Indonesia, la isla de Bali

Si viajas a este exótico destino encontrarás una isla color verde esmeralda, salpicada de templos y valles

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Ulun Danu. El templo del lago

El templo del lago

El templo de Ulun Danu, que parece flotar en las aguas del lago Bratan, en el cráter de un volcán a 1.200 metros de altitud, es uno de los más bellos de la isla.

Foto: Gary P Hayes

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Tanah Lot. Una protección frente al mar

Una protección frente al mar

Tanah Lot es uno de los siete templos que jalonan la costa de Bali y la preservan de las potencias turbadoras del reino de Swah, que los isleños ubican en el mar.

Foto: Julien Garcia / Age Fotostock

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Klungkung. El Palacio de Klungkung

El Palacio de Klungkung

El suicidio ritual de la corte de Klungkung en 1908 ante las tropas holandesas supuso el fin del último reino balinés. En el pabellón Kertha Gosa se impartía la justicia.

Foto: Miralex / Getty Images

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Arrozales Bali. Un paraíso agrícola

Un paraíso agrícola

Los arrozales con sus bancales ribeteados de palmeras asombraron a los conquistadores holandeses y siguen ofreciendo magníficos escenarios para pasear.

Foto: Travel Pix Collection / AWL Images

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Pura Tirta Empul. Un baño en la fuente sagrada

Un baño en la fuente sagrada

Los templos del agua también sirven para gestionar el sistema de riego de los campos. Pura Tirta Empul cuenta con una fuente sagrada y piscina para el ritual de limpieza.

Foto: Xpacifica / Age Fotostock

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Monte Agung

Monte Agung

El mayor volcán de Bali es también su montaña más sagrada. Las lluvias que caen en su ladera occidental resultan esenciales para la fertilidad de la isla.

Foto: Michele Falzone / AWL Images

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Lago Bratan. La isla de las ofrendas

La isla de las ofrendas

Los balineses honran con flores y comida a sus deidades, sea en los centenares de templos que posee la isla –como este del lago Bratan– o bien en los altares domésticos.

Foto: Rueangrit Srisuk / Shutterstock

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Bali, la isla más bella

Bali, la isla más bella

Pocas islas condensan espiritualidad y hedonismo como Bali, santuario hindú dentro del archipiélago indonesio, el país musulmán más poblado del orbe. Sea por sus playas ornadas con pagodas o por la sutil sofisticación de su danza, Bali lleva más de un siglo atrayendo a los viajeros.

El frenesí de Kuta suele ser el punto de inicio de un itinerario que, partiendo de las playas del vértice sur de la isla, se adentra en el interior hacia Ubud, epicentro cultural de Bali, para explorar sus terrazas de arroz y teatros de marionetas, y pone rumbo hacia las playas del norte antes de concluir en los magistrales templos de Besakih y el venerado volcán Agung.

Una vez en el aeropuerto de Denpasar, nada impide al visitante moverse ágilmente por toda la isla, que con 145 kilómetros de longitud es más grande que Cantabria. La pista se encuentra muy próxima a Kuta, playa donde en 1936 los norteamericanos Bob y Luise Koke acondicionaron bungalows para los primeros viajeros que arribaban en transatlántico. Hoy, Kuta es meca del turismo joven, y sus laberínticas callejuelas son un caleidoscopio de cafés, hostales y bares que ofrecen desayunos de tocino y huevo a legiones de mochileros australianos, entre tiendas de artesanía. Aunque sobreexplotada, la interminable playa es el lugar ideal para una sesión de masajes o para una primera lección de surf. Quienes tienen mayor aprecio por la tranquilidad y el estilo, pueden hallar refugio en los vecinos barrios de Legian y Seminyak, concebidos para un perfil de viajero más contemplativo.

El sublime templo de Tanah Lot se encuentra una hora hacia el norte por la costa occidental. Encumbrado en un peñón vapuleado por las olas, los peregrinos han accedido a él durante siglos aprovechando la marea baja. Fue erigido en el siglo XVI por Nirartha, el místico que introdujo los aspectos más complejos de la religión balinesa y responsable de los templos marítimos que, cada uno a vista del siguiente, forman una cadena en la costa suroccidental de la isla. Estas pagodas recortadas por el atardecer son, en realidad, un tributo para apaciguar a las bestias del inframundo que, según la cosmogonía local, habitan los océanos. Los balineses, de hecho, se acercan a las costas con cautela solo para procurarse ingresos del turismo, y han hecho del interior su morada predilecta. Es sensato visitar Tanah Lot de mañana para escapar de la afluencia de turistas en busca de la foto de rigor con el templo bajo la luz crepuscular.

Playas vírgenes

Quienes se aventuren por la costa oeste encontrarán playas vírgenes punteadas por más templos, pero rastrear la vibrante tradición artística balinesa exige retomar el rumbo norte hacia Ubud, epicentro cultural de la isla. Esta difusa localidad rodeada de colinas y terrazas de arroz es el sitio más auténtico donde apreciar las exquisitas actuaciones de teatro, marionetas y danza balinesa. Fue el avance del islam sobre el resto del archipiélago y en especial sobre la vecina Java lo que desencadenó un éxodo de músicos, bailarines y actores de la corte de la dinastía hindú Mahapajit hacia Bali. Allí, produjeron un resurgimiento exponencial de las artes. Los destellos de ese legado reverberan aún hoy en los delicados movimientos de las bailarinas de legong, danza orgánica y sinuosa que celebra la quintaesencia de la feminidad al son del gamelán, un ensamble musical de gongs, flautas de bambú y xilófonos. No menos emblemáticos son los teatros de sombras proyectadas por marionetas, conocidos como wayang kulit.

