La romántica Heidelberg

Paseo por el barrio histórico de Heildelberg hasta su bello castillo renacentista

Quien contemple Heidelberg desde la orilla derecha del río Neckar se enamorará de inmediato de la ciudad, y no será el primero. Escritores como Victor Hugo y Mark Twain, músicos como Johannes Brahms y pintores como Joseph Turner ya se declararon admiradores de la ciudad que está considerada la cuna del romanticismo alemán.

Heidelberg recibe al visitante con la portentosa visión de su castillo, una imagen que se agranda mientras se cruza el Karl-Theodor-Brücke, también llamado Puente Antiguo y edificado en 1788. Ninguno de los elementos arquitectónicos que componen el puente es más antiguo que las dos torres de 28 metros de altura que lo presiden y que una vez fueron parte de la muralla del siglo XV que rodeaba la ciudad; y ninguno de ellos es más reciente que la escultura en bronce de un mono sosteniendo un espejo que realizó el escultor alemán Gernot Rumpf en 1979 siguiendo una leyenda local. Además de sacarse una foto con él (casi una tradición), se recomienda disfrutar de un café o de una cerveza en alguno de los bares de la zona.

A pocos pasos se puede visitar la iglesia del Espítiru Santo (Heiliggeist-kirche). El templo fue construido entre los años 1398 y 1515, y entre sus curiosidades está el hecho de que, de 1706 a 1936, tuvo un muro en su interior que dividía a los fieles protestantes y católicos. Para ascender hasta su aguja y contemplar la amplia vista es necesario subir 204 escalones.

Heidelberg, la ciudad que muchos consideran «la más romántica de Alemania»

A la sombra de la iglesia se abre la Marktplatz, uno de los lugares más animados de Heidelberg y el sitio en el que los agricultores de la región siguen vendiendo sus productos como se hacía en la Edad Media; de ello dan testimonio los pretzels –los típicos panes salados– grabados en el siglo XV en la pared sur de la iglesia, para que los compradores constatasen si los que adquirían tenían la medida adecuada.

Alrededor de la Marktplatz se hallan el Ayuntamiento (siglo XVIII), con salas decoradas con murales; el palacio barroco de la Academia de Ciencias, cuyo mobiliario original lo convierte en uno de los interiores más bellos de la ciudad; y la Haus zum Ritter, uno de los pocos edificios que sobrevivió a diversas calamidades acontecidas en el siglo XVII. Literalmente, la Casa del Caballero debe su nombre a la imagen de san Jorge que la corona. Fundada en 1592 como residencia privada, sirvió de posada al menos desde 1681 y ahora es un hotel.

A los pies de este edificio discurre la Hauptstrasse, la calle principal del Altstad o ciudad vieja de Heidelberg que, en sus dos kilómetros de longitud, aglutina muchos monumentos. Hacia la derecha pasa por la Korn- marck y la Karlsplatz, y finaliza en la  Karlstor (1775), la antigua puerta de entrada. Hacia la izquierda permite visitar consecutivamente la iglesia de los Jesuitas (1711), hoy un museo de arte sacro; la Universidad histórica y la curiosa Prisión de los Estudiantes, con paredes cubiertas de dibujos y mensajes; el Museo del Palatinado, instalado en el palacio Morass –su jardín merece un paseo– y dedicado a la arqueología, el arte y la historia; la iglesia de la Providencia (1659), con su bonita torre renacentista; y la Haus zum Riesen o Casa del Gigante, construida en 1707 para un general. La Haupstrasse ofrece, además, tiendas y restaurantes tradicionales, la mayoría especializados en la cocina regional. La contundencia de la sopa de patatas, de los bollitos hervidos y de al menos tres tipos de salchichas ayuda a reponer fuerzas antes de adentrarse en la zona comercial más allá del Bismarckplatz.

Otra opción es emprender el ascenso al Schloss, el Castillo. Aunque abre temprano por la mañana, lo idóneo es llegar al mediodía, ya sea subiendo con el funicular Bergbahn o a pie por la adoquinada Burgweg tras un paseo de unos quince minutos. El castillo es, en realidad, un recinto con una veintena de edificios. Habilitado el año 1100 como monasterio, vivió tiempo después su esplendor como fortaleza hasta que fue devastada por los franceses en el siglo XVII. A pesar de ello, su estado aún permite apreciar la belleza del palacio Ottheinrichsbau (1556) y del Friedrichsbau (1592), ambos considerados ejemplos de la arquitectura renacentista alemana.

El interior guarda curiosidades como el Grosses Fass, en la bodega, el tonel de vino más grande del mundo (221.000 l), y el Museo de la Farmacia, con frascos, muebles, recetas y un laboratorio de alquimia del siglo XVIII.

La visita puede concluir en el parque que lo circunda, admirando las vistas de la ciudad y del río Neckar, junto al cual, por cierto, corre el inspirador Sendero de los Filósofos. Ver desde la colina del castillo el atardecer tiene algo de poema de Hölderlin y de composición de Schumann, ambos, también, admiradores de Heidelberg, la ciudad que muchos consideran «la más romántica de Alemania».

MÁS INFORMACIÓN

Heidelberg está a 21 km de Mannheim –nudo ferroviario alemán– y a 90 km de Frankfurt, principal aeropuerto de la zona. La tarjeta BeWelcome ofrece descuentos en visitas, autobuses, alquiler de bicicletas y paseos fluviales.