La Praga más fascinante

Ruta desde la Ciudad Vieja hasta la colina del Castillo, por los iconos de esta capital musical

13 de junio de 2014

Cada primavera, la capital checa se convierte en una gran sala de conciertos cuando inaugura en el mes de mayo su Festival Internacional de Música. En 2014, además, coincide con el Año de la Música Checa, un certamen que desde 1924 se repite los años acabados en cuatro, y que en esta edición incluye un homenaje al compositor Antonín Dvorák (1841-1904) en el 110 aniversario de su fallecimiento. Mozart será otro protagonista. El músico austriaco, enamorado de la musicalidad de Praga, visitó varias veces la ciudad. Fue en su residencia de la Ciudad Vieja (Staré Mesto) donde maduró una de sus grandes óperas, Don Giovanni, que además estrenó personalmente en el Teatro Estatal.

La plaza de la Ciudad Vieja es el corazón de Praga. Cada dia a las horas en punto, se puede ver desfilar a los doce Apóstoles junto con la Avaricia, la Vanidad, la Muerte y el Turco. Son las figuras autómatas del Reloj Astronómico, un alarde técnico del siglo XV y hoy símbolo de la ciudad, que decora el Ayuntamiento de la Ciudad Vieja. Desde la torre de este edificio medieval se disfruta de una visión privilegiada sobre la plaza, dominada por la iglesia gótica de Nuestra Señora de Tyn con sus torres negras y picudas, la iglesia de San Nicolás, uno de los mejores ejemplos de barroco praguense, y el Palacio Kinsky, rococó, que suele albergar exposiciones de arte.

La Historia ha sacudido a la capital checa en numerosas ocasiones y el siglo XX se encarnizó especialmente con ella: dos guerras mundiales, la invasión nazi, el éxodo judío, los estragos del comunismo... A pesar de ello, Praga se muestra espléndida y vigorosa cuando se pasea por las calles de la Ciudad Vieja, con sus edificios medievales, renacentistas y barrocos, sus tiendas y restaurantes tradicionales.

La calle Celetná lleva a la Torre de la Pólvora (siglo XI), una de las trece puertas de la Praga medieval. Más allá se extiende la Ciudad Nueva (Nové Mesto), llena de avenidas y edificios Secesión, el modernismo centroeuropeo. Junto a la torre destaca la Casa Municipal, uno de los mejores ejemplos; sería imperdonable no tomar un café y un trozo de tarta en la cafetería de este edificio desde el que en 1918 fue proclamada la independencia de Checoslovaquia. Conviene también acercarse al Grand Hotel Europa, en la plaza de Wenceslao, y tomar algo en su bar decorado con elementos de ese estilo artístico. Como colofón, la visita al Museo de Alphons Mucha (1860-1939) acerca a la obra del gran impulsor del modernismo checo.

La cerveza es la bebida de Praga. En muchas tabernas históricas se puede pedir una jarra y a la vez conocer su proceso de elaboración, como sucede en O Fleku (siglo XV), en la Ciudad Vieja, y en U Labuti (XVI), que ocupa un edificio excepcional cerca del Castillo. La tertulia y el café son otro clásico. A inicios del siglo XX, Praga ejerció de faro cultural y atrajo a escritores, músicos e intelectuales que tertuliaban en el Slavia y en el Louvre, ambos en la calle Narodny, o en el Savoy, en Malá Strana, abierto en 1893.

La ruta sigue hacia el Moldava, el río de Praga que, con el buen tiempo, puede navegarse en pequeños cruceros. El Puente de Carlos es el más escénico de los siete que lo cruzan. Está flanqueado por estatuas barrocas y tiene dos torres medievales en los extremos. Ofrece vistas magníficas de la ciudad y además permite asomarse a la recoleta isla de Kampa, antesala de Malá Strana, el barrio más barroco de la ciudad. En él hay que detenerse en la iglesia de San Nicolás, con su identificativa cúpula, y en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, que da cobijo al milagroso Niño Jesús traído desde España en 1628.

Por la adoquinada calle Nerudova se asciende hasta el Castillo de Praga. En el paseo merece la pena buscar los escudos gremiales que decoran muchas fachadas, entrar en tabernas centenarias y hacer un quiebro hasta los monasterios de Loreto, lugar de peregrinaciones, y de Strahov, con sus dos magníficas bibliotecas, la Filosófica y la Teológica, cien por cien barrocas.

El Castillo es una ciudad en sí misma. Engloba palacios, iglesias y la catedral de San Vito, que empezó a construirse en el siglo XIV. En su interior guarda tesoros como la tumba de san Juan Nepomuceno, realizada con dos toneladas de plata, y la de san Wenceslao, con incrustaciones de jaspe, amatistas y ágatas. Con la culminación del templo en 1929 se incorporaron delicadas vidrieras de Alphons Mucha. Deambulando por el recinto entre otras iglesias y palacios se alcanza el Callejón de Oro. La mayoría de sus casitas pintadas de vivos colores alojan hoy talleres y tiendas de artesanía. En el número 22 vivió el escritor checo más universal, Franz Kafka, en 1916.

No se puede abandonar Praga sin cruzar de nuevo el Moldava para visitar Josefov, el barrio judío más antiguo de Europa, casi arrasado tras la Segunda Guerra Mundial. En este museo al aire libre se conservan hasta seis sinagogas –la más antigua del siglo XIII– y el cementerio medieval donde se amontonan 12.000 lápidas. La más vieja data de 1493 y el último entierro se realizó en 1787. Fue el mismo año en que Mozart agitaba su batuta en el neoclásico Teatro Estatal de esta ciudad que hoy, como entonces, sigue vibrando cada primavera con la música de sus festivales.

MÁS INFORMACIÓN
Hay vuelos directos desde Madrid y Barcelona. El aeropuerto, a 15 km, tiene conexión por autobús con el centro. Hay abonos polivalentes para metro, autobús y tranvía. Se realizan cruceros por el Moldava. La Prague Card ofrece descuentos.

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