La confianza con que la esencia de Bali se exhibe en Ubud le debe mucho a la afluencia de artistas occidentales, como el pintor alemán Walter Spies, que en los años 30 del pasado siglo hizo de la isla su atelier y dio a conocer al mundo el arte balinés contemporáneo, el cual por otra parte ayudó a estructurar. Eso explica la miríada de galerías de arte que salpican el verde entramado del pueblo.

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Ubud es también notoria por sus centros de meditación. Desde el lanzamiento del éxito editorial Comer, rezar, amar (2006), cada vez son más los occidentales que peregrinan a la isla con la esperanza de visitar a los mismos curanderos espirituales y videntes a los que acudió la autora Elizabeth Gilbert en su búsqueda interior. Estas esferas más sutiles no logran opacar la oferta gastronómica, que abarca desde los platos balineses más clásicos como el sate lilit –bocados de carne molida con coco rallado– hasta el pato ahumado o el gado gado, una ensalada de hortalizas acompañadas de salsa de cacahuete y galletas de camarones. Además, un paseo rural entrañable conduce al Bosque de los Monos, un santuario por partida doble: sirve tanto a la investigación como a la veneración de los macacos que lo habitan. Los senderos flanquean estatuas de dragones y puentecillos agraciados por el musgo que conducen a un templo hoy dedicado a los primates.

El arte de las terrazas de arroz, que urden el interior de la isla, alcanza su clímax visual en Jatiluwih. A este sitio, listado como Paisaje Cultural Patrimonio por la Unesco, se accede por carreteras menores tras una hora y media en dirección norte. Se cree que el subak, sistema de irrigación cooperativa, llegó a Bali en el siglo VIII. Su intrincado puzle de andenes parece hacer germinar la brisa de montaña que difumina las palmeras cocoteras y matas de plátano intercaladas en la métrica del paisaje. Compartir el silencio con los devotos campesinos del interior es una experiencia que equilibra perfectamente el bullicio de las playas del sur dejadas a espaldas. El arroz es un producto tan vital para Bali y para Indonesia que incluso justifica la existencia de Dewi Sri, una diosa específica para el grano dador de vida.

Al cruzar el macizo volcánico que conforma el centro de la isla, la carretera deja atrás los arrozales y escala hacia tierras más altas dotadas de aldeas que poco han cambiado en décadas. Es menester detenerse en el lago Bratan, donde el templo hindú-budista de Ulun Danu, del siglo XVII, hechiza con el reflejo de su pagoda de once estratos, la cifra máxima permitida en un templo balinés. Parece natural que los peregrinos se congreguen a su sombra para orar por la abundancia del vital elemento.

Para los amantes de los viajes tranquilos

El tope norte de este itinerario es Lovina, una encantadora localidad costera de casas bajas, idónea para los amantes del viaje slow. La agenda del viajero que llega a estas latitudes oscila entre el avistamiento matutino de delfines, el submarinismo en la barrera de coral –que mantiene el oleaje al mínimo– y observar los praos, las canoas tradicionales, partiendo al atardecer para la pesca nocturna en la aldea de Anturan. Todo eso puede hacerse alojándose en hoteles que, como muchos de Ubud y su entorno, ofrecen clases de yoga, taichí y los más variados masajes.

Lovina puede servir de base para explorar playas y enclaves de buceo más agrestes como Pemuteran, en el extremo noroeste, o para rastrear los vestigios del poder colonial en la vecina Singaraja. Esta ciudad fue sede administrativa local de las Indias Orientales Holandesas hasta la independencia, en 1949, y conserva ejemplos de edificios coloniales en estilo art déco.

El primer holandés, Cornelius de Houtman, había llegado a la isla en 1597, dándole a los Países Bajos pleno control del comercio de especias en la zona. En 1908, el país europeo selló su dominio cuando la corte del último reino de Bali marchó empuñando sus kris (dagas ceremoniales) contra las modernas armas de los neerlandeses, en un suicidio ritual colectivo conocido como puputan. La matanza se publicó en los periódicos y Holanda recibió críticas muy severas. Para lavar su imagen, en las décadas siguientes respetó los cultivos tradicionales, no permitió que se establecieran compañías extranjeras y restringió la entrada de misioneros. Todo eso contribuyó a preservar la singularidad balinesa.

Besakih, un complejo de templos conocidos colectivamente como el Templo Madre, es el más sagrado de los santuarios de Bali, sacralidad reforzada por su emplazamiento en las faldas del venerado Gunung Agung, volcán de 3.031 metros, techo de la isla y punto cardinal de la brújula espiritual balinesa. La pagoda más imponente ostenta seis niveles tendidos con el mismo ritmo ascendente de las terrazas de arroz, como peldaños hacia los dioses. Durante los casi setenta festivales que se realizan al año, cientos de peregrinos acuden con sus udeng, pañuelos atados en la cabeza. Provistos de parasoles dorados y máscaras de dragones acompañan a bailarinas empolvadas para honrar el principio balinés de Tri Hita Kirana. El equilibrio entre el hombre, los dioses y sus congéneres se celebra cantando y dejando ofrendas de pétalos, arroz y mango sobre hojas de plátanos. Es entonces cuando la esencia, la sensualidad y la exuberancia de Bali se prenden en la piel y el alma del viajero.