Canarias

Isla de La Palma

Un jardín en el Atlántico

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GettyImages-566235773. Punta de Garafía

Punta de Garafía

La arcaica laurisilva también tapiza rincones del norte de la isla como Garafía, donde se puede visitar la cueva de La Zarza, con petroglifos.

Foto: Getty Images

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B20-1793585. Flora de la Isla

Flora de la Isla

El tajinaste es una de las plantas más singulares de las Canarias. El de La Palma, de color blanco o rosado, suele  crecer por encima de los 2.000 m de altitud.

Foto: Age Fotostock

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F52-1209442. Plaza Mandale

Plaza Mandale

Este coqueto rincón de Santa Cruz de La Palma, céntrico y peatonal, preserva la esencia de la arquitectura tradicional canaria.

Foto: Age Fotostock

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ESY-004841869. Arquitectura colonial

Arquitectura colonial

El barrio histórico de la capital palmera se alegra con detalles decorativos llenos de colorido.

Foto: Age Fotostock

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42-23005091. El Roque de los Muchachos

El Roque de los Muchachos

En la cota más alta de la isla se halla uno de los conjuntos de telescopios más grandes del mundo.

Foto: Corbis

Un jardín en el Atlántico

Lo de «isla bonita» no está mal como piropo, pero como descripción creo que se queda corta. Porque esta isla chica, la más occidental de las Canarias, es toda ella una singularidad. Declarada Reserva de la Biosfera y ocupada en buena parte por un parque nacional y diversas reservas naturales, La Palma es un tesoro para descubrir con calma. Su forma de coma gigante parece invitar precisamente a eso, a la pausa, al reposo. Pero la isla también invita a la contemplación, pues en ella cielo y tierra provocan una suerte de éxtasis: el cielo por su pureza excepcional, y el suelo por formaciones inverosímiles, creadas por la furia de ancianos volcanes emergidos del océano.

Esa exaltación entre cielo y tierra se materializa en el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, corazón de la isla, donde se extiende un cráter de unos ocho kilómetros de diámetro y uno y medio de profundidad. Abajo, en su boscoso interior, brotan manantiales y arroyos que solo escapan de la caldera abriéndose paso por el Barranco de las Angustias. Arriba, en el borde del cráter, en el Roque de los Muchachos (2.426 m), una docena de telescopios de entidades de todo el mundo sondean los misterios del espacio –el Roque ha sido elegido hace poco la sede norte de la Red de Telescopios Cherenkov; la sur estará en Chile–. Por cierto que, de lejos, entre arbustos de sabina ratiza y codesos amarillos, los observatorios más me parecen hongos gigantes o una exposición de esculturas contemporáneas.

Para asomarse a la Caldera de Taburiente lo más sencillo es visitar el mirador de La Cumbrecita. Se accede desde El Paso, pueblo que cuenta con uno de los Centros de Visitantes del parque. El Paso es un pueblo, pero también llaman así a la carretera que une Santa Cruz, la capital isleña en la costa este, y Los Llanos de Aridane, a poniente, con más habitantes que la propia capital, gracias a los cultivos que fertiliza el agua de la Caldera. Desde Los Llanos parte la carretera y luego pista que lleva al mirador de Brecitos. En él comienza un cómodo sendero que desciende al corazón de la Caldera, donde hay una zona de acampada. La excursión se completa saliendo por el Barranco de las Angustias.

El collado de El Paso divide la isla en dos mitades. La norte arropa en semicírculo a la Caldera de Taburiente y da acceso a unas pocas playas, chicas y pedregosas. En esta zona se hallan el Parque Natural de las Nieves y el Bosque de los Tilos, declarado Reserva de la Biosfera.

La mitad sur, más alargada, se vertebra en torno a la Cumbre Vieja, por cuya cresta volcánica discurre un sendero panorámico. En esta punta descubrimos un paisaje mucho más árido, dominado por el volcán San Antonio, con centro de visitantes en Fuencaliente. En él se explica la génesis volcánica de La Palma, con especial atención a la última erupción, la del volcán Teneguía en 1971. Allí también arranca un sendero que llega al borde del cráter apagado, desde el que se contemplan abajo, junto al mar, las brillantes salinas de Fuencaliente.

Las salinas hacen caer en la cuenta de que no solo los volcanes y las estrellas han codiciado la isla: también el hombre. Los primeros en habitarla llegaron de África y fueron los benahoaritas (Benahoare llamaban ellos a La Palma). Una idea de cómo vivían se tiene cuando se visita la Cueva de Belmaco, en Villa Mazo, con pinturas primitivas, y en el nuevo Museo Arqueológico Benahoarita, en la capital.

El año del descubrimiento de América, Alonso Fernández de Lugo conquistó la isla a los aborígenes y fundó Santa Cruz de La Palma, la actual capital, que llegó a ser el tercer puerto en el comercio con el Nuevo Mundo. Las casas abalconadas del casco antiguo son una herencia de aquella época. Pero tras una etapa de opulencia por el cultivo de la caña de azúcar y la vid, hubo que encauzar la economía, primero al tabaco, luego a la seda y, más tarde, al plátano, que aún continúa. Un resumen de estos vaivenes históricos pude tenerlo en el Museo Insular. Allí descubrí el pasado de La Palma, porque el futuro parece dirigirse a un turismo rural y de calidad, apreciado por los que hoy visitan la isla atraídos por su limpia atmósfera y el ritmo reposado de sus gentes.