su grandeza exterior, dado que sus tesoros se hallan intramuros. En la iglesia reposan hasta ocho monarcas y siete reinas consortes. Su panteón real y el retablo del altar merecen, sin duda, una contemplación al detalle. La moderna hostería de Poblet organiza actividades diversas, como catas de vino y rutas para descubrir el entorno en bicicleta eléctrica e incluso se proponen paseos nocturnos para observar las estrellas. La vida monástica de Poblet fue interrumpida en 1835 a raíz de la desamortización de Mendizábal, pero fue retomada un siglo más tarde.

No ocurrió lo mismo en el monasterio de Santes Creus, adonde la comunidad religiosa ya no regresó. Antes de alcanzar ese convento, conviene recorrer los viñedos que circundan Poblet y acercarse al pueblo de Vimbodí (a 5 km), cuyo Museo del Vidrio exhibe piezas de cristal procedentes del mismo horno que vio nacer las lámparas del monasterio. Desde Vimbodí por la carretera N-240, a la altura de la amurallada Montblanc, merece la pena detenerse en la tienda Rifacli, galleteros artesanos que elaboran abanicos, barquillos y carquinyolis, los dulces clásicos de esta zona.

Al llegar al monasterio de Santes Creus, 35 kilómetros más al este, el visitante comprueba su gran similitud con el conjunto de Poblet, con el que solo difiere en el tamaño. La planta del edificio se ciñe a la disposición planteada por san Benito, con un claustro alrededor del cual se organizaban las dependencias. A simple vista, el claustro tampoco parece distinto pero, creado algo más tarde, incorpora influencias de estilos incipientes en los capiteles, cuya decoración habría desagradado a los fundadores de la orden, puesto que, junto a escenas bíblicas, muestra temas zoológicos, vegetales y heráldicos.

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En Santes Creus se puede deambular sin prisas por el recinto ya que, al no estar habitado por monjes, no se interfiere en su ambiente y, además, es posible entrar en estancias que habitualmente se considerarían privadas. Como en Poblet, la presencia de un panteón real vuelve a evidenciar la relación de la orden con la monarquía, pues en su iglesia yacen los restos de dos reyes de la corona de Aragón. Decía san Benito que «el monasterio […] debía establecerse de forma que los bienes necesarios, es decir, el agua, el molino, el horno, el huerto y los diversos oficios se desarrollen en su interior». Así que, sin duda, la cercanía del río Gaià fue decisiva en la elección de la ubicación, porque el cauce corre a los pies del recinto y a través del cercano y frondoso bosque de la Albareda de Santes Creus, un refugio de sombra en verano que incluye hoy área de pícnic.

La siguiente etapa es el tercer vértice cisterciense catalán. Vallbona de les Monges era una comunidad femenina que, en 1173, decidió unirse al Císter. Hasta el siglo XIX la mayoría de sus religiosas pertenecían a la nobleza y, como en Poblet y Santes Creus, las abadesas mantuvieron a lo largo del tiempo estrechos lazos con la realeza. En la actualidad, Vallbona de les Monges ofrece hospedería y su iglesia acoge conciertos de música clásica. Igual que en los cenobios masculinos, las monjas siguen dedicando su tiempo al ora et labora de la orden, es decir a la oración, al estudio y al trabajo manual. En su caso moldean cerámica que reproduce el antiguo menaje y que luego venden en la tienda del monasterio. Un trabajo que sigue hallando inspiración en los apacibles paisajes que escogieron los monjes cistercienses.

MÁS INFORMACIÓN

Cómo llegar: El monasterio de Poblet, punto de partida de este itinerario, se sitúa 50 km al norte de Tarragona. La Ruta del Císter completa abarca unos 100 km y traspasa a Lleida.
La Ruta del Císter